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LOS BARBAROS

COLEGIO LICEO ANDINO

SOCIALES GRADO SEPTIMO

 

INFLUENCIA DE LOS PUEBLOS BÁRBAROS EN LAS CIVILIZACIONES

Por Gregory G. Guzman

Introducción

A finales del siglo IV, el historiador romano Amiano Marcelino describió a los bárbaros invasores como “bestias bípedas, aparentemente encadenadas a sus cabalgaduras de las que extraen carne y bebida y que jamás utilizan un arado y carecen de viviendas.” Un historiador del siglo VI, Jordanes, consideraba a los hunos como “espíritus impuros, apenas humanos y carentes de lenguaje a excepción de algo que se asemejaba ligeramente al habla humana.” En el siglo XIII, Tomás de Spalato describía a los mongoles de la siguiente forma: “No tenían ningún respeto por el sexo femenino, ni compasión por la juventud, ni misericordia con los ancianos. Una raza perversa que asesinaba a todo el mundo, no parecían personas sino demonios … Como bestias salvajes, parecían sedientos de sangre humana.”

De acuerdo con los registros escritos de la mayoría de las primeras civilizaciones, estos bárbaros invadieron en repetidas ocasiones las sociedades agrícolas eurasiáticas de Europa, Oriente Próximo, la India y China. Estas fuentes asocian a los bárbaros nómadas con destrucción, matanzas y desgracias y describen a las sociedades sedentarias (pueblos que se establecían básicamente en una región) como los agentes de estabilidad, progreso y justicia. Estos documentos tempranos representan el nacimiento de la mentalidad de “nosotros” frente a “ellos”, la aparición de la práctica de la condena de “los otros” por ser distintos. La palabra bárbaro tiene carácter despectivo y pretendía describir a estos foráneos como seres inferiores y más inhumanos.

Debe tenerse presente que la mayoría de estos primeros registros está constituida por relatos unilaterales escritos por miembros de las sociedades agrícolas. Había muy pocos bárbaros ilustrados, por lo que prácticamente todos los registros escritos reflejan el punto de vista de los pueblos agrícolas que sufrían ataques periódicos por parte de los bárbaros. Los pueblos sedentarios sólo ilustraban los aspectos negativos de las costumbres nómadas. Tales descripciones, plagadas de horrores y evidentemente tendenciosas, fueron escritas no por pueblos indefensos, sino más bien por individuos pertenecientes a los estados más avanzados y poderosos de Europa, Oriente Próximo, la India y China. A pesar del refinamiento y el poder de tales centros altamente civilizados, éstos eran objeto de pillajes periódicos por parte de los bárbaros.

Estas descripciones negativas ponen de manifiesto varios aspectos importantes que no fueron tenidos en cuenta por la mayoría de los historiadores de la época antigua y medieval. ¿Quiénes eran exactamente estos bárbaros? ¿Por qué y cómo pudieron arrasar en repetidas ocasiones las civilizaciones más ricas y avanzadas? ¿Y por qué se condenó a los bárbaros de manera tan vehemente si, a pesar de encontrarse en inferioridad, consiguieron derrotar a pueblos civilizados de mayor población? Al intentar responder tales cuestiones se plantea la idea de que tal vez constituya un error asociar a los bárbaros únicamente con matanzas, caos y desgracias. De hecho, puede afirmarse de manera razonable que desempeñaron una función constructiva en el desarrollo y la difusión de los albores de la historia del hombre.

Vida y costumbres en la estepa

Los pueblos que habitualmente se designan como bárbaros eran nómadas de la estepa del interior de Asia, una de las regiones más duras e inhóspitas del planeta. El clima en el interior del vasto territorio eurasiático oscila entre valores extremos de calor y de frío y los elementos básicos de su geografía son el hielo, el bosque, la estepa, el desierto y la montaña. Este territorio resultaba demasiado gélido, pobre y seco para la agricultura; por tanto, el estilo de vida sedentario de las civilizaciones de las costas no entraba en consideración. Las gentes que vivían en el interior debían ser recias para soportar tal entorno hostil, en el que, para poder sobrevivir, debían luchar continuamente contra la naturaleza o contra otros pueblos.

Empujada por la necesidad, la inmensa mayoría de estos individuos del interior de Asia vivía en las estepas cubiertas de hierba. Eran nómadas errantes en busca de comida y de pastos que adoptaron el pastoreo como la forma más apta para satisfacer sus necesidades básicas. Dado que los pastos de la estepa resultaban idóneos para alimentar grandes rebaños y manadas de animales, rápidamente todo su estilo de vida comenzó a girar en torno a los animales. Se convirtieron en criadores de ganado, pastores y ganaderos. En un principio, el pastoreo se simultaneaba con la práctica de la caza y la ganadería tradicionales como forma óptima de supervivencia en las estepas. Los bárbaros desecharon la rutina agrícola del duro trabajo manual de los pobladores de las costas por considerarla indigna de unos cazadores, pastores y guerreros independientes.

Las semillas de los periódicos conflictos entre estos dos estilos de vida divergentes pronto comenzaron a mostrar sus frutos. Cada uno de los bandos consideraba inferior al otro, dotado de cualidades menos valiosas. Los bárbaros eran tildados de salvajes incultos carentes de cualquier tipo de escritura y tecnología, seres infrahumanos que actuaban igual que los animales con los que convivían. Por el contrario, los agricultores de las costas eran considerados sumisos esclavos que habían renunciado a su libertad individual a cambio de cierta seguridad.

Los bárbaros de las estepas fueron extranjeros inofensivos hasta que el caballo vino a modificar drásticamente su estilo de vida. El pastoreo nómada se convirtió básicamente en una cultura ecuestre hacia el año 1000 a.C. En un principio disponían de caballos pequeños como fuente de carne y leche, pero más tarde utilizaron los caballos de mayor alzada para cabalgar. La posibilidad de montar a caballo aceleró y facilitó el cuidado de los rebaños dispersos, al tiempo que permitía aumentar el número de cabezas de los mismos e incrementar el radio de desplazamiento de los pastores. Además, permitió la migración de tribus enteras a distancias de miles de kilómetros. El dominio del caballo redujo la vasta extensión de los pastos de las estepas a unas proporciones más manejables. Los nómadas esteparios se desplazaban en las épocas de primavera y otoño desde los pastos de invierno a los de verano y se acostumbraron así a un desplazamiento constante. Comían, comerciaban, negociaban, dormían y realizaban sus necesidades fisiológicas sin bajarse de la montura. Estas prácticas a lomos de la cabalgadura dieron pie a la aparición de la imagen del centauro en la literatura y el arte medievales, ya que los pueblos civilizados propendían a contemplar el caballo y el jinete como una unidad indivisible.

Las acciones militares constituían parte integral de la vida nómada. La guerra no era sino una acción de caballería para los pastores ganaderos, que actuaban como soldados mientras duraba el conflicto. La actividad militar apenas se diferenciaba de su estilo normal de vida, aun cuando para los nómadas independientes resultaba difícil organizar alianzas esteparias a gran escala y más difícil todavía mantenerlas unidas. Estas alianzas temporales, denominadas hordas, adquirían rápidamente gran fortaleza y poder, aunque decaían y se desintegraban con la misma celeridad.

Los nómadas bárbaros demostraron ser guerreros de gran resistencia y valor. Los caballos les proporcionaban mayor rapidez y movilidad respecto de la infantería tanto ligera como de armamento pesado de los centros civilizados. Aprendieron a conducir sus monturas con las rodillas, ya que precisaban tener ambos brazos libres para manejar el arco y las flechas, su principal arma ofensiva. Hacia el año 1000 a.C., el arco compuesto era de uso común entre todos los bárbaros de las estepas. Este arco corto se podía manejar fácilmente desde la montura y las flechas se podían disparar con precisión a una distancia de unos 275 metros. Como expertos cazadores esteparios, todos los bárbaros eran excelentes arqueros. La mayoría de los bárbaros organizaban todos los otoños grandes cacerías que les proporcionaban abundante carne para el invierno y, al mismo tiempo, una buena ocasión para poner en práctica sus tácticas militares a gran escala.

Las primeras unidades de infantería urbana, tras quedar diezmadas por una lluvia de flechas enemigas llovidas desde todas partes, no podían realizar ya ninguna maniobra táctica con que hacer frente a la carga de la caballería bárbara. Cualquier nómada que dispusiera de un caballo y un arco constituía en potencia un soldado de primera línea rudo y feroz, mientras que sólo una pequeña parte de la población civilizada estaba equipada y entrenada para la guerra. La velocidad del caballo eliminó la necesidad de una armadura metálica costosa y pesada. Las tácticas de caballería proporcionaron una ventaja militar inicial a los bárbaros y los guerreros a caballo ganaban la mayoría de las primeras batallas. La mejor defensa contra la caballería bárbara era un obstáculo insalvable como un muro. Pronto alrededor de las ciudades y a lo largo de las fronteras se levantaron paredes de barro, madera y piedra, como la Gran Muralla china. No deja de ser en parte cierto que la caída de Roma se produjo en Occidente porque China había edificado un muro en Oriente.

Conquistas y absorciones típicamente bárbaras

Una vez conseguida la supremacía militar, los nómadas esteparios comenzaron a atacar y conquistar regularmente las civilizaciones de las costas. Los bárbaros vencedores se convirtieron en los nuevos gobernantes militares y políticos, incrementado su poder gracias a su evidente fortaleza. Practicaban un gobierno férreo, ya que, para empezar, únicamente los jefes capaces y carismáticos eran capaces de organizar a los nómadas independientes en hordas eficaces. Estos jefes gozaban de la lealtad total de sus súbditos.

El primer siglo después de cualquier conquista era, por lo general, una época de gobierno dinámico y de prosperidad económica, ya que las virtudes de los nómadas se mezclaban con las costumbres locales de la civilización en cuestión. La nueva familia real surgía a menudo de la unión por matrimonio del conquistador bárbaro con la dinastía reinante hasta entonces, lo que le confería total legitimidad. Esta práctica alumbró una época de gobernantes venturosos que proporcionaron un gobierno enérgico, el resurgir de la agricultura y la paz. El punto culminante de dicha fusión entre lo mejor de los bárbaros con lo mejor de las costumbres civilizadas se producía normalmente durante las tres primeras generaciones posteriores a la conquista, alcanzando su apogeo durante el reinado del nieto de los primeros conquistadores. Ejemplos concretos extraídos de la historia lo constituyen Oktar, Roas y Atila entre los hunos; Carlos Martel, Pipino el Breve y Carlomagno entre los francos, y los cinco grandes kanes de los mongoles: Gengis Kan, sus hijos Ogoday y Guyuk y sus nietos Mangu y Kublai.

Este periodo inicial de gobierno revitalizado y dinámico se veía secundado normalmente por un lento deterioro. A medida que iba disminuyendo la fortaleza y sabiduría reales, los gobernantes se iban debilitando tanto mental como físicamente. Al carecer de autodisciplina y ejercicio físico, caían en el abuso de la comida y la bebida, harenes y asesores complacientes. Tan pronto como dejaba de existir la necesidad de una unidad rígida para las conquistas comenzaban a surgir fisuras internas. Nacían las rivalidades entre los jefes y los diferentes grupos de seguidores: militares, burócratas, harenes (en especial las reinas madres), súbditos sometidos y adeptos nómadas tradicionales. Los guerreros esteparios de los caudillos comenzaban a mostrar mayor lealtad hacia sus nuevos lugares de asentamiento que a sus jefes, que empezaban a caer en la debilidad, decrepitud e indulgencia. Estos enfrentamientos internos debilitaban el gobierno central y a menudo desembocaban en actos violentos y guerras civiles. Así las cosas, el centro civilizado se hallaba maduro para una nueva oleada de invasiones y conquistas a manos del siguiente grupo de bárbaros unidos, rudos y dotados de mando que, a su vez, volverían a quedar asimilados y absorbidos dentro de este proceso de revitalización continua de civilizaciones estancadas.

Contrariamente a la imagen negativa reflejada por los primeros registros escritos, los bárbaros de las estepas habían desarrollado una compleja sociedad pastoral y nómada. Estos valerosos guerreros a caballo utilizaban su superioridad militar para atacar los centros civilizados. Si bien a veces causaron grandes devastaciones, los bárbaros pueden y deben ser considerados como representantes de un elemento dinámico y vital en la historia de la humanidad. En el proceso hacia la conquista de un alto grado de prosperidad, riqueza y poder, muchas sociedades sedentarias habían adquirido un carácter conservador, acomodándose a una apacible rutina fija. Utilizando enfoques anticuados para afrontar problemas y temas nuevos, habían perdido la vitalidad y flexibilidad imprescindibles para un crecimiento saludable y progresivo.

Revitalización de civilizaciones estancadas a manos de los bárbaros

Los bárbaros, por el contrario, eran activos y dinámicos. En sus conquistas a menudo destruían los aspectos antiguos y anticuados de una sociedad y conservaban los componentes provechosos y útiles. Las nuevas prácticas y las innovaciones nómadas (tales como montar a caballo, el tiro con arco, los pantalones y las botas) se entremezclaron con los aspectos útiles de los estilos de vida de los pueblos sedentarios. Esta fusión proporcionó alternativas viables a las prácticas culturales obsoletas que habían fracasado y agotado toda utilidad. Así, los sucesivos encuentros con los bárbaros iban fomentando la innovación y el progreso, ya que los centros civilizados precisaban ajustarse y desarrollarse para sobrevivir.

Las civilizaciones antiguas de Mesopotamia y Egipto constituyen ejemplos bien conocidos de revitalización dinámica procedente del influjo periódico de los bárbaros. Mesopotamia, considerada generalmente como una civilización vital y progresiva, padeció frecuentes invasiones por parte de pueblos del desierto, de la montaña y de la estepa en todas sus fronteras. Esta interacción entre pueblos se tradujo en la introducción de nuevas ideas y valores, cambios en la población y en las costumbres y frecuentes modificaciones políticas y culturales. Esta incesante actividad produjo una cultura dinámica y variable, ya que Mesopotamia hubo de adaptarse y crecer para sobrevivir. La población heterogénea disponía de mayor espacio para su libertad individual y mayor capacidad de iniciativa en el contexto de los cambios políticos, sociales y económicos provocados por los invasores bárbaros. Al reaccionar de manera inteligente ante las nuevas necesidades y demandas, Mesopotamia floreció prorrogando su crecimiento y expansión.

Egipto, por el contrario, constituye un ejemplo de civilización conservadora y estancada. Su cultura era endogámica y estática por culpa de un aislamiento casi total. El Sol y el clima seco preservaban todo; no había que desechar nada. Las primeras civilizaciones egipcias se desarrollaron con una concepción pesada y lastrada por la cumbre. Cabe afirmar que Egipto sucumbió bajo su propio peso, ahogado por sus costumbres antiguas y obsoletas. El contacto periódico con pueblos nómadas habría podido salvar la civilización egipcia manteniéndola sana gracias a periódicas revitalizaciones. Los únicos invasores importantes durante los primeros siglos fueron los hicsos, que gobernaron Egipto poco antes del 1500 a.C. Su expulsión fue seguida de un periodo de prosperidad y expansión en el Imperio Nuevo. Este periodo de auge del poder egipcio se puede considerar consecuencia directa de la inyección de energía y revitalización bárbaras. Las civilizaciones sedentarias como la de Egipto, que se negaron a absorber y a asimilar la innovación y el progreso bárbaros, quedaban abocadas al declive y, en último término, a su desaparición.

En Europa, el ostrogodo Teodorico I el Grande, que gobernó Italia y la mayor parte del Imperio romano de Occidente hacia el año 500 d. C., es uno de los caudillos germanos que intentaron revitalizar y proporcionar continuidad al Imperio romano. Utilizando un programa bautizado como civilitas, intentó restaurar el sistema administrativo, la economía y la cultura romanas con el vigor y la fortaleza germanas. Teodorico mantuvo a los romanos ilustrados y expertos en las funciones de gobierno, en la burocracia civil y en las ocupaciones fiscales, reservando las tareas militares exclusivamente para los godos, que fortalecieron la agricultura trabajando las tierras en tiempos de paz. Esta fusión del dinamismo germano con las viejas costumbres tradicionales romanas se considera a menudo como la última llamarada de Roma antes de que el fuego se extinguiera definitivamente.

En 800 fue coronado emperador romano el rey franco Carlomagno. Este gesto reflejaba el intento por parte de los germanos de reavivar la cultura y el dominio romano varios siglos después de la caída del Imperio romano. El esfuerzo por hacer renacer la cultura romana, especialmente la literatura, las artes y la formación dentro del contexto de la unidad cristiana y la seguridad política y militar de Carlomagno, se conoce como el renacimiento Carolingio.

Las invasiones vikingas fueron responsables en parte de la caída de la dinastía Carolingia. Estos invasores del norte atacaban por mar en vez de a caballo. Sus alargadas embarcaciones de casco bajo les permitían saquear tanto los valles de los ríos interiores como las costas. Hacia el siglo X comenzaron a asentarse de manera estable en los territorios que habían saqueado en Inglaterra y en el norte de Francia. Tras abrazar el cristianismo, empezaron a fusionarse con las sociedades de Europa occidental, pasando de piratas a comerciantes. La influencia de las virtudes vikingas organizativas se pone de manifiesto en el hecho de que Inglaterra y el norte de Francia pasaron rápidamente a poseer las formas de gobierno más dinámicas y eficaces de la civilización occidental. Sus conocimientos sobre navegación contribuyeron a modificar la sociedad agrícola introspectiva y aferrada a la tierra de la Europa septentrional y a reavivar la construcción de barcos, la marinería y el comercio occidental. Muchos eruditos sostienen, además, que los conocimientos y las innovaciones marítimos de los vikingos, así como su espíritu entusiasta y su amor por la aventura, contribuyeron a sentar las bases de la futura expansión europea. Aportaron una nueva concepción del mar y del mundo marítimo y sus tempranas singladuras atlánticas condujeron directamente a la posterior época de exploraciones y descubrimientos y, más tarde, al control imperial por parte de Europa occidental sobre el resto del mundo en las edades moderna y contemporánea.

Difusión de las civilizaciones

Puede afirmarse que los bárbaros también desempeñaron una función positiva en la propagación y difusión de la propia civilización. Los cuatro grandes centros eurasiáticos civilizados se hallaban separados entre sí por el vasto territorio del interior asiático. Los contactos e intercambios por tierra sólo se podían efectuar por la ruta esteparia bárbara que cubría unos 10.000 km a través de Eurasia, desde Hungría hasta Dongbei Pingyuan (Manchuria). Apenas existían contactos por mar entre las civilizaciones sedentarias aisladas, ya que los desplazamientos por barco eran más largos y peligrosos que las rutas por tierra.

Por tanto, los bárbaros de las estepas constituían el principal elemento humano a través del cual se transmitían ideas y costumbres entre las civilizaciones antes de 1500. Los bárbaros realizaron gran parte de la difusión conceptual a través de la ruta esteparia. La escritura nació en el antiguo Oriente Próximo y el concepto de la escritura se difundió por el este hasta la India y China, aun cuando sus formas y caracteres fueran distintos de la escritura cuneiforme mesopotámica. La obtención y utilización del bronce y los carruajes también se propagaron desde Oriente Próximo hasta Europa, la India y China. Resulta difícil de documentar con un cierto grado de certeza este tipo de incipiente difusión cultural, ya que no existen suficientes pruebas que la confieran una credibilidad y probabilidad suficientes.

El último periodo medieval proporciona ejemplos aún más convincentes de la difusión cultural a través de los desplazamientos de los bárbaros a lo largo de la ruta esteparia interior asiática. La gran paz mongol allanó el camino para un mayor intercambio cultural durante los siglos XIII y XIV. Los inventos chinos como la pólvora y la imprenta llegaron hasta Oriente Próximo y Europa durante este periodo. Existen pruebas de que artilleros chinos solían acompañar a los ejércitos mongoles hasta Oriente Próximo. Los embajadores del Papado viajaron a los dominios de los grandes kanes en Karakorum durante las décadas de 1240 y 1250. Marco Polo, al volver de la corte del kan Kubilai hacia el año 1280 se trajo una princesa de Mongolia para convertirla en la prometida del kan mongol en Persia. Un uigur chino de nombre Rabban Sauma fue un Marco Polo a la inversa: hacia 1280 viajó, como embajador del kan de Persia, hacia el oeste a Oriente Próximo y más tarde a Europa occidental para entrevistarse con el Papa y los reyes de Inglaterra y Francia. El fraile franciscano Giovanni de Montecorvino fue el primer arzobispo cristiano de Pekín hasta su muerte en 1328. Este tipo de intercambio cultural y tecnológico concluyó con el ocaso de los kanatos mongoles en Persia y China a mediados del siglo XIV. Así pues, los mongoles bárbaros garantizaron el último periodo de grandes intercambios antes de la era moderna.

El impacto y el legado de los bárbaros

Existen pruebas históricas válidas para afirmar que los nómadas bárbaros desempeñaron una función activa y benéfica en la historia de la humanidad. Los invasores bárbaros revitalizaron las civilizaciones estancadas y en declive y a ellos se debe en parte la difusión cultural entre las civilizaciones emergentes antiguas y medievales. La representación habitual de los bárbaros como saqueadores salvajes y devastadores infrahumanos es engañosa. Por desgracia a menudo se les asigna este papel cuando los historiadores, a la hora de estudiar el pasado, se limitan a concentrar sus estudios exclusivamente en las civilizaciones sedentarias y sus documentos escritos. Al asumir y hacerse eco de la visión parcial y los juicios de las fuentes escritas, la mayoría de los estudiosos continúan condenando a todos los bárbaros sin entrar a evaluar de forma objetiva su contribución real a la evolución de la humanidad. Los historiadores sólo podrán llegar a comprender la auténtica contribución de los pastores bárbaros si analizan su historia de manera objetiva. Unicamente si se evalúa con precisión la continua interacción entre los dos diferentes estilos de vida (olvidando el enfoque “nosotros, los buenos y superiores” frente a “ellos, los malos e inferiores”) podrá obtenerse una idea completa y fiable de los inicios del crecimiento y la evolución de la humanidad en las edades antigua y medieval de la historia de Eurasia.

 

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