Capítulo X
 

 

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¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad”.

Edgar se fue desde hace rato. ¿Necesitas un aventón? Roberto mira su reloj, no gracias, aún es temprano. Pero, ¿qué vas a hacer aquí? No sé, leer un rato y tal vez me meta otra vez a la librería a ver qué encuentro. Sale pues. Te cuidas. Igual. A ver si luego nos vemos para tomar una chela. Estaría bien. Saludos a Lorena. De tu parte. Hasta luego. Hasta luego. Aunque gran parte del tiempo estuvo intranquilo por la inesperada aparición de Jorge, platicar con Edgar le hizo bien. Por muy acostumbrado que estuviera a la vida solitaria, siempre era bueno ver a un amigo. No eres tan independiente como presumes, ¿verdad Robertito? Ahora sólo le queda pasear un rato y regresar a casa a calificar exámenes y preparar la clase de mañana. Y en ese momento será lo que en nuestro mundo capitalista y consumista se denomina un día completo. O productivo. Entonces, ¿por qué sientes tus días tan vacíos? Porque haces cosas mundanas, lo sabes. Pero, ¿qué otra cosa puedes hacer? Le da el último trago a su café, que ya está frío. Es lo malo de aquí, si quisiera otro tendría que pagarlo aparte. Levanta los lentes de la mesa y se los coloca. Los demás consumidores se vuelven visibles. Gira la cabeza para ver si hay alguien conocido o alguna muchacha guapa. Por eso a Roberto le gusta tener mala vista. Cuando está en un lugar público tratando de leer se distrae muy fácilmente con cualquier persona que pasa y si la que pasa es una mujer atractiva, tarda un rato en volver a concentrarse. Mejor quitarse los lentes y que todos se vuelvan manchas indeterminadas. Ojos que no ven, corazón que no siente. En un cierto sentido. Y hasta parece que sus mismas voces se vuelven difusas. Alza la mano y escribe en el aire para pedir la cuenta. Se restriega los ojos, ya le están empezando a arder. Dicen que es la contaminación, pero cuando ha estado en provincia, en donde hay muchísimas menos millones de personas y de automóviles, le pasa lo mismo. Con que no se quede ciego, todo está bien. ¿Quién te leería, como a Borges al final de su vida? Jaja, dudo mucho que encuentres a tu propia María Kodama. ¿Alejandra tal vez?, ni lo sueñes. No lo olvides, lo de ustedes no es amor, no hay compromiso, es siempre un hasta luego, espero verte mañana, y si no, que te vaya bien. Pues a aprender braille entonces. Ja, con lo huevón que eres. Aunque si no te queda de otra pues puede ser. O unos audiolibros. Lo sé, los que hay son una mierda. Pero bueno, aún no trae lentes de fondo de botella, por eso no se preocupa mucho por ello. Paga lo justo y deja diez pesos de propina.

Pero dime, ¿qué otra cosa podrías hacer?

Dices que no lo sabes, yo sé que sí, o al menos intuyes que la respuesta sería demasiado terrible o en extremo simple para comprenderla. Se levanta de la mesa, recoge su mochila y sale a vagabundear por el ahora tranquilo jardín del Centenario, siguiendo la calle Carrillo Puerto y perderse en las otras vías paralelas al centro de Coyoacán. No es fin de semana, los puestos ambulantes, músicos, danzantes, juegos mecánicos, hippies y pordioseros brillan por su ausencia. El sol empieza a descender, con algunas nubes multiformes a su alrededor. Roberto se detiene en seco para observarlas. Un tipo que venía caminado detrás choca contra él. Disculpe. Disculpa. No te preocupes. No logra distinguir ninguna forma conocida. Quizá un gato, pero medio mocho. Sin cola y sin una pierna. Aquella podría ser una ballena. No, más bien un balón de rugby. Aún así son muy pocas, mejor se echa a andar de nuevo. A su lado pasa una muchacha joven con tremendo escote y ombliguero. En esa cola si me formo, diría su amigo Julio. Piensa en Alejandra. ¿Seguirá en el trabajo? Tal vez. Toma su cartera y saca una tarjeta telefónica. Camina hasta la esquina en donde está el teléfono público. Al parecer no es el único hombre en el planeta que no cuenta con celular, ya que tiene que esperar.

¿Qué le voy a decir? —se dice. ¿Por qué te es tan difícil? Con un simple hola, ¿cómo estás?, ¿cómo te fue?, ¿qué estás haciendo?, se abre la plática y de ahí las palabras salen solas. ¿Y si está ocupada?, bueno pues en ese caso le dices que sólo llamaste para saludarla, a las mujeres eso les encanta, ya que cae de sorpresa y se ponen contentas de que estés pensado en ellas. Pero a ella no le gustan las sorpresas, dice que el sorprendido siempre es uno, entonces inventa que olvidaste un libro en su departamento y que nada más hablabas para saber si está ahí. No es mala idea, eso podría servir.

Por fin llega y marca su número, pero ella no contesta. Puta madre. Entra el correo de voz. Cuelga porque no le gusta hablar con esas máquinas. En el último segundo decidió que quería decirle que la extrañaba y que quisiera verla. Aunque ayer estuvieron juntos, no puede dejar de pensar en ella. ¿Estás rompiendo tus propias reglas, Robertito? Pues sí, el único que tiene derecho a romper las reglas es aquel que las hace. ¿Entonces cualquier otra regla no puede romperse? ¿Quién es aquél que hace esas otras reglas? ¿Cómo sabes que no has sido tú? Y si sí has sido tú, ¿no tendrías el derecho, o hasta el deber, de hacerlas pedazos? Igual y simplemente lo olvidaste. Tan despersonalizado, tan dependiente, tan esclavo que has olvidado tus propios actos. Abres los ojos para encontrarte en un mundo ya formado y estructurado, con todas sus reglas muy bien establecidas y te sientes extraño. Obedecemos al principio de autoridad. Cualquier ismo te basta para creerte y sentirte como un huésped bien recibido, claro, eso si ya no sigues en el estado de necesitar un padre amoroso que no te pierde de vista. Esto yo no lo he hecho, no es mi responsabilidad. El mundo es tu obra, pero puedes ignorarla. Como el dios (¿cuál?, cualquiera) que después de crear el mundo se retiró quién sabe a dónde. Se cansó tanto en el pestañeo de su creación que se apostó en unas vacaciones perpetuas. ¡Qué jodidos estás diciendo, basta ya de pendejear! Roberto sigue caminando, hasta que llega a una banca a mitad del jardín y deja caer su cuerpo en ella, mientras un tipo que está sentado en el piso hace sonar su armónica.

Bastante mal, por cierto. Aún así algunas personas le han dejado un par de monedas en su gorra de béisbol que está en el suelo enfrente de él. Pero lo que él no sabe es que la causa de esa caridad es para que ya deje de tocar, ja. Como el chiste ese del dueño del restaurante que le paga una lana a unos músicos que están en su local (tocando bastante horrible), para que vayan a tocar al restaurante de enfrente, pero resultó que a ellos los había contratado primero el dueño del otro establecimiento para que sonaran sus instrumentos en el de él. O algo así. Lo sé, no tiene gracia. Poco a poco le llega el olor a marihuana. Voltea y nota que está muy cerca de la sección del jardín en donde se juntan los pachecos. No son tantos como antes, pero aún los suficientes como para alegrar a cualquier incauto que pase por ahí. La vida es bella, compa. Roberto se imagina que si hubiera estudiado filosofía en la UNAM, seguramente estuviera entre ellos. Pero no, el destino lo llevó a estudiar a una universidad de paga y a ser ahora un respetable miembro de la sociedad mexicana. Ja, este chiste está mejor, Robertito. Verdad que sí. Tal vez deberías de estar con ellos y así no estarías todo preocupado por esa llamada que no llega. ¿Qué, no dices nada?, bueno, interpreto tu silencio.

Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrían que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?”.



Nunca ha sido muy bebedora, pero el tequila que se toma Hellen de un solo trago en un bar que encontró en su caminata, hace que se ponga de mejor humor. Exprime un limón contra sus dientes y labios para dejar salir el jugo hacia su garganta. Si hay un día en el que es necesario tomar una copa, ese día debe de ser hoy, se dice cuando entra. En la televisión hay un partido de fútbol, que le hace recordar su país. Maybe I should never leave in the first place. Se toma el segundo caballito diciéndole al cantinero que ya es tarde para arrepentirse. Éste asiente y, como todo cantinero que se digne de serlo, dice: siempre es tarde.