Capítulo VII
 

 

VII



Salgo a caminar. Necesito respirar un poco de aire fresco, además de que ya es hora de mi paseo habitual. Veo mi vieja bicicleta azul contra la pared de la cochera, no la agarro, aunque el deseo es grande. No eres un niño, no eres un niño. No es que esté mal o sea infantil que los adultos anden en bicicleta, pero su diseño con la llanta de adelante más pequeña que la de atrás, la hace parecer como de circo. Con las manos en los bolsillos me dirijo a la playa. Está cerca, justo detrás de la colonia. Ando hasta la esquina y veo al guardia de turno. Está metido en la pequeña cabina para cubrirse del sol. Desde ahí da una ojeada rápida a todo coche que quiera entrar. Se echa aire al rostro con un pedazo de cartón. En sábado y yo aquí metido, ha de estar pensando. A menos, claro, que sí le guste la vida militar, y le parezca adecuado estar aquí sólo, cumpliendo con su deber, mientras su esposa y sus hijos en la casa esperándolo. No hay ni una nube en el cielo y el viento parece que nunca hubiera existido. Giro hacia la derecha, sobre la avenida del Pueblo, que cruza con la avenida de la Marina, y al frente es en donde llegan los cruceros y los ferrys. Pasa un anciano a mi lado con un hilo de pescar enrollado en su antebrazo. Una cubeta cuelga de su mano y se perciben algunas aletas aún moviéndose. Tendrá para comer por un par de días. Un largo y brillante curricán pende de la orilla del hilo transparente. He visto cómo pescan: hacen girar el hilo como si fuera un lazo, y con el peso del curricán agarra bastante distancia, luego, sin ver, con una mano agarran el cordón al momento que la punta toca el agua. Y empiezan a jalar. Muy rápido. Los rayos del sol se reflejan en el cuerpo del curricán, llamando la atención de los incautos peces, que nadan presurosos para atrapar esa lucecita escurridiza. Este hombre es un buen prototipo para interpretar el papel de Santiago en el Viejo y el mar. El rostro cansado, no del trabajo, sino de la vida, en la que ningún pez gigante ha picado jamás. Me recuerda a mi abuelo.

Me percato de que aún está vivo.

Sonríes, siempre te caerá bien el viejo, ¿no es cierto? Tienes que trabajar en algo que te deje dinero, son las palabras que escucharé de toda la estirpe, pero de quien más lo oiré será del abuelo. Para que no sufras, como sufrí yo. Era alto, corpulento (inclusive lo seguía siendo a los noventa y siete años, cuando morirá), ojos verdes y barba escasa. Carácter fuerte, trabajador y aventurero. Creo que fue como por el cuarenta y cinco, no recuerdo bien, cuando mi abuelo y mi abuela se conocieron, se conocerán y se han conocido, una y otra vez. Él servía en el ejército y se encontraba de base en un pueblillo, cuyo nombre he olvidado, donde ella vivía. Eran como las ocho de la noche y el joven y apuesto cabo se hallaba cumpliendo órdenes, haciendo guardia en la puerta principal de la base. Las guardias son muy fastidiosas, sólo contar los minutos para la llegada de próximo soldado que te relevará; decía esto tanto mi abuelo como mi padre al momento que contaba cada quien sus anécdotas militares. En la esquina de la calle de enfrente, avenida 5 de Mayo me parece, a unos sesenta metros, había un vendedor de sandías. De pronto los ojos del mancebo se abrieron ante una silueta que se dibujaba en la oscuridad, y después se entrecerraron para tratar de hacer más nítida la imagen, pero sin mucho éxito. Por fin pudo deleitarse con la figura de una hermosa joven de unos veintitantos años que iba en dirección del mercader de sandías. Chaparrita, el cabello oscuro azabache, piel blanca, las facciones del rostro muy marcadas, sobre todo los pómulos, oscureciendo sus ojos y que la falta de luz natural acentuaba, un vestido floreado de una sola pieza, sandalias de dos tirantes y horcadedo, belleza natural, de pueblo, sin maquillaje.

En la milicia lo elemental es el cumplimiento de las órdenes, todas las caricias y acometidas de que eran víctimas los futuros soldados en sus años de potros, perros o como los llamen, tenían la función de enseñar a obedecer. Y, ya sea por las buenas o por las malas, todos terminaban obedeciendo, o, en el más trágico de los casos, desertando con la vergüenza y las lágrimas a rastras. Al verde soldado parece que se le olvidaron todos esos años duros, simplemente no podía dejar pasar la ocasión y, abandonando su puesto, fue hacia la señorita con el designio de decirle algo. Qué iba a decir o hacer, no lo sabía con seguridad. Pero no se detenía, era llevado por un impulso que no era sensato (pero que al final tiene más sentido que cualquier razón que me puedas dar). La joven estaba seleccionando las sandías cuando llegó el soldado y se plantó frente a ella, la observó y, sin pensarlo siquiera, tomó la sandía que tenía más cerca, sin despegar los ojos de ella, y se la ofreció con estas palabras: Mire señorita, llévese esta sandía, es la mejor de este puesto, su interior está tan rojo como mi corazón. La joven, sin decir palabra, tomó la sandía y se fue con ella a su casa. Lo que nadie sabe es que la mamá de ella, al recibir la sandía que le había encargado a su hija, se dio cuenta de que no servía, ¡estaba podrida! Y le dijo ¡Hay hija, cómo serás pendeja!, ¿qué no te he enseñado yo a escoger sandías?, ¡mírala!, está toda blanca. Pero en ese momento la mamá no sabía que la muchacha sí se había dado cuenta, pero no dijo nada por no ofender a tan galante mozalbete uniformado que se le había acercado. ¡Fue amor a primera vista! Y de ahí en adelante nada los separaría; ni siquiera el ejército que tanto amaba el inexperto militar. La abuela joven, que no quería andar de arriba para abajo como acostumbran trajinar la gentes en la milicia, dio un ultimátum: Si te sales, te cumplo. Y la infanta futura abuelita cumplió. Cumplirá. Sigue cumpliendo. Una y otra vez.

Sonrío de nuevo. Ella también está viva y aún con sus dos piernas.



Qué distinto es caminar aquí y ahora, que en el futuro cuando haré mis largos recorridos hacia la escuela. Los cielos grises con pequeños toques azulados. Mucha contaminación. Salir a la calle con dirección a la universidad. Avenida Miramontes. Al sur de la ciudad. Gran número de árboles a lo largo del camellón. El clima templado, por ser muy temprano. Usando el suéter negro de cuello de tortuga que mi novia en ese momento me regalará. Sólo faltará un rico y caliente café con leche. Con dos de azúcar. ¡En verdad que no sabrás tomar café! Como nena. Mucha gente en la calle. En la época en que la población del Distrito Federal superará los veinte millones. Muchos coches. Más contaminación. Todos en dirección a la estación metro Taxqueña. Ya sea por periférico o por la misma avenida Miramontes. Cargando demasiado el tráfico. Filas interminables de auto-transportes individuales y que controlan al que cree controlarlos. En cambio, el regreso estará vacío. Espérate para la tarde. Cuando todos los que van, vengan. Siempre son los mismos. A diferente hora. Es un deporte nacional buscarse un trabajo o una escuela que está lejos de la casa. ¿En dónde vives?, en Ojo de Agua, ay buey ¿dónde es eso?, se escucha que está lejos. Como dos horas de trayecto. ¡Pinche peregrinación! ¿no crees? La señal del canal trece no llega a mi casa. No, ya, eso es el colmo.

Aunque, claro, todo este diario trajinar podría no hacerlo. Ya lo hice una vez, ¿porqué repetirlo? O esta vez podría ser en coche. Ahorrar desde este momento. O quizá rentar un cuarto cerca de la escuela, para irme caminando. Más bien un departamento de soltero. Ja, quisieras. Como no queriendo la cosa insinuarle a mi papá ciertas inversiones, como en computadores, teléfonos celulares, videojuegos, discos compactos o al menos advertirle de la devaluación del noventa y cuatro y que no se endeude con tanta tarjeta de crédito. Y que así los bancos no nos amenacen ni pretendan embargarnos. ¿Bueno?, por favor con el señor tal y tal, de parte de quién, del banco, uy aquí no vive ningún señor tal y tal creo que tiene el teléfono equivocado. En realidad nunca pasará de estas intimidaciones, pero no serán muy agradables que digamos, sobre todo estando uno tan chico que no llega, o no quiere, comprender el grado del problema. Adiós a los errores y bienvenidos los aciertos. No estaría mal ser rico y no tener que preocuparse por trabajar.

Me río de buena gana. El que se ríe sólo de sus maldades se acuerda. ¿Cómo podría dejar pasar la oportunidad monetaria? Una de las innegables ventajas del retorno. Es indudable que manifestarse como supuesto genio sería lo primordial, pero al menos un genio con la vida segura. Quizá esto pasó con Schopenhauer. No tuvo que trabajar en toda su vida y así pudo dedicarse exclusivamente a la filosofía. La herencia paterna, dice, pero tal vez detrás de eso anduvo su mano conocedora del futuro. Por que yo, no quiero trabajar, no quiero ir a estudiar, no me quiero casar, quiero tocar mi guitarra todo el día y que la gente se enamore de mi voz.

Por fin llego al mar. Está tranquilo y deseable. Va a perseguirme, ¿o lo seguiré yo?, por el resto de mi vida. Mazatlán, Acapulco, Veracruz, Tampico, Guaymas, Cancún. Por eso siempre me voy a sentir mejor en los puertos. Aunque los cinco años antes del retorno los termine en la capital. Podría empezar desde ahora a hacer planes para hacerme de una casa frente al mar. Si no permanente al menos para vacaciones. Sí, valdría la pena. Sin embargo, con tanto libro que voy a tener, más lo que mi padre me heredará, el calor de un puerto no es muy recomendable para su cuidado. Refrigeración permanente. Aunque habrá soledad cuando la necesite. Leer y escribir. ¿Llevarás a alguna mujer, Robertito? Claro. ¿Es esta tu casa? ¿Cómo puede un filósofo costearse algo así? Ya me las imagino, jaja. Invitar a los amigos; de vez en cuando. No instalarla en una zona de huracanes. No Miami, no Cancún. Son bonitos, pero muy caros además. Que sea algo diferente, aunque apuesto que mi vida será la misma; lo que ahora me lleva a pensar: ¿tendré la fuerza suficiente para vivir otra vez mi vida? Recuerdo sentirme cansado de la anterior. No por falta de dinero ni por no tener esta casa en la playa. Simplemente fuera de lugar. Muy ermitaño. Ajeno. Pero eso no me quitará las ganas de vivir. Nunca seré un suicida, por más que hable de ello y lo acepte como una decisión entre otras. Ay hijo no hables así, dirá mi madre. Los ojos escrutadores de mi esposa como diciendo yo no te conozco. La cara de espanto de los amigos. Cambio de tema y el silencio inminente.

¿Ver de nuevo una película que no gustó ni la primera vez?



No pasan ni veinte minutos de estar sentado en la arena, cuando escucho la voz de mi madre a mis espaldas, mezclada con el grave murmullo del volkswagen blanco. Demasiado bello para ser verdad. ¡Robertín!, ¿Qué?, acompáñame al mercado, ¿para?, pues para comprar cosas para la comida, para qué otra cosa puede ser. Me levanto y voy. De todas maneras pasarán años sin que vaya con ella a ningún lado.

Hijo, ¿qué estabas haciendo? —la boca pintada de rojo, falda floreada a la rodilla, blusa azul sin mangas, sandalias de una sola tira de piel color blancas, quita la bolsa del mandado del asiento del copiloto, mi madre.

Nada, mirando el mar nada más —espero a que mueva la bolsa, cierro la puerta muy despacio, tengo que abrirla y cerrarla con más fuerza, me pongo el cinturón de seguridad.

¿Tú solo? —mira por el retrovisor, saca la mano por la ventanilla y acomoda el espejo, con una cuchara se riza las pestañas, mi madre.

¿Y qué tiene de malo estar solo? —bajo la ventana, pongo el seguro a la puerta, no alcanzo a mirar ni siquiera el capó del auto a causa de mi tamaño, estiro el cuello, me desanimo.

Yo no he dicho que tenga algo malo —verifica que su cartera está en su bolso, espera a que dos coches pasen, pone la direccional, vuelve a mirar hacía atrás, mi madre—, es que nunca te había visto hacerlo.

El coche arranca con dirección al centro. Agarramos por el Paseo del Centenario, a todo lo largo de la playa, que luego se convierte en Paseo Olas Altas y luego en Paseo Claussen. El tranquilo océano Pacífico a nuestra izquierda. Nosotros callados. Nunca tendremos mucho qué platicar, pero en este instante me vienen al estómago todos esos momentos que tuvimos y vamos a tener cada vez que estaremos solos e iremos a algún lado. El silencio. Mi madre mirando hacia el frente, casi sin parpadear. Yo pensando en si me va a comprar algún juguete en el centro comercial. Siempre será difícil que acepte, pero valdrá la pena intentarlo. También trataré de recordar alguna pregunta que en algún momento pensé en hacerle y que ahora sería el momento. Si la pregunta no llega, comenzaré a hacer algún sonido para romper con este silencio. Tararí, tarará. Fiu, fiu. Brr, Brr. Y que terminará con un shhh de mi madre. A ella le debe de gustar este mutismo. A veces perderá la vista en el horizonte, conduciendo mecánicamente, parará la boca, como esperando un beso, y nunca sabré porqué lo hace. Ahora que la estoy mirando con otros ojos, sé que está pensando en cosas serias, y no me refiero a temas como su salud, ni al respetar las señales de tránsito, ni siquiera al qué va a cocinar en la tarde. Cosas serias como ¿qué hubiera pasado si se hubiera casado con el novio que tenía antes de mi padre? ¿Por qué han pasado tantos meses sin que ella sienta deseos de hacer el amor? ¿Y si un día agarra sus cosas y desaparece? ¿Y si Roberto nunca hubiera nacido? ¿Y si no se hubiera muerto su segundo hijo, el que iba a nacer después de mí? ¿Y si estuviera soltera y trabajando sólo para ella? Un deseo de abandonar. Un deseo que todos tenemos y del cual no presumimos. Es la noción que tenemos de utopía, esa situación o lugar que sí existe, pero siempre en otra situación y en otro lugar, en otro tiempo y con otras personas. Nunca aquí, nunca ahora. Nunca contigo. Queremos huir. Quieres escapar. Quiero abandonar. Siempre la convicción, o la ilusión, de que la vida es mejorable. De ahí el dicho: ten cuidado con lo que deseas...

Mamá, ¿en qué piensas? —estiro la mano para prender el radio pero sólo está el espacio vacío, volteo y la miro, tengo que tocarle el hombro porque no me escucha.

¿Eh? ¿Qué? —parpadea, sacude la cabeza, me mira, luego otra vez al frente, me pregunta aunque sé que me escuchó muy bien la primera vez, mi madre—. No, en nada. ¿Por?

Pues nada más, es que estabas muy seria —la dejo ser.

Pienso en si sería prudente alentarle esos deseos, que si bien no los manifiesta abiertamente, yo sé que lo tiene, ya que ella me los contará, medio en serio medio en broma, dentro de muchos años. Habrá días en los que se quejará de su vida con sus amigas jugando cartas y yo escucharé a hurtadillas. Si logro que ella cambie de vida, ¿cómo sabré que será más feliz? Podría morir antes, pero con una vida más plena. O al contrario. Pero así no tendría que revivir esas largas temporadas sola mientras mi padre estará navegando o viviendo en otro estado. Por siete años estará residiendo fuera de casa a causa de su trabajo. Mi madre y yo nos quedaremos en el Distrito Federal porque vamos a comprar una casa unos meses antes de que a él le llegue el cambio a Veracruz. El hombre propone, Dios dispone y la armada descompone. Siete años de visitas esporádicas y algunas vacaciones juntos. Pero bueno, a fin de cuentas ella no podrá comparar y no sabrá cuál fue la decisión correcta, aunque al final, la decisión correcta siempre será aquella que no tomaste. Tendré que esperar y pensarlo en su momento.

¿Verla otra vez innumerables noches con el control remoto de la televisión en la mano, cambiando de canal como si no hubiera mañana, sin dejar de mirar el teléfono por el rabillo del ojo, deseando que suene y escuchar la voz de mi padre?