Capítulo IX
 

 

IX



Regresamos del supermercado, en el camino saco la cabeza por la ventanilla del coche como si fuera perro. Elevo los ojos y miro las nubes. El sol les pega de frente. Muy iluminadas en sus contornos y oscuras por debajo. Contrastan con el penetrante azul del cielo. Ojalá y llueva. Caería bien por este bochorno. Siempre me van a atraer las nubes. Su llamativo toque de irrealidad y omnipresencia. Al viajar en avión compraré fanáticamente el asiento junto a la ventana. Todo el camino contemplándolas. Incluso sin necesidad de leer en esos momentos. Lo que es ya decir bastante. Caminando por las calles me detendré a admirarlas. La gente que viene detrás chocará conmigo. Las caras de eterno desconcierto de mis futuras novias, esposa y pareja. Eso me indicará, no sin amargura, el principio del fin. Te falta decir la cara de tus amigos y sus palabras: no seas puto. Pues sí, ellos también. Aunque será diferente. Al amigo se le comprende, el entendimiento no es un requerimiento para que la amistad se mantenga. Y en el amor mucho menos. Pero en éste, la aceptación debe simplemente sentirse. Sin previas deliberaciones ni razonamientos.

Llegamos a la casa y le ayudo a mi madre a bajar las bolsas del mandado. Intento cargar la que trae las cervezas y la botella de vino, pero mis bracitos apenas pueden levantarla. Mi madre me la quita de las manos y me da la bolsa que contiene un paquete de servilletas y unos platos de cartón, que para no preocuparse por la lavada al otro día. Siempre me he sentido un inútil para la sociedad, pero esto es el colmo. La impotencia de no poder hacer algo tan sencillo. Pero bueno, esto quiere decir que no seré el cargador oficial sino hasta dentro de algunos años. Ningún tipo de trabajo “pesado” que sólo puede hacer el hombre. No al uso de desarmadores, martillos, taladros y todas esas herramientas que son el símbolo de la masculinidad, y que, para ser honesto, nunca me van a interesar. Recuerdo la cara que mi mamá pondrá aquella navidad cuando se romperá el chicote de otro volkswagen que vamos a tener, y que por más que mi padre tratará de arreglarlo, nada más no funcionará. Como buen veinticinco de diciembre todo estará cerrado, (un par de años antes de que los dueños y empresarios se den cuenta de la cantidad de dinero que pierden en esos importantes días festivos); ninguna manera para llamar un mecánico, pero yo saldré de la nada y se me ocurrirá el modo de unir los dos extremos del metálico chicote, un modo bastante sencillo por cierto, (pero que a mi padre no le pasará por la cabeza en ese momento), haciendo que el coche vuelva a circular perfectamente. No puedo creer que tú lo hayas reparado, serán las palabras de mi progenitora. Es increíble. O lo que es lo mismo, pero si tú eres un inútil, ¿cómo lo hiciste? Durante todo ese día lo repetirá innumerables veces. A mí, a mi padre y a los vecinos.

O como con mi esposa, ex-esposa, futura esposa, quien al llegar a los Estados Unidos adoptará la costumbre de allá de no tocar nada si no tienes el instructivo. Si un aparato no funciona como debe y en el manual no dice cómo repararlo, quiere decir que no tiene arreglo. Los dos juntos tratando de ponerle algo nuevo a la casa, no saldrá a la primera, ella tirará el instructivo al suelo y se irá a hacer otra cosa, yo (por fin con la solitaria tranquilidad de pensar en la solución) se me ocurrirá algo sencillo y funcionará sin problemas. No lo puedo creer. Unos dicen que es el “ingenio” del mexicano; en otro lado se lee que es su no sumisión a la técnica (a diferencia de los habitantes de las sociedades industrialmente avanzadas); muchos dicen que es la flojera, ya que ella es la que no nos deja hacer las cosas bien hechas y buscamos así la salida fácil. Todas estas explicaciones son correctas; todas están equivocadas.

No lo puedo creer.

Mientras metemos las compras a la casa, veo a mi amigo Eduardo en bicicleta saliendo de su casa. Me mira, pero se sigue de largo. Se le ve molesto. ¿Serán éstas las fechas en que estamos peleados? No creo que ya haya pasado. Pedalea con fuerza, como queriendo escapar de aquí. No recuerdo las causas, pero es una de las riñas que se me quedarán grabadas en la memoria. Nos llegaremos a odiar a muerte y decidiremos hacer una contienda en bola, no nada más él contra mí, sino dos grupos, dos bandas. Tengo muy viva la imagen mía tocando en la puerta de mosquitero de cada casa, hacer la misma pregunta y obtener la misma respuesta. ¿Con quién estás? Estoy con Eduardo.

Sólo uno de ellos dirá el esperado estoy contigo. Dos contra dieciséis. ¿Cómo podrías olvidar algo así, eh Robertito? En realidad no hay mucho que contar. Durante toda una semana cuantioso miedo y exaltación, quebrarme la cabeza para ver cómo poder ganarles, aprender técnicas sucias por parte del único que estuvo de mi lado, amargarme por la deslealtad de todos aquellos a quienes consideraba mis amigos, mantener los ojos abiertos en la oscuridad de la noche incapaz de conciliar el sueño.

Llegará el día decisivo, un domingo en que el sol brillará muy fuerte me acuerdo, guardaré el miedo en el bolsillo de mi pantalón deportivo, mi camarada va a estar vestido igual que yo, como si estuviéramos uniformados, él sí irá muy tranquilo, acostumbrado como estaba a este tipo de peleas, nos atrincheraremos en el cajón de una camioneta estacionada en la cancha de voleibol, previamente cargada con palos y piedras, llegarán los dieciséis adversarios dotados también con el mismo armamento que nosotros. ¿Qué se pensarán? Bien que sabrán que se van a pelear sólo contra dos, ¿y aún así llegar armados hasta los dientes? Cobardes de mierda. Eso hizo que el miedo desapareciera completamente. Su lugar fue ocupado por desprecio y desdén. Sin decir nada comenzaremos nosotros, ¡órale bola de maricas!, sólo unas cuantas pedradas y leñazos, ¡cabrones!, algunos niños descalabrados, gritos y los padres meterán su irremediable y larga cuchara. Nosotros dos saldremos ilesos.

La sensación que vendrá después será muy placentera, por el hecho de tener la convicción de que, si bien será por unos segundos, nosotros dos solitos estaremos ganándoles, aunque me quedaré castigado por dos semanas. ¿Qué te estás pensando?, pinche chamaco peleonero, dos semanas sin ver tele y sin salir a jugar, a ver si aprendes. En realidad será como una semana, ya que mi mamá se apiadará de mí al poco rato. Y más como yo era o seré un adicto a la televisión, me sentiré como un león enjaulado al que se le acaba la vida. Te lo digo en serio, en mi mente no cabrá un mundo sin televisión. Recuerdo esa caricatura que veré que trata de una familia que termina en una isla desierta como por dos años. Me gustará muchísimo, pero a la vez me va a traumar el hecho de que no tenían electricidad y por lo tanto no televisión. ¿Cómo lograban sobrevivir? ¿Qué hacían durante todo el día? ¿Cómo se quitaban el aburrimiento? Para mí la televisión será eterna. Siempre ha sido y siempre será. Me enseñarán historia en la escuela, pero como todo niño no comprenderé lo que es el cambio; el mundo que tengo ante mí ha sido, es y será siempre igual. Sabré que existen más personas que las que viven en mi colonia, pero aún así será una revelación salir a la calle y observar gente nueva. Nunca me había imaginado a un niño así, serán mis pensamientos. La impresión de la diferencia. Del diferente. Del vendedor de alimentos gritando sus productos mientras espanta a las moscas con sus manos, del niño limpiabotas en el mercado mientras escupe en un zapato para sacarle brillo, del pordiosero levantando del suelo una paleta de nieve semiderretida y llevársela a la boca. Los padres de Buda no querían que su hijo viera las miserias del mundo, por eso no lo dejaban salir de su palacio, pero cuando por fin pudo salir de su prisión de oro vio a dos mendigos y su vida cambió. Mi vida infantil (lo mismo que decir toda vida infantil) será como la de Buda, encerrado en mi cárcel de paredes limitadas en donde todo es idéntico a sí mismo. Años después recriminaré a mi madre el porqué dejó que perdiera tantas y tantas horas frente al aparato. Ay mijo, pues es que te quedabas quietecito, entretenido y yo podía hacer otras cosas sin preocuparme.

Está bien, mamá.

Eduardo se tragará sus palabras o sus acciones, o lo que sea que serán las causas de esta pelea. Pero eso sí, el rencor seguirá vivo cada vez que nos veamos. En cada puerto que nos encontraremos de vecinos nos miraremos con odio y desprecio. Par de mocosos resentidos. Hasta que nuestros destinos tomarán rumbos diferentes. Eduardo seguirá los pasos de su padre y se volverá piloto militar. Lo último que sabré de él es que a los veintisiete años, en un vuelo de reconocimiento en helicóptero, perderá el control, matándose él junto con su copiloto.

Extraño a mis amigos. Pensar en estos escuincles hipócritas de la infancia que me dieron la espalda, me hace añorarlos. Tendrá mucho rato sin que los vea. Cada quien jalará para su lado. Pero serán los mejores amigos, y me alegra el que tendré la oportunidad de reunirme con ellos otra vez. Tengo que trazar un buen camino para saber cuáles decisiones debo de tomar igual y cuáles diferente, si quiero repetir tan siquiera uno de los tantos viernes que pasaremos en la casa de mis padres, cuando tendremos dieciocho o veinte años. Cuantiosas risas, camaradería y confianza. Música y alcohol. Estar así, platicando hasta la llegada del amanecer. Esperando ver la salida del sol, aunque estaremos mirando al lado equivocado. Brindando, jurando amistad eterna. Grandes lagrimones de los más ebrios. Hablar de mujeres, conocidas, desconocidas, anheladas, serviciales, pirujas e incluso inexistentes. Sin embargo, ¿podré ver a Jorge a la cara y ser su amigo de nuevo? Muchos años de amistad, mucha lealtad expresada. Quizá por eso será tan duro el golpe. Recuerdo que leeré en alguna parte que en negocios, política y sexo, traicionar es simplemente cuestión de fechas. Esto debería de ser un consuelo, pero maldita la perspectiva que me abre. Por lo demás, la palabra traición sólo puede ser usada por alguien de confianza, nunca por un cualquiera o un desconocido, ni algún otro que te tenga sin cuidado. Sólo se traiciona cuando en verdad se quiere. Cuando lo conozca todavía será inocente, ni siquiera podrá decir esa palabra sin un temblor en su boca. Se creerá incapaz de cometer un acto de tal bajeza, serán sus propias opiniones. Hola Jorge, (diez años después), ¿cómo estás?, aún no me conoces, pero si me vuelves a engañar con mi esposa te parto tu madre. Sus ojos saltones mirándome de arriba abajo y rascándose la cabeza con un dedo.

Te parto tu madre. Cabrón.

Quisiera olvidarlo. Evitar su repetición para que desaparezcan sin dejar rastro. Yo llegando de una larga caminata y un interminable café en un Sanborns, ignorando las miradas y las constantes preguntas de las meseras de si se me ofrece algo más. No, gracias, o bueno, un poquito más de café. Claro. Un vaso con agua. Enseguida. Sé que no la ha pedido, pero aquí le dejo la cuenta, sigo a sus órdenes. En pocas palabras, apúrele. Un libro y un cuaderno bajo el brazo. Un cielo abotagado por las inminentes nubes oscuras del verano. Los lentes deslizándose a la orilla de una nariz roja y moqueante, los principios inconfundibles de la gripe. Pensando en escribir, un baño caliente y las caderas de mi esposa. Un instante después querer olvidarme de esa imagen, ese reflejo en el agua, esas dos siluetas tras la ventana. Dos cuerpos entrelazados, castañeteando furiosamente. Dos bocas intercambiando saliva. Sudor chorreante, vaho en los cristales. Gemidos arrebatados y caricias agresivas. Nuestra casa, nuestra sala, nuestro sofá. Un hombre y una mujer. Ella encima de él, brincando desaforada. El contorno de su larga y blanca espalda, su embriagadora cintura, sus portentosas nalgas estremeciéndose de la emoción. Su largo cabello siendo jalado bruscamente hacia atrás por una mano hombruna. Sus diez uñas con laca roja aferrada del filo de la ventana abierta, para embestir con vehemencia y hasta con odio. La mano de él apretando hacia sí la nalga derecha.

Mi amigo y mi esposa.