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 Rafael Morales Caballero
In Memoriam
 

Aquellos 11 de septiembre
Rafael Morales


Tienen su lógica quienes consideran el 11 de septiembre de 1973 (derrocamiento de Salvador Allende en Chile) como un acontecimiento histórico y valoran de forma similar el 11 de septiembre de 2001, cuando cayeron las famosas Torres Gemelas bajo los ataques del terrorismo. Hasta aquí llegan los acuerdos. Los desacuerdos aparecen cuando debe explicarse por qué los dos acontecimientos merecen un lugar tan destacado en la memoria colectiva.

La autoría del sangriento golpe de Estado contra la democracia chilena y su entierro durante años correspondió a Nixon, Kissinger, Pinochet, la democracia cristiana chilena y los burgueses locales. Mucho se ha debatido sobre los errores de la Unidad Popular y del mismo Allende en aquel proyecto que ilusionó a millones de personas dentro y fuera de Chile. Pero lo que pretendo señalar en esta ocasión es otra cosa. Los mil días de aquel Gobierno de izquierdas consiguieron introducir reformas que proporcionaron una más justa distribución de la riqueza con el más escrupuloso respeto a las libertades democráticas en el camino trazado hacia el socialismo. Algo inaceptable para los amos de Chile.

Un ejemplo de este calibre constituía además un peligro en el conjunto latinoamericano para los intereses de Estados Unidos, que ya había apoyado dos años antes el derrocamiento del militar nacionalista boliviano Juan José Torres. Washington decidió el fin de la democracia chilena y sus reformas económicas y sociales en nombre del anticomunismo. Y convocaron a Pinochet. No sólo debía arrasar con los líderes políticos y sindicales a corto plazo. La represión tenía que ser lo suficientemente brutal como para impedir la vuelta a la actividad política de los trabajadores durante mucho tiempo. Más. Tras la caída de Torres en Bolivia y Allende en Chile, los gringos ampararon la Operación Cóndor dirigida desde Santiago, destinada a perseguir, hacer desaparecer y asesinar de forma clandestina a los líderes de izquierdas en Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil. La dictadura de Pinochet abrió una era de terror que después extendió la actividad de asesinos a sueldo a lo largo y ancho del cono sur iberoamericano. ¿Y la democracia? Aplazada hasta que el trabajo sucio hubiera terminado. Como de costumbre.

El otro 11 de septiembre abrió otra era (distinta, naturalmente) tras el desplome de las Torres Gemelas. El antiterrorismo global sustituía al anticomunismo global como enemigo a suprimir, en realidad como coartada para esconder la defensa de intereses económicos y estratégicos estadounidenses. Como escribió entonces Phil Hearse, aquel 11 de Septiembre fue “una oportunidad de oro para poder lanzar una ofensiva política contra todos los adversarios domésticos y extranjeros de Washington. Antes del 11 de septiembre, la administración Bush se encontraba cercada política y diplomáticamente. Ahora, como es lógico desde su punto de vista, el equipo de gobierno de Bush está utilizando la crisis actual para atacar a todos sus críticos y reafirmar el liderazgo internacional de Estados Unidos. Las dimensiones de la ofensiva global norteamericana son sobrecogedoras”.

Sin embargo, la era del antiterrorismo iniciada hace cuatro años ha entrado en crisis. El patriotismo frenético y la arrogancia imperialista de los primeros meses padecen cierta parálisis. Muy pocos creen en las intenciones democráticas de Washington con relación a Oriente Medio. Todo apesta a intereses petroleros. Los resultados de la guerra de agresión contra Afganistán, el pantano de Irak, las amenazas contra Irán o Siria y otros países encuentran menos ecos favorables tanto en Estados Unidos como en Europa. Millones se sienten engañados por el presidente Bush. Con su comportamiento durante la catástrofe del huracán Katrina, empiezan a comprobar que no sólo miente en cuestiones de política exterior y antiterrorismo. Soportando el presidente la popularidad más baja desde que aterrizó en la Casa Blanca, con ese 39% de apoyo, el equipo gubernamental empieza a preocuparse. Quizá Bush debería irse a casa durante un tiempo, pero él no apelará a tan patriótico gesto.