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La huelga de 1941

 
 
Después de varias tentativas de organización sindical entre los trabajadores de la industria de la animación, en 1938 se había creado el Screen Cartoonists Guild (SCG), sindicato que pronto desarrolló una activa campaña para reclutar afiliados entre los trabajadores del medio. Aunque había sido reconocido por la mayor parte de los otros estudios, Disney se negaba a permitir la afiliación sindical de sus empleados. Por otro lado, desde 1937 existía un creciente descontento entre los trabajadores del estudio. Aunque los empleados de Disney eran los mejores pagados de la profesión, consideraban que se habían incumplido las promesas sobre bonificaciones por el trabajo extra que habían realizado en los largometrajes de la compañía. Películas como Blancanieves habían tenido un éxito sin precedentes en el cine de animación, y los empleados no habían participado de los beneficios (en realidad, Disney se había endeudado con la apertura de los nuevos estudios en Burbank y la producción de los largometrajes Pinocho y Fantasía, que no obtuvieron el éxito deseado). Además, el trabajo de numerosos empleados no era reconocido en los títulos de crédito de las películas.

En 1941, Herbert Sorrell, el principal líder sindical entre los trabajadores de Disney, intentó negociar el reconocimiento del SCG, pero fue rechazado. Animadores que tenían una posición importante dentro de los estudios, como Art Babbitt y Will Tytla, abrazaron la causa de sus compañeros. Disney lo consideró una traición personal, y despidió a Babbitt y a otros 16 trabajadores. El 28 de mayo gran número de trabajadores fueron a la huelga. Esa mañana, cuando Disney llegó a los estudios, los encontró bloqueados por cientos de piquetes de huelga.

A medida que continuaba la huelga, la tensión fue creciendo. El personal de los estudios quedó dividido casi al 50% y hubo varios conatos de enfrentamiento. El propio Disney, según algunos testimonios, estuvo a punto de llegar a las golpes con Babbitt. Poco antes del final de la huelga, Disney, a sugerencia de Nelson Rockefeller, director de la agencia de relaciones con Latinoamérica en el Departamento de Estado, partió de gira a Latinoamérica como embajador de buena voluntad, lo que contribuyó a enfriar los ánimos entre las partes enfrentadas.

Finalmente, Disney, influido por la opinión pública favorable a la huelga, y gracias la mediación del gobierno federal y de varios grupos de presión (entre ellos su principal acreedor, el Bank of America) aceptó reconocer al sindicato. La huelga terminó el 29 de julio, después de nueve semanas. Los trabajadores obtuvieron mejoras salariales y se acordó un sistema para reconocer su trabajo en los títulos de crédito. Sin embargo, el regreso a la normalidad no fue tal, ya que Disney no perdonó nunca a los huelguistas. Algunos fueron despedidos en cuanto la ley lo permitió, y otros optaron por irse ante la hostilidad que vivían en su entorno laboral. Entre los que, por una u otra razón, terminaron por abandonar la compañía estaban Vladimir William Tytla, John Hubley, Stephen Bosustow, Dave Hilberman y Walt Kelly.

La huelga arruinó la imagen de Walt Disney Company como empresa paternalista y armónica que había predominado en los años treinta, pero no disminuyó en absoluto la aceptación de la marca por parte del gran público.

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