El origen del mundo

Hacia pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo un niño pequeño le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: Él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.

- Pero papá - le dijo Josep llorando - si Dios no existe, ¿Quién hizo el mundo?

- Tonto - Dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto - Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

    La noche/1 - Eduardo Galeano

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

    El hambre/2 -  Eduardo Galeano
Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame.El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar. El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

    La noche/3 - Eduardo Galeano 

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

    Historia clínica - Eduardo Galeano 
Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos. Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba, aunque fuera de refilón. Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que –él le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo. Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando él la rozaba, aunque fuera por error.                      Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las noches no conseguía dormir. 

Fue hace mucho tiempo, doctor –dijo–. Yo nunca más sentí nada de eso

El médico arqueó las cejas:

–¿Nunca más sintió nada de eso?

Y diagnosticó:

—Su caso es grave.