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Ensayo contra la negación

Aunque el efecto inmediato de la verdad es la soledad, es una soledad interesante, selectiva. Por ejemplo, al eliminar la hipocresía y la negación, queda sólo lo realista y lo sincero.

Por Javier Ávila / doctoravila@gmail.com

No debe sorprendernos que una mentira sea más creíble que una verdad. Muchas veces nos conviene creer en aseveraciones ilógicas, apostar por lo improbable; en fin, negar la realidad. Tan poderosa es la negación que si decidiéramos expresar, buscar y aceptar solamente la verdad, descubriríamos no sólo que es un reto casi imposible, sino que su precio es demasiado alto. Del mismo modo que en la batalla entre el intelecto y las emociones, el intelecto tiene las de perder, en la batalla entre lo falso y lo cierto el resultado es predecible: lo cierto pierde. Más concretamente, el practicante de lo cierto es quien pierde debido a la incomodidad que provoca su oficio.

Quien dice la verdad tiende a ser despreciado. El típico realista es considerado pesimista, y al igual que al ateo o al feminista, la ideología prevaleciente se encarga de silenciar, rechazar o ridiculizar sus claridades. La costumbre nos asegura que si algo atenta contra el florecimiento de la mentira, no debe ser bueno. Lo vemos en todas las facetas de la vida, especialmente en el mundo laboral. Cuántos compañeros de trabajo nos dicen, "Tenemos que reunirnos. Tal vez esta semana. Vamos a planificar para la semana que viene. Tenemos que tomarnos un café. Cuando se acabe todo este ajetreo nos tenemos que ver. Después de las vacaciones tenemos que hacer algo". Y así pasan los años del "tenemos" hasta que uno se da cuenta de que frecuentemente decimos las cosas por decirlas.

Sería muy duro contestar las pseudoinvitaciones de nuestros pseudoamigos con aserciones tan categóricas como, "¿Por qué estás haciendo planes si sabes que no vamos a reunirnos? No nos tomaremos ese café. Después de las vacaciones seguiremos no viéndonos". Pero en lugar de hacer esto, mentimos crónicamente y nos acostumbramos a la negación. Por eso no nos asombra el fenómeno de la llamada no devuelta, o el contratista que nos promete una fecha para terminar un proyecto y lo termina (si es que lo termina) cuatro meses más tarde. Irracionalmente nos convencemos de que siempre habrá tiempo para esto y para aquello, y así, cegados por la ilusión de la abundancia, practicamos la negación voluntaria. Creemos. Nos engañamos.

Parecería disparatado, pero muchos de nosotros no toleraríamos una dosis considerable de lógica. Si la vida actual fuera una obra teatral, sin duda sería una producción parcialmente absurdista en la que la comunicación entre los personajes estaría fragmentada; el diálogo se sustituiría por una serie de monólogos en los cuales nadie realmente escucharía a nadie; y habría numerosas ilustraciones de la naturaleza ilógica de nuestra existencia. Sin embargo, otros aspectos absurdistas eludirían la trama. En esta obra particular no quedaría demostrada la impotencia del ser humano ante un mundo contradictorio y enajenante, y la historia jamás nos revelaría que al fin y al cabo las promesas que nos creemos no logran borrar la realidad de nuestra angustia, nuestro desespero, nuestra aceptación de lo irreal como método de supervivencia.

Hace unos años la acumulación de mentiras en el repertorio de mi memoria provocó un cambió necesario en mi vida. Al hacerme una pregunta esencial (¿Qué pasaría si abandonara la costumbre de la negación?), decidí sumergirme en el extraño mundo de la controversial, antipática, satírica y amenazadora verdad, y comencé a publicar columnas con el propósito de promover la anti-negación. Con cada columna, algo mágico ocurría. Como en un subibaja desigual o una balanza coja, la desproporción se apoderó de mi literatura. En el ámbito profesional, el número de mis lectores se multiplicó exponencialmente. En lo personal, el número de mis amistades se redujo drásticamente. Nacieron dos extremos en ambos mundos: los fanáticos y los detractores. Pronto descubrí que el negocio de la honestidad es muy solitario.

Indudablemente la honestidad es el mejor motivo para terminar una relación, especialmente en una sociedad que practica la no confrontación con la naturalidad y periodicidad de un respiro. El precio de criticar tradiciones es que sus seguidores te odiarán. Critica a los hipócritas y los hipócritas te odiarán. Dedícate a exponer las injusticias del sistema educativo y los administradores, al igual que muchos educadores, te odiarán. Nombra a los corruptos y los corruptos, luego de negar su corrupción, te odiarán. Te odiarán porque el odio es el talento de los mediocres, y los expertos de la constante negación son los peores enemigos del amor.

A pesar de las consecuencias alienantes de exponer la verdad, la práctica genera ciertos beneficios. Aunque el efecto inmediato de la verdad es la soledad, es una soledad interesante, selectiva. Por ejemplo, al eliminar la hipocresía y la negación, queda sólo lo realista y lo sincero. Al desechar el prejuicio y las malas intenciones -y no hay mucha diferencia entre el prejuicio y la maldad, ya que ambas producen resultados similares- desaparece la necesidad infantil de no caerle mal a nadie. También desaparece el temor al rechazo y a la censura. Cuando llegamos a esa fase, comenzamos a admitir y aprender de nuestros errores; comenzamos a defendernos de quienes nos abusan; comenzamos a reconocer que nuestro país nadie lo arreglará si no lo hacemos nosotros porque al gobierno le importa muy poco nuestro futuro; comenzamos a apreciar nuestro instante en la vida, su brevedad; y entonces comenzamos a comprender que no podemos seguir complaciendo a tantas personas que no estarán con nosotros cuando las necesitemos. No podemos someternos a la conveniencia de la falacia. No podemos apoyar lo que nos aleja de lo más preciado. Y definitivamente, aunque quisiéramos, no podemos seguir mintiéndonos.

Obama quiere un PR- saludable

El CDC en español 

Ryan White

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