Capítulo XII
 

 

XII



Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendría también este portón que —haber existido ya?”.

Roberto comienza a estornudar. Siente comezón e irritación en su nariz. Quizá le está empezando a dar gripa. O resfriado. O constipación. Por no haber traído su bufanda. Pero se supone que la gripe o resfrío es un virus, no tiene nada que ver con el frío. The cold is a virus, it has nothing to do with the weather. Le repetía la novia inglesa que tuvo. ¿Entonces porqué lo llaman cold?, ¿porqué lo llaman resfrío? En verano debería de llamarse entonces hot o rescalor ¿no? Whatever, cuando se veía indefensa o vencida. Algunos alumnos la tienen, de ellos la agarró seguramente. Con tanta lluvia y cambios de temperatura, pues es normal. Con que no le empiece a doler la cabeza, todo está bien. Cuando llegue a su casa y se vaya a dormir, se va a tapar con la cobija hasta la testa, como decía su papá. Ninguna medicina, ninguna pastilla. Solito me llegó, que solito se vaya, afirmaba. Te cubres todo el cuerpo con la colcha y sudas la enfermedad. Pasar una noche todo incómodo, pero despiertas ya curado. Ja, puras necedades de viejo, ¿no Roberto?, aunque claro, eso no evita que siempre que te da gripa estés ahí metido debajo de las sábanas como si tuvieras una pesadilla y, cubierto, el mundo con sus peligros se desvaneciera. Sí debe de estarse enfermando, por eso los ojos le están ardiendo con más intensidad. Ojalá y no, y si sí, pues ni modo. Ya se tomará un caldito de pollo. Al menos parece que no va a volver a llover.

¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto — incluso a sí mismo?”

Roberto estira sus piernas sin levantarse de la banca. Cierra su libro e inevitablemente se le antoja otro café. Alza la vista y ve el Sanborns. No quiere gastar más. ¿Por qué no fueron ahí desde el principio? Pendejo. Ya que. Aún así hacia allá se dirige. Le queda tiempo y para perderlo va a hojear algunas revistas y checar unos cds. Como siempre, lleno. Y muchos como él, sólo repasar las publicaciones o los periódicos y dejarlos maltratados. Todo el mundo queriendo perder el tiempo. Aunque ahora se dice “hacer tiempo”. Ay, todavía no llega fulanito, voy a hacer un poco de tiempo mirando las revistas. Roberto agarra una de literatura y pasa las hojas sin fijarse demasiado. La mayoría de los artículos son de contenido político y por eso la deja en su sitio con desánimo. Alguien le toca el hombro y voltea. A primera instancia no la reconoce, a pesar de estar igualita. Da un brinco con la sorpresa. Es Olga, la novia que tenía antes de casarse. ¿Por qué todo tiene que pasar hoy y sólo hoy, Roberto? Han transcurrido meses y años sin que te pase nada, contando los días monótonos, acostumbrándote a la soledad y a la rutina, y de pronto, un buen día, ¡paf!, todo ocurre. Es cierto, todo ocurre siempre hoy, pero esto es ridículo.

Con nadie ha durado lo que con ella. Ni siquiera con su esposa. Pero para poder andar con su futura consorte, primero tuvo que desafanarse de Olga.

Hola Roberto, qué milagro —se le iluminan los ojos, lo abraza con fuerza, mueve mucho las manos, mira a todos lados, Olga.

Olga, qué sorpresa —no sabe qué decir, la abraza débilmente, siente sus senos aún firmes contra su pecho, mete las manos a los bolsillos, Roberto.

¿Cuánto ha pasado, seis, siete años?

Hace como seis años que no nos vemos —lee sus pensamientos, lo mira de arriba abajo, sonríe, miente, Olga—. Sigues igualito.

Gracias, tú también —fija la vista en una chicle pegado en el piso, deja espacio para que pase un tipo, se restriega un ojo, Roberto.

No, gracias, estoy bien —Hellen rechaza por tercera vez la invitación de una copa que le hace uno de los concurrentes del bar, con ojos vidriosos y aliento a centavo—. No insista, yo quiero estar sola —sola, siempre sola, ¿cuánto tiempo ha pasado, Hellen, desde que no tienes una relación seria?—. ¡Le digo que no, go fuck somebody else!

Roberto ha engordado y perdido cabello y Olga trae el pelo corto y negro. Por eso no la reconoció al principio.

Bueno, quizá un poquito —se ríe, se revuelve el cabello con ambas manos, le roza las grandes entradas a Roberto, Olga—, yo me corté el pelo y tú has perdido un poco del tuyo, jaja.

Roberto había olvidado lo honesta que es.

Y la vida de casado te asienta bien —le acomoda el cuello de la camisa, le soba la panza, Olga—, buena barriga que te cargas.

Demasiado honesta. Él no podía regresarle sus amistosas palabras, porque ella sigue hermosa y con muy buen cuerpo. Trae puesta una falda larga color negro que le queda como guante, una blusa blanca con escote, un saco corto color marrón y un grueso collar que le llega hasta los senos. En un segundo recordó la gran cantidad de veces que hicieron el amor y no pudo evitar sentir un cosquilleo y el principio de una erección. En especial esas ocasiones en lugares difíciles, como un baño o un coche, en las que usaba una falda como la que trae ahora y Roberto no tenía que hacer muchos malabares, sólo meter las manos en la línea de unión de la falda, hacer espacio en su tanga y acceder al cielo. Cómo dicen por ahí, donde hubo fuego cenizas quedan, ¿eh Roberto? Ja, pinche cliché barato. Balbuceando le dijo que ya no estaba casado y que si le invitaba un café para ponerse al día. Ella respondió con un no me digas a lo primero y con un por supuesto a lo segundo. Allí es donde me dirigía de todas maneras, dijo ella. ¿Por qué la estás invitando, Roberto, y si empiezas a pensar estupideces? No lo sé. La oscuridad del instante vivido.

Nada más entraron al restaurante Roberto sintió que todos estos años no habían pasado y que aún sigue con ella. Duraron tanto tiempo juntos que todos pensaban que terminarían casados. Incluso cuando se enlazó con Yolanda sus amigos le comentaban, en privado por supuesto, que ellos se habían imaginado esa boda muchas veces, pero con Olga. Y hasta alguno de ellos se atrevió a comentar que así es como debió de haber sido. Las cosas cambian, cabrones, no me hablen más de ella.

Olvidarla, ¿qué otra cosa te quedaba por hacer? Como dice Ovidio en su Remedios de amor, en donde proporciona armas para olvidar en casos de decepciones amorosas, primero recordar lo odiosa que era, luego viajar y mantenerse ocupado (ya que el ocio siempre se enlaza con el amor); pero la última técnica, la más extrema e infalible, es la búsqueda de un nuevo amor. Vulgarmente un clavo saca otro clavo. Y así fue, mientras estuviste casado casi no pensaste en Olga, quizá excepto cuando pasaban muchos días sin caricias ni besos. En esas ocasiones (que tristemente fueron muchas), hasta soñabas con ella en las posiciones y actos más sugerentes, pero siempre fue pasajero. Al siguiente día hacía sus cosas y otra vez caía en el olvido. ¿Siempre ha sido así de fácil, Roberto, haces tus cosas y adiós? A veces. Algunas ocasiones fue muy sencillo, otras no tanto. Te lo he dicho antes, el ser un desarraigado te ayuda a no hacer lazos muy fuertes. Bueno, algunas veces.

Y bueno, dime, ¿a qué te dedicas? —rápidamente se sienta, pide dos cafés, cruza y enseña parte de su pierna, Olga—, ¿sigues con las clases?

Roberto se pregunta que qué está haciendo. La conversación le parece absurda. ¿Qué le vas a decir, Robertito? Lo único diferente en tu vida desde que ya no estás con ella es la muerte de tu padre y el que heredaras la casa. En lo demás no has cambiando nada. ¿Cómo fue que te divorciaste?, escucha entre sus pensamientos. Nada más le interesa el chisme, seguramente para darte una cachetada con guante blanco. En menos de tres horas en el mismo día, Roberto ha revivido la escena de su ex-esposa con su ex-amigo en su ex-sillón, dos veces. Ya hora con su ex-novia. Te digo, todo pasa ahorita.

¡No me digas! —saca un espejito y se pinta los labios, se delinea las cejas con el meñique, revisa si no tiene restos de algo en sus dientes, Olga.

Pues no me preguntes. Roberto veía su cara pasmada e inexplicablemente muda, tratando de adivinar lo que está pensando en este momento. Bueno, yo nunca te engañé de esa manera, yo no hubiera sido tan estúpida, eso te pasa por alocado y casarte a las primeras de cambio, ves lo que te pasa por dejarme, pendejo. Seguramente. Roberto en el fondo se alegra y sonríe, como diciendo, sí, lo acepto. ¿Lo aceptas? Nunca te has arrepentido de tu pasado, ¿por qué ahora lo haces? ¿Porque la estás viendo a los ojos y al escote y estás recordando? ¿Estás acaso vislumbrando otra oportunidad? Espero que no, no me decepciones.

Pues sí, qué te puedo decir, tuve mala suerte. Con ella y con Jorge —pone una cara compungida, le mira la pierna descubierta desde la punta hasta la mitad del muslo, Roberto—. No sé cuál me dolió más. Pero pues, ya es historia antigua.

¿Lo es? Claro. Ah bueno, yo nada más preguntaba.

¿Y cada cuando ves a tus hijos? —se mueve en su asiento incómoda, arruga su servilleta, se mira las uñas, Olga.

Olga dice esto dando muchas cosas por hecho. ¿Prejuzgando, predisponiendo, criticando? Te lo apuesto. ¿Es o se hace? Aunque tal vez ni cuenta se dé.

No tuvimos hijos —cruza sus dedos sobre la mesa, sigue con su vista hasta sus tremendas caderas, se excita, Roberto.

Oh —mira hacia las diferentes mesas y a la entrada, descruza y recruza las piernas, Olga.

Un largo trago a su café, hasta pareciera que le dio pena formular la pregunta de esa manera. No esperaba esta respuesta. ¿Será acaso porque siempre quisiste un hijo? Con Olga lo intentaste varias veces, pero nada. ¿Pretendías compensar la culpa por tu hijo con la inglesa? Tal vez en ese momento, que aún estaba fresco, pero no ahora. El tiempo el mejor matador. El principal aliado del olvido. Bueno, quizá porque no hemos aprendido a olvidar más pronto. Por alguna razón nunca se imaginó un hijo con Yolanda. Y ahora que lo piensa, ni siquiera lo intentaron. Qué bueno que no, ¿verdad Robertito? Muchas veces usando condón, otras el famoso coito interrumpido, pastillas anticonceptivas y abstinencia. Tristemente la última fue la más célebre. Chale. ¿Y ahora? Ahora no forma parte de sus planes. Ojalá y esa sea una de las cosas de las que no te arrepientas, mi buen Roberto.

Sólo duramos dos años casados —echa crema a su café, sigue hacia su estómago y se detiene en sus senos, piensa que no va a poder dormir por tanta cafeína, Roberto—, quién sabe qué hubiera pasado si siguiéramos juntos.

¿Qué hubiera pasado, preguntas? ¡Se hubiera cogido a todos tus amigos, a sus compañeros de trabajo, a los taxistas cuando no hubiera tenido dinero con qué pagarles! La muy zorra. ¿Aún dolido? No. Sólo cuando me acuerdo. Olga lo mira fijamente y Roberto siente cómo el calor le sube por el cuello. Es muy blanco, seguramente su cara se puso del color del tomate. Sin embargo, ella no dice nada y baja la vista.

Has cambiado —suspira, añora, se decepciona, Olga.

¿Tú crees? —mueve su pierna apresuradamente, no puede subir su mirada, se paraliza en sus distinguibles pezones, toma más café, Roberto—, siempre he creído que mi vida sigue y seguirá igual.

Pues no sé, es algo en tus ojos —lo contempla sin pestañear, se moja los labios, sus pupilas se dilatan, Olga—. Diferentes.

Roberto la ve directamente a los ojos y luego a su boca. Se imagina besándola. Algo que hace siempre cuando habla con alguna mujer que le gusta (y a veces hasta cuando no le gusta), a la vez que se pregunta ¿a qué sabrá su saliva?, ¿qué tan suaves serán sus labios?, ¿qué tan bien usará su lengua?, ¿en qué momento dirá ay, me pica tu barba? Con Olga ya todo esto lo sabe. Su saliva tiene un sabor dulce, siempre a la menta de una pastilla o de la pasta de dientes. Sus labios son carnosos, dóciles y accesibles. Su lengua es su mejor arma, inspeccionando cada rincón y queriendo siempre llegar al fondo, y así fue desde el primer beso, nunca de piquito, decía que eran una pérdida de tiempo. La barba le pica, como a todas, pero se aguanta. El saberlo quita la novedad, pero otorga complicidad. Y la extraña sensación de que el acceso a ella sigue abierto. Adiós a todo comienzo y presentación, a todo tanteo y a toda petición, a toda duda con respecto a las partes más sensibles de su cuerpo. Vamos a la cama.

Tal vez los ves arrugados y viejos, nada más —regresa de sus divagaciones, por fin puede mirarle el cuello, se agarra en la entrepierna por debajo de la mesa, Roberto.

Tal vez, pero ahora se ven un poco más tristes de lo normal —cambia su mirada, la pierde en la puerta del baño, algo busca en su bolsa, Olga.

Ya hemos platicado mucho de mí —su mano izquierda tamborilea en la mesa, con la derecha se acaricia suavemente, Roberto—, ¿y tú?

Ella comenzó, pero Roberto no estaba muy interesado en su vida. Aún así la escuchó. Siempre ha sido bueno en eso, en escuchar. Después de algunas revelaciones francamente estúpidas, Roberto se dispone a entrar en su vida amorosa, sin embargo, ni siquiera empieza a hacer la obligada pregunta cuando un tipo se acerca por detrás de Olga y le tapa los ojos con sus manos. Ella sonríe, se levanta, lo abraza y lo besa. A Roberto le cae la clásica cubetada de agua fría. Cachetada por pendejo. Creo que esa debió de haber sido la primera pregunta, Robertito. Este, ¿tienes novio, hombre, amante, consorte, prometido, pretendiente, compañero o lo que sea?

Ay, mira, te presento a mi novio, Roberto. Roberto, te presento a Roberto —se alegra, se emociona, se pone de pie, lo besa de nuevo, le mete la lengua hasta la garganta, Olga.

El Roberto de nuestra historia pone cara de idiota.

¿No me digas? —la boca abierta y los ojos saltones, sonrisa maliciosa, el segundo Roberto—. ¿El primer Roberto?

El mismo —abre su espejito y se acicala, saca el pecho, se acomoda el escote, Olga.

Muchos gusto —extiende su mano, aprieta efusiva y fuertemente, el segundo Roberto—. Olga me ha hablado mucho de ti.

Vaya. Curioso, ¿no Roberto?, después de todos estos años Olga sigue hablando de ti, y con su novio, y parece que éste ni se inmuta por tu repentina aparición. Y tú, quizá sólo un par de veces salió ella al tema platicando con tu ex-esposa y ni una sola con Alejandra. ¿Acaso la marca que ella te dejó fue tan indeleble que lo mejor era cortar de tajo y no volver a pensar en ella? ¿O al contrario, la marca se la dejaste a ella, por eso tuvo que hacer de tu recuerdo parte de su vida? Eso quisieras. Tu deseo de siempre, pasar por la vida tocando a las personas y dejándoles una cicatriz que nunca puedan olvidar, y que esos mismos hombres se resbalen de tu existencia sin más.

Nuestro Roberto se da cuenta, no sin amargura, de que sale sobrando. Inventa una excusa, me tengo que ir, quiere dejar unos pesos en la mesa, ellos no lo dejan, gracias y mucho gusto, mucho gusto tocayo, gusto en saludarte, lo mismo digo, luego nos vemos, adiós. Se va haciendo aún más coraje porque ni siquiera se terminó su café.

Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia delantetiene que volver a correr una vez más!”



Hellen está tumbada en la cama del hotel. Conforme cruzaba la puerta de su cuarto se fue quitando la ropa, hasta quedar completamente desnuda. Piensa en el borracho que la estaba acosando en el bar. No porque estuviera muy galán, además de que en su estado no hubiera durado nada, sino por el hecho de haberse acercado y por el hubiera. Quita la cobija recién tendida, acaricia las sábanas y se recuesta. Abre sus piernas y con su mano empieza a juguetear con su vagina. Su otra mano se desliza hasta los senos. Masajea uno de sus pezones. Ha pasado mucho tiempo desde su último orgasmo y más desde la última masturbación. La depresión y angustia estaban llegando a su fin. Esto lo comprueba por su grado de excitación. Su cuerpo está bañado en sudor y entre sus piernas chorrea el deseable líquido blancuzco mientras acaricia su clítoris. Se muerde los labios cada vez que se detiene para hacer más larga e intensa la sensación. Cuando se viene, de su garganta salen también los sonidos, las emociones y los pensamientos reprimidos en los últimos diez años.