El Arte Cristiano

EL ARTE CRISTIANO, CON MOTIVO DEL DÍA DE SAN LORENZO

Homilía pronunciada por D. Juan Goti Ordeñana en la fiesta de San Lorenzo de Cortina  en agosto 2010.

El ARTE CRISTIANO, CON MOTIVO DEL  DÍA DE SAN LORENZO

(Agosto 2010)

JUAN GOTI ORDEÑANA

Hoy día de San Lorenzo y en este lugar de tanta historia, que estudiamos hace tres años, es un punto de referencia de nuestro pasado, que nos invita a hacer una reflexión de lo que nos ha dejado esta tradición en nuestra sociedad. Además se quieren hacer unas catas para descubrir las antigüedades que se pueden ocultar en este lugar.

     Es admirable, que en la sociedad positivista de hoy, donde parece afirmarse el progreso futurista como la única realidad deseable, resulta que se vuelven los ojos atrás, buscando unos valores auténticos para identificarse como grupo social. Esto debe llevar al hombre actual, embebi­do en una cultura visual de consumo con pocos alicientes para el espíritu, a reflexionar que tiene en su historia una rica cultura, también visual, con abundancia de imáge­nes, que supo educar con un expresivo simbolismo, y llenar las exigencias básicas de la existencia humana, dotando de contenido espiritual a muchas generaciones

 a) Necesidad de revalorizar la memoria

            Cada vez es más necesario revalorizar la memoria como un depósito ordenado del saber. La Iglesia, en este sentido, ha jugado el inapreciable papel de memoria con la conservación y ordenación del patrimonio cultural. Puesto que es «depositaria de gran parte de los valores y conocimientos – sabiduría en suma – de la antigüedad, acervo que supo conservar, acrecentar, enriquecer y transmitir con generosidad y genio a lo largo de los prolongados “siglos oscuros”, que sirve para asegurar su función evangelizadora (además de cultural y civilizadora) en el presente y en el futuro»”.

            Este patrimonio cultural, que hoy día disponemos, ejerce una doble función: por una parte, es testimonio del pasado de nuestros pueblos, y por otra, es crítica de la sociedad moderna. El primer aspecto, hace referencia a elementos integrados en nuestro ser, pues como dicen hoy día los biólogos, cuando han llegado a la célula de la vida, toda la historia de los antepasados, de alguna manera, está impresa en ella. Igualmente la historia anterior condiciona la identidad de los pueblos determinando sus caracteres y valores. Todo el pasado se perpetúa en nuestro presente, y su conocimiento a través de todos esos restos y vestigios, que se han conserva­do, resulta imprescindible. En segundo lugar es una crítica de nuestra actual forma de vida, que nos lleva a una liberación a través de nuestro pensamiento, es una forma de desligarse de los hechos presentes y participar de la tradición aunque sea como un recuerdo inconsciente, y nos enseñan cuáles han sido las angustias y anhelos de la humanidad.

            En este momento de búsqueda de identidad de los pueblos, está jugando un papel decisivo el acervo del patrimonio cultural, conservado por la Iglesia.

            Por una parte, hay que contar con la riqueza monumental, que constituye un testimonio, tanto en sí misma, como en su disposición geográfica sobre un ámbito territorial. Su distribu­ción en circunscrip­ciones: monasterios, diócesis y parroquias, no es capricho­sa, muestra los centros de vida que tuvieron nuestras comunidades y la riqueza, tanto material como espiritual, que dispusieron, amen del nivel cultural que alcanzaron, las formas de vida y los valores que llenaron sus ansias y aspiracio­nes.

            Por otra parte, está la forma de expresión que nos lleva a desligarnos del presente, de los valores positivos a que nos arrastra la cultura del consumo, y nos abre las puertas a una mediación con los valores espirituales, que los antiguos no sólo supieron vivir, sino también reflejar en una rica iconografía. El método de aquella cultura, que con formas visuales, supo promover una educación plena de conteni­dos. De modo que personas que no conocían las técnicas de la lectura, supieron aprender la simbología de una profunda ideología religiosa. Mientras hoy día con una escolarización plena, por influencia de una cultura visual materialis­ta, estamos llegando a un analfabe­tismo funcional, no sólo para comprender el sentido religioso, sino también los significados simbóli­cos de los valores humanos. La actual secularización progresiva lleva a la acultura­ción religiosa y al vacío humano, porque no se llega a sustituir el sentido y exigencias del espíritu humano. De aquí que los jóvenes, salvo los que por su iniciativa sienten una urgencia del espíritu, se encuentran condenados al desconoci­miento total, no sólo de sus raíces religiosas, sino de sus propios fundamen­tos culturales. Una vuelta a nuestra cultura llena de contenido espiritual, constituye un buen ejercicio de memoria.

            Hoy hay un despertar del interés por el Patrimonio cultu­ral, desde el momento que los pueblos han tomado conciencia de la respon­sabilidad de sus territorios. Objetivo importante es encontrar los elementos de identidad propios de su comunidad. La fuerza con que se está reviviendo esta preocupación no es igual en todos los grupos sociales, pero no hay ninguno que no haya vuelto la vista a su historia y a la riqueza cultural que ha encontrado en su solar. Tampoco, quien no lo haya asumido como elemento carac­terístico de su propia identidad. Pero cuando los pueblos han querido buscar sus notas de identidad, han tenido que volver la vista a la historia, y han descu­bierto que el mayor y más abundante bagaje cultural de su pueblo, se encuentra en el patrimonio histórico-artístico, conservado en manos de las Instituciones religiosas. Las cuales, a través de los siglos, han ido plasmando en sus obras: la forma de vivir, sentir y manifestar­se las comuni­dades, las ciudades y los pueblos, revelando así el nivel cultural, económico y el desarrollo a que han llegado. 

            Esto acredita la creciente preocupación que ha renaci­do por el conocimiento y estudio del patrimonio histórico, así como por la razón de ser de estos bienes. Preocupación que se deriva del valor étnico, cultural, religioso, socio­político, etc. que comporta para el cono­cimiento de los pueblos. Y que en el momento actual está en entredi­cho, porque las instituciones religiosas que lo han conservado por tantos siglos, en una sociedad economicista, como la de hoy, están sufriendo una crisis que pone en peligro la conservación de todo este cúmulo de bienes culturales.

            De aquí que haya saltado la pregunta: ¿quién debe hacerse cargo de la con­servación de todo este patrimonio, ante la erosión que sufre por el paso del tiempo, la conta­minación del medio ambiente y la acción destruc­tora del hombre? Al mismo tiempo está naciendo, la necesi­dad de definir los derechos y obliga­ciones que comporta, en cuanto datos importantes para el conoci­miento de la cultura de cada pueblo, y la urgencia de intensifi­car el trabajo para que se habiliten los medios necesarios, a fin de promover su conoci­miento científico y facilitar su contem­plación a toda la socie­dad. Sin olvidar el gasto que requie­re esta labor de estudio y las exigencias de la conserva­ción.  

            Y dejando de lado el valor patri­mo­nial que pueda tener, vamos a fijarnos en el valor cultural, histó­rico y del interés como elemento de identificación de la conciencia de los pueblos. Desde estos puntos de vista debe tomarse en consideración los monu­mentos, obras de arte, docu­mentos etc. que ha ido jalonan­do la Iglesia en estas tierras, y hoy día cons­tituyen el patri­monio cultural de los pueblos. Tenemos que poner de relieve que el interés de este patri­monio, en la forma como ahora se promueve, es por la función social que tiene, como historia del pueblo y como conser­va­ción de su cultura.

            Además se constata un hecho, que la mayor parte del patrimonio cultu­ral, ha sido elabora­ción eclesiástica, y que todavía, a pesar de los avatares históricos (destrucciones, ex­propiaciones y desamorti­za­ciones), se conserva, en gran medi­da, en sus manos. Hay que reconocer, no obstante, que las institucio­nes religiosas que han producido toda esta riqueza cultural han querido responder al modo de fijar, en cada momento histórico, los senti­mientos preponde­rantes de los pueblos, los cuales mantenidos hasta hoy, constituyen el más rico legado histó­rico y cultural conserva­do. Esta aportación se expresa en forma de catedrales, tem­plos, escul­turas, pin­turas, joyas y objetos muy variados. Donde debemos incluir toda la riqueza diplomática y docu­mental.

            Al valorar, ordenar y dar sentido a este patrimo­nio hoy nos lleva a considerar todos estos bienes como cultura del pueblo. Una dimensión que crea una con­cien­cia de la necesidad de una labor de conservación y res­taura­ción de los daños que ha sufrido por el paso del tiempo, y de forma más urgente, la que sufre por los actuales peli­gros de desin­tegración, así como establecer la forma de utilización para el desarrollo de la cultura de la sociedad.

            Pero además este patrimonio existente en manos de las confesiones religio­sas, lleva aña­dido la razón por el que fue creado: la función litúrgica o ritual con el que está dotado, y por el que está desti­nado a la finalidad del culto religioso. Esto supone algún enfrenta­miento en el momento de su regulación y exhibición, pues frente a la consideración de factor de transmi­sión de cultu­ra, no se puede preterir ni hacer dejación de lo que es su fin intrínseco, el uso en la liturgia religio­sa, que fue y es su razón de ser, ni soslayar que este patrimonio cultural, en gran parte, es expresión de ideas religiosas. Sacarlo de ese contexto es vaciarlo de contenido.

            Resulta interesante por todo ello, especialmente en estos tiempos, cuando ha tomado notable relieve el valor de los bienes culturales por su utilidad social, tener en cuenta, al hacer una regulación de los diversos factores que entran en juego en la consideración de este patrimonio: el carácter público de la cultura, por el que se ha de ordenar al disfrute de todos, respetando, la propiedad de las personas o entes no estatales; la función de culto para la que fueron creados, y que tradicionalmente se ha considerado como prevalente; las necesidades de conservación y custodia que requieren estos bienes, sobre todo, de las agresiones que tienen: por el peligro de robos, deterioro del tiempo, en especial de los actuales componentes contaminantes que cada día se multiplican. De aquí la necesidad de que los Entes públicos no desistan de su responsabilidad en el cuidado del patrimonio histórico y cultural, que está en manos de las confesio­nes religiosas, a la vez que respeten la función religiosa de este legado artístico y cultural, que da la razón para entenderlo.

b) La razón de ser y la importancia del Patrimonio religioso   

            Nuestros pueblos están atravesados de norte a sur y de este a oeste de magníficos y numerosos monumentos, de una gran cantidad de imaginería y de toda clase de bienes del arte cristiano. Arte que se ha ido forjando durante dos milenios de historia, y que ha dejado impresas las formas de pensar, sentir y vivir por las que han ido pasando nuestros pueblos. Lo que constituye la mayor riqueza de su patrimonio.

            Esta manifestación no ha sido un mero accidente, sino que ha respondido, al hecho de haber sabido captar y vivir conforme a la cultura filosófica y estética de la cuenca del Mediterráneo, que se hizo forma de vida en el Occidente. La cual penetrada de la ideología cristiana y divulgada a través de sus instituciones, una vez hecha vivencia en el pueblo sencillo, supo ir renovándose a medida que evolucionaba el pensamiento de Europa, que exigía la expresión de sus sentimientos. Donde se fue ascendiendo de las formas de manifestarse en el arte religioso a los comportamien­tos y usos de convivencia de los pueblos.

            ¿Por qué se ha dado esta abundancia de formas en la manifestación de la cultura religiosa en nuestra sociedad? Normalmente las religio­nes, salvo la hebrea y por su influen­cia la musulmana, han tendido a expresarse en formas plásticas, como recuerda Cicerón en el tratado de las Leyes: «Hay una cierta opinión, que las imágenes de los dioses deben estar ante los ojos, y no sólo en la mente».

            El cristianismo insertado en el mundo greco-romano aprendió a manifestarse con imágenes tomadas del arte griego y romano. Dos mil años de historia han demostrado que ha habido una perfecta simbiosis entre la ideología cristiana y la creación artística. Aún más, esto se ha dado en perfecta armonía con la vida de los pueblos. «La Iglesia cristiana lejos de rechazar a los artistas los ha buscado, honrado y moviliza­do para sus propios fines», al objeto de expresar las exigen­cias espirituales de sus fieles. «Si entre la experiencia estética y la experiencia religiosa existe una especie de parentesco natural, éste es muy acusado cuando se trata de la experiencia cristiana. “Contemplar” y “sentirse arrebatado” por lo contemplado son dos momentos que caracterizan tanto a la experiencia estética como a la experiencia de la fe cristia­na».

            Llegar a concretar en estas formas de expresión estética sus símbolos religiosos no fue fácil para los primitivos cristianos, que tuvieron que cambiar los hábitos de la tradición judía, que prohibía expresar las ideas religiosas con imágenes (Lev. 26,1; Dt. 6,13ss; Ps.96), por la costum­bre de plasmar los símbolos de la divinidad en figuras plásticas, buscando en ello la expresión de la belleza.

            La inserción del cristia­nismo en el mundo griego, le exigió manifes­tarse con imágenes figurativas creadas por esta cultura. Las primeras formas de expresarse la religión cristiana fueron símbolos para recordar, sugerir o comunicar las doctrinas del maestro, pero pronto injertada en un medio griego, con una cultura plástica muy desarrollada, se vio en la precisión de mostrar sus ideas con formas figurativas. Los griegos, que recibieron de unos judíos la primicia de la predicación cristiana, vencieron aquella falta de plasticidad artística de la tradición judía, para expresar las ideas religiosas, con la riqueza figurativa de sus artistas clásicos. Aunque tuvo que superar grandes dificultades, en especialmente la corriente iconoclasta. Como consecuencia de esto durante los tres primeros siglos hay abundante doctrina de los padres de la Iglesia contra la expresión mediante imáge­nes de las ideas cristia­nas. Aun el concilio de Elvira, en Granada, hacia el año 305, prohíbe las imágenes en lugares de culto, «no debe haber pinturas en las iglesias para que lo que se adora y da culto no se pinte en las paredes». De modo que la entrada de imágenes en la ideología religiosa cristiana tuvo un largo y difícil camino. Dificultad, que estuvo presente, tanto para comenzar la construcción de los templos, como para traducir los símbolos cristianos en imágenes, en cuanto forma didáctica de mostrar los pasajes y enseñanzas del maestro.

            El hecho de que el cristianismo se elaborara, en primer lugar, en el mundo griego, explica la gran riqueza filosófica y artística de que dispone. El cristianismo encontró en esta cultura los dos brazos de que ha dispuesto para desarrollar­se: la filosofía y el arte. Con ellos entró en el mundo científico con prestigio, y discutiendo en plan de igualdad con las más conocidas escuelas.

            Por un lado, dispuso de una filosofía muy elaborada, que le proporcio­nó los arquetipos apropiados de ideas, para construir su doctrina sobre una sólida estructura filosófica. De modo que supo transformar una religión del sentimiento y de unas relaciones abstrac­tas con Dios, en esquemas filosóficos comprensi­bles y explicables. Esto es, que llegó a hacer una religión inteligible para la mente del hombre occidental, alcanzando a construir una fe razonada. 

            Por otro lado, la cultura helena, expandida en aquellos tiempos por todos los pueblos del Oriente Medio, fue el medio que dispuso el cristianismo para extender la nueva ideología religiosa. Para ello utilizó las formas de expresión plástica que esta cultura popular le proveía. Las cuales venían cargadas con un bagaje expresi­vo muy rico, derivado de muchos años de trabajo, y que condicionó la evolución de toda la cultura europea, precisamente por la aportación que hizo el cristianis­mo. La riqueza expresiva de los griegos, como manifestación de sus sentimientos religiosos, se había desarro­llado tanto en templos, como en imaginería y en otras artes menores.

                        Esta forma de comprensión de la religión, sistematizada por los primeros autores cristianos griegos, fue decisiva. Ellos abrieron las puertas, frente a la tradición judía, para la creatividad plástica de los misterios religiosos, que amplia­mente se han desarrollado por toda la cultura mediterránea. Esta herencia es el patrimonio que hoy día vindicamos, como formas de expresión de nuestros pueblos. Aquella construc­ción de una religión racional y la expresión plástica de ideas espirituales, ha sido una de las grandes creaciones de la cultura occiden­tal, que ahora podemos reivindicar, cuando andamos en la búsqueda de nuestros antecedentes y de nuestra identidad histórica.

            De modo que la cultura griega que enseñó a pensar a los pueblos de occidente según unos esquemas filosóficos, enseñó, también, a expresar las ideas espirituales de la religión a través de manifestacio­nes plásticas. Pero el cristianismo avanzó aplicando esas enseñanzas a una utilidad publica, transformando los templos en centros de reunión, y la imaginería en un método de educación visual no superada hasta el día de hoy, con lo que el pueblo aprendió toda una filosofía y teología de la vida. Además supo utilizar la creati­vidad de los artistas para llevar a cabo esta labor, haciendo que grandes creadores fueran dejando plasmado en una riquísima imaginería los usos y las preocupaciones de los pueblos. Manifestaciones que a la vez que creación de artistas, son expresión del momento cultural de los pueblos. De aquí que tenga tanto interés su estudio, pues en este patrimonio se hallan grabados los valores enraizados en la convivencia social. Los cuales se revelan principalmente en la vida religiosa, como un punto muy sensible de la convivencia humana.

            Que esta reflexión este día de san Lorenzo, aquel joven mártir del siglo III, nos lleve a valorar y estimar el arte de nuestras iglesias y forma cómo se ha transmitido la religión y la cultura que conjuntamente han llegado hasta nosotros.