Capítulo III
 

 

III



Es agradable ver a mi padre de nuevo, si bien sólo fue por un instante, antes de que atravesara la puerta de mosquitero y entrara en la casa. Está muy joven. ¿Qué tendrá, treinta y cinco, treinta y siete años? Caminando derecho, aún con abundante cabello y nada de panza. Es notorio observar cómo le va a cambiar su figura con las circunstancias, ya que cuando yo tendré diez u once años desarrollará un gran mondongo, como buen mexicano. Mucha cerveza y mucha fritanga. Después, gracias a ciertos viajes en el Velero Escuela de la Marina y otros compromisos, la bajará. Luego, no más travesías ni más relaciones diplomáticas, la volverá a subir. La buena vida. Estar gordo y comer como cerdo se considera como buena vida. Pobre de los flacos. ¿Las dietas son de mala vida? Entonces las mujeres llevan una vida miserable. Estar como una sílfide. Yo quiero una novia pechugona. Ellas deberían de escuchar esta canción. Aunque hay de gordas a gordas. “Alguna vez te has cogido una gorda”, “nel”, “yo sí y es bien chingón”, “ah”. Amores Perros.

En los últimos años de la vida de mi padre unas de sus mayores preocupaciones será estar delgado. Cada vez que hablaré por teléfono con mi madre, ella me dirá que mi padre está haciendo nueva dieta, caminando mucho y haciendo más agujeros al cinturón. Un año antes, semanas más semanas menos, de que me iré de la casa, la gordura y las dietas serán el tema de conversación en mi familia, los allegados y los amigos. La delgadez la pauta a seguir. Viéndome con ojos envidiosos por mi manera de comer y no subir ni un kilo. Ja, que me vieran ahora. Quiero decir, antes de regresar, cuando era adulto, con mi barriga de casado, aunque tendré años divorciado. Hasta haciendo apuestas entre ellos, a ver quien baja de peso más rápido. Estas pláticas serán mi señal de escape. A mi cuarto, a la calle, a donde sea.

No estaré con mi padre cuando muera. Tendremos ya algunos años sin hablarnos, desde que me iré de la casa. O me correrá, ya no recuerdo. Claro, recuerdas sólo lo que te conviene, cabrón. Un paro cardíaco mientras regresaba caminando del trabajo y tres horas todavía en el hospital, es horrible, snif snif, serán las palabras y sollozos de mi madre cuando por fin pueda contactarme. ¿En dónde andas, porqué no te reportas, qué andas haciendo, con quién estás? Por ahí, estoy ocupado, nada, con nadie. Las estadísticas afirman que los gordos son más propensos a un ataque cardíaco. Mi padre estará mucho más flaco que yo. Todo puede pasar. En realidad no voy a sentir remordimiento, cada quien había tomados sus propias decisiones y vivíamos con ellas; además, lo hecho, hecho estaba. Pero ahora aún no está hecho. Todavía no está ni esbozado. Lo hecho se deshace.

Busco en el closet y tomo unos shorts y una playera. Un descolorido Popeye el marino en mi pecho. Qué asco las espinacas. Conmigo no funcionará la estratagema de la caricatura para que los niños coman más verduras, o al menos espinacas y así sean fuertes como Popeye. Fuerte, pero de olor. A mí de plano nunca me van a gustar. Salgo de la habitación a la expectativa, por si acaso todo se desvanece. Pero no, el suelo sigue igual de duro y macizo. Escucho su risa y creo que también la de mi madre. Siempre fue bueno en eso, en hacer reír. El sartén está siseando. El aceite brincando en señal de protesta. Mi mamá cocinando el desayuno. Snif. Salchichas. Snif, snif. Quizá con huevo. De mis comidas preferidas de cuando niño, al igual que el huevo con tortilla frita. No sé porqué pero cada vez que mi madre me hará este huevo con tortilla le dirá “huevos estrellados”. Yo siempre los conoceré como tales, hasta aquel día en que me quedaré a dormir en casa de un amiguito y su mamá, muy amable, me pregunta ¿qué te gustaría de desayunar? Huevos estrellados, le diré, y me trae el pinche huevo con la encapsulada yema cruda. ¿Qué jodidos es esto? Yo fui un buen niño, muy obediente, pero no me lo podré comer. Una cara de vergüenza y pedir disculpas.

El piso está helado, pero se siente agradable a causa del clima. Me van a salir juanetes. Regreso al cuarto y me calzo unas sandalias. Una parada en el baño, para soltar el miedo. Miro hacia el frente, como pretendiendo que no está pasando lo que está pasando. Ojos que no ven, corazón que no siente. Corazón, mi corazón, yo te quiero, mi corazón. Me lavo las manos, más bien manitas, porque siento que se van a romper. Inevitablemente llego a la sala y me asomo en la cocina.

Buenos díaaaas —arrastrando la “a” con un tono de reproche por lo tarde que me levanto, una cuchara en una mano, la sal en la otra, mi mamá.

Hola —con una sonrisa, degustando un licuado de plátano, fresa, miel y leche, mi papá.

No logro pronunciar palabra. Tan jóvenes. Tan alegres. Tan mis padres. Descartes tenía razón, ¿cómo distinguir el sueño de la vigilia? Cierra la boca, se te va a meter una mosca, jaja. Mi padre. Aún sudando por el ejercicio y con una expresión en sus ojos que nunca había visto, o que he olvidado. De satisfacción, gozo o quizá hasta esperanza. La playera blanca empapada mientras se echa aire a la cara con su propia gorra de beisbolista. Una sonrisa de oreja a oreja haciendo su nariz aguileña más pronunciada. Misma nariz que yo heredé. Ay amiga, ve juntando dinero para cuando Robertito crezca y así le pagues la operación de su nariz y le quede derechita; le dijo a mi madre una amiga suya cuando yo nací. Qué simpática. Di algo, imbécil. Los recuerdos se me amontonan en los pies y en las manos. Memorias de cosas y de situaciones, pero no de sentimientos. El único que aflora es el de incomodidad. Falta de costumbre. En poco tiempo, si sigo aquí y ahora, me acostumbraré y recordaré el ambiente familiar, el único mundo que existe para todo niño.

Y también para todo adulto.

¿Ya te lavaste los dientes?, ¿dormiste bien?, ¿tienes hambre? —sin quitar los ojos del sartén con los huevos bailando en el aceite, cuidando que no se quemen. Un delantal azul marino para no mancharse la ropa. Su frente y su labio superior llenos de sudor. El calor de afuera más el de la estufa. Una toallita siempre a un lado para secarse. Pelo negro, corto y suelto. Aún no llega el tiempo en que lo tendrá invariablemente largo y recogido en una coleta. Todavía no es necesario el tinte para cubrir las canas. Una blusa rosa sin mangas que se le pega a la espalda. Piel cobriza. Maquillaje obligatorio. Mi madre.

Jovencísima. Radiante.

Me siento a la mesa. Mis pies quedan colgando y me espanto. Lo quiero gritar, pero mi boca se atasca. Sólo balbuceo no logro alcanzar el suelo. ¿Qué? Mis primeras palabras. Giro la cabeza hacia el ventilador que oscila encima del refrigerador. Miro muy fijo su persistente bailar, mientras me recuerdo que soy un niño. Un niño que aún no crece. Mis padres siguen platicando. Del clima, del trabajo, de lo que van a comer en la tarde. Un niño que no va a poder alcanzar un vaso sin la ayuda de una silla, cuando tenga sed. Una canasta con pan en el centro de la mesa; le echo el ojo a una concha, han pasado muchos años desde que comí la última. Ay, sólo queda una. Un niño al que le va a estar prohibido fumar, beber, toquetear, decir malas palabras, llegar tarde, besar, manejar, amar y todas esas actividades que los adultos tienen en tan alta estima. Mi mamá toma una taza y se sirve café. Yo también quiero café, por fin articulo palabras como es debido. Jaja, cuando crezcas. Me faltó mencionar ésta: un impúber que no puede tomar café. Mi mamá me sirve jugo de naranja. El juguito de naranja te ayuda a crecer y a que estés sanote, mijo. Está un poco descolorido, tirando a amarillo. Mi agüita amarilla, cálida y tibia. Resignado me lo tomo de un trago.

Ay hijo, no te tomes el jugo tan rápido —la mano derecha en la cintura, inclinada sobre su lado izquierdo, me señala con un tenedor, toma un plato de la alacena, mi madre—, luego se te quita el hambre.

Perdón —cruzo mis manos sobre la mesa, me desespero de no poder alcanzar el suelo, hago espacio para que mi madre ponga enfrente de mí el plato con el desayuno, toco la orilla del mantel y está un poco tiesa, le hace falta una buena lavada con suavizante, agarro el salero y le echo a mi comida.

¿Cuántas veces te he dicho que debes de probar la comida antes de ponerle sal, eh? —le da un par de sorbos a su café negro, me reprende también con la mirada, mi padre— Se te van a tapar las venas y las arterias con tanta sal.

Perdón, muchas —dejo el recipiente en su lugar, le pido una tortilla a mi madre, por favor, de harina ¿verdad?, sí por favor.

¿Cómo va la escuela? —hace un cucurucho con un pedazo de tortilla de maíz (sus favoritas, a diferencia mía que son las de harina), con una cuchara pone los huevos revueltos dentro, habla con la boca llena, muerde la mitad de un chile verde, mi padre.

Mi infancia y adolescencia se me agolpan en el pecho. Con esta pregunta en verdad me siento como un chiquillo. Alzo la vista y lo miro a los ojos. Hace ya mucho tiempo que perdí el miedo que todo hijo tiene de su padre, pero verlo otra vez y haciéndome esta pregunta hace renacer ese sentimiento. Ándale, contéstale. Recuerda, eres un niño y estás de regreso.

Pues bien —bajo la vista, me hago un taco, lo muerdo, le pongo más sal, crema, salsa verde, queso, lo vuelvo a morder. El bocado perfecto.

¿Pues bien? ¿Cómo que “pues bien”? —levanta una ceja, me mira, pone la cuchara sobre el plato, engulle el resto de la tortilla, mi padre—. ¿Haz estado trabajando con las tablas de multiplicar y con tu letra como siempre te digo?

Severidad paterna. El único modo de aprender cosas que no queremos aprender. Llegar a odiarlas y después decir cuánta razón tenían mis progenitores. La mejor manera de continuar la tradición, la historia, la uniformidad, lo eterno.

Claro —termino mi taco, pido un palillo de dientes a mi madre, con él ensarto los pedazos de salchicha y luego a la boca, mi progenitora le pasa otra tortilla a su esposo, ¿no quieres otra tortilla mijo?, no gracias, alzo la mirada, se cruza con la de mi padre, intento no parpadear.

Vamos a ver, dijo un ciego, ¿cinco por ocho?

Cuarenta.

Entorna los ojos, pone la segunda tortilla abajo.

¿Nueve por siete?

Sesenta y tres.

Arruga el ceño. Yo trato de disimular una risita. Sigo con las salchichas. Jiji ¡Lo que hubiera dado por estar ante mi padre sin tenerle miedo y sin temblar, contestándole como le estoy contestando ahora! Algo habré dado, porque lo estoy haciendo. ¿Qué habrá sido? A lo mejor tu alma, Robertito.

Sigue con las tablas. Yo contesto rápido. Después pienso que no debería de hacerlo. Pero es muy divertido. Como lo es el saber que se tiene la razón, o si no la razón, al menos tener el poder de contestar una pregunta. La misma diversión de aquel que formula la pregunta, al estar al tanto de que el interrogado no puede contestarla. Un juego. Una competencia. Una batalla.

Me mira extrañado.

En verdad has estudiado. Bien —esboza una media sonrisa, se lleva un gran bocado a la boca, otro trago de licuado, dice que rico el desayuno amorcito, ¿qué vamos a comer en la tarde?, mi padre.



Estoy tendido en el pasto, bajo la sombra de un árbol, dormitando. Nada más terminé de desayunar y me salí de la casa. Necesito pensar, le dije a mí mamá cuando me preguntó que a dónde iba. ¿Pensar?, ¿y qué puede pensar un niño de tu edad, si se puede saber? Te sorprenderías. Ja, está bien, no te tardes. Salgo a la calle y el sol es tan intenso que tengo que poner una mano sobre mis ojos. Ignoro a mis antiguos amigos que están dando vueltas en sus bicicletas. Roberto, vente a jugar, trae tu bici. Estoy ocupado. Encuentro un lugar apartado, a un lado de la deteriorada cancha de voleibol, ya sin red y con uno de sus postes doblado. Nunca seré bueno para el voleibol, además de que me faltará altura, aunque en los saques no tan mal. Cuando le pegaba bien, claro. Las horas pasan. O interminables minutos, no sé, no llevo reloj. ¿Dónde quedó mi reloj?, ah, ahora recuerdo, voy a tener que conseguir otro, no puedo andar por el mundo sin saber la hora. Me reconforta, como si al mirarlo me diera un orden y un lugar. O mejor me acostumbro a ya no usar y no ser un esclavo del tiempo, como dicen. Me llega un olor desagradable. Espero que ningún perro haya meado en donde estoy recostado. O peor aún, que haya cagado cerca. Por eso no me gustan los perros. Hay que andar persiguiéndolo para limpiar sus suciedades. Mejor los gatos, al menos van a su caja de arena. Claro que también un gato pudo haber enterrado su mierda en este lugar. Todo se empieza a poner un poco oscuro, tal que si se estuviera nublando. Escucho un leve gemido, que se transforma en un rugido, muy cerca, como de un animal herido. Me levanto y me guío por el sonido, es cuando el piso empieza a temblar. Se siente diferente, no sólo como un terremoto cualquiera, sino como una mezcla entre un movimiento tipo compresor y uno cizalla. Hacia arriba y hacia abajo y de un lado al otro. Me es muy difícil poder caminar, como si estuviera surfeando en arenas movedizas. Se abre una grieta en el suelo, justo en donde estoy parado, y caigo. Apenas logro sostenerme con ambas manos de la orilla. Me veo desde arriba, colgado, una cara de horror y bañada en lágrimas. Mis labios se mueven pero no percibo palabra alguna. A mis pies las tinieblas que me jalan. No puedo sujetarme por más tiempo. Por fin me escucho y digo papá. Me suelto y me despierto. Sigo recostado en el pasto y estoy sudando frío. Recuerdo este sueño, era muy repetitivo, pero hace ya muchos años que dejó de presentarse. Creo que desde que era niño.

Veo la luz del sol atravesar las hojas; ocupando el lugar que anuncia el mediodía. Es cuando lo recuerdo. Nietzsche, y junto con él su doctrina del eterno retorno de lo mismo. ¿Estoy repitiendo mi vida? Me incorporo de un brinco. Claro, ahora todo cobra sentido, por no decir que se adhieren al correcto camino de la lógica. ¿La limitada combinación de las fuerzas y energías están comenzando de nuevo en el infinito tiempo? Así es como plantea su teoría, que la cantidad de materia y energía es limitada y que el tiempo es infinito, y en este tiempo han sucedido ya todas las combinaciones posibles de la materia y la energía, y lo único que les queda es repetirse incesantemente. Esa debe de ser la explicación de lo que está pasando, y si no la es, al menos calma mi incertidumbre. Me llevo las manos a la cabeza para recordar el resto de su pensamiento.

El eterno retorno de lo mismo. Las mismas cosas, las mismas circunstancias, las mismas personas, la misma vida.

También afirmaba que el horror de este retorno sólo vendría para el hombre y su presumible conciencia si ésta recordara la incesante repetición. Aquel que sabe de esta repetición y la acepta es lo que Nietzsche llamó el superhombre. Estoy en mi mismo cuerpo de cuando era un niño, pero tengo treinta y cinco años. Tengo conciencia; si no conciencia al menos memoria. ¿Seré un superhombre? Sé lo que me va a pasar en las próximas tres décadas, y el superhombre es aquel que se divierte jugando esta repetición eterna. Admitiéndola, incorporándola. Pero el superhombre no sabe su futuro, sino que sólo actúa como si ya lo supiera, como si ya lo hubiera hecho. De ahí el imperativo moral de debes actuar como si tu acción se repitiera eternamente. Tu acción debe de valer el repetirla de manera infinita. Que sea tan grandiosa que valga la pena reafirmarla por la eternidad. Has de vivir el instante de manera que pueda volver a ti sin horror. Su teoría continuaba en el reino del como-si. ¿Quieres hechos?, no te preocupes por ellos, sólo vive tu vida como si tu siguiente acción fuera eterna, y si haces algo mediocre, la mediocridad se mantendrá para siempre y si haces algo excelso, la excelsitud será lo que permanezca.

Eterno retorno. Círculo vicioso.

Sin embargo, si sabes tu futuro, aquello que ya has hecho una infinidad de veces, ¿cómo podría permanecer todo igualito? ¿Cómo seguir tomando las mismas decisiones una y otra y otra vez? ¿Cómo casarme con la misma mujer si a los dos años me voy a divorciar de muy mala manera?, ¿o cómo estudiar la misma carrera si ya sé su contenido, o al menos en la misma escuela? ¿Cómo saltar del juego mecánico en movimiento si sé que me voy a lesionar el pie izquierdo, impidiéndome caminar por más de un mes? ¿Cómo subirme a ese árbol si sé que me van a picar las avispas? ¡Hijo, te estás poniendo azul!, dirá mi madre con cara de espanto. ¿Cómo volver a hacer todo aquello de lo que me arrepiento? ¿El hechizo del eterno retorno se rompe cuando se tiene memoria de él? Pero entonces ya no sería retorno.

Suspiro y trato de acomodar mis ideas. Demasiado en muy poco tiempo. Vuelvo a mirar el sol.

La llegada del mediodía.

Al poco tiempo me levanto y tomo una decisión. Si estoy en el eterno retorno de lo mismo, y todo parece indicar que así es, no me voy a dejar envolver por él. No voy a olvidar mi futuro. Quiero tenerlo conmigo para cada decisión que tome. Ser más que un superhombre, si eso es posible. Inténtalo, Roberto, ¿qué puedes perder? No puedo dejarme asimilar por el presente. Porque asimilar es olvidar una cosa para recordar otra. Retengo mi porvenir y olvido este presente. Mi memoria se vuelve el presente. La memoria es la presencia. Que mi recuerdo del futuro sea mi estilo de vida. El eterno retorno es una vivencia del presente. Como el niño Oscar que no quiere crecer, debe de seguir actuando como el niño de tres años que aparenta, sin hablar, sin relacionarse con los adultos, sólo tocando su tambor de hojalata, y sólo así su cuerpo no crece, sólo así se mantiene alejado de las vulgaridades de los mayores, y sólo así se asegura en su infancia eterna.

No soy un niño, soy un adulto.