Capítulo XI
 

 

XI



Estoy otra vez en la calle. No puedo estar mucho tiempo en la casa; todo me es aún extraño. Totalmente incómodo y distante. Este lugar no es mío; no lo he hecho yo y no me dice nada. No es que el exterior me diga mucho, al contrario, pero así es precisamente como debe de ser, el mundo más allá de los límites del hogar, en donde sabes que no tienes porqué sentirte seguro ni cómodo, que en ese momento te vuelves uno como los otros (esos otros que nunca has visto en tu vida) y que nada de lo que hay ahí afuera te pertenece; sin embargo, siempre sabes que hay un lugar al que puedes (y debes) regresar y ruegas porque ese tiempo que pasas en lo ajeno termine pronto para comenzar a desandar tus mismos pasos, pasos que sientes que nunca debiste de haber dado en primer lugar. Decido regresar a casa por un libro para ponerme a leer, ya que abrir un libro es regresar a casa.

Camino con la vista hacia el piso y las manos en los bolsillos, al momento de llegar a mi casa alzo la cabeza y observo una gran cantidad de pedazos de madera en el suelo, cerca de la cancha de voleibol. De golpe me viene la imagen de este recuerdo. El famoso “deja vu”. Quizá así es como surgen, de recuerdos momentáneos de la vida que ya viviste. Muchos chiquillos están ahí, divirtiéndose con los palos. Yo era uno de ellos. Pero ahora no estoy ahí. Parece que sí se puede cambiar el futuro. Sin embargo, ¿qué cambió? Aún recuerdo cómo uno de estos niños de pronto me dijo que me iba a dar con un tronco en la cabeza y mis palabras al momento de decirle no puedes hacerlo. Atentar así contra otra persona se me hacía imposible. La maravillosa inocencia del niño. Hasta aquel momento en que me lo estrelló en la espalda no sabía lo que era perder el control. Me dio uno, pero yo le regresé tres y con todas mis fuerzas. No pasó de ahí, pero es uno de los pocos recuerdos muy marcados que tengo. ¿Será simplemente uno de los tantos oscuros actos espontáneos que se realizan gracias a la libertad? Tal vez, pero luego te arrepientes, ¿qué clase de libertad es esa? Quizá este arrepentimiento es lo único que nos asegura la presencia de la libertad, ya que nos sentimos responsables por lo que hemos hecho, incluso cuando se demuestra que somos y estamos determinados. O posiblemente sea que la libertad brilla por su ausencia. ...lo que está subraya el silencio de lo ausente. ¿Quién escribió esto? Ya lo olvidé.

Se me antoja ir con ellos. Demostrarme a mí mismo que soy dueño de mi futuro. Curiosidad, más que otra cosa. Mis pies me llevan. Me mantengo a cierta distancia y veo cómo blanden esos maderos, como si fueran espadas. Les observo las caras. Trato de reconocer quién de ellos será o era el que me iba propinar el palazo. La curiosidad mató al gato. Han pasado muchos años. No recuerdo. Ahora son como otros niños cualquiera. Si los veo en la calle mi única atención es para no chocar con ellos. Doy media vuelta y me dirijo a la casa.

¡Ey, Roberto! —un palo en las manos, playera, shorts, sandalias, pelo negro revuelto, cara chamagosa, un niño—, ¿no quieres jugar?

Volteo y lo miro. Rápido, piensa en su nombre. ¿Ricardo?

Este, no gracias —miro al suelo, me rasco la cabeza, pienso, meto otra vez mis manos en los bolsillos—, me encantaría quedarme, pero tengo otras cosas que hacer.

¿Enrique?

¿Eh? ¿Estás castigado? —blande el tronco de un lado a otro, golpea el suelo, escupe, el mismo niño sin nombre.

No, más bien ocupado —camino de espaldas, me muerdo una uña, me despido.

¿José?

Ah bueno —se sube los shorts hasta arriba del ombligo, agarra otro madero, amenaza a un tercer escuincle.

Quién sabe. Por lo pronto Solovino. Ya me enteraré.

La puerta de malla hace un chirrido cuando entro a la casa. Mi madre está sentada en la sala zurciendo el hilván de unos pantalones, como es sábado y mi padre está en casa, ella no puede ver la televisión. Bájale a la tele, pero si casi no se oye, no me puedo concentrar, bueno mejor la apago. Aún es temprano para empezar a cocinar. Me le quedo viendo y sé que simplemente está matando el tiempo para la hora de la comida. Ese es el mejor modo de acercarse a mi papá, por el estómago. Seguramente están también esperando a reunirse con algunos vecinos para la hora de la cena. O más bien comida-cena, ya que nadie ingiere nada, excepto botana y cervezas, mientras se prepara el plato fuerte. Por lo regular carne asada. Al carbón. También espera ver a sus amigas. La vida social. Eso es relativamente fácil en la armada, ya que los maridos trabajan juntos y las esposas son vecinas. En las reuniones se olvidan de la milicia y son amigos, o al menos así es como debería de ser, pero muy raras veces pueden pasar del mi teniente o mi capitán ¿me pasa una cerveza?, al nombre de pila.

Hola mamá —me limpio los pies, me sacudo la tierra de mis pantalones, cruzo la puerta.

Hola mijo, ¿ya llegaste? —alza la vista, se limpia el sudor de la frente, se pincha el dedo con la aguja, dice ay, mi madre—. ¿Dónde andabas?

Pues por ahí, caminando un rato —voy a la cocina, abro el refrigerador, no encuentro refrescos, luego la nevera, tomo un boli de limón.

Ah, pensé que estabas jugando con tus amiguitos —se chupa la sangre del dedo, dice toma un plato no vayas a ensuciar, se acomoda los lentes para ver de cerca—, pero cuando salí a barrer el patio no te vi por ningún lado.

Estuve caminando por los alrededores de la colonia —agarro el plato, me siento al lado de ella, muerdo la orilla del boli, chupo el limón del hielo.

¿Afuera de la colonia? ¿Tú sólo? ¿Cruzaste las calles solito? —se le cae la cajita con los hilos, pone una mano en su rostro, da un suspiro—. ¿Y si te atropellan? La gente aquí maneja como bruta. ¿Y si te roban? Acuérdate de los robachicos.

Mamá, no te preocupes, miré a ambos lados de la calle y no dejé que ningún extraño se me acercara —saboreo el boli que se me escurre de los labios, le ayudo a levantar los hilos, ¿por qué le estoy dando explicaciones? Pareciera que el niño quiere salir y tomar posesión del momento. Sacudo mi cabeza para no dejarlo entrar y me repito soy un adulto, soy un adulto.

Primero a la playa y ahora por afuera de la colonia, ¿qué mosca te picó?, por lo regular no sales de la casa, y cuando sales te quedas a unos cuantos metros. Bueno, está bien, no importa, qué bueno que no te pasó nada —recoge el resto de los carretes, los pone dentro de su caja, observa el pantalón, ya terminé, dice—. Además qué bueno que llegaste porque necesito que me bajes unas guayabas del árbol.

Otra vez se me amontonan imágenes en las rodillas. ¿Qué acaso todos mis recuerdos pasaron en el mismo día? Primero es lo del leñazo con el otro niño, ahora es cuando mi madre me manda a cortar unas guayabas y me pican las avispas desmaya-gentes.

Mamá, no puedo subir a ese árbol porque tiene un panal de avispas —mi corazón se acelera por el recuerdo, cómo todo mi cuerpo se va a empezar a entumecer.

¿Qué, un panal? No seas chismoso, yo no he visto ninguno, seguramente lo estás inventando porque no quieres hacerlo —se pone de pie, cuelga el pantalón en una silla, pone ambas manos en su cintura, me reta con su mirada.

Te lo juro. Todavía recuerdo cómo me van a picar —dejaré de sentir mis manos, la luz del sol se volverá muy intensa.

¿Cómo, ya te picaron antes? —abre mucho los ojos, se lleva una mano a la boca, pregunta cuándo dónde.

Ay, ¿cómo explicarle a mi madre que esto ya pasó pero que aún no ha pasado, y que ha sido así una infinidad de veces? Haber Robertito, explícale.

Bueno, está bien, no me creas, pero vamos para que lo veas con tus propios ojos —perderé el equilibrio, no podré hablar, casi caeré de la azotea.

La tomo de la mano y la conduzco hasta el árbol. Miramos por entre las ramas largo rato, con un palo largo las muevo, pero no alcanzamos a percibir nada. Ahora que lo pienso, esa vez de las avispas no fue la única en la que mi madre me mandó y me mandará a cortar guayabas. Tal vez ese día no es hoy. La miro y pongo mi mejor sonrisa.

Mi mamá está abajo cachando, y yo dejo caer las guayabas.



Mientras estoy trepado en el árbol el tiempo transita muy lentamente. Pienso en mi vida y, con una media sonrisa, llego a la conclusión de que no todo será tan malo. Siempre me jactaré de que podría morir en cualquier momento y me sentiría satisfecho con mi vida. Tratando de quitar todo arrepentimiento. Sí, ya sé, se me va a reprochar que es una visión muy conformista, mediocre y apática. Es que la idea del hombre-proyecto, incompleto, siempre corriendo para alcanzar una meta que en realidad jamás es la nuestra, nunca me va a gustar, incluso desde antes de estudiar filosofía. Son demasiados presupuestos que se toman a la ligera y que se dan por un hecho. Adiós a la perfectibilidad, a la evolución, a los fines, a los principios. Y entonces, ¿qué nos queda? Sí, lo sé, lo sé. Dices que siempre debe de quedar algo. Un algo de dónde agarrarse y en dónde pisar. Los hombres no saben ser inútiles. Ellos tienen caminos que seguir, puntos que alcanzar, necesidades que realizar. Cioran. Y, sin embargo, ante la aceptación de la vida siempre queda la duda, ¿qué habría pasado si le hubiera contestado de otra manera? ¿Qué me hubiera dicho si la miro directo a los ojos y no hacia el suelo? ¿Habría sido mi novia si no hubiera jugado a hacerme el interesante? ¿Y si me hubiera quedado con mi hijo? ¿Y si no me hubiera emborrachado esa noche? ¿Habría tenido su respeto si no me hubiera ido sin decir nada? ¿Y su hubiera hecho el doctorado? ¿Y si antes de casarme la hubiera conocido por más tiempo? ¿Sería más feliz si tan solo hubiera aprendido a manejar?

Con seguridad algo que no voy a repetir será juntarme con esa inglesa que conoceré en Cancún. Aunque ella me va a atraer mucho (güera despampanante con grandes caderas), no quiero tener que abandonarla otra vez, ni a ella ni a nuestro hijo. Mejor que no haya ni ella ni el niño. Maldito condón viejo. Romperse en la primera revolcada. Bloody hell! Pero con esa única vez será suficiente para sacar el premio mayor. Ni siquiera podremos entender lo que el otro dice y seremos padres de un chamaco. No tendré dinero para mantenerlo, ni siquiera para ayudarlo, y cuando lo tenga siempre me lo gastaré con mi otra mujer. ¿En qué estaré pensando? Una de las etapas más complicadas y estúpidas de mi vida. Todo comenzará con miraditas fugaces en el centro nocturno. Música movida y bebidas a la orden. Una copa para ella con el mesero, sonrisas y luego a bailar. Todo será con señas y un par de palabras que aprenderé de tanto ir al cine. Terminará la noche con nuestros labios unidos y sin intención de separarse. La siguiente cita será directo en un motel, dando lugar a la catástrofe. Shit! Trataré de sobrellevarlo, estando con ella los siguientes meses y, después de mucho pensarlo, poniéndole mi nombre al niño. Aguantando gritos y sobrerazos. Pero me negaré al matrimonio, porque no la amaré, hubiera sido un error más. Y cada quien con sus idiosincrasias, pero su obsesión con el agua será el colmo. Ay, me duele la cabeza, estoy mareado, tengo gripa, mis manos están resecas, me arden los ojos, no puedo dormir. Drink water. Además tendremos problemas por el modo de educar a nuestro hijo. La güera se enorgullecerá tomándole fotografías en cumpleaños, navidades, celebraciones. Siempre con una gran sonrisa y sus mejores ropas, y luego me decía así cuando crezca vea que su infancia fue feliz. Nunca estaré de acuerdo con esa unilateralidad. Únicamente mostrarle esos pocos instantes que denominamos de simpatía, amistad y amor, y decirle ¡hijo, ese es y así es el mundo! Con esa ceguera voluntaria que piensa que cerrando los ojos la desgracia desaparece. ¿Con qué cara le vamos a responder a este hijo, una vez crecido, cuando nos pregunte porqué lo hemos engañado? ¿Que porqué lo dejamos creer que el trayecto es un camino dulce y plano? ¿Por qué le hicimos tragarse el cuento de que la vida es lo que se muestra en una fotografía familiar y negamos aquellas que nunca se tomaron? Insistiendo en que se recuerde lo bueno, lo agradable y se olvide lo malo, el dolor. Nosotros, mortales, buenos y malos, pensamos que alcanzamos lo que esperamos; pero viene la desdicha y nos lamentamos. Solón. Olvidando que Balder ha muerto y que el mundo se ha quedado huérfano y sin justicia. Caminando hacia el gran invierno. Ahí estoy recibiendo mis regalos de cumpleaños. ¿Dónde está el retrato de mi papá y mi mamá gritándose cuando el dinero no alcanzaba? Aquí estoy obteniendo mi diploma. ¿Dónde está la de cuando me fui a extraordinario de historia, física y química? Aquí estamos mi primera novia y yo dándonos nuestro primer beso. ¿Y la de cuando terminó conmigo el mes siguiente diciéndome que estaba aburrida de mí? La vida no es lo que tú me enseñaste papá. Quiero una imagen mía llorando de angustia. Mordiéndome las uñas en soledad. Sufriendo de celos. Gritando de desesperación. Agonizando de enfermedad. Odiando a mí amante. Cayendo al vacío. ¿Cómo mirarlo a los ojos y decirle discúlpame, no sabía lo que hacía? Aunque, no sé qué sería lo peor, el que me formule esta pregunta o el que no me haga ninguna.

Cuando me iré, será para no mirar atrás. No habrá ni un adiós, ni a ella, ni a él, ni a la otra. Empezar otra vez.

Quizá deba simplemente fijarme en la fecha de caducidad.