Conferencia de Carlos Collantes

Post date: May 19, 2012 6:53:10 PM

El pasado martes 8 de mayo disfrutamos de la compañía del sacerdote misionero javeriano Carlos Collantes en nuestra parroquia. Comenzó ubicándonos en los países en los que estuvo trabajando, Camerún y Chad. Nos describió la situación social, cómo a mediado de los años 80 del pasado siglo XX, y sobre todo al mediar los años 90, se desmoronó la economía en estos países siguiendo un patrón que nosotros estamos calcando ahora en el sur de Europa, un par de décadas después de su llegada a África. Aunque los medios de comunicación europeos no dieron publicidad al desastre económico en África, allí también sanidad y educación fueron las primeras víctimas de la recesión.

Con ritmo sosegado y buen humor continuó con el choque que supone el aprendizaje de nuevas lenguas, en Camerún se habla francés e inglés, pero hay unas doscientas treinta lenguas y dialectos autóctonos. A su llegada, en la misa empleaban unas cuatro de estas lenguas, sólo las mayoritarias, el evangelio y la homilía se hacían bilingües (francés y otro de los idiomas locales) y una lectura en otra lengua local. En todo momento trataron de normalizar las diferencias. Coordinaron el coro para que también cantaran en varias de estas lenguas.

Recién llegado recibió este consejo: Ver, oír… y preguntar, no callar.

Los hijos son la mayor riqueza en esta cultura, allí entienden que son una prolongación hacia la eternidad de su propio ser. Esta idea, unida al fuerte sentimiento de pertenencia al clan y al elevado número de hijos que tienen, facilita el que, en caso de esterilidad de una pareja, alguno de los hermanos entregue varios de sus hijos a la pareja para que los críen como suyos, o que un hermano deje encinta a la esposa de un marido esteril. Allí dicen que los hijos no son del que los engendra sino del que los hace crecer. También es habitual que los sobrinos llamen padre al tío, algo que en nuestra cultura nos cuesta entender.

La situación de las mujeres es de absoluta dependencia de los varones. En su cultura, el clan es la unidad familiar básica. Las mujeres pertenecen a su clan y dependen de su padre hasta que son entregadas en matrimonio a otro clan a cambio de la dote. Si una mujer tiene hijos antes de casarse, esos hijos pertenecen al clan paterno. No son infrecuentes las situaciones de poligamia. Cuando una mujer enviuda pasa a depender de alguno de los varones adultos del clan del esposo, pasa a ser segunda o tercera esposa, no puede volver a su familia original, por lo que, si una viuda no quiere convivir con alguno de sus cuñados, queda en condición de absoluta precariedad: debe hacerse cargo de mantener a sus hijos, pero ya no hay ningún clan que la acepte. Esta situación ocurre con frecuencia entre las viudas convertidas al cristianismo que, en nombre de su fe, no pueden aceptar la poligamia. En su mundo tradicional la mujer no se pertenece a sí misma nunca.

Sólo ven bien los ojos que han llorado.

Aún hay una fuerte creencia en la hechicería, lo que esclaviza a esta sociedad, genera miedos, la hace dependiente de los “cuatro ojos” (hechiceros, curanderos, adivinos, iniciados). Según su creencia, todo lo negativo ocurre por voluntad de alguien, lo que da la potestad a los “cuatro ojos” de señalar como culpable de una enfermedad, ruina o desgracia a otra persona, ocasionando enfrentamientos y rencillas entre ellos. El evangelio libera de estas creencias que los convierten en temerosos clientes-siervos de otros.

Las fronteras entre la vida y la muerte son difusas, tienen numerosas historias y cuentos que nos hablan de cómo las entienden. Los vivos deben honrar a los muertos, y estos a su vez deben proteger a los vivos desde el más allá.

El africano no tiene miedo a morir, tiene miedo de morir sin descendencia. Morir sin descendencia es cortar una rama del árbol de la vida, ¿cómo se podrá presentar ante sus ancestros un muerto que no haya dado fruto?

A destacar los siguientes rasgos de las personas con las que tuvo contacto: Solidaridad de los pobres. Fe profunda. Resistencia ante la adversidad. Heroismo de las mujeres, en especial en el África urbana, más que en el medio rural.

Resaltó el poder pacificador de la oración. Ponerse al lado del que sufre, solidarizarse con él/ella desde la fe, orar y ponerse en actitud de infinita misericordia.

Nos dio su punto de vista sobre la misión, que es sembrar el evangelio, dejarse tocar en el corazón por las personas, ver la vida, el mundo, con miradas diferentes:

  • La de una cultura distinta.
  • La de la gente sencilla, la de los pobres y su capacidad de solidaridad.
  • La de las mujeres africanas.
  • La fe de lo sencillo.

Entre los conocimientos adquiridos, quiso destacar que en una de las lenguas que aprendió, emplean tres nombres para Dios con significados muy hermosos:

  • El que sostiene el universo o el que alimenta a los hombres (depende de la entonación de la palabra).
  • Quien ha plantado o el que existe por siempre.
  • El que insufla la sabiduría.

Subrayó el carácter de los africanos, que disfrutan de las relaciones con los demás, se toman el tiempo que necesitan para entablar conversación, interesarse por el otro o pedir algún favor; no lo hacen de forma directa, sino con circunloquios. Hay un dicho africano dirigido a los occidentales: vosotros tenéis el reloj, nosotros el tiempo. Para indicar a la gente que fueran puntuales se les citaba “a la hora de los blancos”.

Con cierta tristeza nos recordó que África exporta mano de obra, materias primas y ¡capitales!, estos últimos por medio de la evasión que realizan las clases altas hacia cuentas corrientes en bancos occidentales.

Acabó recordándonos que en el pasado las conversiones se debieron a su propia tradición, asumieron la fe de los blancos creyendo que eran poderosos porque nuestro Dios nos confería el poder para derrotarlos y someterlos, pero que esto ha cambiado radicalmente en la actualidad.