Capítulo VIII
 

 

VIII



¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final”.

Roberto intenta leer mientras camina, pero se tropieza y casi cae. Cierra el libro, lo mete a la mochila y saca sus audífonos. Adiós a los claxon, a los enfrenones, a los gritos, a la música grupera, al berrear de los pájaros. Aunque esto también incluiría cualquier bocina de un coche que esté a punto de atropellarlo. Unas por otras. Al menos no sabrás por dónde te pegó. ¡Zas! Pero, ¿y Alejandra? Alza la cabeza y mira a ambos lados y hacia atrás. Los ojos muy abiertos. También hacia abajo, no te vayas a trompicar de nuevo y te partas la madre. Una gran tira de árboles chorreantes adornan la avenida. Va por la banqueta y las calles pavimentadas, para evita caminar por el pasto y la tierra a causa del lodo. Los largos cables de luz han perdido su firmeza y están muy cerca de que le rocen la cabeza. La lluvia se ha calmado, pero las nubes aún siguen ahí, amenazando. Olvidó su paraguas en la escuela. Chingado. Pensó que ya no iba a poder dar su paseo habitual, pero en eso el aguacero se detuvo. Sin embargo, el viento frío y el olor a tierra mojada no le dan muy buena expectativa. Su paso es lento, no quiere llegar a casa a calificar exámenes. Gallo, gallina. Esquiva un chorro de agua que cae de una azotea. El fluido está negro, ¿hace cuanto que no limpiaban esa terraza? Gallo, gallina. Quizá tome alguna desviación para pasar el rato antes de las obligaciones.

Hasta la noche verás a Alejandra. Claro, si no tiene mucha chamba. Cruza los dedos. Te molesta su trabajo, ¿no es cierto? No su trabajo, sino lo mucho que trabaja. Cuando hay considerable labor el impulso sexual se va por los suelos. Y no la ve en varios días, hasta que está hecho o resuelto el problema. Hoy quiere verla. También tocarla, acariciarla o tomarle fotografías. Sonríe. Alejandra es muy complaciente; es muy raro que le diga que no a algo, cuando está cansada de plano ni se ven y así no hay nada qué reprochar. Le cae una gota en la cabeza. Mira al cielo. No ve el charco que está enfrente de él. Hunde el pie hasta la pantorrilla. Mierda. Un hoyo en el concreto. La lluvia comienza de nuevo. Corre hasta la parada en la avenida Miramontes y alza la mano al primer microbús que pasa. Dirección Metro General Anaya, Tlalpan. Tómalo. Está lleno, como siempre, pero se trepa. Paga con un billete grande y el chofer lo mira con cara de pocos amigos. Ni modo, qué puedes hacer, no traes nada de cambio. Ahora su bolsa del pantalón repiquetea como sonaja por tanta moneda. Medio pie le queda volando en un agujero en el piso del vehículo. La lámina ha sido doblada hacia abajo, se ve cómo papalotea contra el pavimento. Distingue la calle en una mancha escurridiza, cables y algunos tubos. Se adueña de un lugar que acaba de desocupar un pasajero, sin el menor remordimiento por los que estaban antes. Siente su pie empapado y piensa que ojalá y no se enferme. Ojalá y no me enferme. Guarda sus audífonos y saca otra vez el libro.

Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia delante —es otra eternidad”.

Debería de estar en una playa, piensa. Hace más de dos años que no sale de la capital. Se mueve en su asiento, incómodo: está roto y el plástico le pica las nalgas. Es que, con toda esta agua, te dan ganas al menos de recibirla en provincia con un calor que ayude a disfrutarla. Como cuando estabas en Cancún, Robertito, con los huracanes, era demasiada lluvia pero caía bien a los huesos. Pero Cancún está fuera de las posibilidades. Sería revivir muchos recuerdos y tocar muchas fibras sensibles. ¿Qué tal si la veo?, dice, y su vecino de asiento lo mira pensando que le habla a él. ¿Qué tal si lo veo? Se fue de ahí para no volver. Huída sin paralelo en su historia. ¿Qué tal si los ves, cabrón? Fue como el típico voy por un café y nunca regresó. Mi vida era un infierno, se dice, se repite. ¿Lo era? Esa mujer era una perra y además castradora. Una bitch, diría ella. Además no había amor, ¿a quién engañaban? Bueno, ella a él sí lo amaba. Ella le decía I love you. Él se hacía el sordo. O le repetía con sus mismas palabras I love you too. Nunca se lo dijo en español. El decírselo en inglés era para no comprometerse, ya que para él, hispanohablante nato, las palabras en otro idioma no tienen el mismo significado ni la misma potencia o alcance, aunque literalmente signifiquen lo mismo. Eran palabras vacías. Ella jamás escuchó un Te amo de su boca. Trató mucho, pero a fuerzas ni los zapatos entran. La pensó y se decidió. ¿Seguro que ella sí te amaba? Quizá ya hasta se mudaron de allí.

Hay muchos otros lugares. Cancún no más.

El camión sigue surfeando por toda la avenida. El agua le llega a mitad de la llanta. Da vuelta en la avenida Taxqueña y toca el timbre. Tiene que tomar otro microbús que lo llevará a Coyoacán. No está lejos, pero mejor que ir caminando en este aguacero. Se seca la cara con una vieja servilleta que tiene guardada en un bolsillo del saco. No recuerda de dónde la agarró.



Aquí el café está mejor. Claro, por eso cobran lo que cobran, se dice Roberto. La carpa del restaurante Frida lo cubre de la llovizna, que no moja, pero como chinga. De suerte encontró una mesa, con este clima las fondas de Coyoacán se llenan como prostíbulo en quincena. Bueno, al menos eso dicen. La dueña lo conoce por sus visitas recurrentes, señor Terveen, pase pase. No importa la gran cantidad de leche y azúcar que le sigue poniendo a su café, aún le sabe amargo. De haber sabido no hubiera venido. Él los vio primero y pensó en irse, pero en ese mismo instante ellos también lo vieron. Edgar y Jorge. El pequeño y ancho cuerpo de Edgar venía por delante. Una amplia sonrisa, el mismo pelo corto con el mismo peinado hacia atrás de toda la vida. Pantalones de mezclilla, sudadera de Warner Bros. Los ojos se le ven más pequeños, la ropa más apretada, el cuello se ha vuelto inexistente. ¿Cuántos kilos habrá subido? Esta panza no es de salario mínimo, siempre dice con una carcajada. (Si el padre de Roberto lo viera, ya lo estaría regañando por su gordura. En otro tiempo.) El alto y delgado, aunque barrigón, cuerpo de Jorge por detrás. No había sonrisa. Un gato sin sonrisa. Hubiera preferido una sonrisa sin gato. Cabello también muy corto, pero con la coronilla ya clareada. Traje gris obligatorio. Barato. Como el de un defensor de oficio en las zonas marginadas del Distrito Federal y que termina dando clases en un preparatoria sin levantarse de su asiento y sin dejar de hablar, de cualquier otra cosa menos su materia, durante cincuenta minutos. Ojos caídos, grandes ojeras. Restos de salsa roja en el cuello de su camisa. O al menos eso parece.

El amigo y el traidor.

Hizo un gran esfuerzo por controlarse y delinear él también una sonrisa cuando lo saludaron. Edgar más bien, porque Jorge puso cara de circunstancia o de trágame tierra. Ellos se acercaron. A Edgar tenía un rato que no lo veía, si bien se frecuentaban de vez en cuando, pero a Jorge ni una sola vez desde el incidente. Hola, hola, ¿qué hacen aquí?, pues nada buscando un libro de derecho para Jorge, ah, ¿y tú?, sólo dando la vuelta. Le dio un abrazo a Edgar, como siempre, y a Jorge sólo la mano, y él tenía la vista baja. No puede mirarme a los ojos, piensa Roberto. ¿Vergüenza? Si fueran otras personas, un encuentro así hubiera significado irse a los golpes, mentarse la madre o al menos ignorarse e irse. ¿Mortificación? Pero ambos se conocían muy bien y por muchos años. Si Roberto no lo golpeó esa noche, tampoco lo iba a hacer hoy. Claro, eso no evitaba amargarle el resto de la tarde. ¿Arrepentimiento?

Ya han pasado tres años, pero aún no puede quitar de sus recuerdos nocturnos la imagen que presenció en el sofá, al momento que abría la puerta de su casa. Sus lentes se habían empañado por la brizna que caía esa noche y tenía que mirar por encima del vidrio. Dos cuerpos informes revolcándose en la sala. No necesitó la ayuda artificial de los anteojos. Quién más podría ser. Aun borrosa, la figura de ella, sus formidables caderas de arriba abajo, y su olor eran inconfundibles. A él lo reconoció hasta que se acercó, con el aliento entrecortado. Lárgate de mi casa, fueron sus únicas palabras. Y luego saber que su amistad y su matrimonio habían concluido.

Todo por llegar más temprano que de costumbre. De sorpresa. Por eso siempre ha odiado las sorpresas.

Edgar está enfrente de él, mirando su café y revolviéndolo pausadamente con la cuchara. Mudo. Jorge no tuvo que decir nada, después de un rato de penoso silencio anunció que se iba. No, cómo crees, le dijo Edgar, no, está bien, tengo que, este, seguir buscando unos libros, voy a ir a otras librerías más especializadas, se cuidan, igual y a ver si luego nos vemos, claro nos ponemos de acuerdo, te llamo, sale pues, bye, bye. Lo miraron hasta que se fue. Luego salieron, Roberto molesto, hacia la cafetería de al lado. El Frida.

Órale, pues no sabía que aún veías a Jorge —agrega otro cubito de azúcar al café, se rasca una oreja, mira las piernas de una güera que está sola en la mesa de enfrente, Roberto.

¿Hola? Alexander, por fin te encuentro —un cigarro tiembla entre los dedos de Hellen, preocupada después de dos horas de llamadas frustradas—. ¿Dónde andabas? Ah ok. No, está bien, no te preocupes. But be very careful, ok? You know I love you, right? Te quiero baby. Fíjate en lo que haces. ¿Eh?, sí, yo estoy bien, ya sabes, cansada por cosas de trabajo. Pero ya todo va a estar bien. Everything it’s going to be fine, just fine.

Pues porque nunca me habías preguntado —no deja de mirar su taza, nunca le ha gustado mucho el café, saca un cigarro un poco arrugado del bolsillo de su camisa, Edgar—. Desde lo que pasó ya no hemos hablado de él. Ni de eso.

Lo sé, lo sé —llega la cita de la rubia, se besan en la boca, deja de mirarla, se acomoda los lentes, Roberto—. Simplemente me sorprendió.

Roberto abrió la boca para preguntarle si también sabía algo de su esposa. Ex-esposa. Pero se contuvo. Mejor no escarbarle a ese tipo de recuerdos. ¿Verdad Robertito? Ya hombre, confiesa que te mueres de ganas por saber si ellos están juntos o separados, si se aman o se odian, si ya están casados o si ella tiene otro amante. La curiosidad asechante cuando se meten con las cosas de uno.

¿Y tú, buey, cómo estás? —quiere sacarle la vuelta a sus propios pensamientos, el recién llegado mete mano descaradamente entre las piernas de la güera, mira hacia otras mesas en busca de otros paisajes dignos de admirarse, Roberto.

Bien, bien —sonríe, sigue con los ojos la mirada de Roberto y dice quedito esas manos árbitro, pone los ojos en blanco, Edgar—. Todo tranquilón. Ya sabes.

¿Sigues con Lorena? —se encoge de hombros, apunta discretamente con el dedo las nalgas de la mesera, Edgar mira y asiente con júbilo, Roberto.

Este, mm, sí —tira su café en una maceta, llama a la mesera para pedirle más, ella llega y desvergonzadamente la desnuda con la mirada, quién fuera tanga, Edgar.

Pues ya tienen un rato juntos, piensa Roberto. Qué será, ¿un año? Él creyó que lo suyo no iba a durar, ya que ella es casada. Recuerda cómo Edgar se puso muy nervioso al contarle sobre Lorena. No sabía cómo ibas a reaccionar, ¿verdad Roberto?, después de lo que pasó entre Jorge y tú. Que lo ibas a juzgar. Como si no te conociera. Pero sólo le dijiste pues cuídate, tú sabes lo que haces. Luego le contó que es la maestra de geografía de la misma escuela en donde Edgar da clases de inglés. Que tiene una hija. Y que su marido la ignora. Roberto lo escuchaba, tratando de mantener alejada de su memoria su propia situación. El único consejo que pudo darle, al final, fue: siempre vayan a un hotel, no se te ocurra hacerlo en su casa.

Está bien, qué bueno —se recarga en su asiento, se roe una uña, quiere cambiar de tema, dice mira que buena está aquella vieja, Roberto.

¿Por qué las cosas han cambiado tanto, Roberto? No te hagas, que bien que añoras esos días en los que tus amigos llegaban a la casa de tus padres, que ahora es la tuya, como punto de reunión. Se veían cada semana, pero parecían meses, se saludaban con mucha efusión y platicaban hasta cansarse. Dile a tus papás que nunca vayan a vender esta casa, Roberto, le decían sus amigos. Si estas paredes hablaran, jaja. Pues la casa no se vendió, ahora él la tiene, pero ellos ya no van. Y si lo hacen será una vez al año, y por muy poco tiempo. ¿En qué momento comenzaron a separarse? Eran los mejores amigos y al calor de la borrachera lo gritaban con lágrimas en los ojos. Supones que cada quien anda haciendo su propia vida. Incluso tú, Robertito. Los demás prácticamente ya no forman parte de ella. Qué triste, dices. ¿Triste?, si tú fuiste el primero en alejarte, acéptalo. Con tus viajecitos por diferentes playas y provincias. Ya no quería estar en la capital. Se fue, sin mirar atrás. Te has vuelto un experto en eso, ¿no es cierto? Algunas veces duele más que otras, confiesa Roberto. Muchas promesas de escribirse y llamarse. No pierdan el contacto cabrones; ya no más visitas de doctor. Sí, cómo no. ¿Cuánto tardaste en perderlo? Lo sé, no quieres hablar de ello.

Cambiemos de tema.

Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: —y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: «Instante».”



El dolor de cabeza no se le ha ido desde que llegó. Varias aspirinas, mucha agua y no se le quita. A Hellen nunca le ha gustado la Ciudad de México, ya que la contaminación y la altura la desmejoran. Tiene ganas de salir a caminar para respirar aire fresco. Se ríe porque sabe que esto no es posible en el D. F. Rápidamente voltea a mirarse en el espejo. Su propia risa la sorprende. Aún puedes reír, Hellen. Es cuando en verdad se da cuenta de que todo está bien. Everything is fine. Cierra la puerta tras de sí con dirección a la calle.