La Oficina                                         Septiembre, 2008
"Lo lograría ese día?  Tecleó aún más rápido, tanto que sus dedos se agarrotaban y tenía que volver atrás varias veces para corregir su error. Apúrate! Se gritaba internamente.  Enter! Aprobado! Ya está! Desconecta todo! Recoge y bota a la basura! Coge la cartera! Apaga y vámonos! Corre!..."

Ella mecanografiaba como si se le fuera la vida en ello, alternando la vista en entre el reloj que tenia enfrente y la puerta de vidrio.  Ese reloj imperturbable marcaba las 4:45 p.m. y, como siempre, cuando más lo necesitaba, sus manecillas se movían al unísono con sus dedos bailarines, como si quisieran exprimir lo más pronto posible los preciados minutos a solas con que contaba para avanzar en su trabajo.  En su escritorio, montañas de papeles de varios colores y texturas esperaban a que por fin se decidiera su suerte: En algún momento serían firmados, fotocopiados, enviados por correo, archivados, reciclados o tirados a la basura.  Muchos de ellos tenían ya una semana en el mismo puesto.  El teléfono sonó por enésima vez:  riiiiinnnng… “Hola, sí, no, no está… puedo tomar el mensaje?.. Cómo dijo que se llama?...... me lo puede deletrear?”  Y entonces, con el teléfono sostenido entre la oreja derecha y el hombro, en una mano apuntando la información con la pluma y con la otra agarrando el Mouse de la computadora, esta profesional del multitasking se las arreglaba para oir, ver, escribir y navegar por la web al mismo tiempo. “Ajá, Si, mi nombre es… Gracias y pase buenas tardes”.  Clic.  Uf. Tomó aire. “Respira si quieres llegar viva a la casa hoy”. Pero ya no estaba tan segura de que eso resultaba.  Donde me quedé? Ah, sí, ocho resmas de papel, a $35.00 cada una, para ser entregadas en…bip, bip! Se dio vuelta y vio cómo el fax empezaba a escupir una nueva hoja de papel con un mensaje.  “Para el Sr. XXX, responder urgentemente”.  Ay Dios, qué hago? Lo llamo y le leo el mensaje?  O lo pongo en su escritorio para que él mismo me pregunte después?  (Nunca se molestaba en leer solo, siempre la llamaba a ella sin importar en qué estuviese ocupada) Y si se enoja porque no lo llamé?  Y si lo interrumpo en algo?  Bueno, mejor decidir después.

 

Trató de concentrarse nuevamente en el monitor, pero no pudo, porque en ese momento su estómago comenzaba a gruñir de hambre. Pero no, no puedes comer aquí, que las migajas atraen hormigas y se dañan los activos de la empresa.  Suspiró nuevamente, resignada, y decidió ignorar el estómago y sus lamentos de suplicio inmerecido.  Siguió mecanografiando cuando descubrió que la orden estaba mal: Había que ir otra vez al almacencito a contar una por una las resmas de papel que quedaban.  Se levantó de su silla, aliviándose un poco al hacerlo, pues ya tenía el cuello duro, la espalda tiesa y las piernas al borde de una trombosis de tanto estar sentada, y encima, su vejiga llamó su atención mandándole el mensaje al cerebro de que tenía que ir ya mismo o también la recogerían desmayada en un charco de orines.  “Cinco minutos bastarán”, calculó.

 

Bloqueó la computadora, para que ninguna sombra inexistente viera el pedido que estaba haciendo o leyera los mensajes que nadie sino ella y su jefe entendían; notificó al centro de monitoreo lo que ellos ya sabían, pues la habían visto ponerse de pie por la cámara que siempre la observaba desde la esquina superior de la oficina; desvió las llamadas a otra extensión telefónica; recogió un poco el escritorio para que no se notara tanto el desorden, y salió corriendo a grandes trancos en dirección al preciado “refugio” que ni ventanas para mirar afuera tenia. 

 

Sentada en la taza, perdía la vista en el grabado geométrico de la loseta impecable que adornaba el piso del baño entre sus pies, y se preguntó nuevamente si valía la pena sufrir tanto para lograr sus sueños. Comparó las ganancias contra las pérdidas, sumó y restó por aquí y por allí, y finalmente volvió a la misma dudosa conclusión: No había mejor empresa en los alrededores, estaba ganando más que lo que nunca había ganado en su vida, su nombre empezaba a ser reconocido en los más sonados círculos sociales, su familia estaba complacida con ese puesto, y lo mejor de todo, cada mes su cuenta de ahorros se abultaba un poquito mas.  Pero también se abultaban las bolsas bajo sus ojos de tanto madrugar para llegar al trabajo media hora antes de lo convenido y de no dormir pensando en lo que tenía pendiente para el próximo día.  Cuando conseguía cabecear por algunas horas, las pesadillas la asaltaban, unas veces haciéndole creer que la silla ejecutiva la encerraba entre sus brazos, asfixiándola; y otras, la computadora le gritaba explotándole los tímpanos mientras la trituradora de papel se volvía loca rasgándole toda la ropa y dejándola desnuda e impotente.

 

Cada día de la semana veía el sol salir, y entonces maldecía su suerte. Cuando por fín llegaba el domingo, utilizaba las preciadas horas de ocio para ir al salón, lavar y planchar la ropa de trabajo, preparar bocadillos para el lunes –como todas las noches- que su estómago dolido rechazaba al segundo mordisco, por el estrés y tratar de recuperar un poco de las horas de sonambulismo.

 

Tiró de la cadena, se miró en el espejo, contó otra cana más que venía hacerle compañía a las demás, y se lanzó escaleras arriba nuevamente, deteniéndose primero en el almacencito a contar las resmas. “Dos, tres, bien, entonces faltan siete’, se dijo.  Los otros empleados la veían, se miraban unos a otros sabiendo lo que el otro pensaba, le tenían lástima, pero nadie se arriesgaba a opinar, por temor a perder el puesto o el estatus social. “Pobrecilla, ya es la tercera en el año, tu crees que dure otro mes?”  Y así iban las apuestas para ver cuánto más aguantaría su cuerpo, su mente y su espíritu.

 

De vuelta en la oficina, reinició la computadora, que se había congelado en su ausencia, y empezó nuevamente a teclear.  Encontró un mensaje que ella misma se había dejado en el escritorio: “Recuerda llamar a fulano para que te mande la cotización de las tarjetas antes de mañana”.  Y volvió a hacer malabares mientras con los ojos y la mano izquierda preparaba la orden de compra, y con la derecha y el hombro llamaba al fulano.

 

El reloj marcaba las 4:55.  “Ya casi son las 5:00”.  “Y qué” Hacía más de dos meses que siempre terminaba yéndose, como mínimo, a las 7:00 p.m.; y la última semana, a las 8:00 p.m. La culpa era del jefe, quien al parecer no tenía más nada qué hacer con su vida que su trabajo: Mandar, dirigir, vociferar y pisotear a todo el que tuviese debajo para sentirse vivo y que le necesitaban.  Se embriagaba de poder tanto, que cuando llegaba la hora en que todo el mundo cerraba la oficina y encendía la llave del carro para partir a su hogar, él aprovechaba para llegar y hacer uso de su omnipotencia.  Por otra parte, a sus superiores los trataba como seres celestiales, supremos, les rendía cuentas a todas horas y les ofrecía ayudarles – y cumplía con su palabra- a todas horas y en cualquier parte, hasta con favores que nada tenían que ver con su descripción de puesto. Y claro, el recipiente y canal de sus órdenes, proverbios, deseos, políticas, comunicaciones y demás, era la asistente administrativa. Por eso cada tarde ella se aferraba a la esperanza de salir de allí al menos antes de que se pusiera el sol, como Dios manda.  Lo lograría ese día?  Tecleó aún más rápido, tanto que sus dedos se agarrotaban y tenía que volver atrás varias veces para corregir su error. Apúrate! Se gritaba internamente.  Enter! Aprobado! Ya está! Desconecta todo! Recoge y bota a la basura! Coge la cartera! Apaga y vámonos! Corre!...

 

Pero todo fue en vano.  El aroma de una colonia aborrecida y de todos conocida se filtró por los ductos de ventilación. Se hizo el silencio que precede a la tormenta. El reloj marcó las 5:00 p.m. Su corazón presintió lo que se avecinaba más rápido que ella misma y comenzó a galopar con una inusitada rapidez que ya no creía poseer a estas alturas. La puerta de vidrio se abrió y se cerró con estrépito, y pisoteando aquellas botas de guardia que hacían temblar hasta al más viejo y respetado de los empleados, el proveedor de los ahorros para el logro de sus sueños pasajeros hizo su entrada triunfal.

“Ven, te necesito.” Nada de buenas tardes ni cómo estás.

Ella tragó en seco, miró nuevamente al reloj, se detuvo un momento a ver si Dios, en su misericordia, le susurraba al otro en el oído alguna inspiración de gracia hacia su persona, pero descartó esa posibilidad, porque el fornido recién llegado era ateo y no confiaba ni en su sombra.

“Sí, señor”, dijo ella.

“Es lo mismo de siempre”, pensó.

 

English Version

 

Back to Home