Nuestra versión de las Aves


Una versión con ganas de molestar a todos menos al bueno de Aristófanes, que en paz se ría.

Las Aves

 

ESCENA DE LA PRESENTACIÓN

 

1ª Escena. La presentación puede comenzar con un personaje presentador. Gomina, sonrisa profident, traje de gala, música de revista:

            .- ¡Buenas noches, señoras y señores! Bienvenidos al teatro, todo está preparado para su disfrute… Por cierto, ¿Se han percatado del hermoso mundo que habitamos? Miren a su alrededor, observen… ¡Qué bonito!

 

 .- El maltrato: ¡qué a gusto te quedas!

.- Los violadores: que reparten amor y placer desinteresadamente

.- La anorexia: una muestra de solidaridad con el hambre en el tercer mundo.

.- Las guerras con sus bombas: bum (se repite varias veces)

.- Los políticos corruptos, con sus mansiones, sus coches caros, su glamour… me ponen

.- Los terremotos: los edificios caen como fichitas de dominó.

.- Los exámenes: te levantas a las cinco de la mañana, la casa en silencio, el amanecer…

.- Los ancianos abandonados.

.- Los deberes

.- Los incendios forestales: esas lucecitas que calientan a los animalitos para que no pasen frío.

.- Los borrachos: te vomitan encima y son tan divertidos cuando conducen.

.- Los feos: por cierto, que estáis todos aquí.

.- El profesor de teatro que nos mete en este lío.

.- La ignorancia: (todos) ¿Eh, por qué? Pues… No sé.

 

2ª Escena: Frases de los personajes que hacen imposible vivir en nuestro mundo. Los actores van diciendo esas frases repartidos por el espacio. Los protagonistas se sienten heridos por esas expresiones y van siendo rodeados por los demás hasta quedar en el centro sentados espalda con espalda, abatidos;  se tapan las orejas con las manos y terminan por gritar: ¡basta!

 

.- Mira por donde vas, torpe. ¡Mujer tenías que ser!

.- Cuidadito con mirar a ninguno: eres mía o de nadie.

.- ¡Esos son melones y no los de la frutería!

.- Que no  entere yo que ese culito pasa hambre.

.- Yo no soy racista pero los negros huelen mal

                                        ¿De qué coño se ríen los chinos?

                                         Los gitanos: el que no canta roba… y el que conduce, arrolla.

.- Cállate, Pérez, eres un burro y no llegarás a nada.

.- ¿Por qué has hecho eso? ¡No me contestes!

.- ¿Qué miras? A que te meto…

.- A la salida te espero.

.- ¡Ah, qué mal gusto! Esa camiseta no combina con el color del blanco de tus ojos.

.- Ponte a dieta, nena, que me cuesta mirarte.

.- La homosexualidad es una enfermedad. ¡Los gay al hospital!

.- Gay, gay… ¡Maricones de mierda!

.- Problemas… problemas… eso lo arreglo yo con un par de bombardeos.

Todos se van y dejan a la pareja de protagonistas sentados. Vuelve uno y dice:

Shhh, que te arranco la cabeza.

3ª Escena.

Televisión.  Programa “OPERACIÓN COTILLA”.

 Aparece la televisión. Todo el escenario se transforma en un plató de televisión. Se trata de un programa de testimonios “reales”.

 

Isabelita de España.-  

 Entra sola la presentadora. Lleva el guión del programa en las manos, lo lee e intenta memorizarlo. Hace gestos muy nerviosos, tiene tics, camina arriba y abajo diciendo frases sin sentido y como hablando para sí. Sin duda está loca Buenas tardes, querido público…querido, querido: ABORRECIDO… ¡uh! Cállate loca (ríe) no muerdas la mano que te da de comer… hablando de manos (grita) ¡Cómo querrán que esté como siempre, es decir, genial con estas uñas! (refunfuña) Esta tarde su programa preferido, Operación cotilla, viene cargadito de conmovedoras historias. (Para sí) En conmovedoras debería poner cara de pena (prueba varias repitiendo conmovedoras)

 

Regidor.-

Preparada Isabelita de España, que llega el público.

 

Isabelita de España.-

(Fastidiada) ¡Ay, no, ya está aquí la turba maloliente! ¡Chusma!

 

Va entrando el público que se sienta en las gradas de atrás. Algunos pasan mirando a la presentadora con curiosidad, cuchichean, sonríen, algunos la tocan, hay quien se quiere hacer una foto con ella (una sonriente, Isa con cara de asco), uno le pide un autógrafo (lo firma con desgana y suelta el bolígrafo con aprensión, como si estuviera sucio). Ella responde con indiferencia y asco, según las confianzas que se tomen.

 

Espectador 1

¿Dónde me siento?

 

Isabelita de España.-  

¡Y a mí que cuentas! Yo con presentar tengo bastante. Cada día los traen más tontos

 

Espectador 2

(se ha sentado en los sillones de invitados) Hola, Isabelita.

 

 

Isabelita de España.-

Pero, ¿qué hace este memo sentado aquí? ¡Regidor! Que larguen al zopenco este de aquí, a ver si también tengo que hacer de acomodadora. (Al intentar levantar al espectador se rompe una uña.)

¡Dios mío! Mi uña de porcelana (se tira de los pelos histérica) ¡Oh, y ahora mi hermoso cabello! (gritando) ¡Socorro! ¡Muerta soy, confesión!

 

Aparecen las maquilladoras y peluqueras. Se afanan en arreglar el desaguisado. Isa va repartiendo capones e insultos por doquier.

 

Regidor.-

Atención, que empezamos. Tres, dos, uno. En el aire.

 

Isabelita de España.-

En un instante desaparecen las maquilladoras e Isa cambia radicalmente su semblante. Ahora parece tranquila, amable y sensata.

Buenas tardes, querido público. Esta tarde su programa preferido, Operación cotilla, viene cargadito de conmovedoras historias (falsa cara de pena). Nuestros primeros invitados son una pareja de amigos (mirándolos pícaramente) ¿sólo amigos…?

 

Los dos.-

Pues sí, amigos, ¿le parece poco?

 

Isabelita de España.-

 

Bien, vosotros queríais denunciar las injusticias del mundo que… se oponen a vuestro amor.

 

Pistetero.-

Que se oponen a nuestra felicidad, a nuestra dignidad como personas…

 

Regidor.-

(Hablando por el pinganillo) Isabelita, cariño, intelectuales los justos, que bajan las audiencias

 

 Isabelita de España.-

¡Ay, sí! El amor es felicidad, dignidad… y muchas cosas más, ¿quién lo duda? Pero lo que quisiéramos saber es cómo empezó vuestra relación.

Evélpides.-

Buenooo… En la guardería éramos ya uña y carne.

Regidor.-

Eso, eso… amor, infancia, tragedia… Sigue por ahí Isabelita, ¡dale a la audiencia lo que quiere¡

Isabelita de España.-

Y, ¿Se opusieron vuestros padres a ese amor tan prematuro?

Pistetero.-

Amor, no...¿Qué amor? Somos amigos de toda la vida

Evélpides.-

Eso he dicho yo, amigos. Amigos como si dijéramos… amigos. Además eso de “premarturo”… no sé yo eso… (aparte) Eso lo serás tú… por si acaso.

Isabelita de España.-

En fin, queridos televidentes, amistad y amor no dejan de ser sinónimos

Evélpides.-

Hala, venga a faltar: antes que si “premarturos” y ahora “sinonimios”

Pistetero.-

No es que tengamos nada contra el amor, pero es que nosotros somos amigos, siempre lo hemos sido. Precisamente por eso hemos venido juntos, porque estamos cansados de soportar a tanto egoísta, violento, racista e hipócrita que hacen de las demás personas simples objetos. Hemos venido para denunciar y compartir con todo tu público lo que nos agobia de este mundo, sus injusticias, sus…

Evélpides.-

(Ha estado todo el tiempo haciendo gestos de silencio a Isabelita, que intentaba interrumpir. Sinceramente emocionado) ¡Qué piquito de oro tiene!

Regidor.-

Isabelita, despabila. Corta al mitinero ese y da paso a los quince minutos de tostón publicitario.

Isabelita de España.-

Si, bien… Está claro que el camino de la pasión irrefrenable que sentís el uno por el otro no ha sido fácil de recorrer. Pero antes de proseguir, unos segundos de interesantísimos consejos publicitarios.

Regidor.-

¡Qué desastre! Me dice el director que la audiencia va por los suelos.

Isabelita de España.-

¡No puedo creerlo! De ésta me veo presentando el telecupón. Pero ¿Se puede saber qué historia nos estáis contando, mentecatos?

Evélpides.-

¿”Matagatos”? Pero qué gato ni qué niño muerto.

Pistetero.-

Este es un programa de testimonios, ¿no? Pues eso hacemos, damos nuestro testimonio, nuestro punto de vista sobre este mundo y de cómo podríamos mejorarlo entre todos.

Isabelita de España.-

(Histérica y con cara de asesina) El mundo no sé, pero este programa sí se me ocurre cómo mejorarlo: ¡Arrancándoos los ojos con mis carísimas  uñas de porcelana… en directo!

Regidor.-

(le da unas pastillas a Isabelita)Anda, largo de aquí antes de que se le pase el efecto de las pastillas. ¡Seguridad! (Aparecen dos seguratas que levantan a nuestros héroes de sus asientos de malos modos)

Los dos.-

¡Eh, sin empujar! ¡Queremos terminar nuestro testimonio!

Todo el público

¡Fuera, largo, pesados! ¡Arreglaros la cara antes que el mundo! ¡Queremos vísceras, Isabelita, escandalízanos!

 

(Evélpides y Pistetero quedan solos y profundamente decepcionados. Su intento de compartir sus preocupaciones ha sido inútil. Se miran sin saber qué hacer o decir. Aparece una figura extraña y oculta que les da un libro y se lleva el índice a los labios pidiéndoles silencio.)

Evélpides.-

¿Quién era ese?

Pistetero.-

No tengo ni idea

Evélpides.-

Y ¿qué te ha dado?

Pistetero.-

Un libro.

Evélpides.-

¿Un libro…? ¡Ah! Sí, eso que nos obligan a leer en el insti.

Pistetero.-

Se trata de una obra de Aristófanes

Evélpides.-

(Quitándole el libro) ¿De quién? ¿De Aristi-qué? ¡Qué va, este libro es de la biblioteca! Mira el sello. No, si ahora vendrá alguien y dirá que lo hemos afanado nosotros. (le devuelve rápidamente el libro a Pistetero)

Pistetero.-

(Lee la contraportada) “Esta obra es una sátira contra las complicaciones de la vida en una ciudad como Atenas, con un estado corrupto, y la expresión de un anhelo de libertad. Los dos héroes huyen de los impuestos, los pleitos y las injusticias para llevar una vida libre con las aves…”

Evélpides.-

¿Con las aves? Vamos que acabaron subidos a un árbol y el culo metido en un nido.

Pistetero.-

No. Dice aquí que consiguen fundar una nueva ciudad en el aire donde no tendrá cabida los que les hacen la vida imposible en Atenas.

Evélpides.-

La ciudad en el aire, ¿no? Y ¿qué hacen, inflar los ladrillos de las casas con gas?

Pistetero.-

Hombre, Evel, es un mito.

Evélpides.-

Pues igual sí, porque no sé qué es un mito. Pero lo que si es seguro es que es una tontada.

Pistetero.-

Pues un mito viene a ser  un relato que tiene una explicación simbólica muy profunda para una cultura.

Evélpides.-

Ya te digo, Piste: una tontada pero “sim-bolica”, sin gracia y sin “na”.

Pistetero.-

Anda, leamos a ver si se te cura esa ignorancia crónica que tienes.

Evélpides.-

Bueno, vale, porque estoy muy cansado como para arreglar el mundo.

 

(Empiezan a leer y de vez en cuando se les escapa una carcajada)

Pistetero.-

(Señalando el libro) Mira ahora se les presenta el criado de la Abubilla, el rey de las aves, que antes había sido humano. (Aparece el criado por el fondo sin que ellos lo vean hasta colocase detrás)

Evélpides.-

Un criado pájaro y parlanchín: bah, eso no hay quién se lo crea. (Se gira y lo ve) Aaahhh…

Pistetero.-

Pero ¿esto qué es?

Evélpides.-

¡Ha venido el diablo! Santa María, madre de…

Pistetero.-

¡Qué cosa más fea!

Evélpides.-

No te metas con él que ya viste cómo acabó la niña de exorcista.

Pistetero.-

¿Tú has visto qué pico tiene?

Evélpides.-

Pues ahora que me fijo… ¡Menudo plumerio que lleva encima!

Pistetero.-

(Recuperados del susto, empiezan a reirse) ja, ja, si fuera una carta, sería la sota de plumas.

Evélpides.-

Ya lo tengo: tú te has escapado de un circo porque te comiste al payaso.

Pistetero.-

Oye, y digo yo este pájaro hablará como los de Aristófanes.

Evélpides.-

No sé, le preguntaré: ¿pío pío-pío-pío pío-pío pío? (Risas)

Criado.-

(Con cara de asco)¿Se puede ser más tonto?

Los dos.-

¿Eeehhh?

Evélpides.-

Está hablando.

Criado.-

Compruebo con satisfacción que, aunque rematadamente estúpida, no eres sorda.

Pistetero.-

¡No me digas que tú eres el criado de la Abubilla, rey de los pájaros!

Criado.-

Sí, yo soy el criado de la Abubilla, rey de los pájaros

Evélpides.-

(Ve cómo su amigo se ha quedado pasmado) Pero no te esta diciendo que no se lo digas. ¡Qué ganas de molestar! (A Piste) Hala, ya está ya ha pasado.

Pistetero.-

Entonces, tú eres el personaje de la comedia de Aristófanes.

Criado.-

Sí, yo soy el del libro.

Evélpides.-

Si hombre, ¡Tú que vas a salir de un libro tan pequeño!

Criado.-

O yo he salido del libro o… vosotros habéis entrado

Evélpides.-

Uf, peor me lo pones.

Pistetero.-

Pues si tú eres el criado del rey, nosotros deberíamos hablar con él como en el libro. El puede ayudarnos. Dile que salga.

Evélpides.-

Eso, eso, que salga, que salga, así le pedimos algo… de comer.

Criado.-

No puede en estos momentos, está haciendo algo muy importante.

Pistetero.-

Venga despiértalo y que venga.

Criado.-

(Un poco indignado)¿Quién ha dicho que dormía?

Evélpides.-

Yo, (con ritintín por lo de antes)que soy tonta pero no sorda, estoy oyendo unos ronquidos reales

Criado.-

De acuerdo, haré lo que pedís (Se marcha con gran empaque pero tras un primer intento muy educado de despertar al rey, le da un gran grito) majestad…MAJESTAD.

Abubilla.-

Eh… sí…estooo…ha sido una cabezadita sin más… un momento…(a gritos)mi corona. ¿dónde está mi corona? Traedme mi corona.

 

(Aparece el rey seguido por su criado en una especie de marcha ritual muy solemne)

Pistetero.-

¡Menuda pinta! ¡Qué majestuosidad en el andar! Se nota que es el rey, ¿eh?

Evélpides.-

Hombre, yo, con esos vaivenes, el plumón y la cresta, diría que más que rey es una reinona.

Pistetero.-

¿Una reinona?

Evélpides.-

Sí, una drag-queen de esas. ¿Tú crees que un pájaro con esa pinta nos puede ayudar? ¡Si ni siquiera vuela!

Pistetero.-

No juzgues a la gente por su apariencia. Esa es una de las razones por las que estamos en esto.

Evélpides.-

Tienes razón.

Criado.-

(Con toda solemnidad) Ante ustedes, la Abubilla, soberano del reino de las aves

Abubilla.-

Sed bienvenidos a nuestros palacios, extranjeros, ¿qué os trae por aquí?

Evélpides.-

Pues yo quisiera saber si es verdad eso de que en otro tiempo fuiste hombre y luego te transformaste en abubilla, porque yo…

Pistetero.-

(Tapa la boca a Evélpides) Disculpe, señor, es que tiene un natural curioso.

Abubilla.-

Sí. Lo que cuenta el mito es cierto. Yo fui Tereo, rey de Tracia  ¿Eso es todo lo que querías de mí?

Pistetero.-

Como eres ave, y has recorrido en tu vuelo todos los mares y tierras, y has reunido la experiencia del pájaro y la del hombre, venimos a ti para suplicarte que nos indiques alguna pacífica ciudad donde podamos vivir dignamente.

Evélpides.-

Eso es, y no tener que aguantar tanto indeseable dispuesto a hacerte la vida imposible.

Abubilla.-

Pedís mucho. Yo no creo conocer una ciudad como la que buscáis… Tal vez, ¿Sevilla?

Evélpides.-

No, que te quitan la silla

Abubilla.-

¿Madrid?

Evélpides.-

No. Allí no hay playa

Abubilla.-

¿Barcelona?

Evélpides.-

Pshh…Si la bolsa sona…

Abubilla.-

¿Nueva York?

Evélpides.-

De York nada. Prefiero el jamón serrano.

Abubilla.-

No sé… ¿Teruel?

Evélpides.-

Ah, pero ¿existe?

Pistetero.-

Está bien, ha quedado claro. Y, ¿qué me dices de la vida aquí, en el mundo de las aves?

Abubilla.-

La vida no es desagradable; en primer lugar, hay que prescindir del monedero.

Pistetero.-

Mejor: no habrá corrupción.

Abubilla.-

Picoteamos gusanos.

Evélpides.-

Ay, sí, gusanitos. ¿Con sabor a queso?

Pistetero.-

No, no son esos precisamente. (Le dice algo al oído y Evélpides empieza a vomitar)Sin embargo, este libro ofrece una gran idea para solucionar nuestros y vuestros problemas. Si me obedecéis, ya no os dirán aquello de: “cierra el pico, pollo”. O “tienes pájaros en la cabeza” para decirle a alguien que esta loco, o…  

Evélpides.-

“Que eres más (le tapa la boca Pistetero)que las gallinas”

Abubilla.-

¿Cuál es esa idea? ¿En qué tenemos que obedecerte?

Pistetero.-

Fundad una ciudad.

Abubilla.-

¿Qué ciudad vamos a fundar los pájaros?

Pistetero.-

Una nueva, donde podemos impedir que aparezcan desde el principio los males de los que venimos huyendo.

Evélpides.-

Una ciudad en el aire.

Abubilla.-

¿En el aire?

Pistetero.-

Eso es. Así, entre el cielo y la tierra. El aire es, por así decir, su frontera. De modo que cuando los hombres hagan sacrificios a los dioses, si éstos no os pagan tributo, podréis impedir que el humo de las victimas atraviese vuestra ciudad y vuestro espacio.

Evélpides.-

Y si los hombres no se nos someten, no dejaremos pasar la lluvia y el sol que les viene de los dioses.

Abubilla.-

¡Qué idea más ingeniosa!

Evélpides.-

(Creído de sí) No, si yo cuando me pongo a pensar…

Abubilla.-

Estoy de acuerdo. Yo llamaré a los pájaros pero vosotros tendréis que convencerlos. Os escucharán porque yo mismo les he enseñado a hablar. (Hace una señal y comienza a sonar una flauta. El carraspea varias veces, se coloca en posición y…canta fatal)

A todo pájaro yo pido

De forma muy especial

Que saque la cola del nido

Y se venga aquí a escuchar.

Evélpides.-

(burlón) Arsa, ole, arriquitán.

Pistetero.-

Espero que vuele bien, porque lo que es cantar…

Abubilla.-

(excusándose) Es que salgo de una bronquitis y…

 

(Los tres andan mirando a ver si divisan algún pájaro. Poco a poco empieza a aparecer el coro de las aves. Se dispersan por todo el escenario y son nombrados al acercarse)

Evélpides.-

Mira, ¡ya se ven algunos!

Pistetero.-

Dinos de qué aves se trata.

Evélpides.-

¿Este que acerca con unas bolitas en las garras es el cuervo?

Abubilla.-

Sí y no son bolitas. Ya sabéis: cría cuervos y…

Los dos

(gritan aterrados)Te sacarán los ojos

Abubilla.-

Aquella que va con cartera, es la paloma

Pistetero.-

Con razón dicen que es mensajera.

Gallina.-

(Entra con bastón, gafas y lotería en el pecho)Iguales para hoy, llevo el número que toca.

Abubilla.-

Se trata de la Gallinita ciega.

Pistetero.-  

¿Y esta que viene en traje de baño?

Abubilla.-

La gaviota, como le gusta tanto el mar siempre lo lleva puesto.

Evélpides.-

¡Uy! ¡Qué malas intenciones trae éste! (Se acerca un gallo con guantes de boxeo)

Abubilla.-

(Hace un gesto muy enérgico para que se retire)Se trata del gallo, siempre anda en peleas.

 

(Se oye cantar a Camarón y hay un ave que hace el play-back)

Evélpides.-

(Se pone a su lado haciendo palmas e intentando bailar)Ole, ole, ole.

Pistetero.-

No me digas más: ese es un flamenco.

Abubilla.-

Pues sí.

EL Pavo real.-

(Se acerca a trompicones, tropezando y habla entre sonrisas bobaliconas) Buenas tardes tenga nuestra majestad, luz de nuestras vidas, César de las alturas, mente preclara y… y ya no me sé más.

Evélpides.-

Si que es monárquico este pájaro.

Abubilla.-

Ya te digo, como que es el Pavo real. (Se sitúa en un lugar preferente y pide silencio y atención)

Estimados súbditos ovíparos: como comprenderéis, os he convocado para tratar un tema de vital importancia. Durante siglos los humanos nos han dominado, humillado, comido, desplumado y enjaulado. Nos han convertido en caldo y croquetas. Por otro lado, tampoco fue amable el trato de los dioses: fuimos sacrificados en sus altares para glorificarlos. Pero con la ayuda de estos dos nuevos aliados, las plumas volverán a volar por encima de todos los seres del planeta. Escuchadlos y poneos a sus órdenes. Venceremos.

Ave (cualquiera).-

¿Pero qué es lo que pretendes acogiendo a dos humanos?

Ave (cualquiera).-

De sobra sabes que son nuestros peores enemigos.

Ave (cualquiera).-

¡Ay, ay, estamos vendidos; somos víctimas de la traición más negra!

Ave (cualquiera).-

Nuestro rey ha quebrantado los juramentos de las aves; nos ha atraído a una trampa.

Ave (cualquiera).-

Tú, traidor, nos darás luego cuenta de tus actos; pero primero castiguemos a esos hombres.

Todas las aves.-

¡Ea! ¡A despedazarlos!

Pistetero.-

¡Ahora sí que estamos perdidos!

Evélpides.-

Tú tienes la culpa de lo que nos pasa. ¿Para qué me trajiste?

Pistetero.-

Para tenerte a mi lado.

Evélpides.-

Sí, eso, para no llorar solo, ¿no?

Pistetero.-

No te preocupes; ¿cómo vamos a llorar cuando nos hayan sacado los ojos?

Evélpides.-

Quédate tú si quieres, yo me largo (sale corriendo, se topa con alguna que le amenaza con el pico. Se asusta y vuelve).

Pistetero.-

¿No te ibas?

Evélpides.-

Me lo he pensado mejor. Codo con codo tenemos alguna posibilidad de contarlo.

Pistetero.-

Atento y defiéndete con lo que tengas a mano.

Evélpides.-

A mano o a pie… si me quito el zapato…

Pistetero.-

¡Bien pensado! Un buen golpe de tacón será definitivo.

Evélpides.-

No, lo mortal va ser el tufillo que deja. (Lo huele y pone cara de asco)

 

(Comienza la lucha. La llamaremos, la Ornitomaquia. Una serie de carreras, saltos, gritos, voces. Las aves van rodeando a Pistetero y Evélpides cada vez más. La Abubilla hace gestos de que paren, pero no le hacen caso)

Abubilla.-

Alto, basta, parad… (Se le ocurre tomad una bolsa de palomitas y tras llamar su atención, les pone unas cuantas en el suelo. Algunas dejan a los agredidos y se van a picotear. Luego repite la operación.) Bien, ahora que estáis más tranquilos, escuchadlos, pues hasta de los enemigos se puede aprender.

Ave (cualquiera).-

El hombre es un ser siempre y en todo falso.

Ave (cualquiera).-

Sin embargo, habla, quizá me reveles algún proyecto que nos beneficie.

Ave (cualquiera).-

Habla, porque los bienes que nos procures los dividiré contigo… quizás.

 

(Risitas maliciosas)

Pistetero.-

Sufro tanto por vosotros…

Evélpides.-

Y yo, y yo. ¡Cómo sufro!

Pistetero.-

Sufro tanto por vosotros que en otro tiempo fuisteis reyes...

Ave (cualquiera).-

¿Nosotros reyes? ¿De quién?

 

Pistetero.-

Reyes de todo cuanto existe: sois anteriores al universo. Esopo asegura que la alondra revoloteaba antes de que existiese la tierra.

Evélpides.-

¡Claro que sí! Yo ya no pregunto qué fue antes si la gallina o el huevo. Ahora sé que fue la gallina.

Pistetero.-

Hay mil pruebas de que las aves sois las primeras en todo. Por ejemplo, nadie se atreve a levantarse antes de que cante el gallo, que es el primero.

Evélpides.-

O la gaviota, que es la primera que descubre que hay tierra cerca.

Pistetero.-

El águila es el símbolo del mayor poder.

Evélpides.-

Sí y… el cuco que es el más puntual

Pistetero.-

La lechuza es la imagen de la más elevada cultura

Evélpides.-

Y cuando se es el más feliz se dice y “comieron perdices” (Le ponen muy malas caras. Amenazantes)… bueno, es una forma hablar… Me callo.

Ave (cualquiera).-

Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato.

Ave (cualquiera).-

¡Cuánto deploro la dejadez de mis padres que no me transmitieron los honores heredados de sus abuelos.

Ave (cualquiera).-

Pero, sin duda, la Fortuna te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos.

Ave (cualquiera).-

Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si no reconquistásemos por cualquier medio nuestra soberanía.

Pistetero.-

Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.

Abubilla.-

¡Oh! Parece que ya estoy viéndola.

Pistetero.-

Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Zeus; y si se obstina en no acceder declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios.

Ave (cualquiera).-

¿Y qué haremos con los hombres?

Pistetero.-

Si los hombres se obstinan en despreciaros y en tener por dioses sólo a los del Olimpo, os negáis a limpiar sus campos de gusanos, de mosquitos y otros insectos: las plagas serán terribles. Dejaréis también de alegrarles la vida con vuestro canto.

Evélpides.-

Y huevos ni uno, ya veréis cómo se rinden.

Ave (cualquiera).-

Animado por tus palabras, éstos no conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece.

Ave (cualquiera).-

Todo lo que dependa de la fuerza queda a nuestro cargo, y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.

Pistetero.-

Ea, pues todos a trabajar en esta nueva ciudad. (A Evélpides) Vete al aire, a ayudar a los albañiles que construyen la muralla: llévales ladrillos; haz cemento; pon la escalera; sube el pico; pon centinelas; haz la primera guardia; envía luego dos heraldos: uno, arriba, a los dioses; otro, abajo, a los hombres, y después vuelve a mi lado.

Evélpides.-

Tú quédate aquí, y revienta.

Pistetero.-

Sin ti, todo esto sería imposible. Eres imprescindible.

Evélpides.-

¡Ya! Pues busquemos otros “imprescindibles”, que resulta muy cansado.

Ave (cualquiera).-

(A los espectadores.) Si alguno de vosotros quiere pasar dulcemente su existencia viviendo con las aves, que acuda a nosotros.

Ave (cualquiera).-

Subid y ayudadnos a construir la nueva ciudad.

Ave (cualquiera).-

Nada mejor, nada hay más agradable que tener alas.

Ave (cualquiera).-

Si tuvieras alas, ¿qué harías? (Al público)

 

(Mientras el público va colocando las casas en el fondo para fundar la ciudad, se les va preguntando qué harían si tuvieran alas. En algún momento se les puede ir preguntando qué nombre darían a la ciudad.)

Abubilla.-

Se llamará Nubicucópolis

Pistetero.-

Majestad, esto podríamos discutirlo.

Abubilla.-

Vale, discutamos, pero se llamará Nubicucópolis.

Evélpides.-

Se le ve dialogante, ¿eh?

Pistetero.-

Pero, ¿por qué Nubicucópolis?

Abubilla.-

Porque siempre quise poner ese nombre a una hija y…

Evélpides.-

Ah, ya… un nombre sencillo, sonoro y, sobre todo, cortito.

Ave (cualquiera).-

Majestad, ya hemos terminado la ciudad.

Ave (cualquiera).-

Mirad que espléndida muralla.

Ave (cualquiera).-

Estaremos a salvo de nuestros enemigos.

Ave (cualquiera).-

¿Quién se atrevería a molestarnos?

Pistetero.-

No te fíes, los parásitos de las ciudades, esos que afean y corrompen nuestras vidas,  se acercarán por aquí en cuanto se huelan que hay una nueva ciudad.

Ave (cualquiera).-

(Entra el Político con una cinta y un fotógrafo)¡Atención un humano!

Ave (cualquiera).-

Y en la mano trae un lazo.

Pistetero.-

No es un lazo. Es una cinta de inauguración.

Evélpides.-

Y el fotógrafo que no falte... Típico político de inauguración y foto.

Político.-

Es para mí un honor dar por finalizadas las obras de construcción de la ciudad de... (Pregunta al oído al fotógrafo) Nu...ejem... polis: obra maestra de nuestra ingeniería y ejemplo de nuestro compromiso de mejorar la vida de nuestros conciudadanos. Y esto es sólo el principio, nuestro proyecto incluye la construcción de diez ciudades más (como ve que todos le ponen mala cara) ¡Qué digo diez, veinte! (Sus caras no cambian) ¡Cincuenta!... ¿Cien? Bueno, a lo que vamos, con este corte de cinta protocolario inauguro la ciudad de Nu...leches. Niño, la foto.

Pistetero.-

(Hace una señal para que rodeen a los intrusos) Ea, se acabó el numerito. Lo que menos necesitamos aquí son politiquillos de los que sólo quieren salir en la foto.

Evélpides.-

Eso, largo, pero la cámara no la quedamos. (Se llevan algún picotazo)

 

(Empiezan a hacerse fotos raras los pájaros y Evélpides )

Cantautor.-

(Entra en su nube particular. Pinta de progre-jipi con guitarra) Buenos días, héroes del urbanismo intemporal. Os amo porque perseguís la verdad, la justicia, la eternidad, porque anheláis todo lo que es bello, como yo. Os traigo un presente: os inmortalizaré con mi canto, ensalzaré vuestra heroica lucha. Sólo pido a cambio, y sé que es poco pero es que soy modesto, que le pongáis mi nombre a una avenida o plaza de vuestra ciudad. (Ponen malas caras, pero ni se entera) Cuando oigáis mi canción querréis ponerle mi nombre a un barrio, lo sé, así que comenzaré, que os veo ansiosos por escuchar: (Agarra la guitarra y empieza a cantar... muy mal)

Al alba, al alba, alba

te vi Nubicucópolis

y se me desgarra el alma...

(Le quitan la guitarra y se lo llevan a empujones)

 

Evélpides.-

La cabeza te vamos a desgarrar...

Ave (cualquiera).-

¡Que tostón de canción!

Abubilla.-

Y luego os quejáis de cómo canto yo.

Pistetero.-

Tú eres Plácido Domingo en comparación.

 

(Empiezan a tocar una rumba y bailan)

Adivino.-

(Entra con una túnica estrafalaria, bola mágica, tarot, gafas extrañas, etc. Todo sobre una mesa. Se sienta) Queridos Nubicucopolitenses, soy el adivino, astrólogo y brujo blanco, Altararí Queteví. He confeccionado la carta astral de vuestra ciudad. Se trata de una géminis,  signo de Aire. Como el nombre del elemento nos sugiere, nada estable ni atado a ningún lugar, según sople el aire esa dirección cogen. Arriesgados, creativos, inteligentes... (Lo han ido rodeando. Lo cogen con la silla y la mesa a un tiempo y se va soltando la retahíla de estupideces acostumbradas. Cuando salen del escenario se le oye gritar)

Ave (cualquiera).-

¡Lárgate de aquí!

Ave (cualquiera).-

Y la bola nos la quedamos para echar unas pataditas

Pistetero.-

Si fueras adivino, hubieras sabido lo que te esperaba y no habrías venido.

Evélpides.-

Hombre, yo le hubiera preguntado por el próximo número premiado de la lotería. Por probar no se pierde nada.

 

(Suena música y empiezan a tocar el balón adivinatorio entre ellos)

Promotor.-

(Abrigo largo, anillos de oro y pinta de mafioso) Uhmm.. Qué buenos terrenos tenemos aquí. Parece que me estén diciendo: constrúyeme, constrúyeme. Tranquilos, hijos míos, que Papi os montará una promoción de viviendas de aupa, os va a salir el hormigón por las orejas, ji, ji, ji.

Pistetero.-

Oiga, ¿usted quién es?

Promotor.-

No, esa pregunta la hago yo que para eso pongo los millones y... me los llevo. ¿Quién eres tú?

Ave (cualquiera).-

Pistetero, nuestro nuevo jefe y fundador de Nubicucópolis.

Promotor.-

Hombre, eso se dice antes, señor alcalde. Un abrazo. Ya verá como usted y yo nos vamos a entender maravillosamente. Porque aquí ganamos todos. Usted me recalifica unos terrenos que no valen un duro, yo construyo tropocientasmil viviendas de quince metros cuadrados con materiales de segunda y los vendo al módico precio de cincuenta millones de dracmas. Usted sólo tiene que darme su número de cuenta bancaria que yo le iré ingresando lo suyo, ya me entiende, ¿no?

Pistetero.-

Pues no.

Promotor.-

Pues no, ¿qué? ¿Que no lo entiende? Yo se lo explico, sin problemas.

 

(Conforme van diciendo las siguientes frases,  lo van rodeando con cara amenazantes)

Ave (cualquiera).-

Sí comprendemos, sí.

Ave (cualquiera).-

Ya lo creo que comprendemos.

Ave (cualquiera).-

No es necesario que te expliques más.

Ave (cualquiera).-

Y sí, sí que va a haber problemas

Ave (cualquiera).-

Y los vas a tener todos tú, listo.

Evélpides.-

¡Picotazos a discreción!

 

(Sale huyendo y los pájaros detrás)

Pistetero.-

Y decíais que ningún parásito se atrevería a venir a Nubicucópolis... ¡Pues no paran de llegar!

Ave (cualquiera).-

Atentos que veo acercarse a otro, y no me da muy buena espina.

Picapleitos.-

(Lega muy despacio y observándolo todo con atención. Cuando ve a los pájaros y al resto se dirige a ellos muy dispuesto) (A un pájaro) Buenas tardes, señor pájaro, ¿es que no me saludará dándome la mano... digo... el ala? (Se la da. Cae al suelo entre gritos doliéndose de la mano) ¡Agresión, agresión! (Dirigiéndose al público) Ustedes han sido testigos de que este pájaro, sin mediar provocación de ningún tipo me ha retorcido la mano hasta rompérmela... ay, ay. ¡Me la ha destrozado! (Al pájaro) Te voy a meter una querella de record mundial. Exigiré daños y perjuicios, menoscabo de mi honor, lesiones graves, demostraré que ha sido con premeditación y alevosía; y cuando me declaren inútil total, te pediré una indemnización de quitar el hipo. (Aparte) Con ese dinerito y la pensión que me quede, a vivir, que ya he “trabajado” bastante.

Pistetero.-

Tranquilícese, buen hombre. Nuestra ciudad es nueva y lo que menos necesitamos es un escándalo de tales dimensiones.

Todos.-

¿¡Cómo!?

Pistetero.-

Está decidido. Acérquese, caballero, que le entregaré esta respetable suma de monedas de oro (enseña una bolsa de monedas) y... aquí no ha pasado nada.

 

(Se acerca y le lanza la bolsa. El la coge al vuelo y se olvida de su “terrible dolor” en la mano derecha.)

Pistetero.-

Muy bien. Veo que has podido agarrar al vuelo y con fuerza  la bolsa llena de monedas. No has hecho ni una sola mueca de dolor.

Picapleitos.- 

(Intentando engañar pero sin mucha fe) Ay, ay, requeteay.

Pistetero.-

No te esfuerces que no cuela. Trae acá esa bolsa y largo de nuestra vista, picapleitos.

Evélpides.-

Vete, vete antes de que tengas razón en lo de la agresión.

 

(Los pájaros lo persiguen a picotazos por el escenario hasta que desaparece)

Fundamentalista.-

(Llega con un gran libro sagrado bajo el brazo y un pájaro que sitúa en un altar ante el que se arrodilla. Gestos de alabanza) Aaaaaaaa-ve, Aaaaaaa-ve. Tú solo eres sagrado, tus fieles se humillan ante ti. Aaaaa-ve. (Todos se ríen y lo imitan) ¿De qué os burláis infieles? Arrodillaos al punto ante la sagrada imagen del Ser Omnipotente, Aaaaaa-ve. (Siguen las risas) Está escrito (echa mano del libro y lee con el índice en alto): la ira del ala del Ave suprema caerá y masacrará a todo impío que no se someta.

Abubilla.-

Madre mía, hemos pasado de ser unos bichitos perseguidos a ser dioses hace unos minutos, y ya tenemos religión… y fundamentalistas.

Fundamentalista.-

Señor, prefiero llamarme ortodoxo, pero si prefiere fundamentalista, así sea: sólo hay un Ave Suprema y Abubilla, su profeta. (Siguen de risas por sus gestos exagerados) (Saca una espada y la blande amenazadoramente) Ave Suprema, no soy digno de esta tarea, pero mi brazo limpiará esta tierra de ateos infieles. Convertíos o morid.

Pistetero.-

Guarda eso, que te vas a hacer daño.

Evélpides.-

Bueno… si se lo hace él solito. ¡Estate quieto que las afila el diablo!

Fundamentalista.-

Diablo, eso es, sois el diablo encarnado. Vuestra sangre purificará tanto pecado.

Ave (cualquiera).-

¡A por él!

Ave (cualquiera).-

¡Con cuidado!

Ave (cualquiera).-

¡Ojo con la espada!

Ave (cualquiera).-

¡Toma picotazo!

Fundamentalista.-

Lucharé hasta la última gota de mi sangre y me ganaré el Cielo.

 

(Lo sujetan entre todas las aves)

Evélpides.-

Lo que te vas a ganar es una colleja. Toma, “pesao”.

 

(Se lo llevan a rastras. Grita, amenaza, reza. Vuelven los pájaros y juguetean con la figura divina)

 

(Aparece Iris, mensajera de los dioses con un aire y porte muy “olímpico”. Pistetero, Evélpides y Abubilla hablan entre sí como planeando algo. Se adelanta Abubilla, muy digno y mirando de vez en cuando a sus compañeros por ver si lo está haciendo bien)

Abubilla.-

¡Eh, tú, extranjera! ¿Por qué puerta has penetrado en la ciudad?

Iris.-

¿Por qué puerta? No sé.

Abubilla.-

¿Acaso no traes un pasaporte autorizado?

Iris.-

¿Qué? ¿De qué pasaporte me hablas? (Cada vez más enfadada)

Abubilla.-

¿Como te has atrevido a cruzar nuestras fronteras sin autorización?

Iris.-

Soy UNA DIOSA. ¿Te enteras? UNA DIOSA. ¿Desde cuándo necesitamos los dioses pasaporte?

Abubilla.-

Desde que nosotros, las aves, mandamos en todos los seres del mundo, incluidos los antiguos dioses.

Iris.-

(Risa falsa)Algo de esa insensatez hemos oído en el Olimpo. Yo, Iris, la mensajera de los dioses, he pasar por este pueblucho porque traigo encargo de mi padre de ordenar a los hombres que ofrezcan víctimas a los dioses del Olimpo. Y vosotros, estúpidos dementes, no desencadenéis  la terrible ira de mi padre Zeus, pues reduciría  a cenizas vuestras murallitas.

Abubilla.-

Relájate, Irisita mía. Ahórrate esas expresiones enfáticas y altisonantes, no nos dan miedo.

Evélpides.-

Ya te digo. Yo ni las entiendo.

Abubilla.-

Y a Zeus le dices que si me sigue molestando, le enviaré águilas igníferas que incendien su morada. (Cambiando de tono. Insinuante) En cuanto a ti, si quieres, reina mora, incendiamos esta noche mis aposentos… ya me entiendes.

Iris.-

¡Más quisieras, reyezuelo de pacotilla!

Abubilla.-

¡Qué guapa te pones cuando te enfadas, Iris mía! (Intenta abrazarla)

Iris.-

¡Ni te acerques, imbécil! (Se va) Y ten la seguridad de que mi padre pondrá fin a tus insolencias.

Abubilla.-

¡Ay, qué miedo! ¡Vuela, vuela, vete al Olimpo con tu mal humo!

Pistetero.-

Bueno, tampoco te pases.

Evélpides.-

No te vengas arriba, campeón, a ver si la tenemos.

Pistetero.-

Dominaremos a lo dioses y su ambición, pero tampoco hay  por qué humillarlos.

 

(Llega un pájaro heraldo. Viene corriendo y sofocado)

Abubilla.-

Mirad, aquí llega el heraldo que mandamos a los hombres.

Heraldo.-

(Llega con una corona de oro) ¡Oh, sapientísimo! ¡Oh, celebérrimo! ¡Oh, hermosísimo! Todos los pueblos, admirados de tu sabiduría, te ofrecen esta corona de oro.

Abubilla.-

No esperaba menos. La acepto; pero ¿por qué los pueblos me confieren

tan señalado honor?

Heraldo.-

¿Qué estás diciendo? (Le quita la corona, que ya se había apropiado.) La corona es para Pistetero.

Evélpides.-

¡Vaya corte!

Abubilla.-

(Intentando disimular) No, si yo me alegro igual.

Pistetero.-

(La coge no sin pudor) Y que se cuenta por la tierra.

Heraldo.-

Tú no sabes la inmensa  estimación en que te tienen los mortales, y la afición extraordinaria que hay por este país. Ahora está de moda la pájaro-manía y todo el mundo imita nuestro modo de vivir. En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y vuelan, como nosotros, a su pasto habitual. Su manía por las aves es tan grande, que muchos llevan nombres de aves. Paseando por las calles se puede oír: “Hasta luego, Cacatúa. Adiós, Colibrí, ¿ha visto a Ganso? ¿Te refieres al cuñado de Urraca?” Por todas partes se ven gorras, tazas, llaveros, camisetas… tangas de Nubicucópolis. La pasión por las aves llega hasta… Pasión de Gavilanes. Así anda la cosa. ¡Ah!, te advierto que pronto vendrán aquí más de diez mil personas pidiéndote alas; por consiguiente, ya puedes hacer provisión de plumas para los nuevos huéspedes.

Pistetero.-

Todo está previsto. Compañeros comenzad el reparto de alas entre estos humanos (señalando al público). (Las aves bajan a repartir alas entre el público)

Abubilla.-

Esas alas os hacen ciudadanos de Nubicucópolis, la nueva ciudad de la gente de bien.

Evélpides.-

Pero mucho ojo con los indeseables que ya sabéis… A ese, no, que lo conozco: es un abusón.

 

(Cuando terminen de repartir alas, llega Prometeo ocultando el rostro. Es el personaje que les dio el libro)

Prometeo.-

¡Desgraciado de mí! Procuremos que no me vea Zeus. (Grita)¿Dónde está Pistetero?

Pistetero.-

¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Qué significa ese disfraz?

Evélpides.-

¡Éste es el del libro!

Prometeo.-

Shhhh… ¿Ves algún dios detrás de mí?

Pistetero.-

Ninguno, por Zeus, no veo ninguno; pero tú ¿quién eres?

Prometeo.-

¿Seguro que no hay ningún dios? ¿Hay nubes que me cubran de Zeus?

Abubilla.-

Tranquilo, estás a salvo.

Prometeo.-

No me fío. ¿No habrá algún dios por ahí? (Señala al público)

Evélpides.-

¡Qué cansino te estás poniendo, señor Misterio!

Prometeo.-

Entonces, me descubriré.

Pistetero.-

(Reconociéndole.) ¡Oh, mi querido Prometeo!

Prometeo.-

¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡No grites!

Abubilla.-

¿Qué ocurre?

Prometeo.-

¡Silencio! No pronuncies mi nombre; si Zeus llega a verme aquí, estoy perdido. Cúbreme la cabeza con esta sombrilla, para que no me vean los dioses y te contaré todo lo que pasa en el Olimpo.

Pistetero.-

Excelente idea, digna de Prometeo. Habla sin temor.

Prometeo.-

Escuchad, pues.

Abubilla.-

Habla; te escuchamos.

Prometeo.-

Atentos.

Evélpides.-

(Enfadado con tantas dilaciones) Ufff… ¡Al final me enfadaré, ya verás! ¿Quieres hablar de una vez?

Prometeo.-

Desde que fundasteis esta ciudad en el aire,  Zeus está perdido. Ningún

mortal ofrece ya sacrificios a los dioses. Te aseguro que pronto bajará una embajada de Zeus para estipular las condiciones de paz pero vosotros no debéis concertar pacto alguno mientras Zeus no restituya el cetro a las aves y te dé por esposa a la Realeza

Pistetero.-

¿Esposa? ¿Casarme, yo? (Nervioso y poco convencido del futuro matrimonio?)

Evélpides.-

¿Quién es esa Realeza?

Prometeo.-

Una hermosísima doncella que maneja los rayos de Zeus, y a cuyo cargo están todas las demás cosas

Abubilla.-

Ánimo, ya lo has oído: “Una hermosísima doncella”

Pistetero.-

Ya, pero yo… soy demasiado joven.

Evélpides.-

Tranquilo, que eso de la juventud se pasa.

Prometeo.-

Serás dueño de todo. He venido para darte este consejo, pues siempre he querido mucho a los hombres.

Abubilla.-

Es cierto, a ti debemos el fuego, que robaste a los dioses.

Prometeo.-

Sabes también que aborrezco a esos engreídos olímpicos.

Pistetero.-

Sí, lo sabemos.

 

Te di el libro de Las Aves para que pudieras fundar esta ciudad. Me la estoy jugando con Zeus por contarte esto y… ¿Tienes reparos en casarte con Realeza?

Pistetero.-

No, si ya, pero…

Evélpides.-

Y digo yo, ¿Todo el problema está en que hay que casarse con esa doncella, Realeza?

Prometeo.-

Evélpides.-

Pues que se case con ella Abubilla, rey de las aves.

Prometeo.-

Podría ser.

Pistetero.-

¡Muy buena idea!

Abubilla.-

A ver, yo no es que no esté dispuesto a un sacrificio por mi pueblo, pero un matrimonio real es una cosa muy seria…

 

(Prometeo le enseña un retrato de la joven)

Abubilla.-

¡Por Zeus, qué bellezón!

Prometeo.-

90-60-90

Abubilla.-

(Emocionado) Está bien, me sacrifico, me sacrifico.

Evélpides.-

¡Vivan los novios!

Todos.-

(Que estaban dispersos por el escenario) ¡Vivan! (Comienzan las carreras y las precipitaciones)

Ave (cualquiera).-

¡Que nos vamos de boda!

Ave (cualquiera).-

¡Boda, boda, ah, y yo con estas plumas!

Ave (cualquiera).-

Vamos, compañeros preparemos el festín.

Ave (cualquiera).-

¿Hemos contratado la orquesta del banquete?

Ave (cualquiera).-

Mi primo el canario tiene un grupo, ¿Los llamo?

Ave (cualquiera).-

Hecho.

Ave (cualquiera).-

¿Hay que ir de smoking o chaqué?

Ave (cualquiera).-

Eso quien lo sabe es el pingüino.

Ave (cualquiera).-

¿Quién me hace un nudo de corbata, por favor?

Ave (cualquiera).-

Yo me encargo del ramo de flores, como soy colibrí y voy de flor en flor…

Ave (cualquiera).-

Las alianzas, ¿Las queremos con diamantes o sólo oro?

Ave (cualquiera).-

¿En qué tienda encargamos la lista de bodas? 

Ave (cualquiera).-

¡Socorro, no sé qué ponerme!

 

(Se van marchando conforme intentan organizar la futura boda. Quedan solos Pistetero  y Evélpides. Se adelantan y se sientan)

Evélpides.-

¡Te has librado por poco! ¿Eh?

Pistetero.-

Pues sí, tienes razón. Ya me veía casado. Estoy muy ilusionado con esta ciudad, nueva, hermosa, justa… Pero tanto como para casarme y con una desconocida, pues no.

Evélpides.-

(Bosteza) Tú casi casado y yo cansado pero sin casi.

Pistetero.-

Sí, yo también estoy molido. ¡Vaya día!

Evélpides.-

¿Quién nos iba a decir que después del desastre de Operación Cotilla, tendríamos esta oportunidad?

Pistetero.-

Todo empezó en esta comedia de Aristófanes, ¿te acuerdas?

Evélpides.-

Sí, Las aves. ¿Qué dice ahí de Abubilla y su tribu de pájaros?

Pistetero.-

No sé, sigamos leyendo mientras preparan la boda.

 

(Empiezan a leer hasta que caen hacia atrás. Cambia la luz. Tan pronto caen, se incorporan aturdidos. En el diálogo anterior se han ido quitando en penumbras los elementos del decorado utilizados. Todo está vacío)

Evélpides.-

Eh… ¿cómo? ¿Qué ha pasado?

Pistetero.-

Ay, qué golpe.

Evélpides.-

¿Nos hemos dormido?

Pistetero.-

Eso parece

Evélpides.-

Nos pusimos a leer y…

Pistetero.-

Dormidos… Entonces, todo fue…

Evélpides.-

Un…

Pistetero.-

Un sueño.

Evélpides.-

¡Qué extraño, yo también he tenido un sueño muy intenso!

Pistetero.-

Con los pájaros, ¿a que sí? Has soñado con los pájaros.

Evélpides.-

¡Sí! Fundábamos una ciudad.

Pistetero.-

¡Igual que yo! (Se levantan. Se sacuden la ropa) Se ve que al  dormirnos mientras leíamos la comedia de Aristófanes, los dos hemos soñado lo mismo. (Desencantado) ¡Lástima! Habíamos levantado una ciudad libre de todos esos males que nos agobian, limpia de indeseables. Era hermosa.

 

(Evélpides se ha quedado inmóvil, petrificado, mirando al suelo)

Evélpides.-

Piste, mira… (Coge del suelo y le muestra un par de alas de las que repartieron)

Pistetero.-

Entonces…Ese mundo diferente…

Los dos.-

¡ES POSIBLE!

 

 

 

FIN