Confieso sincera y paladinamente que no sé cómo dar inicio a este pequeño, pero profundo y sentido recordatorio, al cumplirse el primer centenario del nacimiento de un ilustre ambateño -2004-, que ante todo vivió para exaltar a su tierra, para amarla, cantarla y acariciarla con su poesía, considerándola como a su primera novia, con entrega total y profundo sentimiento de un amor eterno, para resaltar sus valores y por sobre todo a su gente, a la que admiró entrañablemente sopesando en su verdadera dimensión y valía, la calidez humana, su gran nobleza y altísima preparación en todos los quehaceres humanos, artísticos, literarios...
Rendir el más emocionado homenaje a un poeta, es como si éste fuera dedicado a la vida misma, más tratar de pronunciar algunas frases cuando el poeta en particular es parte íntima de nuestro ser, del que nos dio la vida, se vuelve angustiosamente emocionante por el maravilloso recuerdo del ser tan especialmente querido como es el padre y a la vez el excelso poeta, el escritor, el investigador, el humanista, el filósofo. En definitiva, el hombre de altos quilates, que sólo su recuerdo nos guía adelante, siempre adelante, por el largo, ancho y majestuoso camino de lo noble y de lo recto, siempre con lumínico recuerdo, claro y visible en el gigante esplendor de su alma fulgurante.
Aquí, en esta por mil títulos ilustre llamada ciudad de Ambato, cuna de mis abuelos y de mi padre, donde con inigualable orgullo se monta guardia perpetua a la memoria del insigne escritor don Juan Montalvo, merecidamente llamado “Cervantes Americano”, al que tanto admiró y veneró en vida, el poeta Balarezo y por quien tanto investigó incansablemente, para entregar como su sentido homenaje , el mejor legado a su entrañable tierra que lo vio nacer, que lo cobijó y acarició con su límpido cielo y su amorosa brisa siempre primaveral, su obra profunda y celosamente preparada que lleva como único título, como no podía ser de otra manera, Montalvo,
Es así como, luego de relevar el nombre universal del insigne escritor, con hidalguía y nobleza, con la serenidad y valentía propia de los hombres de alma grande y generosa, dedica un profundo homenaje a su tierra natal Ambato y a todo lo que ella significa, la Ambateñía, palabra esta última cariñosamente amalgamada por el insigne poeta, para expresar así su poderoso sentimiento por la tierra amada.
Profundidad de pensamiento, ese pensamiento que trasciende los límites de lo terrenal y se adentra por los ignotos, profundos, misteriosos y procelosos rincones del cosmos infinito, de lo que no tiene fin, pero al que llega navegando con la fuerza y el poder de su espíritu solo un pensamiento preeminente, predestinado por ese maravilloso don que entrega la naturaleza a seres excepcionales…
Y expresa con hondo sentimiento la inmensa visión de un ser superior cósmico, con herencia preciada tan celosamente guardada, pura, nítida, diáfana, para que la posteridad recuerde que lo más sagrado de un ser, es la entrega total, desinteresada, infinita, leal y absoluta hacia lo más íntimamente querido, la tierra que lo vio nacer..
Pero profundiza aún más su sentimiento cuando en explosión de entrega total, en sinfonía de cascada impetuosa y majestuosa, encuentra en su inagotable acervo literario, aún más, mucho más para exaltar lo grande, lo poderoso de llevar en la sangre la fuerza telúrica de la Ambateñía, sublime legado que nos entrega esta poderosa fuerza de la regeneración, del renacimiento que por siglos se produce en el alma, en la mente y en el espíritu indomable del ambateño.
Este mi sincero, pero sentido homenaje al hijo, al padre, al amigo noble y generoso, al poeta y escritor excelso que hoy como nunca antes y por siempre estará presente en nuestros corazones.”
Francisco Balarezo