Domingo.- La Sagrada Familia 29 DE DICIEMBRE 2013

publicado a la‎(s)‎ 28 dic. 2013 15:19 por Párroco del Santo Angel

 Si. 3, 3-7.14-17                             Col. 3, 12-21                  Mt. 2, 13-15.19-23

 

             Un canto a la familia. 

    Una celebración de esta singular y básica institución divina a favor de la humanidad: padre, madre, hijos. 

Desde ahí, hermanos y parentesco universal. 

    Porque honrar al padre y a la madre es honrar a Dios; preocuparse por los hijos es también honrar al Dios que se los concedió. 


Todo lo que hagamos por la familia, bien compenetrada y unida en la atención de unos por otros, es poco; especialmente en los tiempos que corremos.  Porque el “yo” grotesco, que tiende a constituirse Dios en el hombre, amenaza muy seriamente la comunión familiar, 

poniendo en extremo peligro la realización adecuada de cada uno de los miembros que la integran.

 

    Ayuda al padre a que sea “padre” en el poder de Dios; ayuda a la madre a que sea “madre” en ese mismo poder; ayuda a los hijos a que crezcan 

y se desarrollen según su dignidad y vocación, imagen y semejanza de Dios. 

Si esto se desprende ya de la consideración de la presencia divina natural en la familia, con mucho más énfasis hay que proponerlo como participantes, todos sus miembros, del incondicional amor de Cristo hacia los hombres. 

       

    Es la visión de Pablo en este sentido, según sus palabras en la carta a los de Colosas. 

No podemos permitir, por amor a Dios y a la humanidad, que el egoísmo humano, ebrio de orgullo y de impertinente afán de dominio, placer, capricho y sensualidad, deteriore y descomponga la maquinaria humano-divina de la familia, horno ardiente de comprensión, tolerancia, interés común y amor edificante y creativo. 


    Queda como punto de referencia la imagen de la Sagrada Familia: Jesús, María y José.

El evangelio nos ofrece un momento de ella: una familia emigrante con José a la cabeza. 


    No tenemos derecho algún a rasgar la familia: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. 

Más bien tenemos la obligación, en virtud de sus valores y del amor humano divino que borbolla en ellos, de mantenerlos, acrecentarlos 

y expandirlos con toda ilusión y esfuerzo; pues es obra divina salvadora.

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