La antigua Roma

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    Publicado a las 11 ene. 2012 2:36 por Jaime Bel Ventura
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Cruzar el Rubicón

publicado a la‎(s)‎ 11 ene. 2012 2:36 por Jaime Bel Ventura

Tal día como hoy, la madrugada del 10 al 11 de enero de 49 a.e.c., hace ya más de dos milenios, un hombre tuvo que tomar una de las decisiones más transcendentales de su vida pues sabía que cruzando con sus legiones ese río, el Rubicón, que servía de frontera entre la península itálica –feudo de la Roma republicana- y la Galia Cisalpina de la que él era procónsul, daba inicio a una guerra fraticida de incierto resultado en esos momentos. Su rival, el invicto general y otrora pariente –fue su yerno- y amigo, Cneo Pompeyo Magno, le esperaba, por orden del Senado pero también por ambición política,  ante las puertas de Roma presto a entablar batalla.
Él, Julio César, después de una triste y larga noche de dudas y cavilaciones dio la orden a sus veteranos combatientes para que al alba emprendieran la marcha. «Alea iacta est» («¡la suerte está echada!»), en español), dicen los cronistas de la época que exclamó mientras sus hombres -fieles hasta dar su vida por él-, emprendían una forzada marcha que sabían les llevaba hacia el dolor y el sufrimiento de ver morir a sus propios hermanos o, quizás, morir ellos también.
Pero no es de Julio César ni de Pompeyo de quien os quiero hablar en este artículo, sus historias –aunque fascinantes- ya son harto conocidas. Hoy de quien voy a escribiros es de esa famosa legión, la XIII, una de las más longevas de la Historia de la antigua Roma –sirviendo tanto a la República como al Imperio-,  que sobrevivió hasta bien mediado el siglo V de nuestra Era según se refleja en la «Notitia Dignitatum» («Relación de dignatarios», en español) que os podéis descargar gratuitamente al final de este artículo.
Creación de la Legio XIII
En el 57 a.e.c., Julio César inmerso como estaba en su conquista de la Galia tuvo que reclutar varias legiones. Una de ellas fue la XIII –cuyos hombres eran conocidos como los «tertiodecimanii»-, y, posteriormente, hacia el 31 a.e.c. recibiría el apelativo de «Gemina» («Gemela», en español) y, más adelante, el de «Pia Fidelis» («Fiel y Leal», en español). Como mascota tenía un león.
Julio César reclutó a sus legiones siguiendo las reformas de Cayo Mario –su tío político pues estaba casado con Julia La Mayor, hermana de su padre-. Estas reformas seguían sin ser del agrado del Senado y de los patricios romanos que veían en ellas su desprestigio dada la popularización de un Ejército cada vez más profesionalizado.
Además de la Legio XIII, Julio César fundó y organizó otras legiones que dieron fortaleza y dominio a la República romana y que siempre le fueron fieles. Entre ellas cabe destacar a la IX Hispana; la X Gemina, la VI Victrix que sirvió a sus órdenes en la anexión de Egipto; la VII Macedónica; la XII Fulminata; la VIII Augusta Mutinensis que demostró su valor tanto en la Galia como en la guerra civil; la VI Ferrata Fidelis que le acompañó a la Galia Cisalpina; la V Alaudae, constituida por hombres de la Galia Transalpina; la III Gallica distinguida en la guerra civil y en la Galia; la X Equestris favorita de César a quien acompañó en la lucha contra Ariovisto, rey germano de los suevos derrotado en el año 58 a.e.c. en la Alsacia Superior. Y otras menos conocidas por sus hechos bélicos como la XV, la IV Macedónica, la I Germánica y, por último, la XI.
Con la reforma de Mario, los legionarios ya no tenían por qué ser ciudadanos romanos sino que podían ser de cualquier otro lugar aliado, conquistado u ocupado por Roma. Tampoco tenían que aportar armas ni pertrechos sino que se los proporcionaba la República debiéndolos de costear con una parte de su soldada. Se comprometían por un periodo de milicia de 25 años y al finalizar obtenían la ciudadanía romana así como tierras donde establecerse y formar familia. Esos, llamémosle, privilegios no estaban bien vistos por las clases altas –«optimates»- romanas y eran continuo motivo de celos y discordia entre los conservadores senatoriales y los populares marianos a cuyo partido pertenecía César.
Batallas en las que participó
Esta legión combatió junto a Julio César en las más importantes confrontaciones a la que el ilustre estadista y militar romano se vio comprometido. Así desde el año de su fundación hasta el año 45 a.e.c. en el que fue desmovilizada luchó en las Galias. Su primer enfrentamiento con el enemigo fue en la batalla de Sabis el 57 a.e.c.; continuó en la batalla de Gergovia en 52 a.e.c.; fue protagonista del famoso sitio de Alesia, durante ese mismo año, donde fue rendido y capturado el caudillo galo Vercingetorix. Durante la guerra civil participó en las batallas de Dirraquio en 48 a.e.c., donde sufrió una severa y humillante derrota y en la de Farsalia, un mes más tarde, obteniendo la victoria definitiva sobre las legiones pompeyanas. Por último, lucharon valerosamente en las de Tapso y Munda -entre los años 46 y 45 a.e.c.- donde vencieron a los últimos seguidores del ya fallecido Pompeyo.
César obtuvo, gracias a la valentía de sus mejores soldados, el poder absoluto en Roma por lo que, creído en que su persona era inviolable, licenció a la XII Legión entregando a sus veteranos las tierras de cultivo prometidas en la península itálica. Ese, quizás, fue el mayor y único error cometido por él y lo pagó bien caro. Dejó su vida en ello.
César, junto a su Legio XIII, inicia su marcha sobre Roma
Llevaban luchando desde que nueve años atrás se fundara la Decimotercera Legión. Siempre dispuesta, valerosa y arriesgada, César la eligió de entre todas sus legiones para dar un paso definitivo y transcendental en la Historia de Roma. Antes de cruzar el Rubicón se reunió con su lugarteniente Tito Atio Labieno y con su legado en la Galia, Gayo Caninio Rébilo, y les comunicó a ambos los temores que le atenazaban ante la ilegalidad manifiesta que estaba dispuesto a cometer al cruzar el río con una Legión armada lo que a todas luces lo convertiría en enemigo de la República y en el impulsor de una nueva guerra civil.
Les explicó a sus generales que la intercesión de sus aliados ante el Senado no había dado el fruto esperado y que, al contrario, fueron sus tres amigos, los senadores Curio y Celio y el tribuno Marco Antonio, quienes fueron perseguidos debiendo huir de Roma disfrazados de esclavos para así poder salvar sus propias vidas ante la ola de violencia desatada que se vivía en la metrópoli.
Según cuenta Suetonio en su obra «Los doce Césares», llegó a decirle a sus subordinados: «todavía podemos retroceder, pero si cruzamos este puentecillo, todo habrán de decidirlo las armas», a lo que Tito Atio Labieno, seguro de sí mismo, le indicó que debían continuar su marcha hacia Roma… lo que no sabía César, en ese momento, es que Tito Labieno, movido por los celos, la envidia y un odio visceral hacia su jefe, le iba a traicionar pasándose al bando de los pompeyanos nada más cruzar las puertas de la ciudad amurallada.
Aunque era consciente –al igual que su legado Gayo Rébilo-, de que sus tropas estaban exhaustas después de nueve largos años de lucha constante –la última batalla había tenido lugar en  el año 51 a.e.c. en Uxeloduno contra Lucterio, el jefe de los cadurcos, y Drapes, el líder de los senones, a los cuales venció después de un largo asedio-, ordenó el avance, la suerte estaba echada y ya no había vuelta atrás.
El tedioso camino hacia una ciudad dormida y atemorizada
César encontró muy poca resistencia en su avance hacia la capital, de hecho, los itálicos lo vitoreaban a su paso pues estaban ya hartos de los desmanes que cometían los romanos y, sobre todo, las bandas criminales que hacían a su antojo con el beneplácito del Senado. La primera ciudad que ocupó fue Arimino, donde se hallaba Marco Antonio refugiado. Una vez tomada la ciudad sin verter una sola gota de sangre ordenó a Antonio que atravesara los Apeninos y se dirigiera a Aretio para tomar la ciudad mientras él se dirigía a Pisauro, Fano y Ancona, ciudades que tomó también sin encontrar resistencia alguna.
Estas victorias militares y la sobrada confianza que tenían depositada en sus jefes dieron nuevos bríos a los legionarios «tertiodecimanii» que les impulsó a relajarse y a celebrar cada una de esas victorias a sabiendas de que su inminente llegada a Roma sería, de nuevo, un paseo triunfal.
A mediados de enero, los refugiados procedentes de la costa adriática y de Arezzo se contaban por decenas de millares. Un ambiente de terror se apoderó de Roma y de los senadores que habían hostigado a Julio César. La confianza demostrada por Pompeyo,  en un principio, se vino abajo y los senadores que le habían forzado a enfrentarse con su antiguo pariente y amigo le acusaron públicamente, antes de huir de la ciudad, de haber llevado a Roma al desastre.
Ante el fulgurante avance de César, carente de suficientes fuerzas pero ostentando una gran popularidad entre los distintos pueblos itálicos y la plebe romana, Pompeyo dio Roma por perdida por lo que ordenó evacuar el Senado y la ciudad declarando traidores a la República a todos aquellos magistrados que se quedasen en la ciudad.
El Senado, por primera vez en su historia desde que fuera instaurado, tomó la decisión de constituirse fuera de Roma. Un solo senador estuvo en contra de esa decisión pues, con ella, se fortalecía la confianza y se le daba legitimidad a Julio César. Ese senador fue Marco Tulio Cicerón, su eterno enemigo. Sin embargo, su protesta no prosperó y el Senado abandonó Roma traicionando a cuantos no pudieron permitirse hacer el equipaje y abandonar sus casas. El sentimiento de pertenencia a la República fue seriamente dañado; las ancestrales y grandes mansiones de los nobles, tras ser abandonadas, fueron presa de la furia de los barrios bajos y de la plebe más abyecta. Las provincias fueron distribuidas ilegalmente entre los líderes de la causa constitucional, y su poder quedaría sancionado única y exclusivamente por la fuerza. La República se convirtió en una abstracción, las elecciones anuales, la vitalidad de las calles y espacios públicos de Roma, todo aquello con lo que se nutría la República había desaparecido. ¡La República había muerto!
En espera de refuerzos
César, que contaba solamente con los efectivos –casi intactos- de su XIII legión, decidió esperar unos días a que le llegaran los refuerzos de cuatro legiones más desde la Galia pues era conocedor de la superioridad numérica de los efectivos que seguían a Pompeyo que, además, se estaba pertrechando en Brindisi con la leva de nuevos soldados y preparando, caso de ser necesario, su huida por mar hacia Grecia.
El 1 de febrero, la Legio XIII bajo las órdenes de César, atacó Osmio donde derrotó al pompeyano Accio Varo el cual estaba reclutando nuevos soldados para la causa de Pompeyo, sin embargo la intención de éste era la de fletar gran cantidad de barcos para trasladarse a Grecia con sus tropas.
Poco después traslado a sus legiones –ya tenía los refuerzos llegados de la Galia- hacia Corfinium sin dar tregua a sus enemigos ni descanso a la ya extenuada Legio XIII. En esa ciudad se encontraba el nuevo gobernador de la Galia Transalpina, Lucio Domicio Enobarbo, quien odiaba tanto a Pompeyo como a César.
Pompeyo le había ordenado que marchara hacia el sur con sus hombres, pero éste desobedeciendo sus órdenes llevó a cabo el único intento de contener a César en Italia y decidió hacerle frente en la ciudad de Corfinium, situada en un estratégico cruce de caminos. Era la misma ciudad que los rebeldes italianos habían convertido en su capital cuarenta años atrás en el transcurso de la Guerra Social o de los aliados.
Para la mayoría de los itálicos la República romana significaba bien poco. Se identificaban más con las ideas populares, -las que seguía acaloradamente Julio César-, considerando a su tío, Cayo Mario, como su patrón. El 13 de febrero del año 49 a.e.c., César cruzó el río Pescara y sitió Corfinium que se rindió seis días más tarde. Las levas de reclutas de Domicio se plegaron rápidamente ante el avance de la XIII y de las otras legiones. Domicio fue entregado a César por sus propios oficiales suplicándole, éste, que lo matara, pero sin embargo, César se negó dejándolo libre. Corfinium no padeció ningún daño y las levas forzosas pasaron a ser parte del ejército controlado por César. Lo que puede aparentar ser simplemente un gesto de clemencia, supuso una gran humillación, un gesto político y una declaración de sus propósitos. No habría listas de proscritos, ni matanzas -como había ocurrido en tiempos de Sila durante la Primera Guerra Civil-, y sus enemigos serían perdonados solo con rendirse. Esto permitió que la mayoría de los neutrales se sintieran aliviados. Ofrecía la imagen de quien servía bien a su causa, evitando cualquier alzamiento popular contra los cesarianos.
Pompeyo huye a Macedonia
Pompeyo contaba con innumerables recursos en Grecia y, sobre todo, en Oriente Próximo con los que poder enfrentarse a César por lo que su estancia en Brindisi le brindaba la oportunidad de, caso de empeorar el conflicto, embarcarse rumbo a esos lugares como al final hizo.
César conocedor de la gran influencia y clientela de Pompeyo en esa parte de los dominios romanos emprendió una veloz marcha hacia Brindisi con el grueso de sus legiones. Al ser informado Pompeyo de la maniobra de Julio César, trasladó la mitad de su ejército al otro lado del Adriático a Dirraquio (Durres, en la actual Albania), pero la otra mitad la reservó para su defensa en el caso de ser atacado en Brindisi antes de que la flota estuviera de vuelta.
Al llegar César frente a las posiciones de Pompeyo, ordenó a sus tropas auxiliares de ingenieros que bloquearan la salida del puerto a mar abierto con la construcción de una escollera. Pompeyo respondió con celeridad y mandó construir torres de tres pisos de altura sobre la cubierta de los barcos que le quedaban, en su mayoría mercantes. Desde esas torres hostigó con el lanzamiento de proyectiles a los ingenieros cesarianos que construían el rompeolas. Durante días se sucedieron las escaramuzas, la lluvia de proyectiles, de maderos y los incendios entre los dos bandos.
Con el rompeolas todavía sin terminar, la flota pompeyana regresó adentrándose en el puerto. Cuando oscureció se inició la salida de la flota del puerto, dando comienzo a la evacuación total de Brindisi. César, alertado por sus partidarios dentro de la ciudad, ordenó tomarla al asalto, pero fue demasiado tarde. Los barcos salieron uno tras otro por el estrecho cuello de botella que habían dejado abierto las obras de asedio. La nave de Pompeyo fue la última en abandonar el puerto.
Tras la huida de Pompeyo a Dirraquio, César marchó hacia Roma haciendo su entrada el 29 de marzo siendo recibido con absoluta frialdad. Lo primero que hizo fue exigir a los pocos senadores que quedaban que le hicieran entrega de los fondos de emergencia creados para sufragar los gastos de una hipotética invasión gala. Solamente se opuso el senador Cecilio Metelo lo que provocó que Julio César entrara en el foro acompañado de varios legionarios, se dirigió al Templo de Saturno donde se guardaba el erario de Roma y derribó sus puertas, al intentar Metelo frenar tal sacrilegio fue increpado por César el cual lo amenazó con hacerlo despedazar si no se apartaba de su camino, a lo que cedió el senador díscolo. Acto seguido nombró a Marco Antonio comandante en jefe de las fuerzas destacadas en la península itálica y nombró pretor a Marco Lépido ignorando absolutamente la autoridad del Senado.
Con el fin de proteger las rutas de suministro de trigo, ordenó a las antiguas tropas de Domicio que invadieran Sicilia y Cerdeña. Inmediatamente partió rumbo a Hispania donde aún quedaban legiones pompeyanas activas ya que, tras larga estancia de Pompeyo en la península ibérica, eran muchos los fieles a su causa que quedaban en sus provincias.
César pone sitio a Marsella y se dirige a Hispania
Sin dar un respiro a sus legiones partió hacia Hispania a marchas forzadas, los legionarios de la decimotercera estaban cada vez más exhaustos.
Entre tanto, su amigo, el senador Cayo Escribonio Curio, desembarcó con éxito en Útica al mando de dos legiones para tomar la provincia, que permanecía bajo autoridad senatorial establecida por Publio Accio Varo. Las tropas de Curio eran las levas reclutadas originalmente por Lucio Domicio Enobarbo para defender Corfinium. Tras una victoria inicial de Curio en una escaramuza cerca de Útica, su ejército fue aniquilado el 24 de agosto en la Batalla del Río Bagradas por las fuerzas combinadas de Juba I y Publio Varo. Curio resultó muerto en combate.
Los ejércitos pompeyanos estaban controlados por los legados Lucio Afranio, Marco Petreio —el vencedor sobre Catilina— y Marco Terencio Varrón. César, por su parte, concentró 9 de sus legiones y más de 6.000 jinetes en las cercanías de Massalia.
La ciudad de Massalia (la actual Marsella), en plena ruta de paso, era controlada por Lucio Domicio Enobarbo, procónsul de la Galia, que tras haber sido perdonado por César reclutó un nuevo ejército y, por segunda vez, cerró las puertas de una ciudad a la llegada de César. César ordeno sitiar la ciudad a sus legados Cayo Trebonio y Décimo Junio Bruto Albino. Inmediatamente, y sin perder tiempo, se dirigió con el resto de las tropas a la Hispania Citerior para reforzar las tres legiones que había enviado allí anticipadamente, entre ellas la Legio XIII.
Las tres legiones enviadas por César a la vanguardia –entre las que se encontraba la XIII- contuvieron a las tropas pompeyanas dentro de Hispania y mantuvieron el control de los principales pasos pirenaicos. Con la llegada de César y los refuerzos, el ejército cesariano se adentró en Hispania y a mediados de marzo acampó cerca de Ilerda -la actual Lérida-, frente las fuerzas pompeyanas, con el fin de presentar batalla. El enfrentamiento se libró en el verano del año 49 a.e.c.; acto seguido se dirigieron más al sur donde el 2 de agosto las tropas pompeyanas fueron vencidas definitivamente. Marsella se rindió el 25 de ese mismo mes lo que dio la oportunidad a César de partir hacia Roma pues ya le había llegado la noticia de que había sido nombrado dictador por el Senado. A su llegada a la capital de la República, dictó una serie de leyes, entre ellas la de la situación entre deudores y acreedores, llamó a varios exiliados y garantizó la plena ciudadanía romana a todos los habitantes nacidos libres en la Galia Cisalpina. Desempeñó su cargo de dictador por sólo 11 días, renunció a éste, y se dirigió a Brindisi.
Según Apiano, cronista de la época, César pudo concentrar en Brindisi un ejército compuesto por hasta 12 legiones y cerca de1.000 jinetes con la intención de zarpar hacia Grecia y proseguir con la persecución a Pompeyo. Sin embargo, las legiones, además de extenuadas, estaban muy mermadas debido a las campañas a las que se habían visto sometidas durante los últimos once años. La Legio XIII no había dejado de combatir desde el momento de su creación y sus hombres estaban verdaderamente fatigados de tanta lucha pero ello no obstaba a que continuaran con fidelidad y lealtad a sus jefes naturales.
A pesar de que la flota que César había ordenado construir estaba incompleta, el 4 de enero de 48 a.e.c., ordenó a sus legados que embarcaran a siete legiones de infantería y a 500 legionarios de la caballería zarpando de inmediato con destino a Dirraquio. Marco Antonio y Aulo Gabinio permanecieron en Brindisi con el resto de efectivos en espera del regreso de la flota.
Una única derrota en toda la historia de la decimotercera
Desembarcadas las legiones en las costas de Macedonia, César levantó campamento en unos cerros a pocos kilómetros de Dirraquio («Dyrrhachium», en latín), desde donde divisaba la vanguardia de las tropas pompeyanas. Pompeyo tomó posiciones hacia el sur de las líneas cesarianas quedando separados ambos ejércitos por un torrente.
La primera medida de César fue la de construir un muro de aproximadamente 22 km de largo alrededor de las posiciones pompeyanas. Pompeyo, a su vez,  se debatía entre la duda de atacar Italia o a César. Tomó esta última alternativa ya que no quería perder su base en Dirraquio donde tenía almacenadas vituallas y máquinas e guerra.
El primero en atacar fue Pompeyo y lo hizo en el centro del muro de circunvalación de César obligándole a la retirada. Unos desertores del bando cesariano informaron a Pompeyo de los puntos débiles de sus defensas por lo que Pompeyo ordenó un ataque combinado por tierra y por mar contra el ala izquierda de César que debía ser atacada simultáneamente por el frente, el costado y la retaguardia.
El 9 de julio por la noche se inició el ataque combinado contra el punto débil revelado por los desertores, lo que le permitió a Pompeyo sorprender a las dos cohortes de guardia en ese sector, cuyos aterrorizados soldados huyeron hacia el interior, impidiendo el avance de los refuerzos. César logró llegar hasta el lugar y rechazó a las fuerzas de Pompeyo, pero éste desplegó su caballería e hizo huir a las tropas de César, que optó por ordenar la retirada. Afortunadamente para César, Pompeyo creyó que la retirada era una trampa que le tendía César y por eso no lo persiguió. La mañana del día 11, César llegó a su antiguo campamento de Asparagio y el 14 de julio llegó a Apolonia.
Julio César tuvo un auténtico ataque de furia lo que provoco que su estado de salud se agravara y sufriera distintos episodios de epilepsia. Una vez repuesto ordenó a todos sus subordinados que se reunieran en el pretorio del campamento. Desde allí arengó a las tropas y mostró su malestar por la cobardía de quienes habían desertado. Pidió que se presentaran voluntarios para perseguir a los desertores y darles su merecido castigo. Todas las legiones allí presentes se declararon voluntarias para iniciar la persecución y entrega a la justicia militar de aquellos desertores que consiguieran detener.
De la única Legión que no se constató que hubiera habido posturas de cobardía frente al enemigo fue la XIII. De ella escogió a los más valerosos soldados y, al mando de un centurión, les ordenó emprender la marcha y traer prisioneros a los desertores que hallaran en su búsqueda.
Al cabo de una jornada los «tertiodecimanii» volvían al campamento con más de doscientos desertores vivos, otros habían sido ejecutados al resistirse a la detención; muchos más prefirieron suicidarse antes de ser entregados a la Justicia legionaria.
Una vez puestos frente a César y con la totalidad de las legiones presentes y formadas, fueron despojados de sus vestimentas -pues deshonraban el uniforme que servían- y entregados a sus compañeros de cohorte los cuales procedieron a matarlos aplicándoles el «fustuarium», muerte por apaleamiento ejecutado por sus mismos compañeros a los que habían puesto en peligro en su acto de cobardía.
Se daba la circunstancia que la mayoría de desertores lo fueron de la XIX Legión, una de las más novatas de las que seguían a César. Pensando en un castigo ejemplar que impidiera que actos de cobardía como el ocurrido en Dirraquio se volvieran a repetir ordenó que a toda la unidad se le aplicara la «decimatio» consistente en dividir a los hombre de diez en diez, y, entre ellos, se sorteaban quien debía de morir por lo que el que saliese elegido era ejecutado a golpes por sus nueve compañeros restantes los cuales concluían el castigo pernoctando fuera del campamento y renovando su «sacramentum», juramento de fidelidad a sus mandos, a sus compañeros legionarios y a la constitucionalidad republicana.
Camino a Farsalia
Sin tiempo para reponer fuerzas, César, ordenó levantar el campamento y ponerse en marcha hacia Farsalia en la Tesalia. Por su parte, Pompeyo decidió marchar contra Domicio en Macedonia, tras considerar poco probable dar alcance a César. Domicio recibió la noticia de la retirada de Dyrrhachium y las intenciones de Pompeyo con unas pocas horas de antelación, tiempo suficiente para emprender la huida dirección a Tesalia y unirse al ejército de César. Pompeyo, que vio frustradas sus esperanzas, decidió marchar hacia Larissa donde acampaba Escipión, uniendo sus fuerzas para con ello reunir un ejército superior en número al cesariano.
César detuvo su ejército en Farsalia entre los días 4 y 5 de agosto de 48 a.e.c., pretendiendo presentar batalla más que nunca y vengar así la derrota sufrida en Dirraquio, con la única posibilidad de luchar o marchar en busca de víveres hacia el sur, siendo acechado por la caballería pompeyana, más numerosa y que impedía la labor de los forrajeadores.
El ejército pompeyano estaba dividido en dos grandes facciones constituidas por los seguidores y clientes de Pompeyo y los de los «Optimates» -los republicanos más conservadores-, que se apoyaban en las legiones conducidas por Metelo Escipión y tenían por adalid a Catón, quien había sido postergado a Dyrrhachium con 15 cohortes. Es posible que Pompeyo no desease librar la batalla de Farsalia, confiando en la dilatación y la precaria situación de César. Sin embargo, las críticas de sus aliados y de sus generales, envueltos en rencillas políticas, le llevaron a presentar batalla. Según el historiador Lucio Anneo Floro, sus soldados le censuraban a Pompeyo su falta de actividad, y otro historiador, Plutarco, señaló que incluso se conspiraba directamente contra él. De ser así Pompeyo no fue capaz de imponer su voluntad, siendo objeto de burlas por parte de Tito Labieno o Lucio Afranio.
Los dos ejércitos se enfrentaron el 9 de agosto de 48 a.e.c. iniciando el ataque los cesarianos, mientras que el ejército pompeyano mantuvo una estrategia defensiva confiando en su superioridad numérica. La caballería pompeyana cargó contra la cesariana persiguiéndola y cayendo en una estratagema preparada, en la que varias cohortes de legionarios apoyaron a la caballería cesariana dispersando la pompeyana liderada por Tito Atio Labieno, el otrora general que acompañó a César en traspasar el Rubicón y que, ahora, se enfrentaba a él.
Tras observar su huida, Pompeyo, abandona el campo de batalla, lo que influyó en la moral de su ejército en el que tras ser rodeado por el flanco por la caballería cesariana cundió en el pánico, dispersándose y huyendo hacia su campamento. Tras reagrupar a sus tropas, César lideró el asalto final al campamento de Pompeyo defendido por tracios y otros irregulares, y tras superar la empalizada el campamento cayó rápidamente. Un mínimo de cuatro legiones pompeyanas consiguieron huir y tomar una colina, pero tras ser rodeados por la XIII Legio y cercados mediante una empalizada, sin agua y sin víveres se rindieron incondicionalmente.
César escribió en sus «Comentarios» que en las dos horas que duró la batalla tuvo 200 bajas entre los legionarios y 30 entre los centuriones (sin contar las bajas causadas a sus tropas auxiliares y a la caballería aliada) y que su enemigo unas 10.000. Es muy posible que las bajas totales de César alcanzaran los 1.200 hombres. Es fácil explicar este desfase en la pérdida de hombres, si tenemos en cuenta que las tropas de Pompeyo combatieron sin orden ni concierto contra las sólidas cohortes de César formadas en orden de batalla.
Sobre la pérdida de sus centuriones, César lo destaca con gran dolor en sus escritos, entre ellos a su fiel Cayo Crastino de la XIII, una proporción muy alta que indicarían el alto grado de responsabilidad que alcanzaban sus cuadros de mandos, dispuestos a sacrificarse para evitar la pérdida inútil de legionarios.
Plutarco en su obra «Vidas paralelas» en el capítulo dedicado a César dejó escrito el pensamiento de este a raíz de su victoria sobre su rival Pompeyo: «Esto es lo que han querido, y a este extremo me han traído, pues si yo, Cayo César, después de haber terminado gloriosamente las mayores guerras, hubiera licenciado el ejército, sin duda me habrían condenado».
Tras la victoria en Farsalia, César licenció a la mitad de sus legiones, incluida la XIII, a las que hizo volver a Roma.  A los legionarios aliados les dio la ciudadanía romana y a todos ellos les entregó tierras de cultivo en la península itálica con el fin de que pudieran rehacer sus vidas y crear sus propias familias tal y como prometían las reformas de su tío Cayo Mario.
La muerte de Pompeyo y la marcha de César a Egipto
Después de su derrota, Pompeyo huyó hacia la costa del Egeo escondiéndose de los cazarrecompensas que le pisaban los talones; allí fletó un barco para navegar hasta Mitilene, donde le esperaba su mujer Cornelia. Tras reunirse con ella, partieron rumbo a Egipto con una pequeña flota, con la intención de pedir ayuda a Ptolomeo XII, el joven faraón de Egipto de tan solo 12 años. Un mes después de Farsalia Pompeyo llegó a las costas de Egipto y envió emisarios al Rey y, tras unos días esperando anclado frente a los bancos de arena, el 28 de septiembre del 48 a.e.c., una pequeña barca se acercó hasta los navíos romanos invitando a subir a bordo a Pompeyo. En la otra orilla aguardaba Ptolomeo XII, por lo que tras despedirse de su mujer Pompeyo fue conducido hasta la orilla. Mientras avanzaba trató de entablar conversación con la gente de la barca pero no obtuvo respuesta y tras tomar tierra un mercenario romano, el ex centurión Aquila, desenvainó su espada y atravesó a Pompeyo que acto seguido fue apuñalado repetidas veces. Cornelia y el resto de los tripulantes de la pequeña flota observaron, impotentes, los sucesos desde el mar. El cadáver de Pompeyo fue decapitado, y su cuerpo abandonado en la playa fue rescatado e incinerado por un veterano de las primeras campañas de Pompeyo junto con uno de los libertos del general.
En 47 a.e.c., César se dirigió a Egipto en busca de Pompeyo con apenas 4.000 soldados. Allí lo sorprendió la ofrenda de bienvenida que le presentó el primer ministro de Ptolomeo XIII, el eunuco Potino: la cabeza de Pompeyo. Egipto se encontraba en guerra civil, y los consejeros del Rey creyeron erróneamente que César estaría agradecido y apoyaría a Ptolomeo contra su hermana Cleopatra. Al saber de su suerte, César estalló en lágrimas, tanto por la muerte de un cónsul romano, su antiguo amigo y yerno, como por haber perdido la oportunidad de ofrecerle su perdón.
César mandó ejecutar a Potino, tomó partido por la facción de Cleopatra, y sus hermanos, Ptolomeo y Arsinoe, sufrieron distintas suertes de muerte, pero eso ya es otra historia.
El final definitivo de los seguidores de Pompeyo
Los «optimates» (los conservadores republicanos), que todavía no daban por perdida la batalla, se refugiaron en las provincias africanas y organizaron la resistencia. Sus líderes eran Marco Porcio Catón, el joven, y Quinto Cecilio Metelo Escipión. Otras figuras clave de la resistencia eran Tito Labieno, Publio Accio Varo, Lucio Afranio, Marco Petreyo y los hermanos Sexto y Cneo Pompeyo (los hijos de Pompeyo). El rey Juba I de Numidia era un importante aliado local. Tras la pacificación de las provincias del este, y una visita corta a Roma, César siguió a sus enemigos a África y desembarcó en Hadrumetum (actual Susa, en Túnez) el 28 de diciembre del año 47 a.e.c. con sus legiones más veteranas.
Meses antes de tomar la decisión de perseguir y aniquilar a todos los partidarios pompeyanos, César había movilizado de nuevo a sus más fieles legiones entre las que figuraba la Decimotercera.
Los conservadores reunieron sus fuerzas a una velocidad impresionante. Su ejército incluía 40.000 hombres (unas 10 legiones), una poderosa caballería dirigida por el que fue anteriormente la mano derecha de César en la Galia, Tito Labieno, y fuerzas aliadas de reyes locales y 60 elefantes de guerra. Los dos ejércitos se enzarzaron en pequeñas batallas para medir sus fuerzas, y durante ese tiempo dos legiones de los conservadores desertaron para unirse a César. Mientras tanto, César esperaba refuerzos de Sicilia.
A comienzos de febrero, César llegó a Tapso y puso cerco a la ciudad, bloqueando la entrada sur con tres filas de fortificaciones. Los conservadores, bajo el mando de Metelo Escipión, no podían permitirse perder esa posición, por lo que se vieron obligados a entablar batalla.
El ejército de Metelo Escipión rodeó Tapso buscando acercarse a la ciudad por su lado norte. Anticipándose al acercamiento de César, permanecieron en formación apretada de batalla, flanqueados por la caballería con los elefantes. La posición de César era una de sus más utilizadas, con él dirigiendo el ala derecha y la caballería y los arqueros flanqueando. En el centro estaban nueve de sus legiones, las otras dos permanecieron protegiendo el campamento. La amenaza de los elefantes llevó a reforzar cada ala de caballería con 5 cohortes de infantería y unos 1.400 arqueros y honderos baleares.
Una vez se dio señal para comenzar la batalla, los arqueros de César atacaron a los elefantes sin piedad, provocándoles el pánico y su desbandada contra sus propias tropas. El lado izquierdo de elefantes cargó contra el centro de las tropas de César donde se encontraba la Legio V Alaudae. Esta legión aguantó la carga de los elefantes con tal valentía que posteriormente se les concedió un elefante como emblema de la legión. Tras la pérdida de los elefantes, Metelo Escipión empezó a perder terreno. La caballería de César era superior en número, destruyó el campamento fortificado y forzó al enemigo a huir. Las tropas aliadas del rey Juba abandonaron el lugar, y la batalla quedó decidida.
Aproximadamente unos 10.000 soldados enemigos, incluyendo a Metelo Escipión, quisieron rendirse a César, pero fueron masacrados por su ejército. Esta acción es algo poco usual en el comportamiento de César, que era conocido por ser bastante respetuoso con los vencidos e incluso ofrecerles el perdón. Algunas fuentes afirman que César tuvo un ataque epiléptico durante esta batalla y que no era del todo consciente cuando ésta terminó.
Tras la batalla, César retomó el asedio de Tapso, que finalmente acabaría cayendo. César prosiguió su marcha a Útica, en Túnez, en donde Catón el Joven se encontraba guarnecido. Tras las noticias de la derrota, Catón se suicidó.
La batalla llevó a la paz en África. César volvió a Roma el 25 de julio de ese mismo año. La oposición, sin embargo, volvería a surgir. Tito Atio Labieno, los hijos de Pompeyo y otros habían logrado escapar a las provincias de Hispania. La guerra civil todavía no había acabado y pronto se produciría la batalla de Munda.
El final de una guerra civil y de un sistema: el republicano

A inicios del año 45 a.e.c., la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos estaba llegando a su final. Tras la derrota de Pompeyo en Farsalia y de Metelo Escipión en Tapso, los «optimates», inicialmente comandados por Pompeyo, fueron confinados a la Hispania Ulterior. Conducidos por Tito Atio Labieno, un brillante general que había servido de lugarteniente de César durante la conquista de la Galia, y los hermanos Sexto y Cneo Pompeyo, hijos de Pompeyo Magno, emplearon los recursos de Hispania para levantar trece legiones, compuestas por los restos del ejército constituido en África, dos legiones de veteranos, una legión de ciudadanos romanos de Hispania, y el alistamiento de la población local. Los generales cesarianos Quinto Fabio Máximo y Quinto Pedio no se arriesgaron a enfrentarse con las fuerzas pompeyanas y permanecieron acampados en Obulco (la actual Porcuna), al este de Corduba, (la actual Córdoba), en espera de refuerzos.
César se vio obligado a marchar de Roma, donde había celebrado una serie de triunfos. Llevó consigo 8 legiones y 8.000 soldados de caballería, incluyendo legiones veteranas de demostrada capacidad desde la Guerra de las Galias (Legio V Alaudæ, la VI Ferrata y la Legio X Equestris, la III Gallica, y la XIII, luego Gemina). A pesar de ello, también hubo de recurrir al reclutamiento local.
César cubrió los 2.400 km que separaban Roma de Obulco en menos de un mes, llegando a comienzos de diciembre. De inmediato escribió un breve poema, «Iter», describiendo su viaje.
Los dos ejércitos se enfrentaron en las llanuras de Munda, en la Bética. El ejército pompeyano estaba acampado en una colina suave, una posición desfavorable para el ataque de César. Permanecieron a la vista varios días hasta el 17 de marzo, día en el que César inició la batalla.
La batalla duró un tiempo sin ventaja aparente para ningún lado, viéndose forzados los generales a dejar sus posiciones de mando y a unirse a la misma a fin de levantar la moral. César tomó el mando del ala derecha, donde la Legio X Equestris peleaba duramente. Su presencia elevó la moral de la X y empezó a avanzar. Dándose cuenta de la maniobra, Cneo Pompeyo desplazó una legión de su ala derecha para reforzar la izquierda, lo que constituyó un error fatal, ya que el ataque de la Legio X Equestris no era más que una treta.
Tan pronto el flanco derecho de Pompeyo fue debilitado, la caballería de César lanzó un ataque por dicho flanco que cambiaría el desenlace de la batalla. Al mismo tiempo, el rey Bogud de Mauritania, aliado de César, atacó el campamento de Pompeyo desde la retaguardia. Tito Labieno, comandante de la caballería pompeyana, se dio cuenta del ataque y se desplazó al campamento para responder. No obstante, los legionarios pompeyanos, sometidos al fuerte ataque de la X Equestris por el flanco izquierdo, y de la caballería por el derecho, creyeron que Labieno se retiraba. Temiendo lo peor, los legionarios rompieron el frente y huyeron.
Muchos soldados pompeyanos murieron durante la retirada. Otros murieron defendiendo la ciudad de Munda. Atio Varo y Tito Labieno murieron, pero Sexto y Gneo Pompeyo alcanzaron la ciudad de Corduba (la actual Córdoba), donde se refugiaron.
Después de la batalla de Munda, César procedió, tras un célebre discurso recriminatorio en Hispalis (Sevilla), a castigar a las ciudades filo pompeyanas y a recompensar a las pocas que le habían sido fieles. Gayo Didio, comandante naval leal a César, hundió la mayor parte de los navíos pompeyanos. Cneo Pompeyo trató de buscar asilo, primero en Carteia (la actual San Roque, Cádiz) junto a su flota, y luego en tierra, pero pronto fue traicionado, descubierto y ejecutado en Córdoba con 22.000 de sus hombres. Su hermano menor, Sexto, consiguió huir hacia Sicilia, desde donde reorganizó los enfrentamientos durante diez años más realizando actos de piratería y atentando contra los suministros de trigo procedentes de Egipto con destino a Roma.
Con esta victoria y con Hispania pacificada, César no tuvo oposición. Licenció de nuevo a sus legiones, incluida a la fiel y leal XIII, y marchó nuevamente a Roma donde asumió el cargo de dictador, pero fue asesinado el 15 de marzo del año siguiente por los senadores conservadores romanos de la generación más joven, liderados por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino. Por aquella época, la facción optimate carecía prácticamente de apoyos, fuera de la citada resistencia de Sexto y, uno a uno, los herederos políticos de César fueron exterminando también a sus asesinos y con ellos a casi todo el partido conservador; Sexto fue también finalmente capturado y ejecutado en el año 35 a.e.c., en Mileto.
La XIII Gemina Pia Fidelis se licencia definitivamente
Hasta bien mediado el siglo V esta Legión estuvo activa. Su historia se remonta a tiempos de la República, su decadencia; el Imperio y su caída. Se podría decir que la historia escrita con sangre en los anales de Roma por esta Legión es casi la Historia de la propia Roma en sí.



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