Variaciones sobre Borges

"El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español" Borges, J.L. "Emma Zunz"


 

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El marinero de Malmô

Variación de "Emma Zunz"

Por Cecilia Bruzzoni

El Nordstjärnan, de Malmö, bostezaba arrastrado por los remolcadores que lo llevaban a esa ciudad de humedad palpable. Horas antes habían atravesado un río oscuro inconcebiblemente ancho, que avivó la nostalgia por los fiordos de su tierra lejana.

Hacía meses que navegaba en el buque carguero atravesando océanos en ese mundo distinto, desolado e implacable, donde nada era seguro. Sólo unos días en puerto para no olvidar que el suelo podía ser firme y que todavía conservaba costumbres humanas.

Cuando el buque fondeó en el dique 3, descendió junto con otros marineros a hacer la obligada recorrida por el puerto. Pero esta vez quería estar solo, desprenderse del grupo que caminaba con pasos rítmicos de cardumen. Vagó sin rumbo tratando de orientarse en la ciudad desconocida, mientras se cruzaba  con gente que hablaba en un idioma incomprensible y sonoro.

Siempre sucedía lo mismo: esa antigua sensación de desamparo en una ciudad extraña lo acuciaba inquietante. Entonces, la única solución era buscar el calor de la piel, el desesperado consuelo del contacto fugaz.

Fue en su búsqueda a los bares del puerto, como si no pudiera alejarse de su única referencia. Descubrió mujeres ajadas, vencidas por la costumbre de la exhibición impúdica. Ninguna de ellas podría siquiera mínimamente consolarlo, sólo le contagiarían sus tristezas.

Su mirada siguió descartando rostros, hasta que uno lo atrajo. Era una mujer muy joven con  piel fresca y  mirada indescifrable. “Quizás”, pensó. Ella sostuvo su mirada y se acercó a él ofreciéndose. Sólo gestos y mirada glacial.

El marinero, sin pronunciar una palabra,  la condujo a una habitación atravesando puertas, zaguanes y pasillos. Notó que ella había desviado su mirada al cruzar el vestíbulo con losanges, pero lo siguió hasta entrar a la última habitación. El marinero cerró la puerta tras ella.

La cama estaba ahí, obvia, usada, único mueble y único destino. Miró a la mujer con la recóndita esperanza de una caricia  o de una palabra que los salvara a ambos de esa soledad asfixiante.

Pero nada de eso pasó, ella se desnudó mecánicamente, mientras él sentía que cada nueva revelación de su piel le dolía en sus manos con la necesidad urgente del tacto, con la necesidad urgente del consuelo primario del abrazo. Se hundió vertiginosamente en el ritual de  los cuerpos que se agreden y se funden, tratando de redimirse a sí mismo del desamparo.

Asombrado, sintió que era una mujer nueva. El horror, la tristeza y el asco de la muchacha lo petrificaron.

Al separarse,  la miró desconsolado tratando de decirle lo que sus palabras no podían.

Dejó el dinero y se fue, marcado para siempre por las llagas indelebles que dejó en él la pureza de ese cuerpo ultrajado.