Jorge Carrera Andrade

Nacido en Quito, Ecuador, en 1903. Fue poeta, ensayista , traductor y diplomático.  Considerado como uno de los más notables vanguardistas latinoamericanos. Forma parte del grupo literario La Idea. Entre sus obras se destacan: El estanque inefable (1922), La guirnalda del silencio (1926), La hora de las ventanas iluminadas (1937), Biografia para el uso de los pájaros (1937), Familia de la noche (1953) y Floresta de los guacamayos (1964). Además, fue autor de numerosos ensayos y traducciones publicados en diversas revistas internacionales.Recibió el Premio Nacional de Cultura en 1977.  Muere en Quito en 1978.

BIOGRAFÍA PARA USO DE LOS PÁJAROS

Nací en el siglo de la defunción de la rosa
cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles.
Quito veía andar la última diligencia
y a su paso corrían en buen orden los árboles,
las cercas y las casas de las nuevas parroquias,
en el umbral del campo
donde las lentas vacas rumiaban el silencio
y el viento espoleaba sus ligeros caballos.

Mi madre, revestida de poniente,
guardó su juventud en una honda guitarra
y sólo algunas tardes la mostraba a sus hijos
envuelta entre la música, la luz y las palabras.
Yo amaba la hidrografía de la lluvia,
las amarillas pulgas del manzano
y los sapos que hacían sonar dos o tres veces
su gordo cascabel de palo.

Sin cesar maniobraba la gran vela del aire.
Era la cordillera un litoral del cielo.
La tempestad venía, y al batir del tambor
cargaban sus mojados regimientos;
mas, luego el sol con sus patrullas de oro
restauraba la paz agraria y transparente.
Yo veía a los hombres abrazar la cebada,
sumergirse en el cielo unos jinetes
y bajar a la costa olorosa de mangos
los vagones cargados de mugidores bueyes.

El valle estaba allá con sus haciendas
donde prendía el alba su reguero de gallos
y al oeste la tierra donde ondeaba la caña
de azúcar su pacífico banderín, y el cacao
guardaba en un estuche su fortuna secreta,
y ceñían, la piña su coraza de olor,
la banana desnuda su túnica de seda.

Todo ha pasado ya, en sucesivo oleaje,
como las vanas cifras de la espuma.
Los años van sin prisa enredando sus líquenes
y el recuerdo es apenas un nenúfar
que asoma entre dos aguas
su rostro de ahogado.
La guitarra es tan sólo ataúd de canciones
y se lamenta herido en la cabeza el gallo.
Han emigrado todos los ángeles terrestres,
hasta el ángel moreno del cacao.

 

 

 

INVENTARIO DE MIS ÚNICOS BIENES

La nube donde palpita el vegetal futuro,
los pliegos en blanco que esparce el palomar,
el sol que cubre mi piel con sus hormigas de oro,
la oleografía de una calabaza pintada por los negros.
las fieras de los bosques del viento inexplorados,
las ostras con su lengua pegada al paladar,
el avión que deja caer sus hongos en el cielo,
los insectos como pequeñas guitarras volantes,
la mujer vista de pronto como un paisaje iluminado por un relámpago,
la vida privada de la langosta verde,
la rana, el tambor y el cántaro del estómago,
el pueblecito maniatado con los cordeles flojos de la lluvia,
la patrulla perdida de los pájaros
-esos grumetes blancos que reman en el cielo-,
la polilla costurera que se fabrica un traje,
la ventana -mi propiedad mayor-,
los arbustos que se esponjan como gallinas,
el gozo prismático del aire,
el frío que entra a las habitaciones con su gabán mojado,
la ola de mar que se hincha y enrosca como el capricho de un vidriero,
y ese maíz innumerable de los astros
que los gallos del alba picotean
hasta el último grano.

 

 

 

HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Desde las seis está despierto el humo
que no cesa de señalar con su brazo la dirección del viento.
Los bancos conservan el sueño congelado de los vagabundos
y las vidrieras de los restaurantes aprisionan la calle
y la venden entre sus frutas, botellas y mariscos.
Un pájaro nuevo silba en las poleas
y en los andamios que cuelgan su columpio de los hombros de los edificios.
Los chicos suman panes y luceros en sus pizarras de luto
y los automóviles corren sin saber
que una piedra espera en una curva la señal del destino.

Ametralladora de palabras,
la máquina de escribir dispara contra el centinela invisible de la campanilla.
Los yunques fragmentan un sueño sonoro de herraduras
y las máquinas de coser aceleran su taquicardia de solteronas
entre el oleaje giratorio de las telas.

La tarde conduce un fardo de sol en un tranvía.

Obreros desocupados ven el cielo como una cesta de manzanas.
Regimientos de frío
dispersan los grupos de vagabundos y mendigos.

El vendedor de pescado, los voceadores de periódicos
y el hombre que muele el cielo en su organillo
se dan la mano a la hora de la cena
en las cloacas y bajo la axila de los puentes
donde juegan al jardín los desperdicios
y sacan la lengua las latas de conserva.
Sus sombras crecen más allá de los tejados puntiagudos
y van cubriendo la ciudad, los caminos y los campos próximos
hasta ahogar en su pecho el relieve del mundo.

 

 

 

El objeto y su sombra

Arquitectura fiel del mundo.
Realidad, más cabal que el sueño.

La abstracción muere en un segundo:
sólo basta un fruncir del ceño.

Las cosas. O sea la vida.
Todo el universo es presencia.
La sombra al objeto adherida
¿acaso transforma su esencia?

Limpiad el mundo —ésta es la clave—
de fantasmas del pensamiento.
Que el ojo apareje su nave
para un nuevo descubrimiento.

 

 

 

Mademoiselle Satán

 

Mademoiselle Satán, rara orquídea del vicio.

¿Por qué me hiciste di, de tu cuerpo regalo?

La señal de tus dientes llevo como un silicio

y en mi carne posesa del enemigo malo.

 

¿Por qué probó mi lengua el sabor de tu sexo

y el vino que la noche destilan tus pezones?

¿Por qué el vello que nace de tu vientre convexo

se erizó para mí con nuevas tentaciones?

 

¿Por qué se ha hundido en mis labios tu lengua venenosa

y se hollaron tus ojos con lúbrico signo?

Y cuando haces vibrar tu desnudez lechosa

pienso que debes ser la hembra del maligno.

 

Yo la he visto desnuda Señor, sí, yo la he visto.

Tembló y quedóse el alma eternamente muda;

prefiero a ese recuerdo los tres clavos de Cristo,

a la Cruz, antes que verla en mis noches, desnuda.

 

Señorita Satán, tú que todo lo puedes,

tus hombros, tu cadera que reclama el incienso,

tus suaves pies, tus brazos, son otras redes,

tendidas hacia el pobre corazón indefenso.

 

Me diste el dulce zumo de tu boca, el turbante

martirio de tus muslos, ceñiste mi cintura

y cuando fuimos presos del espasmo extenuante

tu enorme beso fue como una quemadura.

 

Eres la hembra única, lo mismo en el reposo

que en el sensual combate. Santa orquídea del vicio

hasta cuando torturas con tu cuerpo oloroso,

no hay placer en el mundo que iguale a aquel suplicio.

 

Satán, mujer que tienes un rubí en cada pecho,

tus verdes ojos lúbricos son siempre una asechanza,

tu desnudez que viene las noches a mi lecho,

para mi ciego olvido es tu mejor venganza.

 

 

 

Tu amor es como la piel de las manzanas

Tu amor es como el roce tímido
de la mejilla de un niño,

como la piel de las manzanas
o la cesta de nueces de la pascua,

como los pasos graves
en la alcoba donde ha muerto la madre,
como una casa en el bosque
o más bien como un llanto vigilante en la noche.

 

 

 

JOVEN DESNUDA

 

El pulso del tiempo,

la construcción de la alegría

presides

parada en la delicia.

 

Olor pescador

echa a mi recuerdo

su arpón.

 

Astilla de fragancia

de sien a sien

clavada.

 

Túnica de frescura

que lastima mi piel.

Guijarro que acaricia

con suavidad de fruta.

 

Cruz de brazos calientes,

cilicio hecho de plumas

y nieves.

 

Con las alas plegadas

sobre la hoguera de tu cuerpo

un ángel canta.

 

 

 

LAS PIEDRAS CALCINADAS

 

La piedra es un pan del cielo

quemado en el horno de la altura.

La costra de cenizas

clama sin lengua por un sorbo de agua.

Piedra del cielo piedra del aire.

Aerolito: conoces secretos del espacio.

La eternidad te llena de un misterio oscuro.

Ángel negro volaste a través de las nubes

hasta encontrar tu sitio en el planeta.

En tu trono de polvo esperas la corona

del reino mineral conquistador postrero

de animales y plantas

cuando el mundo será un desierto de piedras.

 

 

 

DE NADA SIRVE LA ISLA

 

¿De qué sirve embarcamos en una guitarra

canoa de la soledad

-de la soledad salida de madrecon

la quinina de la luna para el mal de los trópicos,

huyendo de ese saurio que nos sigue

por la corriente turbia de los días

y que acecha el minuto de naufragio?

De nada sirve la isla coronada de hojas y de plumas

en cuya arena el agua toma el molde de las pisadas

porque encontraremos la moneda de plomo o el día acuñado

en donde la muerte ha puesto su efigie.

 

De nada sirves, rosa

que en tu eje estás torneando una llama sin prisa,

de nada tú, diamante o mineral araña de fulgores,

de nada, frescas borlas o alfileteros del sicomoro

con los que se sujeta la pesada y dulce tapicería de la tarde.

De nada sirven, tierra, tus piedrecillas de colores

porque el cielo guarda un obstinado silencio

y el río repite sin cesar

con paladar de líquido y de sombra

una idéntica sílaba mojada.

 

De nada sirve el caballo para huir del fuego fatuo

que cabalga a la grupa con el viento,

de nada la coraza de las campanas

contra los mandobles del cielo.

Inútil el farol al que la tormenta estrangula

sobre el acantilado.

 

Inútil el día festivo en el orfanato de los hombres grises

uniformados de soledad,

o la escalera a la que la sombra sustrae dos o tres peldaños.

De nada sirves, guitarra, de nada

porque te hundirás en el oleaje de la música

y nuestro día estará esperándonos de pie en el arrecife.

 

 

 

INVECTIVA CONTRA LA LUNA

 

Yo podría decir: Luna, fruto de hielo

en las ramas azules de la noche.

Pero tantos sollozos se esconden en las piedras,

tantos combates mudos se libran en la sombra,

que yo digo: la luna es sólo un pozo

de llanto de los hombres.

 

Tantas lágrimas ruedan por las tumbas,

tantas lágrimas corren por el hambre

de ojos ya sin edad, desde hace siglos,

que la lluvia no cesa sobre el mundo

y yo veo tan sólo la harina de la luna

y su plato vacío y su mortaja.

 

Yo podría decir: la luna es una mina

de plata fabulosa,

la luna de paseo va con sus guantes blancos

a coger margaritas. Pero hay tantos difuntos

sin flores, tantos niños con las manos heladas

que yo digo : La luna es el Polo del cielo.

 

Bruja azul, encantaba el sueño de los hombres,

inventaba el primer amor de las doncellas,

andaba por los bosques con chinelas de vidrio

en los tiempos felices. La luna era una almohada

de plumas arrancadas a los ángeles

para dormir la eternidad celeste.

 

Luna: arroja tu máscara en el agua,

reparte tus harinas , tus sábanas, tus panes

entre todos los hombres.

No seas sólo un pozo de lágrimas, un témpano

o un islote de sal, sino un granero

para el hambre infinita de la Tierra.