EDITORIAL MES DE MAYO DE 2012


La sociedad colombiana es una sociedad novelera. Y no tanto por su excesivo gusto por los culebrones  con los que cada mañana, tarde y noche los canales nacionales y extranjeros, emboban a los televidentes.

No. Es una sociedad novelera en el sentido que al término otorgaban los mayores y el diccionario de la Real Academia, “Amiga de novedades, ficciones y cuentos;  deseosa de novedades, o que las esparce; en fin, una sociedad chismosa.

Y una sociedad chismosa, es una sociedad que vive de apariencias y para las apariencias.

Este carácter nacional atraviesa toda la vida del país. Desde la forma como se gobierna por parte de las autoridades hasta los caminos que escoge la población para escapar de una realidad llena de problemas acuciantes sin resolver.   

Eso explica porque en Colombia las angustias colectivas no se resuelven sino en discursos, ampulosas declaraciones oficiales, civiles, religiosas y militares  que anuncian un mañana mejor;  ríos de babas que se secan sin llegar  al mar de las realizaciones concretas.

La reciente Cumbre de las Américas en Cartagena y la reacción gubernamental a la publicación de una encuesta que mostraba la caída en sus índices de credibilidad, son prueba palpable de ello: Antes que la realidad, interesa el maquillaje.

El hipócrita debate en torno a las actividades “privadas” del servicio secreto estadunidense en la capital de Bolívar,  pretende ocultar lo inocultable: En los promocionados destinos turísticos de los países del tercer mundo los atractivos naturales que buscan los visitantes no son solo los del paisaje.

En Malí como en la Habana, En Cartagena, el Eje Cafetero como en Santander, el componente sexual forma parte, abierta o subrepticiamente, de algunos de los paquetes que se ofertan.      

Hubo en el pasado un beatón señalamiento de las “jineteras cubanas” de la Habana,  para tapar la realidad de adolescentes cartageneros y de otras regiones colombianas, hombres y mujeres, que se ofrecen al turista directamente, a través de los taxistas o de los conserjes de algunos hoteles.

El farsante escándalo armado en los medios por lo sucedido en la cumbre, pretende, a punta de doble moral, ocultar que la prostitución no es el problema, sino el resultado de la miseria, la exclusión, la falta de oportunidades.

La prostitución no se da donde hay un hombre, como dijo la canciller colombiana, sino donde hay Hambre,  más en un país donde tal actividad no es delito, salvo cuando a ella se induce a menores de edad.

Y esta manía, la de desviar los debates dinámicos que apunten a la búsqueda y encuentro de soluciones para los problemas reales, se repite con los pomposos  anuncios presidenciales.

La publicación de una encuesta que señala el descreimiento de los sectores populares de la gestión del Presidente de la República, ha producido la proclama de la buena nueva de cien mil viviendas gratis para “los más pobres de los pobres”.

Nadie se opone que a los sectores más pobres, por fin, el Estado los tenga en cuenta. Máxime cuando muchas personas que componen este segmento poblacional, están en tal condición porque han sido víctimas de despojo por parte de actores ilegales ante la vista complaciente de fuerzas estatales, cuando no las mismas han estado coligadas con  los despojadores.

Mucho menos se está en contra que al Presidente de la República y a los medios aduladores, tan adictos a los altos índices de favorabilidad y rating, alguien les informe que en país habitan seres con necesidades diferentes a los esnobistas cuyo único sueño en esta vida es asistir a un concierto de Paul McCartney o Madona.

El problema radica en el hecho que la solución anunciada no es ni siquiera el botón que sirve de muestra, sino que por el contrario, perpetua taras que arrastra la sociedad colombiana y que la  encadenan a repetir círculos viciosos en barrena.

En primer lugar porque cien mil soluciones de vivienda son una cifra muy baja al elevado déficit habitacional en Colombia.

En segundo lugar, porque las personas por debajo de la línea de pobreza y extrema pobreza en el país, esos mismos a los que el Banco Mundial denomina sectores carenciados, superan en número, según datos de Planeación Nacional, los veinte millones de colombianos.

Tal situación indica, claramente, que el anuncio gubernamental apunta solo a un golpe de opinión, como otros tantos anuncios presidenciales, que buscan convencer a aquellos sectores por fuera de la acción del Estado, que este Gobierno, si hace algo por ellos.

Lo peor es que una medida así concebida,  fruto de las angustias por el deterioro de la imagen del gobernante, tiene cálculos para su impacto mediático pero carece de estudios serios que la sustenten.

Las inquietudes alrededor de donde saldrán los recursos que la financien y  la disponibilidad de suelo urbanizable,  es decir de aquel que tenga la garantía de cobertura de servicios públicos domiciliarios ya, son preguntas que no pueden esconder otras igual de importantes ¿Cómo se determinaran los beneficiarios? ¿Con lógica clientelista? ¿Igual que con Familias en Acción?

En el fondo subyace lo peor. La convicción de las elites colombianas que la pobreza de un  porcentaje de la población no tiene superación. Y antes que oportunidades que la empodere y la convierta en protagonista de su transformación, lo único que hay son limosnas.

Limosnas disfrazadas de asistencialismo tipo los programas que ejecutó Acción Social de la Presidencia de la República de Uribe Vélez, base de su fortaleza electoral.

Limosnas en forma de guetos donde encerrar a los pobres y esperar que por desesperanza  terminen matándose entre ellos, para que se acabe la pobreza en Colombia.  

Lo otro es el camino de la prosperidad, de la que habla el Gobierno, esa que empieza cuando el ser humano se libera de la dependencia. Y ese camino se recorre con educación de calidad y empleo digno y estable.

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