EN EL AÑO 2009 tres asiduos observadores de estrellas dobles se aventuraron a editar la primera revista sobre el tema en español. Aquel primer número de El Observador de Estrellas Dobles quiso rendir un sencillo, pero sincero, homenaje a la persona que más había hecho por la difusión y el conocimiento de estos astros. Por si fuera poco, aquel primer número de la citada revista recibió un bautismo inmejorable: el propio José Luis Comellas accedió a ser nombrado Director Honorífico de la publicación. Y para celebrar tal evento publicó un excelente artículo con el que quiso dar respuesta a una pregunta que le habíamos planteado: "maestro, ¿por qué las estrellas dobles?". Esta fue su respuesta:


"A
NTE TODO, debo decir que la observación de estrellas dobles me ha hecho muy feliz. Son un tipo de objeto celeste muy gratificante, como que para un modesto instrumento de aficionado son observables más estrellas dobles que ningún otro tipo de objeto. Y además: 1º, Se las encuentra en todas partes, con sensible independencia de ecuador de las coordenadas galácticas. Se encuentran tantas dobles fáciles en la Osa mayor como en Sagitario. 2º, Vale lo mismo para quien no puede irse al campo –y en mis tiempos de muchacho no pude permitirme tal lujo-, tener una ventana o balcón orientado en una u otra dirección cualquiera del horizonte. 3º, Las dobles son fáciles de observar (y, con un poco de ingenio, de medir en grado suficiente), y ofrecen contrastes de color que a veces alcanzan una belleza extraordinaria. Vistas al telescopio presentan un colorido mucho más marcado a la apreciación del observador que el de las estrellas simples, por razón del contraste de comparación inmediata. 4ª, No necesitan una observación diacrónica o necesaria en una determinada fecha, como las variables. Una estrella doble, salvo las de movimiento relativo muy rápido, no requieren volver a observarlas en meses, y por lo general en años. Es posible permitirse el lujo de observar una docena de estrellas dobles DISTINTAS cada noche despejada del año. 

    Así puede decirse que mi afición astronómica, comenzada, como la de tantos, en mis tiempos de niño, concedió una importancia preferente a las estrellas dobles, sin despreciar, por supuesto, a los demás objetos celestes. Un verdadero aficionado puede y debe interesarse por muchos objetos distintos: es divertido y hasta enriquecedor.

    Cuando por razón de mis estudios hube de acceder a la universidad de Santiago, tuve ocasión de conocer a D. Ramón Aller, catedrático de Astronomía, y entonces uno de los más expertos especialistas en estrellas dobles del mundo. Era un sacerdote pequeñito, sonriente, sencillo, que en cuanto encontraba en quien acudía a él un verdadero interés por la astronomía, se volcaba para ayudarle. El Observatorio de la Universidad poseía un telescopio refractor de solo 12 cm. de abertura, pero dotado de muy buena óptica y de un micrómetro (entonces no existía otro sistema de mensura) de excelente precisión. D. Ramón era un gran calculista, empleaba un orbígrafo de su invención para determinar órbitas aparentes, y luego las “volcaba”, como él decía, para hallar la órbita real. Observaba con atención, con una pulcritud extraordinaria, pero cada vez que descubría algo nuevo (un par o un movimiento significativo) hacía un comentario con una alegría que contagiaba necesariamente.

    Desde entonces, por una mezcla de cariño y renovada afición, me he dedicado a la observación de estrellas dobles, con muy diversos instrumentos, nunca de gran abertura, porque no estaban a mi alcance, y con micrómetros de fabricación propia, hechos con más ingenio que técnica, pero que con sus telas de araña, formando triángulos cuya magnitud angular pude medir con ayuda de pares fijos bien conocidos, me sirvieron para determinar distancias y posiciones, hasta que me fue posible montar el pequeño observatorio de Mairena del Alcor y disponer del micrómetro Ron Darbinian. He llegado tarde a la generación de la CCD.

    No puedo decir cuántas docenas miles de veces observé las estrellas dobles que estaban a mi alcance, ni cuantos miles de horas empleé en una observación que casi siempre fue gozosa, aunque todos conocemos muy bien las extrañas manías de las leyes de Murphy. Por cierto que esas leyes perjudicaron más mi afición a las variables, a las ocultaciones rasantes (una vez en que una de ellas pasaba con seguridad por Mairena, me encontré con que me habían robado los oculares), y hasta los eclipses. En dobles, lo que no puedas observar hoy, por cansancio o por lo que sea –una señal de cansancio es siempre el medir los ángulos de posición al revés- déjalo para mañana. O para pasado mañana, da lo mismo."

José Luis Comellas, Sevilla, diciembre de 2008