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Mujer VIRGO Hombre LEO

publicado a la‎(s)‎ 11 sept. 2011 0:58 por sol peralta ramos   [ actualizado el 11 sept. 2011 2:26 ]

La relación VIRGO/LEO

uando los planetas y ascendentes de sus respectivas cartas natales tengan un aspecto armonioso, el León y el o la Virgen danzarán por el sendero de la felicidad, sonriéndose mutuamente y arrojando ramilletes, tan alegres y optimistas como podemos estarlo los mortales.  Sin embargo, antes de seguir a estos afortunados hasta la Ciudad de Esmeralda, convendrá que nos detengamos y echemos una mano a las parejas Leo-Virgo que hayan tropezado en el camino y necesiten nuestra ayuda.

No hay duda de que existen unas pocas asociaciones Leo-Virgo, dispersas y raras, que con bastante rapidez se lanzan de cabeza a forjar un vínculo sadomasoquista. Ahora no os pongáis a conjeturar de entrada que en estas esporádicas situaciones Leo es siempre el cruel sádico y Virgo el pobrecito masoquista indefenso. Cuando estos dos se embrollan como amigos, parientes, socios, amantes o consortes, los papeles pueden distribuirse de cualquier manera. Detengámonos por un momento a contemplar las dos caras del problema, como si fuéramos Libra.

Tomemos primeramente al gran gato. Los Leo no son sádicos por naturaleza. En realidad, nadie lo es de veras. El sadismo es una forma tortuosa de comportamiento que aflora cuando las complejidades interiores de la confusión y el miedo retuercen emocionalmente a una persona hasta convertirla en un nudo intrincado. Y a la desgracia le gusta estar acompañada. Sin embargo, aunque los Leones y Leonas normalmente benévolos y benignos no son premeditada o intencionalmente sádicos, de cuando en cuando pueden comportarse, y se comportan, como si lo fueran, en razón de su tendencia a aguardar o exigir que los demás los consideren superiores. Cuando los «demás», ya sea en singular o en plural, han nacido por casualidad bajo el signo solar de Virgo, es comprensible que el gran gato sienta la tentación de exagerar un poco sus órdenes y mandatos.

Los Virgo parecen someterse con tanta dulzura, mansedumbre y cortesía... al principio. Así como Leo no es un sádico nato, así tampoco Virgo es un masoquista nato. Sólo parece serlo. Es cierto que estas personas se comportan de una manera que a veces parece lindar con el masoquismo, vistos su lenguaje gentil y afable (cuando no están de mal humor), sus modales discretos, y su retraimiento. Como los Leo son tan a menudo autoritarios, y además un poco arrogantes, a veces puede parecer que están machacando a los Virgo más introvertidos dentro de un molde masoquista, a medida que se exhiben y se eclipsan, y que hacen genuflexiones ante el rey o la reina... al principio.

Claro que puede haber unos pocos casos en que esta especie de síndrome del «Sí, su Majestad», que exhibe el Virgo, y en que el síndrome del «Haz exactamente lo que te ordeno, porque yo sé», que exhibe el Leo, se cristalizan en una rutina, y después se consolidan en una convención triste y permanente, pero, como ya he dicho, ésta es una situación rara y poco frecuente. Lo más probable es que al cabo de un tiempo se produzca lo que la gente llama «la rebelión de la oruga».

Cuando ocurre esto, Leo se queda perplejo al descubrir que el genuflexo y obediente Virgo tiene un límite de tolerancia para dejarse pisotear, y que cuando se llega a ese límite, el resignado y silencioso Virgen se vuelve asombrosamente locuaz. De pronto, él (o ella) desgrana una lista de los defectos y carencias de Leo, con hiriente precisión, y después se aleja sosegada (y cortésmente) del palacio real con un aplomo y una determinación irritantes (como sabéis, Virgo es un signo de Tierra), abre en alguna parte un taller de remendón... y a continuación se niega a clavetear las botas o las pantuflas para los pies de Su Majestad, y más aún a volver a besarlos servilmente.

Luego tenemos el caso inverso: el infortunado León o Leona (este Leo pertenecerá invariablemente a la categoría del Gatito) que se convierte en la víctima masoquista de un largo asedio encarnado en el muy sutil trato sádico de un Virgo frío, materialista, que disputa incesantemente (y poco importa que también sea cortésmente) cada pelillo de la melena de Leo, hasta que el pobre León (o Leona) queda casi calvo, en un sentido simbólico; que censura y menoscaba continuamente todos los logros o esfuerzos del Gatito Tímido;
que analiza interminablemente los sueños de Leo para demostrar que son poco prácticos y que están tan llenos de agujeros como un queso suizo; y que critica cada palabra y cada gesto de Leo atribuyéndoles excesivo dramatismo.

Al cabo de un tiempo, el Leo, despojado de toda dignidad, desprovisto de orgullo, y desposeído de su confianza en sí mismo, deambulará abatido por la casa o el aula, por la oficina o el cuarto de juegos, como el León plañidero del País de Oz, retorciendo nerviosamente su cola, protegiéndosela debajo del brazo, derramando cataratas de lágrimas... y buscando lastimosamente el don del coraje. No puede haber un espectáculo más patético que el que brinda un orgulloso Monarca de la Jungla así reducido a una trémula mole de maullidos masoquistas.

Aunque éste es un caso extremo, puede ocurrir. Sin embargo. es probable que esta historia tenga el mismo tipo de desenlace, al estilo O. Henry, que la escena que utilizamos anteriormente como ejemplo, cuando se rebeló la oruga Virgo. Es raro que semejante situación se prolongue indefinidamente. El final más previsible es que la oruga Leo,  se rebele también, se transforme en un gato monstruoso y gigantesco, gruña... lance un rugido ensordecedor... se abalance sobre el desprevenido camorrista Virgo como cualquier felino se abalanza sobre un ratón... deje escapar magnánimamente al ahora asustado y ululante Virgo... y finalmente salga por la puerta (o sortee la valla del parque infantil), majestuosamente victorioso, envuelto en el manto de su cólera soberana, para no volver jamás.

Todos éstos son los finales desdichados, los peligros contra los que debe precaverse esta configuración de signos solares 2-12, Tierra-Fuego. Ahora que saben cuál es el capricho deletéreo que podría tentarlos, y que podría presentarse con algunas variantes si el aspecto Sol-Luna entre ellos está en cuadratura u oposición, o si sus ascendentes son recíprocamente desfavorables —y espero que les hayamos enseñado a prevenir semejante desgracia— podemos pasar a la faceta más luminosa de la asociación Leo-Virgo. Y ciertamente existe una faceta luminosa.

El Gatito y la Virgo de uno u otro sexo que han vencido sus diferencias y creado una atmósfera compatible, alegran la vista. Por fin Leo habrá encontrado un compañero afable, devoto, que valora sinceramente sus doradas virtudes de León... un súbdito que lo admira, inteligente, que le servirá y que a cambio será lealmente protegido (o protegida). Por fin Virgo habrá encontrado a alguien realmente digno de respeto (y Virgo es muy exigente), un amigo cordial y generoso, al mismo tiempo sagaz y cariñoso... suficientemente fuerte como para contar con él (o ella) en una emergencia, y al mismo tiempo suficientemente vulnerable como para necesitar los ajetreos y atenciones constantes de la (o el) Virgen. (La conciencia de sentirse necesitado suministra un estímulo embriagante al espíritu del solitario Virgo.)

Cuando esta asociación es buena, es en verdad muy buena. Una vez que Leo le ha enseñado a Virgo que sencillamente no se dejará regañar y criticar constantemente, y una vez que Virgo le ha enseñado a Leo que el (o la) Virgen no tiene el propósito de convertirse en el esclavo de sus arrogantes exigencias y caprichos, entre estos dos puede generarse una comunicación cálida y vibrante, que es algo mágico.

Mágico porque Virgo es lo que la astrología denomina un signo solar «humano», simbolizado por la Virgen, que cosecha mieses, y Leo es lo que la astrología denomina un signo solar «animal», simbolizado por el impávido amo de la jungla, el León (o su compañera, la sensual e igualmente confiada Leona).

Excepto en aquellas circunstancias en que el orgullo y la vanidad de Leo se convierten en obstáculos, los Leo tienen una reserva asombrosa de sentido común. El práctico Virgo admira esto, pero debe adquirir el hábito de decírselo a Leo. Así como Leo aprueba complacido el esfuerzo sincero de Virgo por desempeñarse en la mejor forma posible, a menudo en condiciones tensas y difíciles, pero pocas veces le tributa al Virgo (o la Virgo) el halago de valorarlo francamente por ser tan sensato y fiable durante la mayor parte del tiempo (por lo menos, con más frecuencia que muchas otras personas en las que Leo confía, sólo para sufrir desencantos).

Cuando intento analizar la asociación Leo-Virgo, desfila por la pantalla de mi mente una serie de imágenes disociadas, sin ninguna secuencia lógica o cronológica:  la inefable dulzura reflejada en los ojos de un León del oeste de Virginia cuando mira a su inteligente, afable y bella esposa Virgo, la cual aportó a su existencia la nueva promesa de un veranillo de San Martín y una nueva razón para vivir, después de que hubo perdido a dos esposas anteriores sucesivamente, víctimas de la misma enfermedad desquiciante, al cabo de décadas de un karma abrumador, preñado de deberes agotadores que él afrontó valerosamente con la leal e inquebrantable devoción de Leo por los indefensos, por lo cual fue recompensado con la canción que su apacible enamorada Virgo entona ahora en homenaje a su gran corazón de León que no se había atrevido a esperar un nuevo amor, hasta que ella llegó, flotando en el aire como un milagro con acompañamiento musical.

Fragmentos de imágenes, pequeñas partículas y elementos que giran en torno de la rueda astrológica de la vida, coloreadas por el brillante y soleado amarillo dorado y púrpura real de Leo... combinándose con el blanco, puro y chispeante, el azul sereno y el verde más oscuro de los bosques perfumados, que son los colores de Virgo. Como sucede en el caso de todos los signos solares, las tonalidades de sus auras contienen las armonías que plasman sus destinos.



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o primero que sucede cuando el León conoce a la Virgen es que él se siente conmovido por una fuerte necesidad de proteger a esta dama encantadora y primorosa de las feas y desdichadas experiencias de la vida, con su extraordinario vigor y su corazón amante. Lo que sucede en segundo lugar, después de un tiempo, es que él empieza a experimentar una ligera sensación de inquietud. Al mirarse en el espejo descubre, incómodo, que quizá necesita un corte de cabello. Entonces observa en su mejor americana unas pequeñas manchas que hasta ese momento le habían pasado inadvertidas, y se apresura a enviarla a la tintorería.

De pronto sus zapatos le parecen bochornosamente maltrechos, y decide comprarse varios pares nuevos. Mientras hace las compras, se le ocurre pensar que a su guardarropas también le vendrían bien algunas camisas nuevas, quizá de colores ligeramente más mitigados que los muy chillones que está usando. O los muy monótonos que está usando. Lo que sea. Gradualmente, se le infiltra en el cerebro la sospecha vagamente inquietante de que tal vez su vocabulario no es el modelo de perfección que siempre creyó que era, hasta ese momento, y por tanto se sume en circunstanciales períodos de silencio (SILENCIO... un LEO? Sí.) Y empieza a echar ojeadas al diccionario, cuando está seguro de que ella no lo mira, para verificar si la palabra que acaba de emplear mientras conversaban significa lo que siempre pensó que significaba.


No se trata de que ella haya dicho algo concreto, entendedlo. Es demasiado amable para criticarlo verbal o directamente (por lo menos hasta que lo conozca mejor). Pero sí se trata de la forma en que lo mira... de esa fría expresión de sus ojos despejados y hermosos... de la apenas perceptible sugerencia de desaprobación que cruza por sus rasgos serenos, compuestos. No llega a ser de disgusto, pero está tan próxima a serlo que su vanidad ya no puede descansar en paz.

El León corre peligro de que lo domestiquen. Y ella ni siquiera empuña un látigo, o una pistola cargada con balas de fogueo. Dicen que la música amansa a las fieras. Y la suave música de la naturaleza puntillosa de Virgo, de su discernimiento, y de su exquisito sentido de la belleza, acompañada por los modales afables y corteses de Virgo y por su forma cautivante de expresar el respeto y la admiración que le inspiran las virtudes de él, puede transformar al hombre Leo más egocéntrico y rugiente en un gatito dócil y juguetón, que ronroneará complacido y se revolcará extáticamente en el bálsamo de la seducción de Virgo.

Si ella tiene la precaución de no exagerar, su técnica hará prodigios con el gran gato. Él la adorará por hacerlo sentirse tan venerado, y no sospechará que ella es la responsable de los cambios graduales de su estilo de vida. Después de un tiempo, él perderá su desasosiego, y empezará a sentirse más relajado, más complacido con su nueva imagen, más confiado que nunca. No hay duda de que persuadir a un Leo de que debe perfeccionarse, reforzando su amor propio en lugar de destruirlo durante la operación, es una proeza rara y meritoria, por la cual habrá que dar unas palmaditas de aprobación a la chica Virgo en su pulcra y bien peinada cabeza.

Pero si ella se dejara entusiasmar por su éxito hasta el punto de emprender alguna crítica seria y de regañarlo, habrá traspasado el límite de seguridad. Éste es un límite sutil, difícil de determinar, pero como las Virgo son expertas en trazar y definir sus límites sutiles, existen muchas probabilidades de que ella tenga el sentido común necesario (todas las Virgo son ricas en sentido común) para conformarse con la ventaja obtenida y adoptar otra política de elogios a los magníficos cambios que él introdujo en sí mismo. Si al menos todos tuvieran tanta capacidad para autoperfeccionarse. Él es tan introspectivo, y tiene una autodisciplina tan increíble. ¡Es realmente asombroso!


Sí, no es menos que asombroso el hecho de saber transformar lo que fácilmente podría haber sido un menoscabo del gigantesco ego de Leo en otra razón genuina para decirle que es muy fuerte e inteligente. Eres portentosa, dama Virgo. Ahora por favor no lo eches todo a perder. Una vez que lo hayas moldeado y reestructurado para adaptarlo más o menos a tu ideal de la perfección masculina, reprime tus críticas. Deja que conserve unos pocos defectos, para que siga siendo humano. De lo contrario, no tardará en descubrir lo que has hecho (si sigues haciéndolo), y una vez que se haya asentado todo el serrín de su dignidad ultrajada volverás a encontrarte convertida en una virgen literal, y no simbólica... por así decir. Sola, sin tu consorte otrora afectuoso, cariñoso y leal. No polemices conmigo, por favor. Eso se parece bastante a la virginidad material. No hay mucha diferencia.

Si insistes en analizarlo hasta las últimas consecuencias, es realmente peor: una virgen literal no sabe lo que ha perdido porque no ha experimentado la realización del auténtico amor. Tú lo sabrás. Y sufrirás... al recordar la dicha pasada. Será mejor que le permitas cometer un error de cuando en cuando, usar ocasionalmente una camisa deportiva de colores chillones, calcular erradamente el saldo de la cuenta bancaria... y que sonrías cuando deforme un poco una anécdota al contarla, que le dejes creer que es tan buen conductor como él supone, y que nunca le recuerdes que a veces se equivoca de autopista cuando es él quien consulta el mapa de carreteras... todas esas cosas. ¿No te parece? ¿Por qué decirle que la jalea que prepara cuando hace chapuzas en la cocina es demasiado blanda, que su guiso de tallarines es demasiado duro, que su voz de barítono desentona más de lo que entona, cuando canta en la ducha? ¿Qué ganarás así? Nada. Pero podrás perder mucho. A él, por ejemplo. Y eso es mucho.

Cuando esta relación prospera, es estupenda. No obstante la tendencia de la mujer Virgo a criticar desmedidamente a los demás —y a criticarse casi con crueldad a sí misma— las vibraciones que se intercambian la Virgen y el León en su configuración de signos solares 2-12 permiten que ella sea excepcionalmente prudente y tolerante al juzgar a este hombre. La comprensión que manifiesta respecto de sus actitudes, por muy ajenas que éstas sean a las suyas propias, se explica por el hecho de que su alma kármica recuerda haber experimentado recientemente las motivaciones de Leo (Leo representa para Virgo la duodécima Casa del Karma). Siempre existe la posibilidad (sobre todo si se produce un intercambio negativo entre las posiciones del Sol y la Luna de sus respectivas cartas natales) de que ella cometa uno que otro desliz, y lo regañe un poco, pero en general es probable que él reaccione bastante bien.

Cuando ella pise con demasiada fuerza su susceptible cola de León, él lanzará un rugido intermedio de advertencia, y ella se disculpará dulcemente. Sin embargo, en términos generales, la armonía entre los dos se restaura con bastante facilidad, después de los pequeños malentendidos. En última instancia, Leo se saldrá con la suya. Es posible que ella deslice insinuaciones sutiles, y a veces él se dejará llevar por sus sugerencias, pero sólo cuando le convenga. Él lo decidirá. Leo es la autoridad indiscutida, y la última palabra sensata respecto de todas las decisiones y cuestiones importantes será la suya. (Será mejor que lo sea, a menos que ella quiera cuidar de él durante períodos deprimentes de vanidad herida y enfurruñamiento.)

Lo realmente reconfortante es que como ella se somete con tanta mansedumbre y buena voluntad a las preferencias de su real majestad en la mayoría de los casos, él se sentirá facultado para
recompensarla, agradecido, con todo el cálido fulgor de su naturaleza de Leo, y tratará a esta mujer afable, inteligente, de ojos despejados, con una benevolencia casi tangible. Ella disfrutará más que nadie de la verdadera nobleza y generosidad del León, y por tanto la ostensible veneración que le tributará no será fingida, sino que le brotará del corazón.

Todos los Leo del mundo están «enamorados del amor», virtud ésta que convierte al León típico en un amante insuperado. Es innegablemente sensual, pero es igualmente sentimental. Aunque sus deseos son a menudo eróticos, sus actos amorosos siempre tienen una dimensión adicional de honestidad y naturalidad, lo que permite que la mujer Virgo confíe en él en la medida suficiente para relajarse en sus brazos y para entregarse más de lo que normalmente suele hacerlo. En el comportamiento sexual del hombre Leo hay algo inconfundiblemente placentero y confortable.

Éste se las apaña para trocar la demostración física del amor en un gesto de ternura, creando un sentimiento de seguridad emocional que convierte el sexo en una manifestación de pasión y en algo cálido, protector. En un nivel inconsciente, esto hace aflorar todo lo que hay de virginal y puro dentro de la naturaleza de la mujer Virgo, y entonces ella responde con entusiasmo y con una fe conmovedora en la dulzura de él. Leo abre su mente y su corazón cuando alimentan su confianza en sí mismo, y por ello los Leones inspiran tanto cariño y deseos de abrazarlos (y también por ello es tan fácil perdonar sus accesos de orgullo y arrogancia insoportables).

Por otra parte, la cautivante sencillez de la actitud sexual de Virgo despierta en él lo mejor de sus talentos eróticos, que son considerables. Un elemento que podría sofocar su armonía física es la posibilidad siempre presente de que ella elija un momento en que él piensa silenciosamente en el romance para abordar con innecesaria crudeza una cuestión secundaria, lo cual hará que su León la mire con glacial altanería y se repliegue ofendido... quizá hasta el extremo de llevarse la almohada y la manta hasta el sofá de la sala donde fruncirá el ceño como un monarca expatriado y dormirá solo. Pero volverá por la mañana, cuando se le enfríen los pies y esté nuevamente de humor para acurrucarse  junto a ella.

Curiosamente, es posible que ambos duerman mucho. Comparten un tipo de metabolismo que necesita más de ocho horas de sueño por noche (si son representantes típicos de sus signos solares). Generalmente se acostarán temprano y se levantarán temprano. Leo necesita un largo lapso de sueño nocturno para reponer su espléndida energía física. Ella necesita el descanso extra para reponer la energía mental que utiliza copiosamente durante toda la jornada cuando se preocupa por las cosas y procura disimularlo. Es posible que el León también se eche unas siestecitas a última hora de la tarde, en razón de lo cual ella pensará, al principio, que es holgazán. Pero el hombre León, como el León de la jungla, sólo parece ser indolente.

Después de un rato bostezará, se desperezará lánguidamente, como un gato, y se pondrá muy activo: hará reparaciones, aserrará objetos, remodelará algo, sugerirá con gran excitación un viaje o una nueva aventura...en síntesis, se ocupará de las cosas. La mujer Virgo quedará encantada con la habilidad de su hombre Leo para reparar todo lo que está roto (incluidas las pequeñas grietas que aparecen en el corazón de ella cuando se siente agraviada), y con el hecho de que normalmente él no remolonea cuando algo —incluida ella— necesita de su atención.

Así como él se sentirá encantado con la escrupulosidad de ella, con su aspecto pulcro, y con la imagen aplomada y atractiva que irradia siempre en público. A los Leo les gusta poder exhibir con orgullo a sus damas (así como sus logros). Él se sentirá particularmente complacido de la perspicacia de ella. Muchos hombres Leo tienden a casarse con mujeres que no son superiores ni iguales a ellos desde el punto de vista intelectual, pues así el rey tendrá una súbdita y admiradora a la que podrá adiestrar, educar y sermonear. Pero el León más dichoso es aquel que encuentra en su amiga o esposa un desafío mental estimulante. Y esto es algo que la mujer Virgo ciertamente le suministrará.

La personalidad de él está regida por el poderoso Sol en persona, y por ello la mujer Virgo se siente a menudo agradablemente tostada en su presencia (y a veces un poco chamuscada). La personalidad de ella está moldeada e influida tanto por su regente temporal, Mercurio, como por el verdadero planeta regente de Virgo, Vulcano, que no tardará en ser descubierto. Mercurio determina que sea, en la superficie, sagaz, alerta, versátil y casi constantemente activa. En un nivel más profundo, el atronador Vulcano ya activa en su corazón un extraño tipo de música, que promete liberar su espíritu de restricciones pasadas, y que se atreve a insinuar que algún día será tan valerosa y audaz, y tan independiente, como el mismo Leo. La presunción de semejante metamorfosis, quizá no muy lejana, es embriagante. Tal vez sea esta misma promesa del futuro la que le entona a la noble personalidad solar de él una canción del mañana, ¡cuando los dos se remontarán juntos a alturas aún mayores!

Pero mientras tanto, en el reconfortante ahora, él se siente agradecido por la serena presencia de la mujer Virgo, por los sueños prácticos que ésta le aporta, satisfecho de sentirse agraciado por su fresca dulzura, por su fascinante combinación de Tierra y Cielo... bendecido por su risa, semejante a los cascabeles de un trineo. El obsequio que él le hace cada radiante y nueva mañana que despiertan el uno en brazo del otro es una tajada del Sol... envuelta en las felices cintas doradas de su optimismo inconmovible, de su confianza en que ése será un día hermoso. Como de costumbre, él tiene razón... ¿acaso no la tiene siempre? Cualquiera que sea el estado del tiempo, será un día hermoso, porque incluso la lluvia mansa y límpida es una bendición fragante... la nieve centelleante y fría es un milagro... cuando estás enamorado y sabes que a la vez eres amado.

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