Haydée Ramírez de Arellano


 Nacida en San Germán, Puerto Rico, en 1912.  Publicó sus poemas en varias revistas de los años treinta como Brújula, Puerto Rico Ilustrado, Orfeo y Asomante. Igualmente sus trabajos poéticos fueron recogidos en colecciones antológicas como Poesía puertorriqueña: Antología para niños (1938), Antología de poetas contemporáneos de Puerto Rico (1946) y Antología poética de Asomante (1962), entre otras. En 1951 publicó Poemas, su primer libro. Fue una entusiasta promotora de las artes. Trajo a Puerto Rico importantes artistas de España como Cristóbal Ruiz, Eugenio Fernández Granell y Compostela, entre otros. En 1985 la colección Torremozas de España publica una colección de su poesía bajo el título Versos de ella. Muere en 2008.

LA PENA HONDA

 

Aquella pena honda se me coló en el alma.

La pena fiel, aquella que el tiempo llamó en vano,

A la puerta cerrada eternamente aullando:

Puerta de diez cerrojos mi voluntad alerta.

 

¡Oh pena sin contornos, ala inquieta en la sombra!

Lebrel siempre llagado, no me mires los ojos,

Ni me lamas las manos, ni me lamas el alma.

¡Ay! ¡pena inconmovible! ¿Quién te ha abierto la puerta?

 

 

EN QUÉ PENSAR

 

¿En qué pensar? Es blanco el horizonte…

Fría es la soledad… En el latido

Del tiempo caen lívidas estrellas.

Veo aletazos de pájaros y flechas.

Surcar por el vacío en que me pierdo.

El sol troncha follajes, vuelca pétalos

Abre caminos de luz interminables.

Cuando llegan las sombras ya los árboles

Están tendiendo mantos de ternura.

 

 

ANGUSTIA DE PIEDRA

 

Sobre mi corazón llueven piedras de angustia.

Cargan mis pensamientos pedruscos en la tarde.

Voy sobre pedriscales donde azota el espanto.

Y cuando el aire aspiro, piedra se torna aire.

Carga, redobla, carga.  Llueven montañas áridas.

Llueven rocas colosos, ríos cristalizados.

Caen guijarros de voces rotas contra el silencio.

Mi grito se endurece detenido en barranco.

Denso es el humo en torno, denso, espeso es el viento.

Camino que he de abrir, te abriré con trabajo.

Moles recias descuelgan mis abatidos ojos

Piedra se ha de volver el rumor de mis pasos.

Ya ni implorarle puedo al señor que me trajo,

Al señor que me puso diez caminos extraños.

Con los diez a la espalda yo le busco y le llamo.

Ya ni implorarle puedo con el grito en los labios.

Mi voz, que en vano arrojo contra el mar, contra el viento

Rueda como un pedrusco, ciego y desorbitado.

 

 

CUANDO TÚ VENGAS

 

Cuando tú vengas,

¿Quién te abrirá la puerta?

¿Quién a tu cuello

Echará los blancos brazos

Como tibios ramajes?

 

Yo de piedra seré,

Estatua torpe,

Te miraré llegar.

Sentiré tus pisadas.

Sobre mi corazón habré tus huellas,

Y no saldré a tu encuentro.

 

Pesaré un siglo.

Todos los altos montes pesarán en mis hombros

Pesarán en mis manos todas las aguas densas.

Todas  las aguas

De los mares hinchados.

De las nubes cargadas

Y las roncas crecientes.

 

Y pesarán mis huesos

Toda la tierra negra.

Cuando tú vengas

Mi voz rota, hecha añicos

En mi garganta, en vano, retorceré las cuerdas.

 

Por salir,

Quedará en seco nudo, amarrada en mi pecho.

Y el temblor de tu nombre,

No pronunciado.

Me dolerá en los labios.

 

Cuando tú vengas,

Quieta, muda y cerrada estaré.

Con una lágrima rota en los ojos.

Con un suspiro, roto, en el pecho.

Con la caricia, rota en las manos.

 

 

VISIONES DEL FIN

 

Van cayendo los astros

Sucumben, van cayendo.

Todo se cae, el sol ya se desangra.

El cielo es de tinieblas, de luces.

El mar, hostil, como un gigante salta.

Ya no hay hierba, no hay flor que se resista.

Temblor violento agita el orbe en llamas.

Arden los montes, bajan en derrumbes

Y aniquilan ciudades bajo el agua.

 

La tierra gira, fea, envuelta en humo,

Cortinas de betún cubre su cara.

El mar va ciego, roto en remolinos.

La tierra, en grietas, muestra en sus entrañas.
Los retorcidos árboles se hunden

Arden los campos, ya no resta nada.

 

¿Los hombres, dónde están? ¿Dónde  las aves?

¿En dónde, mi Señor? ¿Nada se salva?

En ira el sol, atronador el viento,

La tierra en erupción de hirviente lava.

Chocan los astros, la materia gime…

¿Vuelve a la forma prístina la infancia?

 

 

HA TIEMPO QUE CALLARON

 

Ha tiempo que callaron las voces,

El silencio

Merodea tu torre ensimismada.

¿En qué páramo habitas?

¿En qué estepa de hielo

Se congeló tu voz. ¡Oh muda estatua!?

¿Quién ahogó tus sollozos?

¿Quién tu risa

Estranguló, tu risa blanca?

Alguien secó tus labios azules

para que no cantaran.

Estrujadas las plumas de tu vuelo

Pájaro que subías a las cumbres sonoras

En aquella adolescencia dorada

Ahora cautiva vives,

Rocas te cercan,

Puertas de angustia sellan tu morada.

Atardece, y ya casi es la hora

De la noche cerrada.

 

 

NO ERA LA ESPERA

 

No era la espera, No.

Era el vacío insondable.

El ver un horizonte

Eternamente blanco.

 

¡Esperar, no! Es fácil

El aguardar, mirando

Cómo se llena el mundo

De flores y de pájaros.

 

¿Pero tener los ojos

Ciegos, de tanto y tanto

Blancor, sin saber cómo

Por qué, dónde, ni cuando?

 

No era la espera, era

El vacío del espacio,

Del tiempo, del lugar

El no ver ni el azul

Ni el rosa, ni el morado.

El leer un papel

En blanco.  Siempre en blanco.

 

 

MI CORAZÓN Y YO

 

Negra la noche, tenebroso el cielo,

Ni un astro, ni una sombra,

Ni un rumor.

En el sendero oscuro se encontraron

Mi corazón y yo.

 

No hubo desbordamientos de alegría

Al mirarnos los dos.

Toda palabra se apagó en el labio

Y ambos callamos.

Nos faltó la voz.

 

Y es, que viviendo juntos en la vida,

Juntos sintiendo el goce y el dolor,

Mi corazón no logra conocerme…

Pero tampoco lo conozco yo.

 

 

NO HAGAS DAÑO AL ÁRBOL

 

Tú no hagas daño al árbol. Sus altas ramas tiende
Para albergar los nidos del pájaro cantor.
Cuando la primavera los rosales enciende
Adorna los caminos, como una inmensa flor.

Dorados frutos tiemblan en los verdes ramajes
Y su sombra te brindan los espesos follajes.
La copa, verde y alta, te sirve de sombrilla.
¿Quieres tú caridad más humana y sencilla?

Si ves cortar un árbol, con el corazón triste
Pide perdón a Dios por el crimen que viste,
Y a los que el daño hicieron, muéstrales tu tristeza.

Sin duda pasan ciegos por ante la belleza
Y no saben que el árbol, en la tarde sin ruidos,
Como una dulce madre mece los blancos nidos.

 

 

¡AY! NO SUMERJAS LAS MANOS

 

¡Ay! no sumerjas las manos

En estas aguas de amor.

Lágrimas la hicieron turbia

Lágrimas de mi dolor.

 

Pero la mano del niño

Vuela desde el corazón

Atraviesa las espinas

Parte la triste canción.

Piedras le dan en el tallo

Vidrios le cortan la voz.