Mi primera pipa II

Fernando Avilés Márquez

Me pide el amigo (...), desde la pavorosa lejanía de la China ancestral y milenaria, que le cuente cómo fue mi primera pipa. Y es tan perentoria su llamada, tan desgarrada y urgente su súplica (sepa usted que yo espero su relato, yo necesito saber de su entrada al mundo de la pipa, por favor, concédamelo), que sería yo el más desalmado de los hombres si no accediera a su ruego.

 

  Mi primer encuentro con la pipa, qué lejano momento. Era la época ingenua y triste de mi vida, la de mi juventud atormentada, la de la España en blanco y negro. Entonces vivía en Albacete, una ciudad pueblerina y gris, tan triste como el resto de la Iberia maldita. Había visto algunas pipas en el cine, humeando en las bocas de los actores de Hollywood que representaban las vidas de resueltos abogados, escritores encumbrados, reconocidos médicos y empresarios acaudalados, todos ellos acomodados y felices, a pesar del gris con que el celuloide los teñía. Tan inalcanzable me parecían sus vidas como sus pipas. En mi ciudad nadie fumaba en pipa, al menos yo nunca lo había visto.


  Hasta una noche, tan fría como las noches más frías de la Patagonia. Había en Albacete una local llamado “Cervecería La Plata”, aunque nadie lo llamaba así (siendo ese el nombre que lucía sobre la puerta en bellas letras góticas, curiosamente doradas, no plateadas) sino el “bar de Peletes”. Peletes era el dueño, un individuo pequeño y encorvado, de cejas espesas, que arrastraba los pies al andar y apenas mostraba el cráneo mondo por encima de la altísima barra del establecimiento cuando atendía a sus clientes. El bar de Peletes se distinguía de los otros porque transgredía la ley, en una época en la que nadie osaba burlar las ordenanzas militares que regían la vida de los españoles. Era el único local que se mantenía abierto toda la noche. No abierto, la puerta se cerraba a la hora ordenada, pero su interior bullía de clientes intempestivos y variopintos, señoritos gamberros, truhanes, prostitutas, insomnes amargados, algún estudiante y no pocos párrocos de pueblo. Había que llamar con golpes rítmicos, en una secuencia sabida por todos los animales noctámbulos de la ciudad que formaban la contraseña sin la cual Peletes no abría la puerta por mucho que la aporrearan. Yo visitaba el local las noches de los sábados, después de recorrer los prostíbulos del Alto de la Villa, casi al amanecer, para comer uno de los afamados platos de habichuelas con oreja de cerdo.


  Aquella noche, casi tan fría como las frías noches de la tundra siberiana, llamé a la puerta del bar de Peletes con el toque ritual y casi al instante la puerta se abrió. Yo estaba hambriento, después de una noche de putas y algaradas, de vino y canciones ásperas. Sólo quedaba una mesa libre. Nada más sentarme, Peletes depositó ante mí un humeante plato de habichuelas que devoré en pocos minutos. Al terminar saqué un cigarrillo y lo encendí.

  -Esa porquería te matará, chaval- la voz venía de la mesa de al lado.
 

  Miré a mi izquierda y me fijé en el hombre que había pronunciado aquellas palabras. Su aspecto era tan estrafalario que me extrañó no haberme percatado antes de su presencia. Vestía un chaquetón de paño basto y oscuro y cubría su cabeza con una gorra de marinero raída y brillante por la mugre. Un marinero en Albacete, cosa extraña, tan lejos del mar. La expresión de su rostro hubiera sido siniestra de no ser por la máscara de infinita tristeza que la cubría. Ante él, una botella de absenta y un vaso con una extraña cucharilla encima. Sin mirarme siquiera puso dos terrones de azúcar sobre la cucharilla, vertió el líquido verde sobre el azúcar y le prendió fuego con un mechero de gasolina que sacó de uno de los bolsillos del chaquetón. El alcohol ardió con llama azulada durante un par de minutos y el azúcar licuado fue cayendo al fondo. Después colmó el vaso con el líquido verde de la botella y lo bebió de un trago. Entonces me miró.
 

  -¿Quieres un trago? Le llaman el licor del diablo- me advirtió.
 

  No le contesté, pero él ya había alzado la mano hacia Peletes que acudió presuroso con otro vaso. El marinero me invitó a sentarme a su lado con un gesto y empujó hacía mi la botella, el vaso y la extraña cuchara. Había algo en aquel hombre que me subyugaba. Me senté en su mesa y comencé la ceremonia de la absenta tal cómo la había visto hacer un momento antes. Cuando volqué el líquido caliente en mi boca sentí en la garganta el fuego del licor del infierno. Aguanté como pude, tratando de no demostrar el daño que sufría. El hombre hizo una mueca que quizás quería ser una sonrisa.
 

  Entonces metió la mano en uno de los bolsillos interiores de su tabardo de marinero y extrajo un objeto que en un principio me pareció un revólver. Era una pipa, una cachimba grande y curva, tan ajada que la madera había perdido el hermoso color del brezo y parecía negra. Sacó también una bolsa de cuero, metió en ella la cazoleta de la pipa y la cargó de picadura de tabaco. Cuando la encendió, una nube blanca ascendió hacia el techo y un aroma penetrante y acre inundó el bar atestado de gente.
 

  Durante la hora siguiente continuó fumando mientras hablaba de mares remotos, de lugares donde la vida de un hombre valía menos que la navaja con que lo rajaban, de islas tan perdidas que parecía que sólo él las había visto. Pero no se dirigía a mí, ni siquiera parecía darse cuenta de que aún estaba a su lado. Hablaba a alguien lejano, inexistente. Llenaba su vaso de absenta y acercaba la botella al mío para que yo hiciera lo mismo. Yo lo miraba extasiado. En sus manos, la pipa parecía una parte de sí mismo. Subía a la boca y bajaba a la mesa rítmicamente, como a golpes de remo. Delante de su cara siempre había una nube de humo. Era a esa nube a quien dirigía su relato, que más bien parecía una lamentación.
 

  Los últimos clientes del barucho se marcharon cuando la claridad del día comenzó a perfilar el rectángulo gris de la ventana. El hombre había terminado su pipa, dio unos golpecitos sobre el mármol de la mesa para vaciarla. Se levantó y se dirigió a la puerta. Cogí la pipa y la bolsa de cuero con el tabaco para advertirle de que las olvidaba, pero él se volvió desde el quicio y  me dijo:
 

  -Guárdala, muchacho. No la necesitaré en el lugar a donde voy. Y tira esos cigarrillos, son una porquería.
 

  Desapareció entre la bruma helada y nunca más volví a verlo.
 

  Todavía conservo aquella pipa. La limpié con cuidado, lijé la madera con suavidad hasta que la veta volvió a brotar, pulí la boquilla y la enceré por completo. Aparecieron una palabras: Peterson’s Dublin, Made in Ireland,  y unas iniciales grabadas toscamente con la punta de una navaja, M.A.R.
 

  No he sabido nunca quien era aquel hombre ni de donde venía. El relato de sus andanzas no me aportó nada sobre su identidad. Unos días después corrió por la ciudad el rumor de que un hombre, estrafalario y sucio, seguramente un mendigo al que nadie conocía, se había ahorcado en uno de los árboles del parque. Pregunté en el ayuntamiento donde habían puesto los restos de aquel hombre. En la fosa común del cementerio, me dijeron. Una fría mañana, tan fría como las mañanas de las costas heladas de Groenlandia, visité el cementerio. Puse sobre la plancha de cemento que ocultaba los restos de los olvidados una botella de absenta y dos vasos y los llené hasta el borde. Después cargué mi pipa y la prendí. ¿Quién será M.A.R.?, le pregunté a la columna de humo que escapaba hacia el cielo.