Puntuaciones sobre la operación de separación


Norberto Rabinovich

 

1 de agosto de 2012

 

 

 

Agradezco la invitación de acompañar con mi puntuación la lectura que están haciendo de uno de los Escritos más rico y difícil de Lacan. Es para mi un gusto y un desafío.

 

Como en una hora no puedo interrogar el Escrito en su conjunto, me voy a centrar en la parte final, aquella donde Lacan se dedica a plantear los fundamentos de lo que llama “operación de separación”. Como habrán advertido quienes ya leyeron esta parte, allí se encuentra el desarrollo del concepto de pulsión.  La perspectiva en la que Lacan enseña el concepto de pulsión ofrece las mayores dificultades para ser comprendido, entre otras cosas porque sugiere que es la misma elaborada por Freud pero omite subrayar las torciones que introduce.

 

Los autores lacanianos no se ponen de acuerdo entre si y mucho menos con Lacan, cuando se trata de dirimir el estatuto de la pulsión. ¿Sigue sosteniendo Lacan el dualismo freudiano? ¿Habla de una sola pulsión que contiene intrincadas a las dos? ¿ En ese caso, conservan la misma meta o están enfrentadas?¿Las pulsiones parciales son sexuales o de muerte? Como pueden suponer, entender un tema tan fundamental como éste de una manera o de otra, tiene consecuencias decisivas en forma de entender la teoría y en la clínica.

 

 

Lacan reconoce la existencia de una sola pulsión. El término alemán Trieb, fue empleado por Freud para describir un conjunto heterogéneo de tendencias, aunque a lo largo del tiempo y con distintas denominaciones, conservó siempre el modelo dualista. Lo que necesitaba explicar era la estructura de un sujeto dividido. Y el dato primero es que  la satisfacción que busca una parte se enfrenta a lo que quiere la otra. Así de sencillo. El problema más serio de este asunto, es que lo que satisface a una de las partes, la que se corresponde con el inconciente, contiene la repetición de un enigmático factor traumático que se expresa de mil maneras (corte, pérdida, separación, destrucción, fracaso, etc.) que el psicoanálisis subsumió bajo el rubro de la castración. Por eso, la angustia de castración, eje de toda angustia, es la expresión del peligro en el yo que la compulsión a repetir un trauma alcance su satisfacción. Freud planteó la equivalencia entre la castración y la muerte a nivel del inconciente. Lo que llamó Pulsión de muerte es este factor traumático que tiende a repetirse automáticamente independientemente y confrontada con todas las otras tendencias (narcisistas o sexuales). Por consiguiente, siendo ésta la tendencia más primaria y fundamental del ser humano, todo el aparato psíquico debe estar abocado a contrarrestarla. El Principio del Placer es finalmente una defensa contra la castración. De allí viene la exigencia freudiana de no abandonar nunca el dualismo del sujeto frente al goce y la dualidad de principios reguladores enfrentados. Por supuesto que quien escucha por primera vez este mapeo de las tendencias humanas concluiría seguramente que la mentada pulsión de muerte es una cagada y seguramente en ella debe residir la clave última de tanto sufrimiento neurótico. La consigna de muchos analistas lacanianos de “acotar el goce mortífero de la pulsión” se funda finalmente, en tal valoración de los hechos. Pero como verán, la mortífera pulsión no es enemiga, por decirlo así, del sujeto, sino de esa parte del sujeto donde se sostiene su alienación al Otro.

 

 Lacan, conservó el término freudiano de Trieb pero sólo definió y empleó el término pulsión, en singular, para designar al vehículo del automatismo de repetición traumática. Todas los otros empleos que hizo Freud de la Trieb ( pulsiones del yo, de autoconservación, sexuales, etc.) no las retomó, es decir no las incluyó en la categoría de pulsión, precisamente porque son funciones que se entremezclan con la pulsión pero apuntan a impedir, moderar o postergar, su traumática meta.

 

No resulta nada fácil aceptar la hipótesis de que existe una tendencia primigenia que insiste en traumatizar al ser. Freud mismo confesó las profundas resistencias que tuvo durante muchos años de admitir tal conclusión, aunque después no podía prescindir de sus servicios. Y si, a Freud le había producido escalofrío, es de imaginar que nosotros no estemos mejor preparados para digerir la noticia. Yo situaría en este punto, el más original de la teoría psicoanalítica, además de ser el de mayor trascendencia en la comprensión de los fenómenos que conciernen a nuestra práctica, el punto de mayor resistencia de los psicoanalistas al psicoanálisis. Razón por la cual, hoy intentaré avanzar en esta puntuación, siguiendo de cerca las relaciones lógicas de los conceptos con los que Lacan trató este tema en “La Posición del Inconciente”, que, por otra parte, no difiere de lo que explicó en el resto de su obra, aunque muchas veces en otros términos.

 

 

Las citas que voy a interrogar, las tomé de la “versión crítica” de traducción de Ricardo Rodríguez Ponte, para circulación interna de la EFBA. A mi juicio es superior a la versión oficial de los Escritos.

 

No me detengo en la primera parte del texto, sino que empiezo con el desarrollo que hace acerca de la constitución del sujeto centrado en las operaciones lógicas de alienación y separación. Como les anticipé, voy a concentrarme en la separación, pero no puedo evitar hacer una breve mención de la primera.

 

La alienación es lo que resulta del hecho que un ser vivo, enteramente determinado por las leyes de su naturaleza biológica, se convierta en un ser hablante determinado por las leyes del significante y condicionado por el discurso del Otro. En el encuentro entre carne y lenguaje es de donde surge el campo del sujeto. El organismo biológico y el sujeto permanecerán anudados, pero el primero continúa su vida regulado por las leyes naturales y no humanas.

 

En la página 33 dice:

 

“El significante, produciéndose en el lugar del Otro, no localizado todavía, hace surgir allí (en el mundo natural) al sujeto para el ser que no tiene todavía la palabra.”

 

 “ …lo que había allí (organismo viviente) desaparece, por no ser ya más que significante.”  Aquí la palabra “desaparece” es un poquito exagerada, porque no desaparece en lo real sino que no aparece en la superficie del sujeto.

 

Deténganse en la dialéctica que engendra la alienación: cuando aparece (el sujeto) en la mansión del lenguaje por efecto del significante, en esa superficie, el viviente ya no está, desapareció. A partir de allí, la vida real,  inicia su recorrido como ser de lenguaje. Cuidar mi vida se confunde con cuidar mi ser. El miedo a la muerte, es equivalente al miedo a la desaparición del ser. Ya no estoy hablando de la misma desaparición, la desaparición del ser solo puede referirse a perder su lugar en la realidad forjada por el lenguaje. Una de las formas que empleó Lacan de denominar al campo del lenguaje, es el campo del Otro. No es lo mismo desaparecer del mundo real que desaparecer del campo del Otro. Esta reflexión es una premisa necesaria para entender todo lo que en psicoanálisis identificamos en el orden de la pulsión llamada por Freud de muerte.

 

La operación de alienación contempla tres consecuencias diferentes que paso a distinguir. Cuando hablé de efectos del significante, no precisé que estos se distribuyen en dos registros: los efectos de sentido y los efectos de escritura. Lo que constituye el ser del sujeto está originalmente determinado por “ser dicho” por el Otro. El significante no funciona solo,  viene articulado en enunciados bien concretos, en demandas de la madre por medio de las cuales se articula su deseo. “Sos mi hermoso y brioso caballito”. El sujeto se aliena al sentido del dicho y sobre ésta se apoyan sus identificaciones imaginarias. “Yo soy tu caballito” dirá en eco. ¿Pero que pasa cuando el sujeto se confronte más tarde con que hay caballitos de mar o que el significante Caballito es el nombre del barrio donde nació la madre?  Entonces las identificaciones imaginarias muestran su endebles, su falta de consistencia, su ambigüedad. ¿Qué soy al ser caballito?

 

Sin embargo, en la memoria inconciente queda escrito el significante “caballito”, a la letra y sin conservar ningún significado. Esta marca no es imaginaria, es algo de lo simbólico tan indestructible como lo real.

 

Por eso distinguía en la alienación al significante dos dimensiones; lo dicho se inscribe la memoria a nivel de lo escrito y separado de cualquier sentido y, por otra parte, el mismo dicho se plasma en un efecto de significado más o menos coagulado, pero imaginario. Lo que denominamos con la palabra ser, el ser del sujeto, se soporta en los efectos imaginarios de significado, mientras que el inconciente se forja con los efectos de escritura. Pero hay algo más en la operación de alienación.

 

Al nombrar y significar al nuevo ser viviente, queda un resto, una especie de hueco bien real en la superficie del sujeto, algo que cierne lo que del organismo no entró ni como letra ni como sentido. Es la invención lacaniana del “objeto a”, que localiza y reinterpreta, aquello que Freud nombró como Das Ding, la Cosa de goce imposible de hacer entrar en lo simbólico e imaginario. Se trata de algo que no formó parte del campo del Otro, que nunca entró en el decir, pero que forma parte de la superficie del sujeto.

 

Imaginemos que designamos como efectos del significante a un dibujo del niño tal como lo ve la madre que incluye el nombre con el que identifica al niño. En la superficie del papel, el cuerpo real no está, solo figura la imagen del cuerpo. Pero ahora imaginen que el papel, por alguna razón, presenta un agujero. El agujero, cierne algo que está en la superficie pero cierne algo que falta en dibujo del niño. Salvando las distancias, se puede poner en serie al viviente que falta en la superficie del dibujo con el a-gujero que está en el papel pero falta a la representación. El agujero es real y no un símbolo o una imagen, por ello es algo que no vino del Otro.

 

Con este largo preámbulo me zambullo en la segunda operación, la separación. Se trata de la operatoria por medio de la cual el sujeto encuentra salida del lugar donde se instituyó como sujeto en la alienación. Como toda separación, la operación de separación comporta una cuota traumática. Leo, página 40:

 

Por esta vía (separatoria) el sujeto se realiza en la pérdida en la que ha surgi­do como inconsciente, por la carencia que produce en el Otro, siguien­do el trazado que Freud descubre como la pulsión más radical y que él denomina: pulsión de muerte.

 

Por esta vía”…queda claro por el final de la frase, que Lacan se refiere, a la vía pulsional la responsable de una función separadora. Es una vía –dice- que sigue el trazado que Freud descubre como la pulsión más radical y que él denomina: pulsión de muerte. Observen la demarcación terminológica; afirma que es la pulsión de muerte pero que ese es el nombre empleado por Freud. Como lo había dicho antes, y lo constatarán en lo que sigue, que su manera de nombrarla, la de Lacan, es pulsión, a secas. En el texto encontrarán una referencia al instinto de vida, pero Lacan más que nadie sabía bien la inmensa diferencia hay entre el término instinto y el de pulsión.

 

 

Continúo leyendo la primera parte del mismo pasaje:

 

Por esta vía el sujeto se realiza en la pérdida en la que ha surgi­do como inconsciente…  Lacan utiliza la categoría “realización del sujeto” que tiene su equivalente en el léxico freudiano de Wunsherfullung, que se traduce como realización del deseo (inconciente o reprimido). Ya sea que lo que se realiza, es decir que se repite en Otro lado, algo de la pulsión o del inconciente reprimido, lo cierto es que, hablando con rigor, no cabe emplear la palabra deseo en esos casos. El deseo surge de una carencia en ser cuya causa real es el “a”. Pero a esa pata real del sujeto no le falta nada, ella insiste, retorna, se repite por la vía de la pulsión y del síntoma. Es automatismo de repetición traumático y no deseo de trauma.

 

Entonces viene la pregunta mayor: ¿como se realiza el sujeto de la pulsión? en la pérdida en la que ha surgi­do como inconsciente. Esta afirmación no deja de presentar cierta dificultad, por lo menos para mí. En principio lo que me resulta indiscutible, es que Lacan vincula dos pérdidas. Una pérdida en el origen (en la que ha surgido como inconciente) y otra, en la satisfacción de la pulsión que es repetición de esa pérdida anterior. Lo que me resulta esencial de este pasaje es la definición de la realización del sujeto a nivel de la pulsión en el registro de la pérdida. ¿Pero pérdida de que? De esa parte de sí que se sitúa en el campo de la alienación. Es el núcleo lógico de lo que los analistas identifican como el goce mortífero de la pulsión de muerte, con la aclaración de que para ellos, eso es lo peor, eso es una especie de sabotaje a la felicidad. De todas maneras sería suficiente leer con atención estos párrafos, para entender que Lacan especifica que esa cualidad mortífera de la pulsión no apunta matar al viviente sino a realizar en acto la afánisis  del ser. La relación lógica es sencilla: con la pérdida afanísica de ese objeto imaginario que es para el deseo del Otro, el sujeto se realiza como sujeto. Se realiza porque se separa, siendo la pulsión el instrumento de tal separación. La pulsión, en la perspectiva que enseña Lacan comporta un elemento castrativo.

 

Paso al pasaje que figura en la misma página. Está un poquito después del que acabo de comentar y refuerza los planteos anteriores.

 

 

  Separare, separar aquí termina en se parere, engendrarse a sí mismo. Dispensémonos de los favores manifiestos que encontramos en los etimologistas, especialmente del latín, para este deslizamiento del sentido de un verbo al otro. Que se sepa sólamente que este desli­zamiento está fundado en su común apareamiento a la función de la pars.

 

 

Pars, palabra latina significa, como lo aclara el traductor, parte.  De donde resulta que separarse (del Otro) y parirse como sujeto, se apoyan en la categoría de “parte”: desprender una parte del todo.  En otros lados Lacan habla de la “partición del sujeto”. Parte, parto, partida. Por supuesto que inmediatamente el sentido común nos permite identificar al hijo como el gajo desgajado de la mandarina materna. Pero lo que Lacan pasa a explicar de inmediato contradice esta perspectiva.

 

Es innegable que para la madre, en tanto sujeto, su hijo es considerado una parte de sí, ya separada pero que ella sigue experimentando como un apéndice de su propio ser: su falo imaginario. La constitución del ser del sujeto se ordena en función de esta demanda materna: ser el falo de la madre. El deseo del niño se establece sobre este deseo del Otro. Él desea ser el objeto de deseo del Otro. ¿No corresponde definir este deseo de hacer uno de dos, como deseo incestuoso? Pero esta plataforma imaginaria del acoplamiento incestuoso no es la vía de la pulsión. Esta distinción es crucial para no caer en los errores más comunes de lectura.

 

Sigo con la lectura. Página 41:

 

Para ser pars, ( para ser parte del Otro) él sacrificaría justamente una gran parte de sus intereses…

 

En este párrafo describe las implicaciones de la satisfacción fálico-narcisista que obtiene el sujeto buscando acomodar su ser en el lugar de la parte faltante del Otro. Ésta es la función lógica de lo que corresponde al Eros.

 

Pagina 42.

 

Lo que él (el sujeto) va a situar allí, (en el lugar de la falta en el Otro) es su propia carencia bajo la forma de la carencia que produciría en el Otro por su propia desaparición. Desa­parición que tiene, si podemos decir así, bajo la mano, de la parte de sí mismo que le vuelve de su alienación primera.

 

Hay aquí un cúmulo de relaciones lógicas que conviene desentrañar. Recuerden la experiencia infantil, que, por otra parte, se extiende de forma más encubierta a lo largo de la vida, donde el chico, vaya donde vaya se siente siempre mirado por la madre. Entonces juega a desaparecer y aparecer. ¿Dónde está el bebe? ¡Aquí etá!  Incluso los chicos, hasta cierta edad, pueden jugar a desaparecer con el simple gesto de taparse los ojos, como si con ese gesto borraran del mapa la mirada de la madre. Esto ya lo había teorizado Lacan en el estadío del espejo: donde yo me veo, en el espejo, donde digo ese soy yo, un objeto de la realidad, es un registro imaginario que requiere de la confirmación de la mirada del Otro. La pregunta universal, en torno a la salida de la captura alienante es: ¿Puedes perderme? ¿Puedo faltar a la misión de hacerte falta? 

 

El último párrafo de este pasaje dice: Desa­parición que tiene, si podemos decir así, bajo la mano, (creo que traduciría mejor: bajo la manga) de la parte de sí mismo que le vuelve de su alienación primera. Esa parte de si mismo que cayó en lo real en el tiempo de su alienación, el  “a”, es lo que tiene bajo la manga y emplea luego para convertirse en objeto perdido. Aquí se alternan los dos movimientos opuestos: ocupar con su presencia el lugar de la carencia en el Otro – este es el camino del deseo-  o, volver a desaparecer repitiendo el modelo originario. Esta última operación, que Lacan denomina el  fading del sujeto ( S/), es lo que denomina goce, el goce mortífero de la pulsión.

 

 Es así como leo el matema de la pulsión –S/<>D- que Lacan elaboró en el grafo de la subversión del sujeto: ante la demanda del Otro (te pido que seas mi falo) el sujeto responde con su propia desaparición.

 

Prosigo la lectura, pagina 43:

 

 Pero lo que colma así no es la falla que encuentra en el Otro, es en primer lugar la de la pérdida constituyente de una de sus partes, y por la cual se encuentra en dos partes constituido. Aquí reside la tor­sión por la cual la separación representa el retorno de la alienación. Es que él opera con su propia pérdida, que lo devuelve a su punto de par­tida.

 

 Pero lo que colma (comble) así… El verbo combler puede también traducirse como llenar o rellenar. El sentido de la frase sería que aquello que el ser llena, en tanto parte separada, no es la carencia en el Otro, sino “en primer lugar”  - esto indica que no son dos operaciones excluyentes- su propia carencia en ser, aquella que resulta de la pérdida constituyente de una de sus partes. A mi juicio, este fragmento puede interpretarse así: buscando cubrir la castración en el Otro, el ser del sujeto apunta “en primer lugar” a obturar su propia castración. Es un dato que podemos observar con regularidad que la culpa que le provoca al sujeto la posibilidad de dejar al Otro sin el objeto tapón con el que está identificado el sujeto, contiene, en forma disimulada, otra preocupación mayor: la angustia de castración del sujeto por el hecho de soltarse del Otro. El traumático descubrimiento en la infancia de la castración en la madre, le revela al sujeto al mismo tiempo, la constatación traumática que él no está allí como falo.

 

Y en la otra dirección sucede lo mismo: al realizarse como sujeto partiéndose del Otro, realiza su propia castración, tanto como la del Otro.

 

La frase final del segmento que estoy analizando Es que él opera con su propia pérdida, que lo devuelve a su punto de par­tida me deja ante la vacilación de entender que es lo que designa en este lugar como retorno al punto de partida, ya que en el tiempo lógico de la alienación, se producen al unísono el ingreso del viviente al campo del Otro y la caída del “a”. De todas formas, y dado que se trata de dos operaciones alternadas (ser y desapare-ser) que no van solas, a mi juicio no resulta decisivo en este caso, saber si remite a una de ellas o a cualquiera de las dos.

 

A lo largo de esta lectura, vengo subrayando que aquello que está en juego en esta ida y vuelta, de ser para el Otro y desaparecer, contiene  la estructura lógica que rige la lucha de lo que Freud designó como las dos tendencias primigenias: Eros y Tánatos. En este aspecto la famosa intrincación pulsional, es ajustada en la descripción de los fenómenos, solo que no se trata de dos pulsiones sino de una, pues la otra tendencia opera como defensa contra la repetición traumática.

 

En lo que sigue, Lacan explica el estatuto de la función sexual en el sujeto, que como aclara el texto, lleva la marca anatómica de macho o hembra. En esta oportunidad elige apelar a un mito.

 

La primera referencia es al mito Aristófanes de que en el origen había un solo individuo, que Lacan compara con una esfera, que fue separado en dos por Zeus y luego, cada parte viaja errante por la vida buscando la mitad que le falta. Eso sería el Eros.

 

Luego dice que la unidad originaria esférica evoca al huevo de los ovíparos, y del huevo pasa a la placenta, donde se gesta el feto humano en el interior del vientre materno. Aquí Lacan hace uso de su penetrante agudeza. Explica que la placenta y el feto, forman una unidad, y ésta debe ser considerada en su totalidad, en calidad de fruto materno.

 

Pagina 46.

 

De donde resulta que con la sección del cordón, lo que pierde el recién nacido, no es, como lo piensan los analistas, su madre, sino su complemento anatómico. Lo que las parteras llaman las secundinas.

 

No crean que la sexualidad en el ser parlante está determinada por este dato biológico, lo emplea aquí con valor metafórico para explicar el carácter absolutamente decisivo que tiene, en el terreno de la sexualidad,  la dimensión de una falta constitutiva. Esto no sucede en los demás vivíparos. Como ya vimos, lo que falta en la estructura del sujeto es su estructura biológica. Ésta se redobla con el objeto profundamente perdido que falta a la representación. Con el modelo biológico del parto, aquello que Lacan busca subrayar es que la pérdida del complemento anatómico que sufre el recién nacido, es algo de si mismo y no de la madre, para indicar que la función de la Cosa responde a la misma lógica. El texto afirma que, lo que se pierde allí, no es a la madre como lo piensan los analistas. Efectivamente los analistas, empezando por Freud, entendieron que Das Ding representaba a la madre o a la vivencia de la unión con ella,  del cual el niño quedó separado. Aún hoy, muchos autores lacanianos siguen identificando Das Ding con la madre.

 

En el paso siguiente Lacan introduce el mito de la laminilla para dar un soporte imaginario a la génesis y estatuto de la categoría del “a”, que en este texto aún no figura así pero está perfectamente articulada.

 

¡Y bien! imaginemos que cada vez que se rompen las membra­nas, por la misma salida ( el feto sale de su cascarón) se echa a volar un espectro, de una forma infinitamente más primaria de la vida,…

 

Observen la doble faz de lo que faltará al ser: el complemento anatómico- la placenta- y el espectro volador.

 

Supongámosla, amplia crêpe para desplazarse como la amiba, ultraplana para pasar bajo las puertas, omnisciente por ser llevada por el puro instinto de la vida, inmortal por ser escisípara…

 

No voy a continuar con esta metáfora complicada, que a mi juicio no logra bien su objetivo. Pero quiero detenerme en el fragmento donde Lacan dice que es omnisciente por ser llevada por el puro instinto de vida.  Pueden advertir que plantea que la pulsión llamada de muerte, que opera con la laminilla irreal, está comandada por el instinto de vida.

 

La palabra omnisciente, no remite a que posee el privilegio de poseer todo el saber humano, sino que por ser llevada por lo real instintivo, se comporta como los astros: giran sin ver ni saber, siguiendo un recorrido prefigurado a la perfección. La otra vez veía en una película documental como una araña recién nacida tejía su complejísima tela con una precisión igual a como lo hacían las arañas mayores, y sin haber aprendido como hacerla. Esta es la guía que provee el instinto, un saber en lo real al que no le falta nada y que se impone a todo conocimiento adquirido por el individuo. Paralelamente, la laminilla, por ser de lo real, aunque en este caso un producto del lenguaje y no de la naturaleza, tampoco puede ser manipulada por la subjetividad sino al revés, la determina.

 

La imagen nos ofrece la libido como lo que ella es, o sea un ór­gano, al cual sus costumbres la emparentan mucho más  (con) un cam­po de fuerzas. Digamos que es como superficie que ella ordena ese campo de fuerzas. Esta concepción se pone a prueba, al reconocer la estructura de montaje que Freud confirió a la pulsión y al articularla a ella.

 

Este pasaje contiene un dato implícito: el montaje de la pulsión que Freud detalló es la que denominó Sexualtrieb, que según el modelo de esa época se enfrentaba con las pulsiones del yo. Lacan afirma que toma el desarrollo de Freud, pero habla de pulsión en la acepción que él le dio.

 

Para no agobiarlos, salteo pasajes importantes del montaje de la pulsión.  Solo mencionaré que las cuatro variedades conocidas (oral, anal, escópica e invocante) son las que le dan cuerpo, para decirlo así, a la pulsión. Dicho de otro modo, las cuatro pulsiones llamadas parciales, forman parte de la misma categoría de pulsión (de muerte) que vengo siguiendo.

 

El rasgo decisivo de la zona erógena es la de ser un orificio en la superficie corporal, un representante irrepresentable del agujero estructural donde se localiza la función del “a”. Y a cada uno de los orificios le corresponde un tipo de objeto específico (seno, heces, mirada y voz). De acuerdo a lo que venimos diciendo, estos objetos, listos para desprenderse, deberían ser representantes de la parte perdida del sujeto y no del Otro. Me dirán: ¿pero el pecho no es una parte de la madre?

 

Es Lacan quien responde. Página 53:

 

El seno, para tomar en él el ejemplo de los problemas que susci­tan estos objetos, no es solamente la fuente de una nostalgia “regresi­va” por haber sido la de un alimento estimado. Está ligado al cuerpo materno, nos dicen, a su calor, incluso a los cuidados del amor. Eso no es dar una razón suficiente de su valor erótico,…

 

Se trata del seno especificado en la función del destete que prefigura la castración.

 

Sigue empleando la misma lógica en la explicación de los fenómenos. La experiencia del bebé con el pecho entra en continuidad con la que tuvo con la placenta, fuente primaria de alimento, y figura como una parte de si mismo. Es por la experiencia del destete, que entra en juego la dimensión de la pérdida de la partecita de sí, que prefigura el modelo lógico del complejo de castración. En la etapa fálica, tanto para la nena como para el varón, el pene pasa a ser el símbolo mayor del objeto perdible.

 

Hago una breve mención del objeto mirada ¿es la del Otro o la del sujeto?  Recuerden el ejemplo que di de los niñitos que cubren su propia mirada para ocultarse de la del Otro. El tema es complejo, pero lo que me parece importante de resaltar, es la insistencia que pone Lacan en destacar, en los objetos de la pulsión, el carácter de partes desprendibles del ser para poder operar en la función de separación. La separación, como acto de realización del sujeto, es preciso buscarla en la repetición de una pérdida.

 

La siguiente definición que figura en la página 56  es, a mi juicio, una definición concluyente acerca de la finalidad de la pulsión:

 

Es a circunvalar estos objetos ( seno, heces, etc) para recuperar en ellos, restaurar en él su pérdida original, que se dedica esa actividad que en él deno­minamos pulsión (Trieb).

 

La satisfacción propiamente pulsional no se encuentra en la captura, el dominio, el apego, la retención de estos objetos. Esa es la tendencia que regula Eros en búsqueda de la unidad. La satisfacción pulsional, el sujeto la encuentra en el momento de perderlos, restaurando, recuperando, o simplemente, repitiendo en acto la pérdida original. Como pueden advertir, el éxito en la satisfacción de la pulsión, goce en el sentido más radical del término, se produce correlativamente al fracaso de las aspiraciones de goce de Eros. Este fracaso traumático es lo que traducimos con el nombre de castración.

 

Es por esto que toda pul­sión es virtualmente pulsión de muerte.

 

Para finalizar quiero relatarles una breve y fresquita observación clínica que me relató una analista en supervisión. Me contó que su analizante estaba atravesando un muy buen período, durante el cual, según sus palabras, había recuperado  su independencia hipotecada en manos de su marido, de su hija y de la empresa donde trabajaba. Llega entonces a sesión y cuenta que no pudo frenar el impulso de arrancar un limón del limonero que engalanaba la entrada del consultorio. Sabía que eso estaba mal, pero le divirtió hacerlo. Ella ya había contado que durante muchas de sus vacaciones en su infancia, en la casa del abuelo, se trepaba al limonero que había en el fondo, razón por la cual este abuelo, siempre medio enojado y medio cómplice, la empezó a llamar “limonera”. Por medio de  ese acto, la analizante le indicaba a su analista que era preciso interrogar la naturaleza del apego que fue adquiriendo con ella. Había llegado también, la hora de arrancar esa parte de sí apegada a su analista.