Misa del Día de NAVIDAD

publicado a la‎(s)‎ 28 dic. 2013 15:16 por Párroco del Santo Angel


 

 

          Is. 52, 7-10                   Hebr. 1, 1-6                                   Jn. 1, 1-18

 

 

          Los acontecimientos salpican la historia; su contenido y relación entre sí, hilvanados, la plasman y configuran, y, dado que Dios la ha tomado con suya, nos sumergen en su misterio y nos confrontan con su presencia en nosotros cada momento: entramos en la “historia divina”, y la realidad divina configura nuestra historia. A través de ella se nos abre un panorama, infinito en sí, en el que los autores sagrados, palabra de Dios, quieren introducirnos para contemplar a Dios en nosotros y a nosotros en Dios. 


    Y así, dejando un tanto de lado el mensaje de Isaías, que abre la portada con un canto al “mensajero” de buenas nuevas, las lecturas segunda y tercera, Hebreos y Juan, nos lanzan a la contemplación del Dios hecho hombre, de la Palabra hecha carne. 

El esfuerzo por dar expresión adecuada a la realidad manifestada en este misterio es verdaderamente más que notable, ingente; conscientes, ellos mismo, los autores inspirados, de que sus ojos no alcanzan todos  los espacios ni su vocabulario todos los matices de tan esplendoroso sol, escalan las alturas para, desde allí, ofrecernos la posibilidad apreciar, un tanto al menos, la maravilla y grandeza del que nace en Belén.


     El “hablar de Dios en el Hijo” (Hebreos) lo revela como Padre; como Padre, inmerso cordialmente en la obra de impregnar todo de la presencia salvadora del que desde la eternidad comparte con él su naturaleza y gloria, Cristo Jesús: “Siendo la impronta de su mismo ser, llevó a cabo la purificación de los pecados y está sentado a la derecha de Dios en las alturas”. 

Es el mismo, según el evangelio de Juan, que, “siendo Dios y estando desde siempre junto a Dios”, por quien fueron hechos los mundos, “se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

    

    No podemos quedarnos con lo que vemos o podemos ver, humanamente hablando, en los escuetos acontecimientos que se nos narran de la “historia” de Jesús; obligada una ascensión a lo alto, como lo hace la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia de todos los siglos, para poder comprenderlo en su propia luz.

  

  Esa visión de Jesús en el Padre y con el Padre es la que a ti se te ha prometido como herencia perpetua, debido precisamente a que ese Niño, Dios hecho hombre, hizo la purificación de los pecados y está sentado a la derecha del Padre, preparando una estancia, Dios mismo en su inmensidad, para todos nosotros. Contémplalo en su humilde venida, y en su gloriosa vuelta, pues ¡volverá!

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