Prólogo. Texto completo incluido en la publicación.

Los autores de la portada del libro realizan su trabajo
LOJA. LA MIRADA DE LOS NIÑOS. Primer ciclo de primaria

PARA EL COLEGIO CAMINILLO

Elvira Lindo

 

          Hay un recuerdo lleno de felicidad: el que me trae el olor de un plumier nuevo con todos sus lápices y gomas intactas y también con todos los dibujos y las letras que habrán de salir de ellos. El olor del plumier es uno de los olores escolares que siempre te hacían feliz aunque su uso significara la obligación diaria de levantarse temprano para arrastrar la cartera hasta la escuela. De alguna forma, se puede decir que al abrir un plumier uno estaba vislumbrando los futuros trabajos sobre el papel, es decir, nuestra capacidad infantil para empezar a explicar el mundo. Los niños explican el mundo de maravilla, lo hacen con una poesía que los poetas envidian y con una sencillez que a los pintores les gustaría imitar. Las palabras que escriben los niños son valiosas como diamantes porque en ellas está contenida una visión de la vida que mezcla de manera prodigiosa el realismo con la imaginación, un don que la mayoría de los adultos pierden.

No hay imagen que me resulte más atractiva que la del niño sobre el papel; el niño, la niña, absortos en un dibujo, en un redacción que le han mandado en la escuela. Se les ve tan concentrados que se diría que alguien les está dictando al oído cuál es la misión que han de cumplir. Los niños explican el mundo que tienen ante los ojos y lo hacen con las palabras que acaban de aprender, por eso parecen palabras nuevas, como si nadie las hubiera manchado por el uso. Los niños se inventan las proporciones de las cosas, es posible que su casa aparezca más grande que la iglesia o que su madre sea más grande que la propia casa. Su idea del mundo es extremadamente simbólica, por eso el corazón del niño está abierto en cada uno de sus trabajos escolares y si el adulto observa con atención casi puede adivinar si ese niño es feliz o no, si su carácter tiende a la alegría social o a la melancolía solitaria, a la fantasía o la practicidad.

         Lea usted uno de estos textos, vea uno de estos dibujos, pero, por favor, contémplelos con inocencia, póngase en el lugar del personajillo que los escribió; piense que para el niño todo está recién estrenado: el mundo y la representación del mundo, que es la palabra escrita y el dibujo. ¿No le parece que al verlo así todo cobra un sentido distinto?, ¿no le parece que es prodigioso que alguien que nació hace tan pocos años tenga tantas habilidades, tanta intuición para contar lo que pasa?  Se nota a la legua cuándo los niños están bien atendidos, cuando viven en un entorno que les protege y les anima a jugar y a aprender. No hay tesoro más valioso para un adulto que el haber tenido una infancia feliz, con los buenos y los malos descubrimientos que se dan en esos años, pero feliz, al fin y al cabo. Un niño quiere tener una familia a la que imitar y con la que sentirse cuidado, un niño quiere tener una calle, un barrio, un pueblo, un lugar pequeño y conocido que representa para él la idea del universo. El niño necesita la repetición, el mismo paisaje, que es a diario el camino hacia la escuela, el mismo horario, la tranquilidad de la rutina, y luego, los alrededores misteriosos, esos que lindan con nuestro mundo conocido y que nos hacen soñar en la adolescencia con otras vidas posibles. Para contar todas esas primeras sensaciones, tan inolvidables y que van a influir tanto en nuestra serenidad adulta, el niño a veces cuenta además con una de las figuras más decisivas de esa edad esencial, la figura del maestro. Ese maestro, esa maestra, cuyo recuerdo puede acompañarnos siempre, puede ser determinante a la hora de despertar curiosidades, vocaciones y talentos.

         Los maestros de este colegio de nombre peregrino, “Caminillo”, han decidido quedar en la memoria de estos futuros hombres y mujeres. Les animan a contar el mundo. Les dan lápiz y papel y les dejan libres: contad, contad cómo es vuestro pueblo, contádselo a vuestros amigos, contádselos a otros que no os conocen y que no saben nada de vuestra vida.

         Un día de este invierno recibí en mi apartamento de Nueva York un paquete, un paquete procedente del mágico “Caminillo” que estaba lleno de dibujos, palabras y sorpresas. Estando tan lejos de casa las palabras de esas criaturas me sonaron tan familiares, tan cercanas que parecían llenas de recuerdos de mi propia infancia; hasta los rabitos de las letras tan primorosamente escritos me provocaron emoción. Las redacciones eran bien sencillas, contaban la vida cotidiana, nombraban a sus padres, a sus abuelos, y entre líneas uno podía leer la sofisticada sencillez con la que se construye una infancia plena. Ahora se trata de que nos hablen de su pueblo. Aquí están sus dibujos y sus relatos, vamos a verlos, pero, repito, hagámoslo dándonos cuenta de su valor real, tengamos en cuenta que igual que es difícil y requiere valor ese momento en el que un bebé de un año se levanta y se lanza a la aventura de andar, lo es el estrenarse en la aventura de narrar. Escuchen, lean, disfruten de las palabras de los niños que siempre tienen algo de filósofos, pintores y poetas. 

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