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Alquimia antrópica

 

Alquimia antrópica

 1. Sangre.     

1.1. Pro salute.  

   La epilepsia fue conocida desde la antigüedad con varios nombres. Henischius [1] recoge algunos:


   Epilepsia ἀπὸ τοῦ ἐπιλαμβάνειν, aprehendendo, quasi quaedam apprehensio, captio, detentio, interceptio mentis atque sensuum. [...] Quidam etiam sic dictam uolunt quod ἐπιλήπτους a daemone occupari ueteres crediderunt.

   Appellatur uero hic morbus & caducum & comessalis & comitialis & conuulsio & Herculeus & lunaticus & magnus & puerilis & sacer & sonticus.

 

   Sobre la enfermedad sagrada (Περὶ τῆς ἱρῆς νούσου, c. siglo V aC) es un breve tratado hipocrático, famoso por la racionalidad de sus explicaciones, en el que se recogen creencias y prácticas supersticiosas acerca de esta enfermedad:

 

   Yo creo que los primeros en considerar sagrada esta enfermedad fueron hombres del tipo de los magos, purificadores, charlatanes y embusteros aún hoy existentes [...].

   Por medio de discursos y prácticas de tal índole se jactan de saber más que nadie y engañan completamente a los hombres prescribiéndoles purificaciones y expiaciones; y la mayor parte de sus discursos versan sobre lo divino y demoníaco. [...]

   Hacen uso de purificaciones y encantamientos, y llevan a cabo una acción muy impía y sacrílega, al menos a mi parecer, pues purifican a los que estan poseídos por la enfermedad con sangre y otros procedimientos similares, como si tuvieran alguna impureza, o como a los criminales o a los hechizados por los hombres, o a los que han cometido alguna acción impía. [2]

 

   Las purificaciones con sangre eran extrañas a la religión griega institucionalizada, pero, como testimonia este tratado, se practicaba a nivel popular, por influencia de religiones “bárbaras” transformadas en magia. Roma era igual de mesurada: aunque el icono de Pesinunte que representaba la Gran Madre del Ida fue trasladado a Roma durante el desastre de la segunda guerra púnica, ella y sus sacerdotes emasculados estaban confinados y controlados. Fue mucho más tarde, a partir del siglo II dC, cuando se documentan los criobolios y taurobolios, sacrificios ofrecidos a Cibeles-Atis, en los que el oferente se asperjaba o duchaba con la sangre de la víctima en rituales “pro salute”, privados inicialmente, pero realizados luego también como una forma de culto al emperador. Este bautismo de sangre llegó a tener, al menos circunstancialmente, un valor de regeneración mística, de salvación eterna (“in aeternum renatus” [3]).



  [1]  G. Henischius, In Areateum commentarium, secc. Morbi diuturni, entrada ἐπιληψία, en Aetiologica, simeiotica et therapeutica Aretaei Cappadocis (1603).

  [2]  Traducc. de J. Alsina, “Hipócrates, Sobre la enfermedad sagrada”, en Boletín del Instituto de Estudios Helénicos, vol. 4, núm. 1 (1970)

  [3]  CIL VI, 510 = Dessau, Inscriptiones selectae 2, 1 (1902), 4152.  El testimonio es único y tardío, año 376.

 

 
 

   En el AT hay dos alianzas entre Yahveh y el que será su pueblo elegido; la primera, con Abraham, se sella con un sacrificio, humano inicialmente pero sustituido en el último momento, en el que la sangre no tiene un papel especial; en la segunda, con Moisés, en un ritual no muy diferente al irano-frigio, el profeta de Yahveh purifica al pueblo asperjándolo con la sangre de las víctimas:

    Ex. 24: 5 Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. 6 Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. 7 Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh.» 8 Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras».

 

   En el NT, en Marcos-Mateo y Pablo-Lucas, Jesús presentó la última cena (que ni en Pablo ni en Juan es necesariamente pascual) como una alegoría de su próxima muerte, equiparada al sacrificio (de nuevo humano, aunque solo sea a nivel alegórico) que sella un pacto. Esta alianza, que vinculaba solamente a Jesús y sus discípulos, fue convertida por Pablo en una alianza nueva que sustituía la realizada po Moisés.

1 Cor 11: 23 Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 25 Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» 26 Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.

 

   Aquí la correlación entre el pan y la carne de una víctima sacrificial parece clara, pero el vino solo sirve para sellar la alianza: se convierte en símbolo de la sangre (muerte), pero no en su sangre. En la versión Marcos-Mateo tras un redactado más confuso la lectura se puede entender lo mismo: el vino no es la sangre como sustancia, sino que evoca la sangre derramada, es decir, la muerte sacrificial que sella el pacto. 

   Mt 26: 26 Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.» 27 Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, 28 porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados.

 

   Pero el pasaje “eucarístico” del evangelio de Juan no se desarrolla en la última cena y dirigiéndose a los discípulos, sino junto al mar de Galilea hablando a los “judíos” (estigmatizados en este evangelio). Aquí no hay pacto, no aparece ni el pan ni el vino, no hay metáforas; hay, naturalmente, una alegoría, pero basada en beber la sangre, tanto como en comer la carne, de una víctima sacrificial, humana en este caso.

   Jn 6: 53 Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre,  y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. 

 

   La afirmación de este evangelio, que fue finalmente la interpretación que la iglesia triunfante dió a las otras versiones de la eucaristía, no podía hacerse en base a una tradición judía: o era nueva totalmente, o tenía raíces paganas. 

   En el mundo pagano la sangre humana era prescrita como fármaco drástico en algunos tratamientos mágicos o populares de la epilepsia, transmitidos por obras médicas o enciclopédicas del siglo I dC. El médico Scribonius Largus, autor de unas Compositiones medicae, recoge los tres siguientes:

  

  13 Item hinnulei cervi coagulum intra novem dies exceptum bene facit ad morbum comitialem. [...] Hoc remedium qui monstravit, dixit ad rem pertinere occidi hinnulum cultro, quo gladiator iugulatus sit [4].

  16 Nam sunt et qui sanguinem ex vena sua missum bibant, aut de calvaria defuncti terna coclearia sumant per dies triginta.

  17 Item ex iecinore gladiatoris iugulati particulam aliquam novies datam consumant.

   Quaeque eiusdem generis sunt, extra medicinae professionem cadunt, quamvis profuisse quibusdam visa sint.

 

   13. También el cuajo de cervatillo, extraído dentro de los nueve días, mejora la enfermedad comicial. [...] Quien mostró este remedio dijo que era preciso matar al cervatillo con un cuchillo con el que hubiera sido degollado un gladiador.

   16 Hay quienes beben la sangre tomada de su propia vena o de la calavera de un muerto, tres cucharadas durante treinta días.

   17 También hay quienes toman nueve veces un trozo de hígado de gladiador degollado.

   Todas las prácticas de este tipo caen fuera de la profesión de la medicina, aunque a algunos les hayan parecido que son provechosas.

 


  [4]  Plinio expone otra creencia similar: Comitialem morbum sanari cibo e carne ferae occisae eodem ferro quo homo interfectus sit. (NH, 8, 6).

  

   Hacia la misma época, el enciclopedista Cornelio Celso señalaba que algunos epilépticos se habían curado bebiendo, no la sangre propia, sino la de un gladiador degollado: «Quidam iugulati gladiatoris calido sanguine epoto tali morbo de liberarunt; apud quos miserum auxilium tolerabile miserius malum fecit.» (De medicina, 3, 23).

   No mucho después, hacia la época de los evangelios, Plinio [5] recogió diferentes prácticas de medicina antropofágica, entre ellas las referentes a la enfermedad comicial: 



  [5]  NH, 8, 2-23


 

    NH, 28, 2: Sanguinem quoque gladiatorum bibunt ut viventibus poculis comitiales, quod spectare facientes in eadem harena feras quoque horror est. At, Hercule, illi ex homine ipso sorbere efficacissimum putant calidum spirantemque et vivam ipsam animam ex osculo vulnerum, cum plagis omnino ne ferarum quidem admoveri ora mos sit humanus. Alii medullas crurum quaerunt et cerebrum infantium. Nec pauci apud Graecos singulorum viscerum membrorumque etiam sapores dixere omnia persecuti ad resigmina unguium, quasi vero sanitas videri possit feram ex homine fieri morboque dignum in ipsa medicina, egregia, Hercules, frustratione, si non prosit. Aspici humana exta nefas habetur, quid mandi? quis ista invenit, Osthane? tecum enim res erit, eversor iuris humani monstrorumque artifex qui primus ea condidisti, credo, ne vita tui oblivisceretur. Quis invenit singula membra humana mandere? Qua coniectura inductus? Quam potest medicina ista originem habuisse? Quis veneficia innocentiora fecit quam remedia? Esto, barbari externique ritus invenerant, etiamne Graeci suas fecere has artes? Extant commentationes Democriti ad aliud noxii hominis ex capite ossa plus prodesse, ad alia amici et hospitis. Iam vero vi interempti dente gingivas in dolore scariphari Apollonius [6] efficacissimum scripsit, Meletos oculorum suffusiones felle hominis sanari. Artemon calvaria interfecti neque cremati propinavit aquam e fonte noctu comitialibus morbis. Ex eadem suspendio interempti catapotia fecit contra canis rabiosi morsus Antaeus.

 

   Los epilépticos llegan a beber la sangre de los gladiadores, como en copas vivientes, espectáculo que verlo hacer a las fieras en la misma arena es también un horror. Pero, por Hércules, aquellos consideran que es muy eficaz absorber directamente del hombre la sangre cálida y palpitante y el propio soplo vital del orificio de sus heridas, cuando en absoluto es una costumbre civilizada acercar la boca a ellas, ni siquiera a las de las fieras. Otros buscan la médula ósea de las piernas y el cerebro de los niños. Y no pocos entre los griegos han descrito incluso los sabores de cada una de las vísceras y de los miembros, enumerando todos, hasta los recortes de las uñas, como si pudiera parecer salud que un hombre se convierta en fiera y se haga merecedor de la enfermedad en el propio tratamiento; hermoso engaño, por Hércules, si el remedio no hace efecto. Mirar las entrañas del hombre es considerado impío: ¿y comerlas, qué? ¿Quién ha inventado eso, Ostanes? Desde luego el asunto tendrá que ver contigo, destructor del derecho humano y creador de monstruosidades, que las has implantado el primero, creo que para que la posteridad no te olvide. ¿Quién ha inventado comer cada uno de los miembros humanos? ¿Por qué razonamiento ha sido inducido? ¿Qué origen puede haber tenido ese tipo de medicina? ¿Quién ha hecho los venenos más inocuos que los remedios? Sea: los ritos bárbaros y extranjeros lo habían inventado: ¿Pero los griegos no han hecho suyas estas artes? Quedan los tratados de Demócrito: para una cosa van mejor los huesos de la cabeza de un criminal, para otras los de un amigo o huésped. Y Apolonio ha escrito que lo más eficaz para el dolor de muelas es sajar las encías con un diente de un hombre que ha muerto violentamente; Meletos que las cataratas se curan con bilis humana; Artemón ha administrado para las epilepsias, en el cráneo de un muerto y no incinerado, agua recogida por la noche de la fuente. También del cráneo de un ahorcado Anteo ha hecho píldoras para las mordeduras de perro rabioso [7].

 



  [6]  En la antigüedad Ostanes, Demócrito y Apolonio fueron considerados magos famosos, igual que Hermes. Con su Phusikà kaì mustiká, Demócrito (ps) es el “filósofo” por excelencia en la alquimia griega. Ostanes aparece en esa obra como su iniciador, muerto antes de completar la iniciación. Apolonio de Tiana fue entre los árabes el autor de una obra en la que relata el descubrimiento (la palabra latina es “inventio”) de la Tabula smaragdina cuyo texto transmite. Ninguno de los tres ha trascendido de manera significativa a la alquimia eeuropea.  

  [7]  Traducción de J. Cantó y otros (ed.), Plinio. Historia natural (2002).