El viejo de la montaña
 

 

—Era el paraíso.

Todos lo miraban con cara de incredulidad y desconfianza, mientras se llevaba la cerveza a la boca. Era su segunda copa, bebida muy lentamente. No parecía estar borracho.

—Todas eran más que hermosas, bellísimas. En la vida he visto criaturas más maravillosas, y creo que nunca más volveré a apreciarlas.

Uno de los oyentes se levantó, pagó su cuenta y se retiró. Se le veía fastidiado. Cuando cruzó el umbral de la puerta se le escuchó proferir: ¡sandeces!

—Había de todos los tipos: rubias, morenas, pelirrojas, negras, etcétera. Vestían de forma muy exótica. Muy poca ropa, ya que el clima era envidiable; yo siempre me encontraba desnudo, los vestidos sobraban. Y también estaban todos los manjares inimaginables. Simplemente hacías una indicación, y una de las beldades te daba de comer en la boca, mientras rozaba tus labios con sus dedos y sus largas y delineadas uñas.

Mientras hablaba se terminó su bebida. Se le notaba la tristeza o resignación en cada palabra. Y esto le ayudaba a sonar muy convincente. Revisó en sus bolsillos en busca de capital para otra cerveza, pero no había más.

—No teníamos que preocuparnos por dinero. No había. Todo estaba al alcance de la mano. Barriles del vino más añejo y más fino que he probado, servido en copas de oro con incrustaciones de rubíes.

—No se preocupe mi amigo —dijo uno de los concurrentes con una gran sonrisa, al observar que se levantaba para marcharse— me agrada su historia, le invito un trago.

—Muchas gracias, que amable.

En silencio el cantinero servía la nueva bebida en el vaso que tenía más de media hora limpiando con un trapo muy percudido. Todos lo miraban expectantes. Sus caras llenas de tierra no le quitaban la vista de encima. Había logrado captar su atención. Aunque alcanzó a ver a otro más que se marchaba.

—Las mujeres no hablaban si no lo ordenabas —continuó—. Podías tocarlas, acariciarlas y hacerles el amor ahí mismo. Sin palabras, sólo una mirada y era tuya. Y ellas sabían todo lo que había que saber sobre artes amatorias. Parecían nacidas para ello. Experimenté placeres que nunca había sentido. Cada sensación era nueva y mejor que la anterior. Las negras sobre todo. El contraste con su piel, sus carnes bellamente moldeadas, la fogosidad de su carácter, sus abundantes labios. Hacerlo con ellas era como un baile. El ritmo en sus caderas te dejaban extasiado, pero siempre quedabas sediento. Tú único deseo era ser fulminado por un rayo en ese momento, para morir en la auténtica definición de placer.

Nadie se movía. Apenas respiraban. Lo observaban intensamente. Podía figurarse las imágenes en sus cabezas. Pero sabía que no se hallaban ni siquiera cerca de la realidad. Este pensamiento lo reconfortaba de alguna manera. Se sentía dueño de una verdad a la que muy pocos han accedido. Era un privilegiado.

—Pasaron quince días de deleites. Cada jornada tenía al menos dos mujeres, siempre distintas. Hasta que la conocí. Era el ser más perfecto del planeta. La mujer primordial. Todas las demás se midieron, y se miden, con ella. Al verla quedé irremediablemente prendado. Ahora mi felicidad era completa. En una mano traía un racimo de uvas y en la otra un violín. Mi nombre es Val, me dijo. Su voz era exquisita, parecía fuera de este mundo. En ese momento comprendí porqué Odiseo tuvo que amarrarse al mástil de su barco. Pero las sirenas quedaban pequeñas ante su presencia. Su pelo era corto, castaño claro. Los ojos verdes más sublimes que he visto, con mirada penetrante, como la del cazador hacia la presa. La piel blanca y bronceada y, después lo comprobé, de una tersura indescriptible. Su estatura no era tan alta como las demás, pero se recompensaba en la excelencia de su cuerpo. El cual estaba cubierto por dos trozos de delgada seda, en sus senos y en sus caderas.

Se detuvo en su narración para sorber un poco más del líquido que calma las facultades. Lo hizo pausadamente, midiendo cada movimiento y rogando por su rápido efecto.

—¿Y, qué pasó después? —preguntó otro escucha— ¿Le correspondió su amor?

—Claro, ¿qué no he dicho que era el paraíso? El sufrimiento no existía ahí adentro.

El suspenso en su plática era necesario en estos momentos, ya que aquí sí sentía ese sufrimiento. Por su memoria. Por su ausencia. Por estar contando en lugar de estar viviendo. El dolor ya estaba ahí desde entonces, sólo que escondido, a la expectativa. Esperando la irónica crueldad implícita en las almas correspondidas.

—Con ella sí quise platicar. Fue lo primero que le pedí. Hablamos de la naturaleza, del mundo, de las artes y de la vida. Conversamos alrededor de dos horas, para ese momento estaba completamente enamorado de ella. Te amo, le dije. Ella me miró a los ojos y con su delicada mano me acarició el rostro y me besó en los labios. Con una espléndida sonrisa en los suyos se quitó sus pequeños pedazos de seda, me tumbó en el piso y comenzó a hacerme el amor. Mi piel entera correspondía a sus caricias. Era como palpar el cielo. De pronto tomó su violín y comenzó a tocar. Sin dejar de moverse. Mi excitación era extrema. La música y sus gemidos se mezclaban formando una música soberbia, al momento que me decía: yo también te amo.

No pudo seguir, las lágrimas no se lo permitieron. Recordarla de esta manera, hasta el más mínimo detalle, era muy doloroso. Ya no pudo decirles cómo las pequeñas gotas de sudor resplandecían en su piel, dándole una corporeidad irreal; ni tampoco cómo alzaba los brazos y se prendía de sus cortos cabellos al momento de llegar al éxtasis; ni cómo su lengua toca sus labios y sus dientes al momento de reír; ni cómo, mientras come, entre cada bocado, expresa el gusto por su sabor, con un largo y delicado mmmmmmm; ni cómo puede pensar en cinco idiomas diferentes; ni su manera de caminar, la vista al frente, con una dignidad imperiosa que no había visto en otra mujer; ni su dedicación al bañarse, cuidando cada rincón con una atención minuciosa; ni su olor a albahaca, aceites de mandarina y naranja, que no dejaba de oler cada vez que estaban abrazados, metiendo su nariz en su cuello.

—Oiga, ¿y porqué no sé quedó ahí? —dijo una voz que no pudo identificar.

—Al cumplirse treinta días, nuestro anfitrión, a quién todos conocíamos sólo con el calificativo de El Viejo de la Montaña, se presentó ante nosotros y nos ofreció un brindis. Trajo un barril de vino y nos sirvió a cada quien en una copa. ¡Por el Paraíso! A los pocos minutos todos estábamos dormidos. Al despertar ya no había mujeres, ni vino, ni palacios, ni Val, porque ya no estábamos ahí, sino en un pueblo que todos desconocíamos. La única cara familiar era la de El Viejo de la Montaña. Con una sonrisa maliciosa nos dijo: ¿Han disfrutado del Paraíso? Pues me alegro, ya que nunca más volverán a estar en él. Todos comenzamos a vociferar en demanda de una explicación. Es muy sencillo, nos dijo, conquistar el paraíso no es fácil ni gratuito, siempre se tiene que dar algo, ¿están dispuestos a dar ese algo por mí? Sí, sí. ¿Aunque sea algo extremo? Lo que sea, lo que sea, todos exclamaron. Yo incluido; mi mente sólo pensaba en Val. Fue entonces cuando todos nos convertimos en asesinos.

—¡Bah, cuánta mentira! —dijo otro de los presentes—. Si esto fuera cierto, ¿por qué hacer lo que ese viejo dice, en lugar de simplemente regresar a ese lugar?

—Porque nunca pudimos ver el camino la primera vez. Todos llegamos en carruajes cubiertos con mantas oscuras, no podíamos ver hacia fuera. Al llegar, alcancé a percibir una montaña que no tenía nada de particular. Simplemente una entre otras. Luego nos llevaron por una cueva, que se dividía infinidad de veces. Al parecer se ramificaba en todo el interior de la montaña, y al cabo de quizá veinte minutos llegamos a los palacios dorados.

El silencio era casi total. Sólo algún murmullo y alguien aclarándose la garganta. Una tos y un estornudo. Un carraspeo y un suspiro. Los sonidos del nerviosismo y la impaciencia. Todos los oyentes se veían unos a otros, y se movían intranquilamente en sus asientos.

Él quería decirles que aceptó sin dudarlo ni siquiera un instante. Lo que sea por volver a estar con Val, era su único pensamiento. Y así se convirtió en uno de los haschishins del Viejo de la Montaña. Pretendía platicarles que es de débil estómago, que siempre lo ha sido. Y que, después del primer asesinato, de un hombre cuyo nombre nunca supo, la culpa fue demasiado inmensa. Y así, sin poder completar con las cinco muertes que se le habían mandado, abandonó al Viejo de la Montaña, y con él la esperanza que encierra la presencia de Val. Simplemente no podía seguir.

—¡Por favor!, ¿qué cree que somos unos niños idiotas? —fue el único grito nacido de un intenso mutismo—. Marchémonos muchachos.



—Oiga amigo, me gustó su historia —le estaba diciendo el último oyente, aquel que le invitó la cerveza, mientras caminaba a su lado, una vez fuera de la cantina.

—Pues parece que usted fue el único.

—No, no crea. Es difícil platicar algo como esto. Pero yo sí le creo. Además, tengo mis motivos.

Mientras decía esto el escucha se quedó un poco rezagado en su andar.

—¿Qué clase de moti…

No tuvo tiempo de terminar su pregunta. El cuchillo en su estómago le impedía sacar el aire. Sintió caliente y una punzada justo arriba del ombligo. Luego otra vez caliente, y otra y otra y otra. La sangre manaba en cantidades exorbitantes. ¿Por qué?, quería preguntar, pero ya no tenía aliento ni fuerzas. Entre sueños creyó escuchar: Traidor, un saludo del Viejo de la Montaña. Él hubiera jurado que eso fue lo que dijo su acompañante, pero ahora que está muerto, no lo sabe con certeza. Quizá sólo fue una de tantas razones que pudo dar su cuerpo atormentado; y mientras las sombras lo envolvían, alcanzó vislumbrar un violín lacerado por el tiempo.