La muerte de un vagabundo
 

 

 

Hace mucho que no uso mi nombre y creo haberlo olvidado. Sólo sé que soy médico. O lo era. Estaba muy distraído limpiando absurdamente uno de mis lingotes de oro y no lo vi venir. Cuando abrí los ojos lo único que pude distinguir fue el techo. Mi cuerpo ya no quiere responder, aunque todavía puedo sentir las palpitaciones en mi occipital y la cucaracha caminando por mi antebrazo. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? La sed me consume la lengua y ya me he orinado un par de veces. Alcanzo a percibir el hedor que sale de mis pantalones. Ya estaba acostumbrado al mal olor, pero ahora contaba con una penetración diferente. Como si a partir de este momento hubiera asumido de pronto matiz repulsivo.

Recuerdo haber optado por la peste desde hace años. Cuando no dije adiós, ni dí la caricia esperada, ni los abrazos obligados, ni los besos prometidos. Cuando lo único que salía de mí eran los reproches, las injurias, los golpes y la locura. O el genio, según cómo se juzgue.

(Encomiendo a la memoria esa cirugía que me valió el reconocimiento de mis colegas. Un niño teratológico: cuatro extremidades inferiores, cuatro órganos genitales y dos miembros. Yo lo ayudé y quedó bien. O al menos mejor de como estaba. Era la primera vez que alguien lo hacía con éxito. También está aquella ocasión en que logré salvar de la cárcel a los dos borrachines acusados de asesinar a su amigo, al descubrir en el cráneo del muerto el orificio de la bala perdida venida de no sé dónde, escondida a causa de su largo y enredado cabello.)

Ese era yo, el más respetado médico de Sonora. Pero en mi casa, ante mi esposa y mis innumerables hijos, yo era el demonio. Ahora lo sé. ¿Qué me hacía ignorarlo?

Dicen que la demencia es el precio de la genialidad. Pero, a fin de cuentas, ¿qué se entiende por genialidad? Hacer algo tan bien que no tenga que pensarse en ello. Una acción intuitiva e instintiva. ¿Existe acaso otra definición mejor para la inconsciencia? Porque justo ahí es donde yo he vivido desde que recuerdo. Ahora lo veo muy claro. Creo que fue a los nueve años cuando comenzó. Al jugar con los otros infantes, tropecé y me golpee en la cabeza. Todo se puso gris, no negro como dicen. La silueta del mundo se perfilaba en esa mácula grisácea. Ya nada fue lo mismo desde entonces. Precisamente ese mundo que es tan familiar se tornó extraño, desconocido y anormal. Vislumbré sus garras y me puse a la defensiva. Siempre escondiéndome de él, para evitar ser devorado. Cualquier señal era una muestra de ataque, por eso mis reacciones tan bruscas y mi desprecio tan grande ante su magnitud. Me entró la convicción de que yo era quien tenía que engullirlo. Masticarlo hasta darle una condición informe. Y lo hice. Convertí en acto la libertad que llevaba en potencia. Libertad sin culpa, sin remordimientos, sin responsabilidad y sin esperanza.

Mi estómago me está ardiendo. El cuarto en donde estoy tumbado está girando. Mis manos tiemblan. Debe de ser el hambre. Estoy habituado al ayuno, esto quiere decir que ya ha pasado un largo tiempo desde que estoy así. La muerte debe de estar próxima. Seguramente es ella la que está tocando en la puerta. O quizá es la conciencia llamando a la lucidez. El último instante de reflexión involuntaria en el que te percatas de lo que has hecho sin haberte dado cuenta. De que todo lo que has realizado lo habías olvidado, y sin embargo controlaba tus acciones. Pero en mi caso debió de haber sido el reciente golpe. Un leñazo me sumergió en una vida infame, y otro más me regresó la inocencia perdida. Podría usted decir que tengo suerte, ya que es como tener la noción del nacimiento y de la muerte. Algo de lo que usted y el resto de las personas carecen.

Todo es tan diáfano ahora. Sólo y sin poder moverme, ¿a quién pedirle perdón?

¿Perdón?

Nunca. No lo hice antes, y no voy a empezar ahora. ¿Qué mi alma está condenada, dice usted? ¡Que arda hasta las escorias, digo yo! Que se arrepientan los débiles, aquellos que vivieron la vida con temor, y toda ella no fue más que una mala oscilación dianóica entre la acción y el remordimiento.

Y, así las cosas, el sueño oscuro me envuelve. La tranquilidad del caos toma terreno ante la estúpida lucidez. El inútil destino cobra forma, mostrando que la legítima vida reside en la disolución. Ahora sí todo se pone negro. No hay luz blanca. Quizá porque el cielo está vedado para mí. Lo sé. Abro los brazos y me tiro al vacío.





Martes 17 de Junio de 1992. A las 8:47 de la mañana se ha encontrado en su propio domicilio el cuerpo sin vida del Doctor Luis Pavón Sarrelangue, con dirección en [***]. Todo parece indicar que ya tenía varios días de muerto antes de que alguien se percatara de su ausencia. Siendo la causa de esta dilación la separación voluntaria de su familia desde hace años, y adoptando la vida errática de un mendicante. Entre sus pertenencias se cuenta con algunos libros en inglés y en español sobre filosofía e historia. Entre ellos cabe destacar una edición en rústica de Don Quijote de la Mancha, antiguo y al parecer de mucho valor. Visiblemente todo está intacto, sin embargo, el maletín de doctor que siempre cargaba con él no se halla por ningún lado. Este hecho hace que no se descarte la posibilidad de robo y asesinato, sin mencionar el hematoma en la parte posterior de su cabeza. Le sobreviven ex-esposa y nueve hijos.