Capítulo IV
 

 

 

IV




En el autobús hacia la escuela, Roberto va cabeceando. Por lo largo del camino trae un libro abierto sobre sus piernas, pero aún se siente cansado. Es un libro de Nietzsche. Así habló Zaratustra. El microbús está abarrotado, ya no cabe ni un alma, pero el chofer sigue haciendo paradas para subir más gente. Colgados de las puertas. Empujando al de adelante. Y al de atrás. ¡No tenemos su tiempo chofer!, gritan del fondo del transporte al ver que se tarda más de lo debido por un pasaje inexistente. ¡Tenemos prisa! Roberto se distrae muy fácil de la lectura con estos gritos y además porque no puede quitar de su cabeza la imagen del asiento de la parada del camión. Iba dispuesto a sentarse, pero se detuvo al observar el vomito que lo cubría. Qué asco. Y apenas es jueves. Pasaron varios autobuses en el carril de alta velocidad, alzaba su mano, pero no se detenían. Iban testos. Va a ser un largo fin de semana, de cantina en cantina, para este pobre fulano, ¿no crees? Aún se veía fresca. Después de ocho microbuses que pasaron de largo, por fin se detuvo uno titulado La Malquerida. Letra Bold gigante en el parabrisas. Ya que, ¿no?

Roberto está sentado en una orilla y una señora gorda le viene restregando la barriga desde hace rato al ritmo de los Temerarios. Era una vez un hombre, muy feliz y enamorado, de ella mujer bella, bella pero mala. Cuando iba llegando pensó en pararse y cederle su asiento pero se arrepintió cuando vio su volumen y los pelos de sus piernas aplastados por unas medias rositas, tratando de aparentar el color de la piel. No importa que cierres los ojos y te imagines que una modelo es la que te viene sobando, Robertito, sólo tienes que sentir la carne flácida que resalta de su blusa abajo del ombligo. En el asiento de adelante otra ñora trae abrazado a su hijito como de un año, su cabeza sobresaliendo por su hombro y éste mira a Roberto con la boca abierta. Dos sustancias se deslizan por su carita: un hilo de baba por su cachete y los mocos que van de su nariz pasando por sus labios hasta la barbilla. Los ignora y sigue leyendo.

Desde que hay hombres el hombre se ha alegrado demasiado poco: ¡tan sólo esto, hermanos míos, es nuestro pecado original!”.

O trata de leer.

Bella pero mala.

Un enfrenón del camión hace que la gorda pierda el equilibrio y se agarre de su saco, ¡ay, animal!, disculpe joven. Gracias por lo de joven. En el mismo movimiento, el niño con su manita embarra de saliva su libro. Empieza a berrear. Sólo eso faltaba. ¡Ya ni porque traes a tu familia, hijo de tu puta madre!, aúlla el chofer como un marrano por la ventanilla a un coche rojo que se sigue de largo. Roberto frota su libro con el puño de su camisa, buen recuerdo me dejas, chamaco, y se concentra en las palabras escritas de otra página.

Lo sabes bien: el demonio cobarde que hay dentro de ti, a quien le gustaría juntar las manos y cruzarse de brazos y sentirse más cómodo: —ese demonio cobarde te dice: «Existe Dios»”.

El escuincle sigue llorando, ahora bajito. Lágrimas ya no le salen. Más bien está haciendo berrinche. Puja y puja con ganas de poder chillar más, pero parece que se le acabó la voz. De pronto estornuda. Un fragmento de baba se impacta en el lente derecho de los anteojos de Roberto. El asco se le sube a la boca. Por lo que más quieras no pienses en la parada del camión. Se limpia con un pañuelo que saca del bolsillo interno de su saco, cierra su libro, se levanta y camina hasta la parte de atrás. Mejor que la gorda se siente y que él se relaje. No pasan ni tres segundos cuando el microbús vuelve a frenar precipitada-mente, haciendo que Roberto trastabille y quede colgado del pasamano. De reojo advierte al chofer que se baja del vehículo con el bastón de seguridad en la mano. Cuando por fin se pone con firmeza de pie, puede ver por la ventana cómo al conductor le están partiendo el hocico los dos tipos que se le habían cerrado en el auto rojo, unos minutos antes.

Voy a llegar tarde —mira su reloj, piensa en voz alta, hace cálculos, se levanta los flojos pantalones, Roberto.

Él un hombre bueno, ella mujer bella. Bella pero mala. La canción aún no termina mientras todos los pasajeros se levantan para apreciar mejor el espectáculo.

Ya Hellen, deja de llorar —se dice Hellen mirándose al espejo y ver su cara abotagada por las lágrimas derramadas, momentos después de recoger los pedazos de fotografías que estaban esparcidos por la cama—. Báñate y llama al Room service. Ya casi es hora del lunch.



El examen sorpresa les cayó como bomba. Roberto pensó en cinco preguntas mientras se tomaba la primera taza de café del día en el salón de maestros. Descafeinado y sin leche. Todo un tónico para la tos. No profesor, cómo cree, no sea mala onda, nunca dijo que iba a hacer exámenes sorpresa, si no hemos estudiado profesor, vamos a reprobar, ándele, no sea malo. Lo siento niños, tengo que evaluar su progreso. Lo de niños era para echarle más sal a la herida. ¿Disfrutaste su frustración? Por supuesto. El que ninguno vaya a ser filósofo no quiere decir que tengan derecho a menospreciar tu materia. Mientras hacen la prueba, Roberto mira a las alumnas, tratando de imaginar quién de ellas es la que está haciendo las llamadas mudas de los últimos días. ¿Será Paola, la güera de largas piernas que lo mira directo a los ojos, sin parpadear, siempre muy seria? ¿O tal vez Angélica, pelo negro, lacio y exuberantes senos, descomunales para sus apenas dieciséis años, que nunca presta atención? Es posible que Liliana, quien nada más se ha presentado a tres clases en lo que va del semestre, y en esas tres ocasiones siempre contoneándose al entrar y al salir. No lo sabrá, hasta que ella, cualquiera, dé la cara. O se decida a decir algo y no quedarse callada en el teléfono.

Podría ser un hombre.

Si no fuera por comprar una calificación, ¿alguna colegiala se sentiría atraída por él? No eres viejo, pero la vida ociosa, por no decir filosófica, no te ayuda a mantener un cuerpo deseable, y lo sabes, Robertito. Panza de casado, aunque hace mucho que ya no lo está. No obstante, en esta sociedad patriarcal nunca ha sido problema la barriga de músico y la calvicie masculina. Panza de guitarrista en un mariachi, ¿cómo es eso?, pues para recargar el instrumento en ella. Ah. En la mañana, mientras se rasuraba notó lo mucho que se parece a su padre. ¿En realidad te pareces o es la fuerza de la costumbre? La misma barba cerrada, equivalente nariz aguileña, las mismas entradas en el pelo, idéntica ceguera para la distancia, quizá algo diferente sería la barbilla. A Roberto no le gusta su mentón. Muy pequeño, por eso siempre prefiere traer barba y disimularlo. ¿Tienes miedo de que la gente al ver tu mentón diga que te falta carácter? Nunca has creído en esa vieja opinión fundada en otras opiniones sobre la presencia o evidencia de la personalidad en los rasgos físicos, pero sí, lo confiesas, no quieres que piensen eso.

De pronto siente que le hubiera gustado estar con su padre cuando murió. O al menos no haber sido tan reacio en la negativa a comprarse un teléfono móvil, y así su madre lo hubiera localizado inmediatamente después del primer infarto. Correas electrónicas que no permiten ni un momento de soledad, era lo que siempre decía ante los comentarios de que se comprara uno. Mejor que no hubieran estado distanciados por tanto tiempo. Pero ya te urgía irte de la casa, compadre, no lo niegues, y en cuanto se te presentó la oportunidad con la mujer del chat, pues la aprovechaste. Desde antes de hablar con su padre ya había empezado a empacar, y cuando lo vio le dijo que ya se iba a ir, mostrando mucha seguridad. Su padre estaba serio, pero se le notaba preocupado por el destino de su hijo. Cruzaron algunas palabras, entre las que se escucharon no lo hagas, piénsalo bien, me voy. ¿Así fue como pasó, Robertito? Dice que sí. En fin, aún sigue con la idea de que no quiere ser localizado en cada momento y con la evidencia de que su mondongo e incipiente calva no ahuyentaron a Alejandra.

Aún no, al menos.

¿Cómo estará mi madre?, la recuerda. Ya han pasado dos lunes sin hablarse. Si bien no tienen mucho de qué platicar, al menos escuchan con agrado que el otro está bien. ¿Seguro de eso?, más bien porque es una de las pocas personas con las que platicas. Cada lunes la llamada puntual. Uno ella, uno él. Para que no salga tan caro. Han transcurrido dos semanas y olvidó de quién era el turno. Sabe que no ha ocurrido nada porque las malas noticias vuelan rápido. Quizá su vida social la tiene ocupada, exhibiendo su rostro eternamente joven, aunque siempre se esté quejando de la vejez. Haciendo planes, mitad en broma, mitad en serio, de someterse al bisturí para rejuvenecer. Sabes que no tarda en decidirse, es cuestión de tiempo, aunque tú le digas no mamá, si te ves muy bien, no tienes por qué andar haciéndote operaciones, ¿y si sale algo mal? Hace una venia con la mano y cambia de tema. Su cabello siempre sujetado por una cola de caballo, que tiene que pintar de negro cada dos semanas. Pero lo que es cierto es que ahora que está de regreso en la costa sonríe más. Nunca estuvo a gusto en la ciudad de México. No pudo acostumbrarse en los veintitantos años que vivió ahí. Tanta contaminación, tanto movimiento, tanta gente. Sus alergias se desataban casi todos los días. Nunca le dijo nada a mi padre, pero cada noche soñaba con regresar a la playa.

A cualquier playa.

El tiempo se pasa volando en día de examen, y más cuando es uno sin previo aviso. Con estar un poco pendiente de los niños, casi nadie copia. Como es sorpresa, no hay de acordeones. Desde ahora sabe que Pedro, sentado hasta delante sin parar de escribir desde que sacó la hoja en blanco de su mochila, va tener todas las preguntas correctas. Lo triste es que este desempeño no tiene nada que ver con que la materia le guste, al contrario, nada más alejado de sus actuales intereses que la filosofía, pero Pedro es un alumno de diez. Quizá por propia actitud, quizá presión de los padres, pero así es. René, en el lado opuesto del salón, sentado hasta atrás, mirando por la ventana y mordiendo la punta de su pluma, va a reprobar de seguro. Siempre distraído, siempre platicando, sin embargo brillante; qué se le va a hacer, no le interesa. El timbre suena, los cincuenta minutos de la clase se han terminado. Los alumnos se van levantando de sus asientos y ponen las pruebas en el escritorio. Gracias niños, gracias, no se preocupen, no voy a ser tan severo. Nadie le contesta, sólo caras largas. Una gran sonrisa que nadie regresa.



El baño dura muchísimo tiempo. Hellen no se quiere salir. Lo hace cuando el agua se torna fría. La hinchazón de sus ojos aún sigue ahí, pero se siente más tranquila. Además de las lágrimas casi no pudo dormir. Se pasó la noche mirando y rompiendo fotografías. Primero recordaba hasta el hartazgo y luego el necesario proceso destructivo. El inicio del olvido. Se ha decidido, en su cabeza ya no cabe el what are you doing. Pone una mano sobre la almohada y la acaricia lentamente. Levanta el auricular y llama a la recepción.