Capítulo XIII
 

 

XIII



El sol ha caído y nuestra cochera está llena de gente. Esperando por la popular carne asada. Mi madre está aún en la cocina junto con el resto de las mujeres haciendo una salsa pico de gallo, tatemando chiles y guisando frijoles. Mi padre intenta prender el carbón. Todos los hombres dando su opinión sobre cómo hacerlo. Espérate tantito, a que agarre el fuego. Unos palitos de ocote y un cerillo. Nada. Se quita su sombrero vaquero y lo usa como soplador. Sóplale, pero no lo vayas a ahogar con el exceso de carbón. Nada. Échale un poco de cerveza, ¡No!, esa viene cuando la carne se está asando, Ah. Órale Terveen, que ya hace hambre. Me levanto y voy al baño, tomo un puño de algodón y alcohol. Quito a mi papá del asador con las palabras dame chance. Hago un hueco en el carbón, pongo el algodón y lo lleno de alcohol. Lo prendo y hago una casita con el mismo carbón.

En diez o quince minutos va a estar prendido. Cuando el algodón se apague y escuches tronar el carbón, es el momento de echarle aire con el sombrero.

Me siento y sigo tomándome mi refresco. La risa de los vecinos es estridente.

Tengo una vaga memoria de estas tertulias. Quizá porque nunca estaré realmente presente. Siempre jugando y sólo vendré cuando la comida esté ya hecha. La cerveza es muy abundante. Alguno que otro ya ebrio, aunque la pachanga empezó hace poco menos que una hora. Lo que me hace recordar porqué no me va a gustar la bebida. Innumerables borracheras de muchos de los que me rodearán. Sobre todo de mi padre. Lo más cercano. Comentarios altisonantes. Palabras agresivas. Risas chillonas. Tambalearse. Y al final caer.

Miro a mi padre mientras le echa aire al carbón ya en llamas. Muy alegre y platicador. Me viene a la cabeza el rostro que pondrá cuando le diga que me voy a ir a Cancún por unos días con la mujer que conoceré por Internet (como olvidarlo si será prácticamente el último día que nos veremos). No sabré qué será lo que lo molestará más, si el hecho de que ella será más grande que yo, con un hijo y que me quede a dormir en su casa, o el que lo miraré a los ojos y sin palabras le diré que ya no soy un niño y que sus opiniones dejaron de tener importancia hace ya mucho tiempo. Mis dedos estarán hechos nudo a mi espalda y las piernas me temblarán, aunque estaré de pie durante los quince minutos que durará el encuentro. Bajaré de mi cuarto para verlo antes de que se vaya a dormir, no a pedirle permiso, sino para anunciar que me iría por un par de semanas. ¡¿Por qué eres tan terco?!, comenzará, observándome con un enojo que irá creciendo paulatinamente, ¿qué piensas obtener de todo esto?, ¿crees que tú mamá y yo vamos a ser tu alcahuete con esta situación, y tú viviendo y durmiendo con ella como si estuvieran casados?, ¿siempre tienes que hacer lo que se te antoja?, aquí te la pasas requetebién, sin hacer nada, la vida muy fácil ¿no?, sin trabajar, viviendo a mis expensas, a tus veintitrés años, y como si no tuvieras la suficiente desvergüenza, ahora te vas con una mujer que va a pagar todo por ti, ¡una mujer que podría ser tu madre! Yo sólo lo veré, con mi pulso muy agitado, tratando de decirle, tartamudeando, que no tenía que irse a los extremos, que mi actuar no tiene nada que ver con ellos dos y que deberían de verlo como lo que son, unas vacaciones como cualquier otras. En ningún momento apelaré a mi mayoría de edad, ni a mi supuesta libertad como adulto, simplemente le preguntaré que porqué tiene que hacer las cosas tan difíciles. Sus últimas palabras serán tú tienes tu opinión y yo la mía, pero te doy dos opciones: te quedas aquí y haces lo que yo te digo, o te vas y te llevas todas tus cosas contigo, porque esto no es un hotel ni una bodega. Yo diré okey y regresaré a mi cuarto.

Contemplaré mi habitación cerrando la puerta tras de mí. Empezaré a empacar.

¿Y si ahora quiero hacer algo así? Si al ser mayor de edad hubo problemas, ahora ni se diga. Para él sólo soy un mocoso. Tendré que pasar otra vez por todo este proceso. Nunca importará lo bien que me porte, aunque si ahora consigo calificaciones excelentes, tal vez cambie. Pero eso será dentro de muchos años, ¿y en este momento? ¿Sólo masturbación en los próximos siete u ocho años? Ay, qué deprimente. Tengo que ver la manera de evitar los problemas con mi padre y con los otros en general y a la vez seguir siendo un adulto. Porque, ¿qué tal que piensan que no estoy bien de la cabeza y deciden mandarme a un manicomio, a una correccional, reformatorio o algo por el estilo?

Entonces, dime Roberto, ¿ya sabes qué vas a ser de grande? —se acerca, se rasca la cabeza, se deja caer en la silla, un tipo.

Uno de los vecinos se sienta a mi lado. Creo que le dicen el Pifas. No sé porqué. Muy alto y muy flaco. Un peinado a la César Costa en sus mejores días. Unos shorts que antes eran pantalones cortados más arriba del muslo, unos huaraches de los que sobresalen sus dedos largos y torcidos con las uñas negras de tierra, una playera azul sin mangas con el nombre de un equipo de fútbol local que no conozco. Un rostro demacrado que contrasta con los cuerpos y cabezas cuadradas de los otros marinos presentes. ¿Cómo habrá pasado las pruebas, ejercicios y deberes en la escuela militar? Ya tiene los ojos un poco vidriosos, pero aún no está borracho.

No, aún no sé exactamente —doy un trago a mi soda, sonrío a medias, me alejo un centímetro porque su pierna roza con la mía.

¿No vas a ser un marino como tu papi? —se estira en el asiento, eructa con la boca cerrada, murmura perdón, el Pifas.

¿Mi papi? Seguramente así lo llama su hijo idiota. Quienquiera que sea.

¿Marino?, para nada, si ni siquiera a mi “papá” le gusta —lo miro de reojo, aguanto la respiración, su tufo de alcohol mezclado con sudor se vuelve muy desagradable.

Jaja, claro que le gusta, nada más que se hace el loco —se carcajea para que todos lo oigan, se rasca los huevos tratando de disimular, pretende prender un cigarro pero ya no tiene, el Pifas—. Entonces, ¿que no te llama el uniforme, el orden, las reglas, los barcos, las armas, defender a tu país?

Me le quedo mirando fijamente. Me muestra dos hileras de dientes amarillos por el cigarro en una sonrisa que se inclina a su lado izquierdo. ¿Lo hago?

En primer lugar —comienzo sin remordimiento y sin siquiera pensarlo dos veces, sonrío a mi vez mostrando el colmillo—, me repugna el patriotismo, no es más que uniformidad llevada a la estupidez, al igual que las personas que se meten “libremente” a una institución militar que no es otra cosa más que la realización visible de la idea de control y conservación de un estado de cosas. En segundo lugar, ¿más orden, más reglas?, si desde hace ya muchos años nos encontramos en un proceso de industrialización y producción que hacen de la realidad algo calculable y organizable, es decir, un objeto que hay que manipular, ¿y qué mejor ejemplo tenemos de ello?, la técnica; aún no lo has visto todo, espérate en unos cuantos años cuando los movimientos totales se hagan aún más claros. Movimientos de homogeneidad. La metafísica en su máximo esplendor.

El Pifas me mira con la boca abierta. Es un marino al que le gusta toda la parafernalia militar, apostaría que se metió por el puro hecho de usar el uniforme y así conseguir chicas. ¿Qué más se puede esperar? Y pensar que así será eternamente. Una y otra vez me mirará con esos ojos enrojecidos y me impregnará con su aliento alcohólico. Está atado a dos retornos y no lo sabe. El primero es en el que yo estoy, recordándolo, en el que él está, pero ya olvidado. El segundo es el retorno enseñado, el que nos hace iguales unos con otros y con nuestros padres; el que nos hace pensar sólo en el futuro desde un pasado que hemos olvidado; hijos del modelo mecánico en donde nada queda fuera y menos nosotros, que nos convertimos en un objeto entre otros, producido en serie. Mirar al Pifas me hace darme cuenta de que no es necesario imaginar el futuro de Huxley, para percibir la clonación en masa.

El Pifas comienza a reírse y se levanta de la silla. Jaja, qué le anda enseñando a su hijo, mi capitán, que habla como un aburrido maestro de escuela o un político. ¿Político? ¡Zas!, eso me saco por abrir la boca. Y eso me va a pasar siempre, ahora que estoy empezando otra vez se va a volver inherente a mi estilo de vida, para no retroceder a ser un niño de nuevo. Mi padre trata de entender lo que el Pifas le comenta, pero no puede explicarlo, ya que ni siquiera me comprendió la primera vez. Ni hablar. Ay, ahí viene mi padre.

¿Qué pasó, mi amigo, cómo estás? —el sombrero vaquero de palma todo arrugado y maltratado por usarlo como soplador, aun en su cabeza. Botas de piel de avestruz, camisa a cuadros y monumental hebilla en el cinto. El ajuar completo de un norteño, mi padre.

Pues bien, sólo esperando por la carnita asada —dibujo una sonrisa, miro a todos lados, a ver si no me empieza a regañar.

Ah, pues el fuego ya agarró, sí sirvió el algodoncito con alcohol, jeje —le da un largo trago a su cerveza, como si fuera agua. Tiene los ojos entrecerrados y la cara un poco roja, el alcohol ya está haciendo su efecto. Pasa su brazo por encima de mi hombro, mi padre—. Oye, ¿qué le andas diciendo al tu tío el Pifas?

Tío. Había olvidado este parentesco improvisado. Para evitar problemas con tanta gente que se conoce en cada colonia militar en que se vive, todos los adultos son presentados a los niños como sus tíos y tías. Como si fueran una gran familia. No sé si feliz, pero lo que sí es que este método nos servía, ya que uno no tenía que aprenderse tanto nombre. Aunque claro, para esos casos siempre existe el señor y señora.

Nada, simplemente él hizo un comentario y yo hice el mío —enchueco la boca, lo observo de reojo, me rasco una oreja.

Bueno, está bien, pero no vayas a ser maleducado, eh. Hay que ser respetuoso con tus mayores, acuérdate. Jaja, no pongas esa cara, si no te estoy regañando —se ríe, me golpea suavemente en la cabeza, se pone de pie, mi padre.

Pues no, no es regaño, pero sí un estate quiero muy sutil. Más me vale acostumbrarme, voy a recibir muchos iguales a partir de hoy. Estoy a punto de decir prometo ser respetuoso pa, pero alcanzo a detenerme y sólo digo okey padre. Él se va a su lugar en el fogón, estrujando la lata de cerveza y tirándola al suelo. Respiro un par de veces y decido acercarme para apoderarme del primer pedazo de carne que salga, ya que mi estómago gruñe desde hace rato. Para mi decepción, aún no ponen ningún bistec en la lumbre.

Oye, Castellanos —entre risotadas, miradas cómplices, tragos de cerveza, botanas, pedazos de comida voladores, palmadas en los hombros, pregunta mi padre—, entonces dinos, ¿qué fue lo que pasó con el Loco Castro en su oficina?

¿Ah, ya se corrió el chisme? —se carcajea, escupe, se anima, se atraganta con la cheve y las papitas, el “tío” Castellanos—. Cómo hay gente chismosa en este mundo caramba, jaja.

Ya, vamos, deja de hacerle a la mamada, ay, perdón Robertito, digo deja de hacerle al cuento —pone cara de ya la cagué, destapa otra cerveza, el tío Pifas—. Platícanos.

Esta bien, pues ahí les va. Ejem, ejem, ya saben ustedes la fama que se carga nuestro querido almirante Castro, mejor conocido por el mote de el “Loco” (sepa la madre porqué se lo pusieron), resulta que llegó un tipo a la oficina a vender diccionarios, sí, uno de esos vendedores ambulantes, normalmente no se molesta con ese tipo de cosas al jefe, pero por azares del destino un subalterno llegó a su oficina, precisamente cuando él y yo estábamos conferenciando acerca de unas contrataciones. Oiga mi almirante, alguien anda vendiendo diccionarios, ¿ah sí?, pregunta el Loco Castro, pues que pase, que pase. Desde ahí era para olerse que algo andaba mal, no es normal ese tipo de concesiones a un vendedor de puerta en puerta. Total que para no hacerles el cuento lago, que llega el tipo de los tumbaburros con una sonrisota, como pensando ya hice mi agosto, adelante adelante, dice el Loco Castro, ¿que andas vendiendo libros?, si señor comandante, almirante, perdón almirante, ¿y qué tal, son buenos?, buenísimos, para toda clase de consultas y dudas sobre nuestra lengua española. Ya para ese momento el vendedor le había dado uno de sus mamotretos para que lo viera de cerca, un pinche libraco así de grueso, ay perdón, bueno y en eso el Loco Castro dice, pues vamos a probarlo, que lo pone de pie en la esquina de su escritorio, saca la escuadra de su cinto, corta cartucho y le mete un balazo en el puro lomo al libro, jaja. El pobre vendedor salió corriendo despavorido. Jaja. Ya saben cómo se las gasta nuestro querido almirante.

¿En verdad disparó contra el libro? —con la boca abierta y rastros de cerveza en la comisura de los labios, una mano secándose el sudor, pregunta el tío López.

Pues claro, si le encanta tirar balazos —saca una pistola imaginaria formada con su dedo gordo e índice, apunta y dispara, con la otra mano busca un pedazo de comida entre sus dientes, el tío Castellanos. —¿A poco nunca has escuchado esos estruendos en el edificio?

-No me dirás que... —pone una mano en su cintura, se quita el sombrero, mi padre.

Como lo oyes, cuando el Loco Castro se enoja, saca la pistola y arremete contra las paredes y el techo. Y eso sí, si alguien está en su presencia en ese momento, no debe ni de inmutarse, porque se encabrita más —abre mucho los ojos, se borra de pronto su sonrisa, el tío Castellanos. Lo bueno es que nadie ha resultado herido.

La plática sigue su interminable curso. Mi padre está empezando a contar otro chisme sobre el arresto de un capitán, cuando mi panza emite otro gruñido. Los dejo y voy adentro de la casa. Algo tendrán listo de comer las mujeres. Cruzo la puerta y las señoras están divididas en dos grupos, uno de ellos domina la sala, mientras el otro se ha adueñado de la cocina. Me paro debajo del arco de la puerta para ver mejor el panorama.

Te juro que sí sirve —un vaso en la mano con ron y coca-cola, tocándose el rostro con dos dedos, uñas largas blancas, no pudiendo evitar los surcos de sudor, una tía de la que no recuerdo el nombre—. Mira, siente lo suave que está mi cuello.

Para mí que te lo estás imaginando —sentada en la orilla del sillón, una copa con vino blanco, cara de incredulidad, inspeccionándola de cerca, mi madre—, pero de todas maneras dime cómo se llama para probarla.

Oye, pues qué mala suerte la tuya —de pie, recargada contra el refrigerador, falda corta, largas y morenas piernas, blusa pegada, cabellos negros, grandes ojos, la tía Adriana creo—. Mira que arrestaran a tu marido todo el fin de semana, Martita.

El hombre propone, Dios dispone —sirviendo más ron en su vaso, echándose aire con una revista, limpiándose el sudor del escote, haciendo pucheros, la tía Martita—, y la armada descompone, jaja. Pues ni modo, qué puedo hacer.

Ha de ser el calor, la humedad, la abstinencia o el oscuro futuro en relaciones íntimas, porque todas mis tías me parecen sumamente atractivas. Mi presencia aquí no les molesta (por mi calidad de niño), ya que sin inhibiciones se acomodan el busto, se miran las caderas, se sacuden las nalgas para quitar alguna mancha inexistente, se rascan las axilas, se secan el sudor de todos sus rincones, se toquetean, jugando claro, pero de un modo muy excitante. Y yo, un mocoso de seis o siete años. Como para poder consolar a la tía Martita por su esposo enjaulado. En algún lugar leeré que en los Estados Unidos una maestra de escuela de treinta y tres años tendrá relaciones con un alumno suyo de trece; los van a cachar, la van a juzgar por abuso y seducción a menores, problemas psicológicos, atentado contra las buenas costumbres y faltas a la moral, la van a meter a la cárcel como por siete años y cuando salga se va a casar con este mismo alumno, que ya es mayor de edad. ¿Quién tenía razón?, pero claro, no es lo normal. Uy, ojalá y encontrara mujeres de ese tipo, y lo bueno es que estoy en México, pasaría más desapercibido. O en todo caso tener contactos con niñas más maduritas, que vente vamos a jugar al doctor, al papá y a la mamá, a las comiditas, y si lo hago en Sinaloa o en algún otro estado como Guanajuato, Oaxaca, Puebla y otros que no recuerdo, ni siquiera me buscaría problemas porque en ellos es más penado robarse una vaca que el abuso de menores. ¿Olvidas que tú también eres un menor, Robertito? No, pero cualquier deterioro físico de las niñas me podría meter en inconvenientes por niño pervertido. Quizá tal vez sólo muchos besos y caricias. Y ya en la casa, desfogar la euforia. Sin que nadie se diera cuenta llevaría a cabo ese deseo de tener idilios con niñas que es tan bien pagado en el mundo de la pornografía.

Mijo, ¿qué pasó? —da el último sorbo a su bebida, se levanta, me mira, va a la cocina, pone hielo en su vaso, dos dedos de ron y coca cola, mi madre—. ¿Qué haces aquí, tienes hambre?

Sí, quería comer algo para engañar al hambre —regreso al mundo, me inclino un poco hacia delante para disimular, me limpio el sudor con el dorso de la mano, la erección disminuye—. Allá afuera se están tardando una eternidad para hacer la carne.

Ah pues aquí hay sabritas y cuadritos de queso —señala con el dedo a la cocina, paladea su bebida recién hecha, mi madre.

Ay mira, cómo ha crecido tu hijo Luisa —sonríe a mi madre, se acerca, se inclina, me acaricia el pelo, enseña más su escote, la tía Martita—, la misma cara de su padre. Aquí si no podemos decir que es el hijo del lechero, jaja.

Ay, en verdad que sí —se aproxima, se agarra de las caderas, se jala la falda hacia abajo, se empina, le veo los senos también morenos, me agarra de los cachetes, la supuesta tía Adriana—, y vas a estar bien guapote cuando crezcas, ¿verdad, corazón?

Siento cómo el calor se me sube hasta la cabeza y los cachetes me arden de la emoción. Para ser un adulto, con qué poca agua te da tos, ¿no Roberto? Quizá, pero en mis circunstancias, ¡que viva ser niño!

Luisa, de una vez aparto al Robertito para mi hija Pati ahora que crezcan, jaja —se para detrás de mí, siento sus senos tocándome la cabeza, mis piernas tiemblan, juega con mi pelo, la tía Adriana—. ¿O tú qué dices Robertito?

Pues usted dirá tía, yo más puesto que un calcetín —finjo una risa llamativa, la tía se aleja, regresa a su lugar junto al refrigerador, ya no puedo más.

Corro al baño.