Capítulo VI
 

 

VI



El valor es el mejor matador: el valor mata incluso la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuanto el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento”.

El examen ha terminado y, mientras espera la siguiente clase, Roberto retoma su lectura en la sala de maestros. Muchos de sus alumnos tenían cara de pocos amigos cuando sonó el timbre. Parece que no les fue muy bien. Qué mala onda profesor, dijo Javier, el único que pronunció palabra. Se había sacado esta clase de la manga, y con la que sigue haría otro tanto, ya que es el mismo curso. Muy conveniente ¿no?

Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: «¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!»”.

Es jueves, sólo una clase más de cincuenta minutos (cuarenta si se toman en cuentan los cinco minutos que él tarda en llegar y los otros cinco de tolerancia para los alumnos) y podrá irse. Un cafecito y desayuno en el Vips. ¿Y luego qué? Eso es lo que menos importa. Sólo estirar los pies por debajo de la mesa e irse de ahí hasta que se le entuman las nalgas o se acabe el libro que está leyendo, lo que ocurra primero. Y todo esto siguiendo la pauta marcada por la memoria.

En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tambor batiente. Quien tenga oídos, que oiga”.

No piensas enseñarle eso a los estudiantes, ¿verdad? —señala con un dedo el libro de Nietzsche, en la otra mano una termo con café muy caliente por el exceso de vapor, traje gris, corbata de motas amarillas, pelo rizado en forma de casco, un enorme y entrecano bigote como si fuera un personaje de la revolución, el director académico de bachillerato, llamado Rosalío—. Sé que está dentro del programa, pero no te va a dar tiempo en un solo día, además de que se les va a ser muy difícil.

Era obvio que no pensaba ponerlos a leer Así habló Zaratustra, como le hizo saber con una sobreactuada risa a Rosalío, (hombre chaparro, engreído y condescendiente, que siempre pretende ser simpático), por dos razones: una, que es un texto muy complicado para unos lerdos en filosofía y, dos, porque es imposible darles cualquier cosa a leer en estos únicos e irrisorios seis meses en que tiene que enseñar toda la historia del pensamiento filosófico.

¿Toda la historia?

Dijo Roberto con incredulidad cuando fue contratado.

Toda.

Dijo Rosalío en tono apocalíptico, y no me vayas a decir que no se puede porque yo ya lo he hecho, simplemente tienes que dar un autor por clase, decía esto mostrando una encopetada pose y alzando una mano por sobre su cabeza, como zanjando el asunto. Órale, espero que aprendan algo los escuincles, pensó en ese momento. Al hacer el programa, Roberto tuvo que quitar a varios filósofos por falta de tiempo y hacer las clases muy elementales. En realidad esto era algo bueno, ¿no crees?, no tenías que preocuparte, ni dedicarle mucho rato para prepararlas. Mejor hacer otras cosas.

Ojalá aprendan algo.



El café, como siempre, está infame. Lo sufre porque sólo tienes que pagar uno y te tomas todos los que quieras. Mucha leche, azúcar y después de un rato te acostumbras. Y la comida no es muy cara. Eres un agarrado, Robertito. Busca un desayuno por paquete, que incluye jugo o fruta y café. Hay seis distintos. ¿Qué se te antoja? Al frente de él se halla la maestra de literatura, Carina, con quien se topó en la puerta de la escuela, y también iba de salida. Ella con su eterna sonrisa aunque no haya nada de qué alegrarse, el cabello largo y sujetado con una coleta, ropa holgada, piel morena, ojos pequeños y pensativos, frente amplia, mucha lucidez.

¿Vamos por un cafecito? Por supuesto. Dos cuadras hacia arriba, una a la izquierda y llegaron. Lo bueno, hay un restaurante de estos en cada esquina. Todo su interior pintado de color crema y un naranja muy diluido. Que dizque para mantener a los clientes dentro del lugar y que sigan comprando. No como los locales de comida rápida, con colores chillantes para que el consumidor se vaya rápido y deje su lugar al que sigue. Bueno, eso dicen. Un poco lleno, por ser la hora del lunch. ¿Lunch? Lonche. Las palabras que se le quedaron de la temporada que pasó en gringolandia. No, almuerzo, esa es la palabra. Muchos trajes baratos y faldas negras cortas que salen de las oficinas. Un cuchicheo generalizado que hace perdidizas las palabras. Sólo queda un siseo, como el de las abejas en su panal. O como el de los automóviles atrapados en el tráfico. ¿Entonces qué vas a pedir?, dice él. Pues no sé, lo estoy pensando, dice ella. Pues apúrate que ya no tarda en llegar la. ¿Qué van a ordenar?, dice la mesera detrás de Roberto. Huevos a la mexicana con tocino picado para ella y chilaquiles para él, con un huevo estrellado encima. ¿Fruta? No. Ella jugo de tomate. Él de naranja.

Ordenan lo mismo de siempre.

No quiere, pero aún así le viene a la mente el proceso de entrada y la estancia en los Estados Unidos. Estar parado en esas colas interminables afuera del consulado en Ciudad Juárez, un día para la revisión médica, el otro para la entrevista. Esperas, pagos, preguntas y más esperas. Tanta gente de pie junto con él en busca de la oportunidad de irse al otro lado, quizá para ver a la familia que se fue antes, quizá nada más para visitar, o quizá para buscar el famoso y siempre sobrevaluado sueño americano. Piensa que le hubiera gustado no hacerlo y no irse, aunque se repite una y otra vez, muy optimista, que de todo se aprende algo. Claro, aprendí a tener a menos al resto del mundo. Aprendió que saber conducir era igual o más importante que saber amar. Que los libros de autoayuda son los bestesellers. Que cuando están fuera de su país, éste se llama USA, pero cuando están pisando su territorio se vuelve América. Que el trabajo mata el amor. Que él no era más que un invitado indeseable que nunca pudo hablar correctamente su idioma. Aprendió a reconocerse en el televisor. A mirar siempre por encima de su hombro. Que es el país de la masturbación, porque su tipo de vida se basa en el hágalo por usted mismo.

Oye, ¿ya te enteraste del último chisme? —pone cara de espantada risueña, mira a ambos lados, coloca una mano tapándose la boca, lo saca de sus pensamientos, Carina.

¿Cuál? —se extraña, se anima, sitúa la servilleta en sus rodillas, se truena los dedos, acerca la cabeza para escuchar mejor, encantado de pensar en otra cosa, Roberto.

Que Rosalío está en la cuerda floja —pasa la mano por su cabello, vuelve a mirar a todos lados, cree reconocer a alguien, dice no, no es nadie, Carina—. Puede ser que lo corran de la escuela.

¿Rosalío Rosalío? —se mueve en su asiento, se pasma, acerca la taza a la mesera, le sirve el café, se le queda mirando al vapor que emana de él, Roberto—. ¿Por qué?

Pues que porque anda haciendo tranzas —pone cara quejumbrosa, luego la quita para una gran sonrisa, adopta una pose locuaz, Carina—. Le anda cobrando a los alumnos cuotas por recuperaciones, exámenes, cursos, materias extracurriculares, etcétera, y se supone que todo eso es gratis.

No me digas —asiente, mira unas largas piernas sin medias que pasan a su lado, carraspea, le sopla a su café, Roberto—. Y tanto que habla de los valores humanos y todas esas mamadas.

Pues sí, quién lo iba a pensar —saca su teléfono móvil, se limpia la boca, da una risita, mira su celular por llamadas perdidas, cambia de tema, Carina—. Por cierto, ya me dijeron los niños la sorpresita que les trajiste. Me los dejaste amargados por el resto del día.

Tiene que ser esta noche —Hellen agrega la miel al pan francés que ordenó a su habitación y el azúcar de dieta al café—. No vale la pena esperar más. Why should I keep waiting?

No tuve tiempo de preparar la clase —confiesa, se afloja la corbata, se quita el saco, lo pone en el asiento, Roberto—, además de que me la debían, últimamente no se han portado muy bien que digamos.

Está bien —echa crema en su café, se sujeta el pelo con una liga, se restriega los ojos, Carina—, podría ser un buen recuerdo para ellos si de plano te vas. ¿Alguna noticia?

Aún no —fuerza una media sonrisa, dos leches y tres cucharadas de azúcar, se sienta sobre su pierna izquierda, Roberto—, de un momento a otro me deben de llamar. Pero me molesta estar así, cuando estoy en la casa me pongo al acecho de cualquier llamada, y peor ahora que el mudo ha marcado mi teléfono un par de veces y se me corta el entusiasmo.

¿Ah sí? —se interesa, para la oreja, abre los ojos, prende un cigarro, pide un cenicero a la mesera, Carina—. ¿El mudo? ¿Y quién podrá ser?

Pues no sé, pero siento que quizá algún alumno —echa aire con su mano para empujar el humo del cigarrillo, muerde un pedacito de piel de su pulgar, dos soplidos a su taza y un pequeño sorbo, Roberto—. Para comprar una calificación o algo así.

Bien podría ser, aunque de estos salones que llevas no he sabido de ninguno que lo haya hecho. Tal vez una alumna está enamorada de ti —Jiji se deja escuchar entre sus dientes, se pone colorada, un trago a su jugo, tres chupadas seguidas al cigarro, abre su celular otra vez, Carina—. Una mudita. Ya ves que eso pasa muy seguido, hasta conmigo, como por ejemplo Joaquín, de tercero, el niño ese que siempre está jugando ping-pong, güerito, sí ese, cuando se acerca a hablarme se pone todo rojo el pobre.

Roberto asiente y repite: bien podría ser.

Pues sinceramente espero que no —quiere pedirle un cigarro, se resiste, juega con su servilleta, embarra mantequilla en un pedazo de pan, Roberto—. La relación maestro-alumna me tiene curado de espantos.

Ya llevo una semana aquí, si sigo esperando I’m going to lose my mind —Hellen se empalaga por el exceso de miel y se atraganta con el vaso de jugo de naranja, su cabeza divaga tanto que ya hasta se le está olvidando cómo masticar—. Voy a llamar a Alexander.

Carina lo mira a los ojos mientras da el otro sorbo a su café, después de soplarle por un buen rato. Le gusta casi frío.

¿Qué quieres decir? —mira hacia las mesas contiguas, se rasca la cabeza, observa el techo, tiene que preguntar, Carina.

No te he platicado —se incomoda, se remueve en su asiento, baja la pierna, carcome la uña de otro dedo, Roberto—. Hace ya algunos años me corrieron de una escuela en la que estaba enseñando por involucrarme con una alumna.

El café se le atora a Carina en la garganta y empieza a toser. Cof, cof. ¿Tenías algún motivo para contarle eso, Roberto? Ninguno. Carina pone una cara de asombro con la boca abierta. ¿En serio?

Te lo juro —levanta la mano derecha, pone sal a otro pedazo de pan, se lo lleva a la boca, apura su café, Roberto—. Todo empezó como un juego, pero entre broma y broma me insinuaba que daría lo que fuera por sacar un diez en mi materia.

La recordaba sentada en el escritorio con las piernas cruzadas. Morena con largo y ondulado cabello negro. Gran sonrisa con dientes muy blancos. Ojos llenos de sabiduría, pese a su edad. Colosales caderas. Falda a cuadros, calcetas enrolladas en sus tobillos. Blusa blanca con los primeros tres botones abiertos. Un pequeño escote en el que se dibujaban unas medias naranjas que gritaban por su maduración. Boca carnosa diciendo hola profesor.

Me buscaba y platicábamos mucho entre clases —se quita la corbata, se le enredan las palabras, pide ayuda con los ojos a la mesera, ella se sigue de largo sin verlo, ordena otro café, Roberto—. Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar. Ella tenía diecisiete años.

Carina cada vez lo mira con los ojos más abiertos. Y una expresión de creía conocerte. De un momento a otro esperaba el voy al baño y ya no regresar. Ya la regaste, idiota.

Nunca le regalé ninguna calificación, si eso estás pensando —la mira a los ojos, ella desvía los suyos, la mesera le sirve más café y anuncia que la comida casi está lista, los dos dicen gracias, agarra el azúcar, Roberto—, es más, ni siquiera ella me lo pidió. Pero a las dos semanas otro profesor nos vio besándonos en un salón. Sí, lo sé. Me reportó y me corrieron. Lo bueno es que no pasó a mayores.

Ya no lo ve. Sigue con la vista hacia abajo.

Claro, que te hubieran acusado de abuso de menores o violación —balbucea, se aclara la garganta, dice perdón, busca algo dentro de su bolsa, mira por tercera vez su celular, Carina.

Exacto —recupera la compostura, recuerda que cometer errores es bastante común, que no se arrepiente, que ella era hermosa, que lo volvería a hacer, Roberto—. La regué, por eso digo que estoy curado. Espero que no sea una alumna.

Siguió el típico silencio incómodo, pese al ruido del fondo. Ella no pierde de vista los pedacitos de servilleta que arranca nerviosamente. Roberto se pregunta si aún seguirán siendo amigos. Lo más seguro es que no, Robertito. Cada vez van a ser menos estos almuerzos compartidos. Menos toparse en la escuela. Sólo con respecto a alguna materia o juntas escolares. Sólo hola y adiós. Por eso no se lo querías contar a nadie, y menos a un colega, y mucho menos a una mujer colega. Torpe. O tal vez no y luego se le olvide. La mesera llegó con los desayunos. Todo puede pasar.

¿Chilaquiles?



Alexander no estaba en casa. Hellen escuchó su propia voz en la contestadora. ¿Adónde habrá ido? A esta hora debería de estar en casa. Claro, cuando el gato no está, lo ratones se divierten. I hope he is ok. No puede evitar preocuparse. Mamá gallina. Seguro que lo está, con alguna novia. Hellen mueve la cabeza de un lado a otro. Con sus amigos seguramente. En un rato lo va a volver a llamar, tiene que escuchar su voz. Quiere decirle lo que ha pensado y decidido. Sabe que no lo hará. Mientras menos sepa mejor. Mira su reloj, en treinta minutos le va a volver a llamar. Ya debería de haber regresado para entonces. Mejor en quince.