Recorrido de Darwin

Ascensión al Monte Campana. Palmeras a 1.350 metros de altitud (16 de Agosto de 1834).

 

El mayordomo de la hacienda es lo bastante amable para facilitarme un guía y caballos reposados y partimos de madrugada con el fin de efectuar la ascensión a La Campana, montaña que alcanza una altitud de 6.400 pies. Los caminos son horribles pero las particularidades geológicas y el espléndido paisaje que a cada instante se descubre compensan nuestras fatigas. Al atardecer alcanzamos una fuente denominada del Guanaco, situada a una gran altitud. El nombre de esa fuente debe ser muy antiguo, porque hace muchos años que ni un solo guanaco ha ido a quitarse la seden aquellas aguas. Durante la ascensión noto que sobre la vertiente septentrional no crecen sino zarzas, en tanto que la vertiente meridional está cubierta de un bambú que llega a alcanzar hasta 15 pies de altura. En algunos lugares se encuentran palmeras y quedo muy asombrado al hallar una de ellas a 4.500 pies de altitud (1.350 metros). Con relación a la familia a la que pertenecen, esas palmeras  son árboles deslucidos. Su tronco, muy grueso, presenta una forma muy curiosa: es más ancho hacia el centro que en la base y la copa. En algunas partes de Chile se las encuentra en número considerable y son muy preciadas a causa de una especie de melaza que se obtiene de su savia. En una propiedad cerca de Petorca se trató de contarlas pero se renunció a ello luego de haber llegado a la cifra de muchos centenares de miles. Todos los años, al principiar la primavera, en el mes de Agosto, se corta gran número de ellas, y cuando ya el tronco está en el suelo, se le quitan las hojas que lo coronan. Entonces empieza a fluir la savia por el extremo superior y fluye así durante meses enteros, pero a condición de que cada mañana se corte una roncha del tronco, en forma que quede expuesta al aire una nueva superficie. Un buen árbol de ésos llega a producir 90 galones (410 litros); el tronco de la palmera, que parece tan seco, debe, pues, contener evidentemente esa cantidad de savia. Según dicen, la savia fluye con tanta mayor rapidez cuando más calienta el sol; y también dicen que hay que tener gran cuidado al cortar el árbol, de hacerlo caer en forma que la copa quede más alta que la base, porque en caso contrario, la savia no fluye; a pesar de que lo normal sería que, en este último caso, la gravitación ayudase a la salida de la savia. Ésta se concentra haciéndola hervir, y entonces se le da el nombre de melaza, substancia a la que se parece en el sabor.

Detenemos nuestros caballos cerca de la fuente y hacemos nuestros preparativos para pasar la noche. La velada es admirable, la atmósfera está tan clara que podemos distinguir como pequeñas rayas negras los mástiles de los navíos anclados a la bahía de Valparaíso, aunque nos hallamos alejados 26 millas geográficas, cuando menos.

Un buque que dobla la punta de la bahía con todas las velas desplegadas se nos aparece como un brillante punto blanco. Anson se asombra mucho, en su Viaje, de que se puedan ver los navíos a una distancia tan grande de la costa; pero él no tenía en cuenta lo bastante la altitud de las tierras y la gran transparencia del aire.

La puesta del sol es admirable; los valles están sumidos en la obscuridad, en tanto que los picos de los Andes, cubiertos de nieve, se coloran de tintes rosados.

Cuando se hace completamente de noche, encendemos nuestro fuego debajo de una pequeña glorieta de bambúes; asamos nuestro charqui (trozo desecado de buey), tomamos nuestro mate y después de eso nos sentimos verdaderamente a gusto. Hay un encanto inexplicable en vivir así a pleno aire. La velada transcurre en perfecta calma; no se oye más que de vez en cuando el agudo grito de la vizcacha de las montañas o la nota quejumbrosa del chotacabras.

Aparte de esos animales, pocas aves y hasta escasos insectos frecuentan estas montañas secas y áridas. 

 

 

 

En la cima del Monte Campana. Bloques de asperón hendidos y rotos. Aspecto de los Andes. (17 de Agosto)

 

Escalamos los inmensos bloques de asperón que coronan la cima de la montaña. Como sucede con frecuencia, esos peñascos están hendidos y rotos en fragmentos angulosos y considerables. Observo, sin embargo, una circunstancia muy notable: que las superficies de hendimiento presentan todos los grados de frescura; se hubiera dicho que algunos de los bloques habíanse roto en la víspera; otros, por el contrario, mostraban líquenes aún tiernos y en otros crecían musgos muy antiguos. Me hallaba tan completamente convencido de que tales fracturas provenían de numerosos terremotos que, a mi pesar, me alejaba de todos aquellos bloques que no me parecían lo bastante sólidos. Por lo demás, es fácil equivocarse respecto a un hecho de tal naturaleza y no me convencí de mi error hasta después de haber efectuado la ascensión al Monte Wellington, en la tierra de Van-Diemen, donde jamás ha habido terremotos. Los bloques que forman la cima de esta última montaña están asimismo divididos en trozos; pero, en tal lugar, se diría que las fracturas se han producido hace millares de años. Pasamos el día en la cumbre de la montaña, y jamás me pareció tan corto el tiempo. Chile, limitado por los Andes y por el Océano Pacífico, se extiende en nuestros pies como un vasto plano.

El espectáculo en sí mismo es admirable, pero el placer que se siente aumenta aun con las numerosas reflexiones que sugiere la vista de La Campana y de las cadenas paralelas, así como del amplio valle de Quillota que las corta en ángulo recto. ¿Quién puede evitar asombrarse al pensar en la potencia que ha levantado esas montañas y, más aún, en los siglos sin número que han sido necesarios para elevar, para allanar partes tan considerables de esas colosales masas? Conviene en este caso acordarse de las inmensas capas de guijarros y sedimentos de la Patagonia, capas que aumentarían en muchos miles de pies la altitud de las cordilleras si se amontonaran encima de éstas. Mientras permanecí en la Patagonia, me asombraba de que pudiera existir una cadena de montañas lo bastante colosal para producir semejantes masas sin desaparecer por completo. En este caso particular no hay que dejarse llevar del asombro contrario y ponerse a dudar de que el tiempo todopoderoso no llegue a cambiar en guijarros y lodo las mismas gigantescas cordilleras.

Los Andes me ofrecen un aspecto por completo diferente del que yo esperaba. El límite inferior de las nieves es horizontal, entiéndase bien, y las cumbres iguales de la cadena parecen paralelas hasta esa línea. Tan sólo a largos intervalos, un grupo de puntas o un solo cono indica el emplazamiento de un antiguo cráter o de un volcán en actividad. La cadena de los Andes semeja un inmenso muro del que sobresale, de tanto en tanto, una torre; ese muro limita admirablemente el país. A cualquier parte que se mire se ven las bocas de las minas; la fiebre de las minas de oro es tal en Chile, que han sido exploradas todas las partes del país.    









 

      

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