Capítulo II
 

 

II



Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, —sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.”

¿Bueno? ¿Hola? ¿Bueno? Era uno de esos malditos mudos al teléfono, dice Roberto Terveen. Nada más se oye la respiración, luego da un golpe al colgar el auricular. Siente un dolor agudo en la rodilla, por haber chocado contra la esquina de la enorme mesa de centro a causa de la oscuridad y la prisa. Pinche mesa, piensa, había prometido deshacerse de ella a las primeras de cambio, pero siempre lo deja para después. Espera una llamada importante de una oferta de trabajo. Esa es la causa de que haya corrido a contestar el teléfono y se encuentre desnudo, sudando y con una goteante erección en decadencia. No le importó estar en pleno acto sexual con Alejandra, ni que él estuviera respondiendo con aplomo a sus caricias y miradas, evitando así la decepción de la fugacidad. Ella estaba contenta y deleitable, hasta que sonó el aparato. No contestes. Tengo que hacerlo, ¿y si es por el trabajo? Te digo que no contestes, estamos a punto de llegar. Ahorita regreso. Si te vas yo me voy. Se quitó de encima de ella no sin sentir que su emoción ya iba en descenso. ¿Sabía ella, Roberto, que tu inesperada resistencia se debía precisamente al constante pensamiento de esta llamada? Lo más probable es que si, ella no es tonta. Tonta tonta, pero no tanto. La india María. Por desgracia no eran los del trabajo, y ahora que lo piensa mejor, es ya muy tarde para que le hablen.

Cruza la sala rodeando la mesa y caminando con sus talones, ya que el suelo está muy frío. No se vaya a enfermar, o pisar alguna piedrita, o que le vayan a salir juanetes. Quizá no fue tan buena idea el quitar el teléfono de mi cuarto, dice, no hubiera tenido que bajar las escaleras corriendo y chocar contra la mesilla para lograr contestar la llamada del maldito mudo. Sólo hubieras tenido que alargar la mano, Robertito. Los escalones de madera rechinan a cada paso que da. Con mucho cuidado para no tropezar y ensartarse alguna astilla. Con tu mala suerte, puede ser. Necesitan un poco de reparación. Ya viejas, cansadas, muy pisoteadas. Frías y resbalosas por el barniz. Regresa al cuarto. Alejandra tiene ambos brazos a su espalda intentando abrocharse el sostén, lo mira con cara de enojo, desencanto e insatisfacción. ¿Te mereces esa mirada, Roberto? Por supuesto. Él sabe que le va a costar hacer que se contente. Si no hoy, mañana.

No te vayas. Perdóname —se rasca una nalga, pone cara de niño bueno, se acerca, Roberto.

¿Qué hago, qué hago? —dice Hellen a sí misma caminando de arriba abajo por el cuarto del hotel—. God, please help me. No debí venir. ¿Por qué no me quedé con Alexander para cuidarlo a él y estar con él? Don’t be stupid, Hellen.

Alejandra ni siquiera lo mira mientras desliza, muy pausada, la tanga por sus muslos hasta sus caderas. El hilo se introduce entre sus nalgas tomando su lugar. ¿Verdad que es hermosa? Definitivamente. Las dos delgadas cintas que unen las bragas descansan sobre su pelvis. Ese maravilloso hueso cóncavo, ¿o convexo?, que da la exuberante forma al cuerpo femenino. No son los senos, ni las piernas, ni la boca, ni las nalgas, sino la pelvis, las caderas, su parte predilecta. Puede pasar horas siguiendo su contorno con los dedos, o sólo reposando una de sus manos en ella. No puede quitarle los ojos de encima. Le arden y se los restriega para enfocar. Maldita contaminación. O quizá le hace falta aumentar la graduación de sus lentes. Sonríe, ya que con sólo mirarla comienza a excitarse. Ojos claros, labios rosas, déjame que te haga cosas. Es deliciosa. Se le acerca y la abraza por detrás. Siente su abdomen delicado, liso y le mete un dedo en su profundo ombligo. Le susurra al oído no te vayas, soy un idiota, dame otra oportunidad. Mete nariz y boca entre su cuello y su hombro. Y se detiene ahí un buen rato. Respirándola. Oliéndola. Reconociéndola. Sí, está es mi mujer. La besa y la lame saboreando su perfume de ¿durazno? y su salado sudor, ahora helado. Su mano derecha forzosamente se escabulle hasta la pelvis, atrayéndola hacia él. Él no le ve el rostro (rostro dulce que sabe ponerse severo, ojos oscuros que denotan inteligencia, quizá demasiada), pero ella también sonríe, ya que siente sus caricias, mordidas y su miembro con renovados bríos en su culo. Eso siempre la seduce. Se deja hacer. La voltea y se besan.

No le costó tanto como pensaba.

No puedes creer en tu buena suerte, ¿verdad Robertito? En su vida, con tantas decepciones en cuestiones del amor, nunca hubiera pensado que iba a compartir el lecho con una mujer como ésta. Mucho más joven que él, con el cuerpo firme y bien formado, amplias caderas y muslos fuertes que lo prensan al momento del éxtasis, el cabello rojizo y corto, alta. ¿Tu mujer ideal, acaso? Claro, siempre se lo dices al oído. Y no nada más cuando lo están haciendo. Lo mejor de todo, no están casados. Una pareja que no comparte el ideal matrimonial. Mientras están en el suelo y Alejandra sentada encima de Roberto, él sabe que al poco rato de tener sus respectivos orgasmos, claro si todo lo hacen como debe de hacerse, ella se va a ir a su propia casa, y hasta el siguiente día o el próximo deseo.

Buena suerte. Que te vaya bien.



Alejandra se ha ido y Roberto, apacible, se deja atrapar por la pesadez del sueño. Abraza la almohada que aún huele a ella. ¿Vainilla? En ese momento recuerda que mañana tiene clase a primera hora y que no la ha preparado. Mierda. Y cátedra a bola de mocosos fresitas de preparatoria que no les interesa nada la filosofía. ¿Coco? Todo sea por el salario de esta escuela privada. ¿Lima? Hay que vivir, ¿no es cierto? Más bien sobrevivir. Quédate un ratito más, anda. Ya ha pasado más de una semana desde la entrevista en la universidad de paga. Al menos sus alumnos serían estudiantes mayores y con tendencia a esos menesteres. ¿Limón? No puedo, me tengo que ir, hay que levantarse temprano. Nosotros le llamamos. Ya conocía esta respuesta, pero algo le decía que sí le iban a llamar (ese algo que es lo que comúnmente se conoce como esperanza, aunque en su caso no sea otra cosa más que tendencia al olvido). Está en esas cuando el teléfono vuelve a sonar. Corre otra vez escaleras abajo, sus ojos están ya acostumbrados a las tinieblas y logra esquivar los obstáculos.

¿Bueno? ¿Diga?

Otra vez silencio, sólo una acelerada respiración a lo lejos.

¿Bueno? ¡Chinga tu madre! —clang.

¿Aún no te acostumbras a estas llamadas mudas, Robertito? ¿Y quien puede acostumbrarse? Antes pasaban muy de vez en cuando, pero desde que está dando clases en la preparatoria son muy concurrentes. Y más en los últimos quince días. De seguro alumnas enamoradas de él. Se ríe en voz alta por este pensamiento mientras se sirve un vaso con agua. Jaja, eso quisieras. Más bien estudiantes que se quieren atrever a comprar la calificación. De una u otra manera. Alejandra, bésame antes de que cruces por esa puerta. Pero no iba a caer en esos juegos otra vez. Levanta la caja del teléfono y desconecta el cable. Los de la universidad no van a llamar a esta hora y no le caería mal tener varias horas de sueño. En cuanto a la clase siempre puede pasar a algún alumno al frente a que exponga el tema de la sesión pasada o pedirles a todos que saquen una hoja, mirar sus caras de espanto que tanto agrada a un profesor, y que anoten las preguntas de un examen sorpresa. Empieza a subir las escaleras cuando oye gruñir su estómago. No estaría mal cenar algo. Después de retozar con Alejandra por más de una hora, no vas a perder tu tiempo de sueño en hacer algo tan tedioso como preparar una clase, ¿verdad, Roberto? Hoy ten miedo de mí, porque no vaya a ser que cansado de verte me meta en tus brazos para poseerte.

No, no va a jugar otra vez.

Regresa sobre sus pasos hacia la cocina. Abre el refrigerador y mete la cabeza. ¿Qué se te antoja? No te hagas el loco, si bien que sabes que te vas a hacer una quesadilla.

Una quesadillita, con tortillas de harina y jamón —dice Roberto.

Ya se le están acabando las tortillas y el queso. El sábado voy a comprar. Afuera llueve. Prende la lumbre debajo del sartén que siempre usa para sus quesadillas; casi nunca lo lava y pedazos de queso chamuscados se van acumulando uno sobre otro. Acompañó a Alejandra a su coche con un paraguas. Con mucho cuidado por el piso de la cochera, que es de loseta color blanca, muy resbalosa. Te has caído ya un par de veces en el último mes. Un beso, muac, y hasta la próxima vez. Muchas veces cuando eras chico. Ahora oye las gotas estrellarse contra los dos tragaluces del segundo piso, al lado de su recámara. Su eco en toda la casa. Desde hace dos meses no deja de llover. Éste clima ha adoptado una rutina muy precisa: durante la mañana sol y ambiente fresco, y por la tarde lluvia torrencial, calles mojadas y derrapones al por mayor. La quesadilla vuela por los aires para cocinarse del otro lado. A ti te gusta este clima, no te hagas, tan distinto del calor húmedo de todos los lugares en donde creciste: playas, costas y mar. Se la sirve en un plato y se la empieza a comer mientras camina hacia su cuarto. Aunque siempre las ha preferido a las ciudades grandes y mucho más que a la capital. Por eso ha regresado a ellas una y otra vez.

Ay, olvidé el palillo.

Baja por tercera vez las escaleras, abre la alacena y agarra un mondadientes. Habían pasado algunos años desde que Roberto y su padre dejaron de hablarse, pero se enteró al día siguiente, en la lectura del testamento, que le heredaba la casa en la que Roberto había habitado desde que tenía catorce años. Agradable sorpresa, Robertito. Definitivamente. La quesadilla desaparece en un santiamén y se mete en la cama mientras escarba los pedacitos incrustados en sus dientes con el palillo. Se recuesta sobre su costado derecho y el brazo extendido. También le dejó toda su biblioteca. Esto último no fue novedad, a su madre no le gustan los libros y siempre fue un problema cuando su padre llegaba los fines de semana, después de zambullirse en las librerías de viejo del centro, con una bolsa repleta de libros en cada mano. Mejor ahorra dinero para cuando te retires. ¿Cómo puedes gastar tanto en libros, en lugar de en mí? ¿Qué acaso no sabe su madre que el mexicano es aquel que nunca atesora nada, sino que siempre gasta en lo que necesita y lo demás lo derrocha? Bueno, su padre siempre necesitó de libros. Y si lo ves del otro lado, también funciona: gastaba en lo que necesitaba, que son los libros, y el resto lo despilfarraba en los menesteres de la vida diaria. Se pone boca abajo, con la cara hacia el lado derecho. Al principio un dolor de cabeza, hasta que su madre terminó por acostumbrarse. A todo se acostumbra el ser humano, excepto a no comer, diría ella siempre. También le decía, amor, más vale que empieces a escribir tu testamento, porque si te mueres y me haces enojar, voy a hacer una pira en el patio con todos tus libritos que tanto amas. ¿Te acuerdas? Una cara de horror se dibujaba en su padre, eso es un delito, te van a meter a la cárcel. Ay, ay, ¿y quién se va a dar cuenta?, pero aún así, te lo estoy diciendo para le dejes tu biblioteca a Robertito, quien sería el único que la apreciaría y la cuidaría. Ahora su madre está en provincia, en una pequeña casa que compró en una de estas playas que ella también prefiere. ¿Te gustaría estar con ella? Tal vez. Al fin llega la posición predilecta, boca arriba, donde puede respirar mejor. En el Distrito Federal está él solo, y su única preocupación importante es encontrar un nuevo trabajo. Se oye un miau afuera de su ventana. Gato maníaco, no des lata a esta hora. Agradece al hado que no tuvo hijos con su esposa, ex-esposa, y que no está obligado a pasarle ninguna pensión. Cae un rayo cerca que hace cimbrar las ventanas.

Comienza una sonrisa, cuando cae dormido.

Yo subía, subía, soñaba, pensaba, —mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse.”



Hellen está sentada en la cama del hotel. Su cuerpo se estremece de angustia, incertidumbre, sosiego, o cualquier otro sinónimo, o todos ellos juntos, sin que puedan acercarse a describir ese sentimiento que, o le corroe las entrañas, o le da una realidad que la convierte en otra, según el horizonte desde donde se mire. Sus manos tienen prensada la colcha que se resiste débilmente a la embestida de sus largas uñas con laca rosa claro. Tiene la espalda encorvada y mira al suelo. Los largos cabellos rubios cubren su rostro, pero las enormes lágrimas caen con intensidad sobre sus piernas. Un continuo y débil sollozo sale de su garganta. De vez en vez mira de reojo el teléfono y desea que suene. Que escuche su voz y se de cuenta que no está sola. Aún disfruta engañándose, pero desde hace mucho tiempo este autoengaño sólo dura unos cuantos segundos.