Una reflexión desde la Palabra del Domingo

Comentarios bíblicos

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publicado a la‎(s)‎ 11 ene. 2014 8:28 por Párroco del Santo Angel   [ actualizado el 14 jun. 2017 13:40 ]

        

Domingo.- La Sagrada Familia 29 DE DICIEMBRE 2013

publicado a la‎(s)‎ 28 dic. 2013 15:19 por Párroco del Santo Angel

 Si. 3, 3-7.14-17                             Col. 3, 12-21                  Mt. 2, 13-15.19-23

 

             Un canto a la familia. 

    Una celebración de esta singular y básica institución divina a favor de la humanidad: padre, madre, hijos. 

Desde ahí, hermanos y parentesco universal. 

    Porque honrar al padre y a la madre es honrar a Dios; preocuparse por los hijos es también honrar al Dios que se los concedió. 


Todo lo que hagamos por la familia, bien compenetrada y unida en la atención de unos por otros, es poco; especialmente en los tiempos que corremos.  Porque el “yo” grotesco, que tiende a constituirse Dios en el hombre, amenaza muy seriamente la comunión familiar, 

poniendo en extremo peligro la realización adecuada de cada uno de los miembros que la integran.

 

    Ayuda al padre a que sea “padre” en el poder de Dios; ayuda a la madre a que sea “madre” en ese mismo poder; ayuda a los hijos a que crezcan 

y se desarrollen según su dignidad y vocación, imagen y semejanza de Dios. 

Si esto se desprende ya de la consideración de la presencia divina natural en la familia, con mucho más énfasis hay que proponerlo como participantes, todos sus miembros, del incondicional amor de Cristo hacia los hombres. 

       

    Es la visión de Pablo en este sentido, según sus palabras en la carta a los de Colosas. 

No podemos permitir, por amor a Dios y a la humanidad, que el egoísmo humano, ebrio de orgullo y de impertinente afán de dominio, placer, capricho y sensualidad, deteriore y descomponga la maquinaria humano-divina de la familia, horno ardiente de comprensión, tolerancia, interés común y amor edificante y creativo. 


    Queda como punto de referencia la imagen de la Sagrada Familia: Jesús, María y José.

El evangelio nos ofrece un momento de ella: una familia emigrante con José a la cabeza. 


    No tenemos derecho algún a rasgar la familia: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. 

Más bien tenemos la obligación, en virtud de sus valores y del amor humano divino que borbolla en ellos, de mantenerlos, acrecentarlos 

y expandirlos con toda ilusión y esfuerzo; pues es obra divina salvadora.

Misa del Día de NAVIDAD

publicado a la‎(s)‎ 28 dic. 2013 15:16 por Párroco del Santo Angel


 

 

          Is. 52, 7-10                   Hebr. 1, 1-6                                   Jn. 1, 1-18

 

 

          Los acontecimientos salpican la historia; su contenido y relación entre sí, hilvanados, la plasman y configuran, y, dado que Dios la ha tomado con suya, nos sumergen en su misterio y nos confrontan con su presencia en nosotros cada momento: entramos en la “historia divina”, y la realidad divina configura nuestra historia. A través de ella se nos abre un panorama, infinito en sí, en el que los autores sagrados, palabra de Dios, quieren introducirnos para contemplar a Dios en nosotros y a nosotros en Dios. 


    Y así, dejando un tanto de lado el mensaje de Isaías, que abre la portada con un canto al “mensajero” de buenas nuevas, las lecturas segunda y tercera, Hebreos y Juan, nos lanzan a la contemplación del Dios hecho hombre, de la Palabra hecha carne. 

El esfuerzo por dar expresión adecuada a la realidad manifestada en este misterio es verdaderamente más que notable, ingente; conscientes, ellos mismo, los autores inspirados, de que sus ojos no alcanzan todos  los espacios ni su vocabulario todos los matices de tan esplendoroso sol, escalan las alturas para, desde allí, ofrecernos la posibilidad apreciar, un tanto al menos, la maravilla y grandeza del que nace en Belén.


     El “hablar de Dios en el Hijo” (Hebreos) lo revela como Padre; como Padre, inmerso cordialmente en la obra de impregnar todo de la presencia salvadora del que desde la eternidad comparte con él su naturaleza y gloria, Cristo Jesús: “Siendo la impronta de su mismo ser, llevó a cabo la purificación de los pecados y está sentado a la derecha de Dios en las alturas”. 

Es el mismo, según el evangelio de Juan, que, “siendo Dios y estando desde siempre junto a Dios”, por quien fueron hechos los mundos, “se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

    

    No podemos quedarnos con lo que vemos o podemos ver, humanamente hablando, en los escuetos acontecimientos que se nos narran de la “historia” de Jesús; obligada una ascensión a lo alto, como lo hace la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia de todos los siglos, para poder comprenderlo en su propia luz.

  

  Esa visión de Jesús en el Padre y con el Padre es la que a ti se te ha prometido como herencia perpetua, debido precisamente a que ese Niño, Dios hecho hombre, hizo la purificación de los pecados y está sentado a la derecha del Padre, preparando una estancia, Dios mismo en su inmensidad, para todos nosotros. Contémplalo en su humilde venida, y en su gloriosa vuelta, pues ¡volverá!

Misa de Medianoche

publicado a la‎(s)‎ 28 dic. 2013 15:13 por Párroco del Santo Angel   [ actualizado el 28 dic. 2013 15:14 ]


          Is. 9, 1-6                       Tit. 2,11-14                                   Lc. 2, 1-14

 

 

 Desde muy atrás y de muy alto viene la palabra. 

Y viene cargada de perfume divino, y, a fuer de luminosa, incandescente, 

desciende como un rayo, mudo, con todo, e invisible, pero capaz de encender en llamas toda la tierra.

 Desde las altas esferas Dios envió su Palabra, mediante María, elegida a ser su Madre, sin dejar de ser Virgen. 

En boca del profeta, con los vagidos de un niño: “Un niño nos ha nacido”. 

En constatación del evangelista, en el silencio más reverente y sobrecogedor, como si nada hubiese acontecido: un portal abandonado, un pesebre para las bestias. Vida de Dios en el mundo.

 Vida tenue, frágil; existencia tejida de necesidades múltiples y en constante dependencia de otros. 

 Venida de Dios a este mundo. ¿No venimos así todos nosotros? El Hijo de Dios también. 

¿Qué puedes decir de un niño recién nacido, hermano? 

Hasta las crías y cachorros de los animales y bestias se lanzan a la vida con más agilidad y gracia que el ser humano. 


Dios, al hacerse hombre, no se privó de esa debilidad. 

Así nació y así creció. Y ¿vas a dudar de él? Adóralo. 

Con el nacimiento del niño, el profeta garantiza la continuidad de la estirpe de David; ese niño será la garantía de la fidelidad inquebrantable de Dios y la revelación incontestable del valor y realidad divina de todos los niños; 

ese niño será la manifestación más fehaciente y maravillosa del aprecio y amor que Dios tiene a los hombres.

 Pues, siendo él “alguien nuestro”, es constituido el hombre “alguien suyo”: “Pues, con él, se manifestó la gracia salvadora de Dios a todos lo hombres”. 

Abre, hermano, a su luz tus ojos y procura invadirlos de su resplandor, para que veas y sientas como Dios y no más como los hombres; en la expectativa de verlo manifestarse en toda su gloria. 

Pues su gloria también es para ti.

Comentario al Domingo V de Cuaresma

publicado a la‎(s)‎ 14 mar. 2013 9:59 por Párroco del Santo Angel

              DOMINGO  QUINTO.-

              Is. 43, 16-21                        Fil. 3, 8-14                   Jn. 8, 1-11

              Desde que Dios comenzó a hablar a su pueblo o a sus amigos, siempre dejó entrever que no sería la última vez; abrió un boquete en el muro del tiempo y dejó disparado el presente hacia el futuro, además de hilvanarlo con el pasado. El Dios de todos los tiempos abrió los tiempos y los fue enhebrando unos con otros hasta formar un todo vistoso y prometedor, que aseguró ultimaría en los tiempos que tocaran el fin. Es la historia de la salvación; siempre abierta al futuro; hasta tal punto que pronto pudo verse que el futuro se convertiría en eternidad. De ahí la posibilidad y legitimidad de la comparación de unos con otros, los tiempos y las intervenciones, siempre en proceso de crecimiento. Isaías resalta esta concepción. ¿No fue grandiosa la intervención de Dios a favor de su pueblo al sacarlos de Egipto y conducirlos milagrosamente por un inhóspito desierto has la tierra prometida? De hecho se recordaba y celebraba cada año en las fiestas de Pascua, como puntal egregio y fundamento inconmovible de la fe israelita. Pues bien, aquellos hechos, según el profeta, ni fueron los últimos y definitivos ni los más grandiosos. Abrían la perspectiva hacia el futuro salvador y dejaban marco todavía para acontecimientos más espectaculares: la vuelta del destierro, por ejemplo. Y ni siquiera ésta, concluimos nosotros, iba a dar remate a la acción salvadora de Dios, ni cierre en maravilla a lo que podía venir. Miremos hacia delante y, puestos lo ojos en Cristo y su obra, podremos observar que todo aquello no era más que anuncio y sombra de maravillas y gracias que no tienen nombre por lo sublimes y magníficas que son. La Cuaresma nos invita a ver las cosas así. Y a suspirar por lo que Dios nos ha prometido regalarnos.

                Pablo declara que todo su interés reside en “correr hacia la meta”. Siempre hacia delante, hacia ese futuro que se perfila como definitivo, presente ya en nosotros como prenda generadora de entusiasmo, de vitalidad y de sentido existencial.  No hay nada que pueda compararse con ello. Todo se queda atrás como indigno de ser considerado de algún valor, cuando por delante, con Cristo a la cabeza, está la promesa de Dios, ¡el premio! Todo queda centrado en Cristo Jesús. Tenerlo a él es ya tener en posesión el futuro; y no cualquier futuro, sino el futuro que, por ser divino, es al mismo tiempo presente con plenitud del pasado. El término frecuente en estas líneas es “conocer”, que equivale a entrar en comunión, como inicio de entrar en posesión. Esa es la maravilla a la que conducen y conducían todas la intervenciones de Dios a través de la historia. La resurrección de Jesús, participada en todo por nosotros, es la fuerza propulsora que desde el comienzo de la creación animaba misteriosamente todo el cosmos y la historia del hombre. Para Pablo, y para nosotros como seguidores de Cristo, se derrumba el sentido de la historia y su consecución si no desemboca en Cristo glorioso, con nosotros participando de él: somos su cuerpo, también su cuerpo glorioso; su cuerpo glorioso inundará de su gloria el nuestro. Esa es la meta. Corramos hacia ello con todas nuestras fuerzas. La Cuaresma nos apremia a ello.

              

 Jesús, la adúltera, los acusadores. Cada uno en su puesto, cada uno con su propia  personalidad, y cada uno, sin perderla, con su fuerza representativa que se derrama a través de los tiempos. El Jesús de entonces “es el mismo ayer y hoy y siempre”; su gesto ha de alargarse, mediante la Iglesia, a través de los siglos. La “adúltera” ha de hacer su aparición, adulterio u otro pecado cualquiera, en cualquier momento; no han de faltar pecadores ni fuera de la Iglesia ni dentro. Ni tampoco, acusadores; unos con buena intención, celosos por el cumplimiento de la ley, otros, movidos por no tan sanos motivos. Y hemos de aprender de esta escena: primero, a tratar de no condenar a la persona sino, más bien, lo que hizo la persona: “Yo tampoco te condeno”, “en adelante no peques más”; distingamos pecado y pecador. Segundo, aprendamos a condenarnos a nosotros mismos antes de lanzar la condena sobre otros: “El que se encuentre sin pecado que tire la primera piedra”; porque en verdad todos merecemos la condena de lo alto. Tercero, tratemos de mantener un equilibrio cristiano entre el respeto a la ley, la acusación, la corrección y el deseo de salvar a la persona mediante la conversión. Y cuarto, busquemos conciliar esta escena con otras de tradición cristiana, por ejemplo: “Mira, dijo Jesús al paralítico, has sido curado; no peques más, no sea que te suceda algo peor” (Jn. 5,14) y “Al siervo desaprovechado arrojadle a las tinieblas de allá fuera” (Mt. 25,30) y “Apartaos de mí, malditos, …. Porque tuve hambre …” ( Mt. 25,41´42). Jesús busca al pecador y le ofrece su perdón, pero él nos juzgará al final.


                                            

Rostros airados, torvas miradas,
palabras burdas, manos alzadas,
casi arrastrada trae la turba
una mujer.

“En adulterio fue sorprendida;
según la normas - ¡es ley divina! –
apedreada debe morir.
¿Qué dices Tú?

Jesús se encorva y escribe en tierra …
- - los malhechores son como arena –
- “Tiren los justos su propia piedra
- para matar”.

Todos se miran, y uno tras otro,
llenos de ira, bajan los ojos,
dejan las piedras, y vuelto el rostro.
marchan sin voz.

Y quedan solos: la pecadora
y el buen Jesús, que le interroga:
“¿Quién te condena por esta obra?”
“Nadie, Señor”.

“Pues yo tampoco doy la sentencia;
anda tranquila ¡por buena senda!
y en adelante, así suceda,
No peques más”.

“Que no he venido a dar la muerte
sino la vida; a ofrecerme
para que vivas, y vivas siempre
en paz con Dios”.

“Misericordia es lo que estimo,
pues no me honran los sacrificios,
donde no hay gestos bien percibidos
de compasión”.

Comentario a las lecturas del Domingo de Ramos

publicado a la‎(s)‎ 14 mar. 2013 9:54 por Párroco del Santo Angel




 DOMINGO DE RAMOS.-

Is. 50,4-7
Las dos primeras lecturas de este domingo, tan señalado por la liturgia y celebrado por el folklore cristiano, se repiten en los tres Ciclos; tan solo la tercera, el relato de la Pasión y Muerte de Jesús, varía según ellos, Mateo ciclo A, Marcos ciclo B y Lucas ciclo C. El
relato de la Pasión y Muerte de Jesús según Juan queda establecido para el Viernes Santo.
Me detendré, pues, un tanto, en las dos primeras lecturas y dejaré amplio campo al lector respecto a la tercera, el evangelio. Si alguno de mis lectores tiene a mano el comentario a
este domingo del año pasado, puede fructuosamente consultarlo.

Is. 50, 4-7.-
Tradicionalmente suelen distinguir en Isaías, en el bloque segundo, “Segundo Isaías”, cuatro bellos y densos poemas referentes al “siervo”. Reciben el nombre de Cánticos del Siervo. Fundamentalmente hay que entenderlos en la línea del profetismo. Van de menos a más; pero no de forma rectilínea, sino, más bien, radial, como un cuerpo que crece hasta dar con la figura y tamaño convenientes. La lectura de hoy representa el tercero. Alguien,
llamado por Dios, el Siervo, recibe la misión de abogar por el necesitado, de alentar al abatido, de animar reciamente al decaído. Como llamado y enviado por Dios, ha de estar en constante relación con el que lo envía, con Dios su Señor, -“cada mañana me espabila el oído”. Y la misión, que se perfila como ajustada a la gracia recibida, -“lengua de iniciado”-, se presenta agotadora y sobrecogedora: “No oculté mi rostro a insultos y salivazos”. Pero
no está solo, el que lo envió lo sostiene contra dificultades que pueden hacernos temblar - “ofrecí el rostro como pedernal”. Y triunfará en la misión, a pesar de ser objeto de burlas y
escarnios.
No deja de ser misteriosa esta figura.¿Dónde encontrarla? Mira a Jesús y la verás de inmediato. ¡Todo un poema, henchido de emoción y misterio! Eso es también Jesús, el gran Poema de Dios, vivo y radiante, que hasta las sombras que, a nuestros ojos, afean su rostro, despiden luz y calor. Contra él se han de estrellar todos los desprecios y burlas. Saldrá siempre triunfador; triunfador a favor nuestro. Dios lo ha enviado, Dios le hará triunfar.
Dios sea bendito.
 Fil. 2, 6-11.-

También este pasaje goza de cierto aire poético; es un himno. Un himno que tiene por
centro y tema el misterio de Cristo: lo que era antes de, lo que fue en el momento de, y lo
que ha llegado a ser a partir de. Es como una brevísima biografía teológica. Siendo como
“era” Dios, no se manifestó espectacularmente de esa manera; “se anonadó” hasta morir
en cruz; y, “levantado por Dios” a la altura divina, ha sido encumbrado y enriquecido con
el “Nombre-sobre todo nombre”, Señor de cielos, tierra y abismos. Todo para gloria de
Dios Padre, y ¡beneficio nuestro! El trayecto recorrido por esta vocación es de todo punto
admirable, y el resultado, superior a todo pensamiento e imaginación humanos. Porque

Fil. 2,6-11

no es solo que ante él ha de doblar la rodilla toda criatura, sino que toda criatura ha de ver
en él el sentido y plenitud de su existencia. El binomio “anonadamiento”/ “exaltación”,
de lo más despreciado / a lo más alabado y enaltecido, marca el itinerario del Siervo y
la impronta divina de hacer las cosas a su estilo y manera. La humanidad humilde de
Cristo es la nuestra, y nuestra, a su vez, su exaltación soberana. Porque la muerte lleva a
la vida, como el rebajamiento temporal, la cruz, a la gloria imperecedera. Son valores y
contrapuntos que han de marcar nuestra vida como hijos de Dios y seguidores de Jesús.

Relato de la Pasión.-

La lectura del evangelio, el relato de la Pasión y Muerte del Señor, según San Lucas,
es extraordinariamente extensa para poder comentarla en detalle. Sirva de lectura divina
esta semana, abarcando tan solo alguna o algunas escenas cada día, para poderlas rumiar
con más detenimiento y provecho. Nótese, de todos modos, como visión general, que
Lucas, sin dejar de guardar un gran parecido con Mateo y Marcos, camina en algunos
pasajes muy cerca de Juan. Véase, por ejemplo, la enseñanza de Jesús a los discípulos a
propósito de la institución de la eucaristía: “Pues yo estoy en medio de vosotros como el
que sirve”. ¿No nos recuerda un tanto el “lavatorios de los pies”, en Juan? Podemos notar
también alguno más, propio de Lucas, como es el tema de la oración de Jesús por Pedro, en
relación con la presencia tentadora de Satanás durante la Pasión, que evoca, a su vez, las
tentaciones de Jesús en el desierto: “Lo dejó hasta otra ocasión”. Y algunos detalles más.
Pídele a Dios te ayude a entender el alcance de semejante “historia de salvación”. Porque
tú, de una forma u otra, estás en ella.

segundo domingo de cuaresma año 2013

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2013 15:29 por Párroco del Santo Angel

         Gn. 15, 5-12.17-18                         Fil. 3,17-4,1                   Lc. 9, 28b-36

    Dos son los campos que inquietan de verdad al patriarca: la descendencia y la posesión de la tierra; aunque con cierta autonomía entre sí, ambas forman un todo compacto y único. Dios se lo ha prometido. Y no es que Abrahán dude de ello, pero no ve llegar la hora ni el modo de su cumplimiento. De ahí ese tira y afloja en las relaciones con Dios y la repetición de los temas en todo el ciclo de Abrahán. Porque la descendencia ha de ser tan numerosa “como las estrellas del cielo” y la tierra tan extensa que llegue desde el límite con Egipto a los ríos de Mesopotamia. La fe en Dios lleva consigo la esperanza, pues un buen sector de lo que Dios le comunica mira al futuro. ¿Cómo aceptar lo que Dios le anuncia cuando, en realidad, todo cuelga de su palabra? Y es aquí donde entra la “condescendencia” divina: Dios hace un “pacto” con Abrahán, que es lo mismo que decir, al menos en esta capítulo del Génesis, que Dios le presenta, al modo humano, el compromiso irrevocable, para dar más base a su confianza. Es lo que pretende este gesto de partir en dos los animales y colocar sus mitades una frente a la otra con todo el ritual que lo acompaña. Es, al parecer, un rito antiguo que equivaldría a decir: “Que me suceda a mi, si no lo cumplo, lo que se ha hecho con estos animales”; pues con el fuego que pasaba por en medio de ellas viene a significarse a Dios comprometiéndose. Abrahán creyó y se abrió con ello a todo el cúmulo de intervenciones salvadoras – “justicia” – que venían de Dios: “Creyó y se le contó como justicia”. Nuestra relación con Dios se ajusta ahora en un compromiso nuevo: es el Hijo que murió por nosotros, disponiendo al ser humano, por la fe y la esperanza, a recibir no tan solo un cúmulo de bendiciones desde lo alto, sino a Dios mismo como don supremo en herencia de la vida eterna. Pertenecemos en Jesús a una descendencia que deja atónitas a las estrellas y a las arenas del mar y nos vincula a una herencia que deja sin habla a los mismos cielos, le herencia de su propio Hijo; Dios es nuestra herencia. Tenemos ya la prenda, el Espíritu Santo; pero siguen vigentes, y con más vigor y exigencia que en tiempo de Abrahán, la fe y la esperanza modeladas por el amor.

    Es lo que viene a corroborar Pablo en estas divinas líneas. Una ciudad, la del cielo. Un Salvador, ¡la Descendencia!, el Señor Jesucristo. Una herencia magnífica, la “transformación de nuestra condición humilde”. A partir de esta novedad de pertenencia y destino, imperiosamente necesaria una novedad de vida. Naturalmente centrada en Cristo como punto de referencia y movimiento; escuchar lo que él dice y hacer lo que él hace. La fe en sus palabras nos conduce al amor de sus obras. Sin duda alguna que así ha de aparecer nuestra vida como diametralmente opuesta a la de aquellos que caminan “como enemigos de la cruz”. Y hemos de tener sumo cuidado en no perder de vista los buenos ejemplos que nos precedieron y acompañan. Es, quizás, nuestra confrontación diaria: lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen en un mundo sin principios cristianos confrontado, has derramar sangre, con una conciencia recta, educada en la fe y en la caridad de Cristo. Por el primer camino te darás de frente con tus propias “vergüenzas”; por el segundo, con la invasión en tu persona de la “gloria de Dios”. No debe bastarte, hermano, con ver todo esto a modo de principio general de acción, sino que has de trabajarlo minuciosamente cada día en el seguimiento de Jesús; siendo así “gloria de Jesús”, serás luz para el mundo y, para la tierra, sal.

    Jesús, Moisés y Elías; Jesús en medio. Los grandes personajes del A. Testamento corean y cortejan al más grande de todos los tiempos. ¿Quieres entender a todos ellos, a Moisés, a Elías, a David …? Mira a Jesús. Son anuncio de su persona y sombra que desde el futuro proyecta su luz. Aparecen con gloria; con la de Jesús, naturalmente. Interesante el detalle de que “hablaban con él”; y de que hablaban de su “salida”, de su “tránsito”, que iba a tener lugar en Jerusalén. Hemos de mirar, pues, a Jerusalén para captar el contenido exacto de esta conversación. En Jerusalén nos encontramos con la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús. ¿A cuál de ellas se refiere? Pensemos en las tres, a modo de una sola realidad. De hecho, la transfiguración empalma muy bien con la resurrección-ascensión; la muerte vendría incluidas en ellas por el hecho de que sería incomprensible la resurrección, por ejemplo, sin que hubiera precedido la muerte. Recordemos que en los antiguos credos cristianos se habla de la muerte y de la resurrección de Jesús “según las Escrituras”. El deseo de Pedro de alargar sin término la celestial vivencia, viene anulado por la presencia de la nube: símbolo de la presencia divina en su misterio e incompresibilidad absoluta. La voz que emana de ella señala el impacto que debe producir la vivencia en los apóstoles: “Escuchadlo”. Porque Jesús, a quien siguen, es “Mi Hijo, mi escogido”, eco de la voz del Padre en la teofanía del bautismo. Y no pasemos por alto que, tanto aquí como en la teofanía del bautismo, todo sucede en el ámbito de la oración: “Mientras oraba”. La teofanía acontece durante la íntima unión de Jesús con Dios. Nada de extrañar que la oración, nuestro corazón abierto a Dios, nos abra el corazón del Padre y nos introduzca en él, de una manera u otra, y nos disponga a recibir su comunicación paternal. Por otra parte, la transfiguración de Jesús anuncia ya decididamente lo que Dios tiene preparado para los que le escuchan y siguen sus pasos. Es Cuaresma; síguelos tú.

Permítenos, Señor, subir al monte

y contigo pasar la noche en vela,

para beber al alba la más bella

y señorial blancura de tu porte.



Con Moisés y Elías va tu nombre,

mas está en ti la plenitud entera

de un Dios que, fiel y en donación extrema,

se acerca paternal a todo hombre.



Tuya, Señor, hiciste nuestra suerte,

cargando sobre ti la cruz sombría,

al clavar en tu piel la humana muerte,

como signo vital de tu gran día:

concédenos ahora obedecerte

y compartir después tus alegrías.



Pues eres, Tú, misterio de obediencia,

La única razón de mi existencia.

publicado a la‎(s)‎ 3 mar. 2012 9:49 por Párroco del Santo Angel   [ actualizado el 21 feb. 2013 15:29 ]


8 de Enero: Epifanía del Señor

publicado a la‎(s)‎ 29 dic. 2011 15:40 por Párroco del Santo Angel

Is. 60, 1-6 
Ef. 3, 2-3.5-6 
Mt. 2, 1-12

      Epifanía, manifestación. Colocado el término en el ámbito de lo sagrado, manifestación de la divinidad. En el campo religioso del A. y N. Testamento, manifestación de Dios; con más personalidad y empeño; tal, que viene cargada de interpelaciones, ya personales, ya comunitarias, a los destinatarios. La manifestación llega intencionadamente al hombre. Cuando Dios se le manifiesta, el hombre ha de sentirse interpelado a una aceptación y respuesta de la comunicación que se le hace. De los contrario, la manifestación carecería de sentido salvador.

        Dios se manifiesta. Y se manifiesta, hablamos ya del Dios bíblico, con la particular intención de involucrar al hombre; de involucrar al hombre en un proceso de recuperación y convivencia salvadora. La manifestación conduce a una familiaridad; la familiaridad, a una intimidad; la intimidad, a una comunión; y la comunión, a una misteriosa y cercana fusión del tú y el yo en un nosotros; convivencia y pertenencia mutua de Dios y el hombre: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”; la alianza de Dios.

        La manifestación de Dios, “Dios es amor”, lleva siempre consigo un tinte amoroso. Del amor viene y al amor conduce. Para que esto se realice, necesaria la manifestación de uno y al otro, en proceso comunión y empatía. La imágenes que la señalan pertenecen con frecuencia al ámbito familiar: Padre, Esposo, Amigo, Señor …

         Dado que es Dios quien inicia esa relación, son patentes su disposición y voluntad a una intimidad, a una convivencia: don de sí mismo, por su parte, y abertura receptiva, por parte del hombre, como respuesta a la de Dios. A mayor manifestación personal del primero, mayor exigencia de respuesta en el segundo. Por parte de Dios, gracia; por parte del hombre, purificación y superación de sí mismo, colaboración salvadora. No se puede escuchar debidamente a Dios sin quedar tocado de su palabra; crea cercanía transformante y comunión.

        El movimiento apunta a una comunión amorosa, que va inflamando el uno en el otro, Dios en el hombre. En el caso de Dios es llama penetrante y abrasadora, sembradora de luz y fuego, donde quiera que prende. Por ese camino va la imagen de “esposo y esposa”; pues de ella, dice la Escritura, “serán una sola carne”. No es extraño que la literatura “mística” apure estas imágenes para expresar lo que de por sí es inexpresable. Al contacto con Dios, el hombre se hace “divino”.

        La Iglesia quiere celebrar con esta Solemnidad la manifestación de Dios al pueblo gentil. El día de Navidad lo había hecho ya a su pueblo. Los pastorcitos aquí, los magos de oriente, allá. Dios quiere derramarse enteramente en comunión salvadora al pueblo gentil; son preludio y comienzo la estrella y los Magos. A los sorprendidos pastores, ciudad de David, se presenta como un recién nacido pastorcito, ¡Pastor de Israel! A los Magos, observadores del firmamento, ¡como Señor de la creación y Rey!

        Las lecturas bíblicas lo celebran a su manera: de lejos, y con gritos de júbilo, Isaías; Pablo, con satisfacción vibrante, lo introduce en su evangelio, en la Buena Nueva que anuncia por doquier; y Mateo, en relato evangélico, nos acerca al episodio de los Magos, como paradigma y preludio de ulteriores y definitivas manifestaciones. En todas ellas reposa el énfasis en la universalidad de la salvación de Dios. Es lo que especialmente celebramos: la salvación de Dios dirigida a todos los pueblos. Celébralo, hermano, con todo tu corazón. Ofrece a tu Dios el oro de tu libertad, el incienso de tu oración y la mirra de tus padecimientos. Serás sacerdote, profeta y rey. No esperes enriquecer a Dios con tus dones, pide, por el contrario, que te los enriquezca a ti.

Misa de Medianoche

publicado a la‎(s)‎ 16 dic. 2011 7:55 por Párroco del Santo Angel

 

             Is. 9, 1-6                       Tit. 2, 11-14                       Lc. 2, 1-14

 

            Es la noche. Y no la noche de los tiempos. Sino los tiempos que comienzan a brillar desde esta noche. La noche de Pascua la inundará plenamente. Acerquémonos a ella. Y, aunque tenue su luz, o invisible, a los ojos de este mundo, irradia luminosidad, al calor de la fe, por el nacimiento del Hijo de Dios, Luz de Luz y Resplandor de su Gloria. Las lecturas quieren ayudarnos a tornar la noche en día y las tinieblas en radiante sol.

             La guerra – noche, sombras, destrozo, muerte – ha cubierto parte de la tierra de Israel. Insuperable parecía el horror de la guerra, e impenetrable la oscuridad del dolor, cuando, desde lo alto, por disposición de Dios, huye la muerte y desaparece el terror. En conjunción con ello, se reafirma la dinastía de David y se anuncia el nacimiento de un Niño; un Niño lleno de futuro, porque el futuro descansa en él. Nos encontramos en el pequeño conglomerado de oráculos, libro de Isaías, en torno al Enmanuel. El Niño da cohesión al conjunto.

              El Niño es un don; un don de Dios. Hemos de detenernos placenteramente en ese “nos”: “Nos ha nacido”, “Se nos ha dado”. La orientación del gesto de Dios, el movimiento de su intervención van dirigidos a “nosotros”. De tal manera que sin ello, nos quedaríamos a oscuras y sin comprensión. Pues ese don es para siempre y nos vincula a Dios por toda la eternidad. Porque el Niño, uno de los nuestros, recibe, por referencia a nosotros, su personal definición: “Maravilloso Consejero; Dios Héroe, Padre para siempre, Príncipe de la Paz”.

              El don te quiere hacen don, hermano; el regalo, constante generosidad; la decisión de Dios en tu favor, abertura a todos para formar un “nos” que abarque la humanidad entera. La vinculación con Dios y con toda la humanidad, venido todo ello de lo alto, te inunda para que seas tú tú mismo, miembro vivo de la nueva creación. Celébralo con afecto entrañable; tuyo es su nacimiento y tuya es su misión.

 

             Y comenzarás a ser tú mismo en plenitud, cuando, aceptando la presencia salvadora de este Niño en ti, vayas abandonando la sujeción a valores mediocres y pasajeros, y te vayas empapando de actitudes correspondientes a su amor. Porque es su amor, el del mismo Dios, el que impele e invade su movimiento hacia nosotros. Un amor serio, robusto, devorador, expedido y alimentado en llamas, capaz de incendiar el mundo entero; no de forma mecánica – somos seres libres -, sino con el fuego del Espíritu Santo, propulsor de todo aliento y generador de toda vida, que capacita al ser humano a humanizarse y divinizarse al mismo tiempo, cargando sobre sí la dolorosa limitación de pecado y transformándola en instrumento de salvación.

             Porque el Dios, hecho hombre, ha entrado de lleno, más allá de lo que nuestra mente alcanza a ver, en una humanidad rota, desencajada, caprichosa y rebelde, y la ha hecho suya. Y su entrada a nuestro mundo y su pertenencia a nosotros implantan en nuestra pobreza y pecado un corazón nuevo, provisto de alas nuevas, con aspiraciones bien fundadas en su poder de adentrarnos a nosotros en el suyo, para que haya un solo corazón con un mismo latido soberano y vivificador. Su amor ha vencido al mundo; trata tú con él de vencerlo también. Tu Navidad será comienzo y continuación de alta y profunda regeneración.

 

             El mensaje evangélico se proyecta en dos escenas o momentos, bien entrelazados entre sí para formar un solo relato. El silencio absoluto de la noche santa viene nimbado, como de aurora boreal, por un coro de ángeles que impele a los más indoctos, unos pastores, a una proclamación de le Buena Nueva. No perdamos detalle alguno de esta narración.

              Un haz de luz - ¿ultravioleta?¿infrarrojo? –, proveniente de los cielos, se precipita sobre la tierra, eligiendo para su descanso el Imperio Romano, concentrándose en la provincia de Siria, en el extremo sur, tierra de Palestina, refugiándose en Belén, ciudad de David, con prioridad en un portal. Nadie lo ha notado. Se ha entretejido lo humano y lo divino: el emperador César Augusto, el gobernador Quirino … María, José, descendiente de David …¡Y el recién nacido Jesús, Hijo de Dios! He ahí los personajes. Colócate entre ellos, hermano; estás cordialmente invitado a ser familia de Dios. Eres ya historia humana y divina. ¿Dónde se encuentran los magnates, Herodes el Grande, los sumos sacerdotes, los sabios de Israel? Gran silencio. La Virgen Madre dará vueltas en su corazón para asumir el misterio. Haz tú lo mismo, hermano.

             El silencio parece estrecharse hasta romper en sonoridad luminosa: ¡unos pastores! El cielo les ha hablado. A María y a José ya les había hablado anteriormente; ahora llega la noticia a los pastores. ¡En la ciudad de David, un recién nacido, recostado en un pesebre es el Salvador del pueblo de Dios! ¿Qué otra postura tomar en estos momentos que acompañar al coro celeste en la alabanza, y correr con los pastores a saborear la Buena Nueva? Arrodíllate ante el Niño. Puede que te sientas solo; pero no lo estás de ninguna manera. Observa junto a ti, con la misma sencillez de los pastores, a millones de gentes sencillas, de todos los países y rincones de la tierra, que adoran contigo al Señor. Y da gracias por ello.

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