ESTA ES UNA HISTORIA DE TODOS LOS DIAS



Un gran psicólogo, Alfred Adler, fue a un manicomio para ver el estado de los locos, qué problemas tenían, y si su comprensión de la psicología humana podría ser de alguna ayuda.

El supervisor sabía que era mundialmente famoso..., pero había un caso muy extraño. Había un hombre entre rejas, en una celda, que llevaba una foto en el pecho..., y se le caían las lágrimas. Alfred Adler lo conocía, porque era profesor de la universidad donde él había pronunciado muchas conferencias al profesorado. Era un hombre muy culto. ¿Qué le había ocurrido?

—Es un caso complicado y una historia extraña —dijo el supervisor—. Cuando la conozcas, no lo creerás. Él amaba a una mujer, esa es la foto de la mujer. Y sigue amándola, no puede olvidarla ni un segundo. Nunca se desprende de la foto; duerme con ella incluso por la noche. Y las lágrimas..., es increíble la cantidad de lágrimas que derrama. Parecen inagotables, no acaban nunca. La mujer no quiso casarse con él y eso desencadenó su locura.

»Ahora no habla con nadie. Hemos intentado romper el hielo de muchas formas para que vuelva a la normalidad, pero no quiere hablar, no quiere ver a nadie. Si te colocas delante de él, cierra los ojos. Solo quiere ver a su amada. Esa foto para él es más real que ninguna otra cosa del mundo. Y ese "no" le ha dolido tanto..., aunque está bien alimentado, no deja de perder peso. Está esquelético.

—Yo lo conocía antes —dijo Alfred Adler—, y él estaba perfectamente, era una persona sana. Ha envejecido más de veinte años. Cuando yo lo conocí era joven, y eso fue hace un año.

—Esto es un suicidio paulatino —dijo el supervisor—. Ese «no» ha sido un golpe muy duro, realmente amaba a esa mujer.

Siguieron avanzando y en la segunda celda vio a un hombre que daba vueltas como un maniático, golpeando las paredes y las rejas, y gritando con todas sus fuerzas «¡Soltadme! ¡Lo único que quiero es matar a esa mujer!».

—Esto te va a sorprender aún más —dijo el supervisor a Alfred Adler—. La mujer que rechazó al primer hombre (que se ha vuelto loco porque no puede concebir la vida sin ella) es la misma que se casó con el segundo. Y al cabo de seis meses el matrimonio se ha deteriorado tanto que él quiere matarla. Lo ha intentado, pero la policía se lo impidió y lo trajeron al manicomio a la fuerza.

Alfred Adler recuerda este incidente en su autobiografía, y escribe: «¿Qué clase de amor es este?». Los dos han amado; el primero, al que ella rechazó, todavía la ama; y el segundo, al que ella aceptó, quiere matarla. Es su único objetivo en la vida. Ha dicho: «Algún día saldré de aquí, y mi único propósito es matar a esa mujer y entregarme a la policía. Podéis fusilarme, ahorcarme, podéis hacer lo que queráis..., me da todo igual. Pero quiero hacer una última cosa: matarla. Ha destrozado mi paz, mi vida, mi felicidad, todo».

El amor es un impulso ciego. Los únicos amantes que han triunfado han sido los que nunca consiguieron estar con su ser amado. Todas las grandes historias de amor: Laila y Manju, Shiri y Farhad, Soni y Mahival... son las grandes historias de amor orientales. Pero nunca consiguieron estar juntos; la sociedad, los padres y todo lo demás se convirtieron en un impedimento. Y creo que quizá fue lo mejor que podía ocurrirles, porque cuando los amantes se casan, la historia de amor se acaba.
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