Capítulo V
 

 

V



Abro la puerta y me meto a la casa. Mi madre me ve.

Qué rápido volviste —ojeando una revista, las piernas cruzadas, la que está arriba moviéndose nerviosamente, un lápiz en la mano, tal vez llenando un cuestionario, mi madre—. ¿No ibas a jugar con tus amiguitos?

No.

Respondo muy seco sin dejar de caminar. Me encierro en el baño y decido ducharme. Me desnudo y arrojo la ropa en una esquina. Todo el tiempo sin mirarme. No mires, porque se acaba el encanto de tus pensamientos. Giro la llave y me meto. El agua está fría, pero me agrada a causa del calor. Sigo con los ojos cerrados; no quiero contemplar mi cuerpo infantil. Pero los abro, veo a mi alrededor y descubro un shampoo para niños. De esos especiales para que no te lloren los ojitos. Pues mantenlos cerrados mientras te enjabonas el pelo, buey. Bajo la cabeza, me miro y empiezo a tocarme. No soy un niño, soy un adulto. ¿Se habrá perdido la lascivia, se habrá desvanecido la voluptuosidad? Los niños de esta edad aún no muestran inclinación hacia el sexo. A menos, claro, que seas como Reinaldo Arenas, quien en su autobiografía afirma que a los seis años ya había comenzado a masturbarse, pero que aún no podía eyacular, y que a los ocho años perdió la virginidad con uno de sus primos. Sí, dije primo, no prima. La mayoría de los cuerpos a esta edad no escuchan el grito susurrante de la naturaleza. Aunque quizá sea por la prohibición que nosotros los adultos les imponemos. ¡Niño déjese ahí, eso es malo!, y un par de nalgadas. Hacemos del sexo algo vedado, sucio, condenado (hay quien dice que precisamente eso es lo que le ha otorgado a la sexualidad un doble placer: el biológico y el de la trasgresión). Se habla de ello hasta que el infante pase de los trece, catorce o quince años. En el mejor de los casos. Mi padre nunca me hablará de ello (mi madre menos), sólo recuerdo su plática sobre el SIDA, que empezará muy inocente, pero luego se tornará absurda, porque querrá explicarme esta enfermedad mediante uno de los mitos griegos narrado en El Banquete de Platón, y el cual, por cierto, me lo dirá mal. (El hombre y la mujer estaban unidos, frente a frente, cara a cara; para andar tenían que dar vueltas de carro. Por alguna razón se separaron y ahora dedican sus vidas a buscar su otra mitad. Y en esta búsqueda pueden cometer muchas equivocaciones, como la homosexualidad.) Ésta última situación según mi padre, y según muchos otros por aquellos años, será la causante del SIDA. ¿Sabes qué es lo gracioso del SIDA? Que sí da.

Mi cuerpo reacciona a los estímulos. En este momento ya estoy alterando mi futuro, porque yo descubriré el brillo de la masturbación hasta los quince años. Y será así, no por curiosidad o erotismo, sino porque mi cuerpo ya no podrá mantener tanto líquido seminal en su interior. Yo siempre llegando tarde a la vida. Hasta los veinte años perderé la virginidad. A los trece o catorce años la cara se me llenará de barros y espinillas, mi padre me mandará a llamar y me dirá, entre serio y jugando, que ya no me masturbe tan seguido. Yo, indignado, le diré que nunca hago eso. En ese momento ni siquiera podré llamarlo por su nombre. Y no porque lo considerara “malo”, sino porque era algo a lo que yo no estaba acostumbrado. Estaré con mis papás de vacaciones, en la casa de una hermana de mi padre, cuando empezaré a tener sueños húmedos. La casa no será muy grande y yo tendré que dormir en el sofá de la sala. Durante dos semanas, día tras día, amaneceré mojado. No entenderé qué pasaba y las imágenes de cuerpos femeninos me acosarán durante el día y la noche. A mis quince años seré tan niño. No sabré hacerlo como se debe. Habré de esperarme hasta regresar a nuestra casa, en la intimidad de mi cuarto. Ahí aprenderé a tocarme. Veré cómo la sensación se intensificará. A frotarme. La felicidad en la eyaculación. En ese momento todo un mundo se abrirá ante mis ojos. Será justo en esos momentos cuando dejaré de ser un niño. Incluso mi acné comenzará a desaparecer, al contrario de lo que dirá mi padre. El erotismo entrará de lleno en mi vida y ya no lo soltaré. Ni siquiera en soledad, en donde viviré gran parte de mi vida.

A mi mente viene por vez segunda vez, desde que desperté, el recuerdo de mi mujer. Estaba muy abrumado para pensar en ella. No mi esposa, sino la que va a venir mucho después. Tan jovial. Tan complaciente. Tan joven. Tan difusa. Alejandra. ¿Dónde estás?, quisiera verte. Ay, todavía no nace. Las imágenes de su futura carne desnuda, sus vastas caderas y nuestros impulsos por encontrarnos. Mi pueril miembro se fortifica y hace su labor. Si no su labor, el menos uno muy placentero. Por un instante olvido el eterno retorno y me sueño que aún sigo en mi casa de la ciudad de México. En todos los libros que voy a tener que juntar de nuevo. En la cama matrimonial con colchón ortopédico. En cómo la voy a cargar en mis brazos hasta el dormitorio, para dejarla caer en la cama. En arrancarle su ropa con energía, pero sin rasgar un sólo botón. En ella quitándome los pantalones sin dejar de mirarme a los ojos. En la enorme mesa de centro, tumbando todos los adornos al suelo, desnudos. En el estudio encima del escritorio. En el patio sobre el pasto. En el cuarto de servicio, arriba de la lavadora. En la cocina, untándonos comida. En el baño, de pie. En la regadera bajo el agua caliente. En el suelo, como animalitos.

Después de la explosión lloro por ella.



Me complace el no tener que rasurarme. Y más aún el no necesitar lentes. Me peino todo hacia atrás, cambiando mi pelo de la clásica raya del lado izquierdo que tanto le gusta a mi madre. Así, como hombre, adiós a la inocencia. La raya aún se sigue formando. El pelo está muy acostumbrado. Abro el espejo y encuentro brillantina, seguro que del abuelo, me embarro un poco para aplacarlo. Ya está, mejor. No encuentro desodorante por ningún lado. Voy rápido al cuarto de mis padres y me unto un poco del de mi progenitor. La recámara está igual, ahora me viene el recuerdo muy claro. La cama sin la base, el puro colchón en el suelo. Dos buroes a cada lado, una lámpara del lado de mi papá. Un librero lleno de obras de historia y el closet de madera. El imprescindible ventilador en un rincón. Cada vez que tenía una pesadilla corría a este cuarto. Siempre fuiste un miedoso, ¿verdad? Unas veces tocaba la puerta, otras no. Me regañaban mucho por eso. En ocasiones descubrí a mi papá desnudo, leyendo. Por el calor. Reprimenda y castigo seguro. Ahora siempre toco antes de atravesar cualquier puerta. Cuando lo agarraba de buenas me dejaba recostarme en el piso, a un lado de la cama, hasta que me daba sueño. Entonces regresaba a mi cuarto.

Los malos sueños ocurrían muy seguido.

Me pongo unos pantalones, zapatos y una camisa a cuadros de manga larga a pesar del clima. Salgo del baño y me dirijo al estudio de mi padre. Él no quita su asombro por mi atuendo y de verme examinando su librero. ¿Qué me ves?, le iba a decir, pero sólo lo pensé. Está sentado en su escritorio haciendo el boceto para alguna pintura. La imagen original de algún libro, varias líneas transversales hechas con regla y transportador, tanto en la foto como en el lienzo, para hacer una copia fiel. Ésta es la época en que el dibujo y la pintura son la parte central de su interés, ya que el trabajo nunca le ha gustado ni le gustará. Estudia algo que te gusta, no hay como ser feliz con lo que haces, siempre me dirá. En realidad él será el único que no mencionará nada acerca de cursar una carrera que me deje dinero. Eso es algo que tendré que agradecerle al viejo. Algún día. Salto uno tras otro los libros de historia, que tanto le agradaban. Nunca fui bueno en historia. Comienzo a sudar. Llego hasta el último estante y me detengo en un libro de filosofía. Conciencia y posibilidad del mexicano, Leopoldo Zea.

Es un libro difícil —se lleva el carboncillo a la boca, se mancha el cachete de negro, en una mano la fotografía del original, toma con la otra el dibujo con los trazos listo para hacer la reproducción, mi padre.

No te preocupes papá, deja que lo lea y luego te lo explico —pongo el libro bajo el brazo, hago un saludo de boy scout (el índice, medio y anular juntos, el pulgar y el meñique tocándose, formando un círculo, y todo esto en la frente, muy ridículo) y me despido.

Me salgo de ahí sin poder esconder una sonrisa. Me siento como el chiste de Pepito. Pepito, es hora de que hablemos de sexo, claro papá, ¿qué quieres saber? Pero así es como quiero sentirme.

Camino a la sala por ser el lugar más fresco de la casa. Antes cruzo por la cocina, abro el refrigerador y encuentro una coca cola. La tomo y me voy al sofá a leer. Claro, cerca del abanico y de la corriente de aire que entra por la puerta abierta. Me he desacostumbrado al calor. Despliego el libro y empiezo. De reojo veo a mi madre y a mi padre que me miran, extrañados.

Que se acostumbren.



Apenas leo un párrafo cuando me pongo a pensar en las posibilidades del retorno. Como estudiar otros idiomas. Otras carreras. Ser un genio, la posibilidad máxima. Tal vez esta es la causa de que existan genios. No son otra cosa más que aquellos pocos entes que recuerdan su vida pasada. Vuelven a empezar, pero con toda una vida ya vivida e incorporada. O varias. Despliegan toda su existencia ya asimilada para mostrar un tipo de capacidad vista muy raras veces. Bethoveen, Leonardo, Einstein, Kant, personajes todos ellos que cuentan con su memoria en el eterno retorno de lo mismo. Eso quisieras, Robertito, pero claro, en este momento todo te parece posible. Posibilidades reales, prácticas, imaginarias y, sobre todo, posibilidades ingenuas.

Me imagino el próximo lunes en la escuela, con mi uniforme todo blanco, excepto por el escudo encajado en el bolsillo izquierdo de la camisa con el nombre del colegio, contestando excesivamente más de todo lo que se me pregunta. Dime la tabla del seis, mejor le digo la importancia de las matemáticas en la filosofía griega. Conjúgame el verbo ser, mejor le explico qué es el ser. Dejando en ridículo a las maestras monjas de mi primaria católica. No sacar menos de diez de calificación y obtener así el orgullo de mis padres. Proyectos de ciencias. Materias extracurriculares. Primeros lugares. Con el mínimo de esfuerzo. Evitar repetir la vergüenza que tendré cuando, recién llegado a la Ciudad de México a los once años, saque dos de calificación en una prueba de matemáticas. Que mi padre no ponga la hoja de ese examen colgando de la puerta principal para que todo el que entre lo viera, que yo no llore como Magdalena debajo del lavabo del baño, que mi papá no me niegue el saludo (mi mano suspendida en el aire, esperando) cuando llegue del trabajo esa noche. Por fin tendrás tu revancha. Escaparme también de ese momento cuando recibiré mis calificaciones de primero de secundaria y tendré reprobada historia. Que mi papá no cancele mi vuelo a Mazatlán con mis primos y no me quede solo durante más de un mes en casa. Que mi padre no me haga leer el libro de texto más de diez veces para que el examen extraordinario no conste de más de veinte sencillas preguntas. En la preparatoria evitar el fallo en física, química e inglés, con las subsiguientes confrontaciones con mi padre y las amenazas de la escuela militar.

Medito y me divierto con estos pensamientos. La posibilidad de una vida grandiosa. Qué bonito sueñas, en verdad. No una sola vida insignificante en la que eres olvidado porque no tienes nada por lo que te recuerden; una vida en la cual sólo haces las cosas una vez y una vez hechas no hay marcha atrás. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto, dice Kundera. Tener acceso a todas las vidas. Aquí y ahora.

Una eternidad mutable.

Al poco rato me invade un miedo. La sonrisa se me desvanece con el tercer sorbo de refresco. ¿Y si a pesar de todos mis esfuerzos lo olvido? ¿Y si vuelvo a ser un niño tanto en cuerpo como en memoria? Porque es obvio que no todos lo recuerdan, quizá es una etapa temporal que sólo dura unos cuantos días. Un estado momentáneo de conciencia, de lucidez, como aquel en el que percibes la tragedia, el dolor, y por lo tanto el mundo, para luego desvanecerte en la tranquilidad de la costumbre. Pues entonces estarías jodido, Robertito, viviendo tu vida exactamente igual que la primera vez. Me asalta la idea de que tengo que dejar una prueba del futuro que es mi pasado. Cierro el libro de golpe, del cual no he pasado de la primera página. Dejar constancia de mi segundo despertar, que no se pierda como el primero. Desesperado me quito la camisa y la arrojo a un lado. Un diálogo conmigo mismo que me haga pensar más allá de todo el absurdo que al principio reflejen mis palabras. Respiro profundo para tranquilizarme. Tomo un lápiz y una hoja de papel. Un escrito que de alguna manera conserve en mi poder hasta que tenga (de nuevo) el conocimiento necesario para comprender. ¿Cómo lo hago? ¡Cuidado! A los veintinueve años te vas a casar con una mujer de largos cabellos y amplias caderas que se llama Yolanda y te va a engañar con tu mejor amigo, ¿no te cases?, ¿no la dejes sola?, ¿no hagas amistas con este tipo? En primero de secundaria vas a reprobar historia, la materia favorita de tú papá, ¿estudia?, ¿pide ayuda?, ¿entra a clases? Sin importar lo que te dirán y lo que te harán sentir mientras creces, las mujeres no son tu enemigo, ¿no esperes hasta tener diecinueve años para disfrutar de tu primer amor?, o, peor aún, ¿no pierdas tu virginidad hasta los veintidós? Con tu esposa vas a ir a vivir a los Estados Unidos por un año y no va a ser agradable, ¿evítalo?, ¿niégate? Vas a conocer una rubia en una playa con quien vivirás una relación algo tormentosa, ¿no busques amigos por internet?

Aviento papel y lápiz al suelo.