En el autobus

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Rebeca no se lo creía. Ni siquiera sabía que existía ese tipo de “bragas”. Su primera reacción al verlas fue de risa. No lo pudo evitar, se rió. Una risa corta, algo nerviosa, sin dejar de mirar las “braguitas”. Eran como un tanga, casi... La tira por detrás, sí, aunque no de tela sino de una especie de látex. Pero, por delante... Por delante no había tela. En su lugar, sujeto por bandas laterales, un pequeño rectángulo de gelatina del que sobresalía un pene de no más de seis centímetros de longitud del mismo material. Si, parecía más un arnés que un tanga. Pero el pene no apuntaba hacia el exterior. Rebeca se dio cuenta rápidamente, de que al ponerse las braguitas, el pene entraría en ella. Se volvió a reír.

Pero no podía tardar más. Alfonso le había dado esas bragas y estaba esperando. El autocar saldría enseguida. Y Rebeca, en el baño de la estación de autobuses, se subió su falda hasta la cintura y se quitó las braguitas que llevaba puestas, metiéndolas en su bolso.

Sabía que su coñito debería estar lubricado para que el pene de las braguitas entrara bien. Eso no fue demasiado difícil. Pasó un dedito por su clítoris, lo bajó por su rajita, lo introdujo despacito y enseguida notó la humedad que llegaba. Le había bastado pensar que en menos de un cuarto de hora estaría dentro del autocar, con Alfonso, sentada junto a él, con esas “braguitas” puestas.

Introdujo el pene, primero con un poco de miedo, pero entró suavemente. Quedó encajado dentro de ella, y se ajustó las bragas. Notó más humedad en su vagina. Y una agradable sensación, que la seguía excitando. Además, cuando tuvo ya las braguitas bien apretadas, notó que el pene se apretaba contra su pubis, rozaba ligeramente su clítoris al andar.

Se arregló el vestido y salió del baño. Sus pasos al principio, eran un poco más cortos. Se sentía excitada, pero también un poco extraña. Debía hacer un esfuerzo para no bajar la mirada hacia su vientre y empezó a tener la sensación de que todo el mundo la miraba cuando atravesaba el andén. Empezó a pensar que todos se daban cuenta de que caminaba con una polla dentro, aunque ella sabía que no era así. A cada paso que daba, le parecía notar más y más humedad dentro de ella, y sentía que quizás no tardaría mucho esa humedad, en llegar a sus muslos.

Se unió a Alfonso, que estaba esperando junto a la puerta abierta del autocar. Subieron, y Rebeca echó un vistazo rápido a los pasajeros que ya estaban dentro. No había muchas personas, ya era casi de noche. Una señora de avanzada edad en uno de los asientos delanteros, tres o cuatro hombres con cara de cansados y aburridos diseminados por los asientos centrales, y una chica y un chico, de no más de veinte años, que estaban sentados juntos en la zona trasera derecha del autocar, no dejando más de cinco filas detrás de ellos. Rebeca siguió a Alfonso, y se hizo la disimulada cuando notó las miradas de los hombres al atravesar el pasillo del autocar.

Sabía que estaba guapa, con esa falda roja de colegiala bastante por encima de la rodilla y esa sencilla camisa blanca debajo de la cazadora. Y si ellos supieran... Notó una ola de excitación de nuevo que la azotó por sorpresa y sintió que sus mejillas ardían. Pero le gustaba, le encantaba esa sensación. Se imaginaba que estaba paseando desnuda delante de ellos, roja de vergüenza, y que ellos miraban su entrepierna, y veían sus “braguitas”, y que le miraban la cara... Y que uno de ellos le daba dos cachetes en el culo cuando Rebeca pasaba a su lado, mientras Alfonso permanecía impasible.

Siguió a Alfonso, atravesando el pasillo del autocar, y se sentó junto a la ventanilla, tres filas por detrás de la parejita joven, pero al lado izquierdo del autobús. Y Alfonso, junto a ella.

Al sentarse, se quitó la cazadora y la posó sobre sus piernas, disimulando un poco la visión extensa de sus muslos. Y, al sentarse, también sintió que el pene de gelatina se le clavaba un poco más, que le penetraba más adentro, que quería descubrir nuevas zonas de su coñito. No pudo evitar mover el culo un poquito, hacer un pequeño círculo con su trasero sobre el asiento, intentando disimular, mientras Alfonso la miraba en silencio, observando atentamente sus reacciones. Las manos de Rebeca acariciaron casi instintivamente sus muslos un poquito por debajo de las faldas, en un gesto casi mecánico de excitación, pero rápidamente se controló.

Cruzó las piernas, sintiendo una nueva punzada dentro de ella, que le hizo morderse un poco los labios y emitir un pequeño gemido, casi inaudible, y se colocó un poco mejor la cazadora sobre sus piernas.

Sólo un momento antes de que el autocar partiera, tres chicos llegaron corriendo, y subieron precipitadamente. Adolescentes, con la juerga pintada en sus caras. Se encaminaron a la última fila, y al pasar junto a nuestros protagonistas, sus miradas de reojo evidenciaron que la cazadora de Rebeca no lograba ocultar toda la belleza de sus piernas, sobre todo en esa postura que había adoptado ella, con sus piernas cruzadas. Y Rebeca fue consciente, adivinó, que los cuchicheos de aquellos tres chicos que estaban ahora sentados detrás de ella, separados por una sola fila solitaria de asientos, murmuraban acerca de ella. Acerca de sus piernas, de su falda roja, de su cara enrojecida, del hombre que iba al lado como si ella casi no existiera.

Eso lo adivinó. Pero imaginó también, que los tres chicos se volvían a levantar, que apartaban a Alfonso de su asiento, que lo enviaban a la última fila y que uno a uno, se iban turnado para sentarse junto a ella, metiendo la mano por debajo de su cazadora, de su falda, y se encontraban esas braguitas especiales. Y uno de ellos no sabía muy bien qué hacer y se limitaba a apretar aún más el pene de gelatina dentro de ella y a sobarle las tetas. Y el segundo le quitaba la cazadora de sus piernas y le levantaba la falda, para ver mejor el panorama. Y llegaba el tercero, más decidido, que lo que hacía era abrirle más las piernas, sacarle ese falso pene de un tirón y meterle dos dedos en el coño, mientras se acercaba a su oído y le susurraba...”puta”.

Y mientras imaginaba eso, Rebeca sintió ya que el sofoco que reflejaba su cara era el comentario de todos los pasajeros del autocar, aunque sabía que realmente eso no podía ser así. Y sintió ya que la humedad que salía de su coñito, manchaba un poco su falda.

El autocar arrancó, y empezó su recorrido. El suave movimiento acentuaba a veces la presión de su braguita. Alfonso salió de su impasibilidad, y Rebeca vio como buscaba algo en el bolsillo de su americana. Adivinó inmediatamente que ese algo era para ella. Ya conocía a Alfonso. Si, ese algo sería para ella. Pero no lo vio. Lo sintió. De repente, el pene dentro de su cuerpo, ese pedazo de gelatina, empezó a vibrar en su coño como la más cabrona de las pollas. Y esta vez, los tres chicos y la pareja de adelante, si oyeron su gemido. Alfonso sonrió a todos, como diciendo, no es nada, no es nada. Pero Rebeca se había corrido ya sobre su falda. El mando a distancia accionado por Alfonso, había desencadenado por sorpresa el ataque delicioso del vibrador dentro de ella, y su cuerpo ya no la había soportado más.

Rebeca escondió la cabeza entre sus manos, como si le dolieran los ojos, o como si tuviera sueño. Pero, lo único que realmente la estaba poseyendo era ese puto vibrador, que seguía moviéndose en su encharcada cueva, seguía excitándola otra vez... No paraba. Alfonso no lo hacía parar. Y ella no podía evitar pensar, no podía evitar volver a imaginar que ahora los tres chicos de atrás debían estar pensando que “ese cerdo le está metiendo mano”, y diciendo “pues parece que a ella le gusta”... Y por la mente de Rebeca pasaba la imagen de la chica joven de adelante, que seguro que le estaba diciendo a su acompañante que”” esa chica de la falda roja es una furcia” o “seguro que le está haciendo una paja al tío ese”.

Y el vibrador seguía moviéndose, no cesaba de hurgar sus entrañas, de acariciar las paredes de su vagina. Y Rebeca, presa de la excitación, volvió a encerrar su cara entre sus manos, recostada la espalda contra el asiento, mientras realmente lo único que pensaba la chica de adelante es que “esa pobre mujer tiene jaqueca”, y los únicos pensamientos del adolescente de atrás seguían centrados en las piernas que habían adivinado al principio, en nada más.

El autocar seguía su recorrido y había enfilado la autopista. Era ya noche cerrada, y solamente una suave luz artificial iluminaba el interior del autocar. Alfonso atrajo suavemente a Rebeca sobre él. Esta se recostó en su hombro, siempre las manos en la cara, como disponiéndose a dormir, y él la cubrió con su americana, mientras su brazo rodeaba a Rebeca. La chica de adelante, que advirtió el gesto, pensó lo cansada que debía estar esa pobre chica. Y los chicos de detrás, que también intuyeron el movimiento, sintieron envidia de aquel hombre que podía a tener a esa chica durmiendo junto a él. Y nadie advirtió que la mano de Alfonso desapareció bajo la americana.

Pero Rebeca volvía a creer, con sus ojos cerrados, que lo más probable, es que todo el autocar estuviese enterándose de lo que realmente si estaba pasando. Que todos sabían que Alfonso ya había apagado el vibrador, pero que bajo la americana, la mano de él había recorrido su espalda. Y que su falda estaba ahora enrollada en su cintura, puesto que él se la había levantado. Y que él acariciaba despacito sus nalgas, una a una, sin ninguna prisa, acariciándolas como él solo lo sabía hacer. Y le parecía increíble que nadie advirtiera que uno de los dedos de esa mano oculta de Alfonso recorría despacito la raja de su culo, y separaba la tira de las braguitas y si, ahora sí, extraía ese pene de gelatina de su coño. Y Rebeca, con los ojos cerrados totalmente, estaba convencida que todo el autocar se enteraba de que los dedos de Alfonso subían y bajaban por su coño abierto. Y que todos veían lo que ella sentía ahora, que dos de aquellos dedos habían entrado suavemente dentro de ella, y que esos dos dedos la estaban follando por detrás...

Todos lo tenían que estar viendo, volvió a pensar Rebeca, tapándose de nuevo la cara ante la inminencia de otro orgasmo. Esos dedos la follaban rápidamente ahora, y más rápido, y más, y más, y más. Y ahora hacían círculos dentro de ella, se iban hacia arriba, hurgaban sus paredes, y salían por un momento de ella, se limpiaban la humedad en sus muslos y la penetraban de nuevo con un golpe seco... y se paraban un momento, como pensando a donde ir, y decidían que lo querían conocer todo, y se volvían locos dentro de su coño. Y de repente parecía que los dedos morían, se asfixiaban, necesitaban aire y salían de ella. Pero entraban de nuevo con un golpe todavía más salvaje, decididos a morir gozando. Se volvió a correr, esta vez en silencio, poniéndose casi rígida, apretando entre sus piernas la mano de Alfonso.

Sí, todos me están mirando, pensaba Rebeca, jadeando tras el escondite de sus manos, cuando en realidad la chica de adelante estaba media dormida contra la ventanilla, y los chicos de atrás hablaban ahora de fútbol.

Y cuando la mano de Alfonso, despacito, explorando cada movimiento, tomó el pene de gelatina de las braguitas, oculto bajo la americana, y empezó a frotarlo suavemente de nuevo contra el coñito de Rebeca, esta, siempre con los ojos cerrados y con la cabeza recostada contra Alfonso, volvió a pensar “todos lo saben”. Todos saben que me ha follado con los dedos, todos saben que llevo la falta en la cintura, que tengo el culo al aire debajo de esta puta americana, que ahora me ha metido ese aparato otra vez, que lo está empujando. Y cuando Alfonso, con su mano libre, volvía a encender con el mando a distancia el vibrador que ya estaba de nuevo dentro de ella, Rebeca volvió a pensar...”El conductor parará el autocar. Me echará por zorra...”.

Y cuando Alfonso, ahora usando su mano oculta bajo la americana, y aprovechando la humedad de la entrepierna de Rebeca, comenzó con un dedo a lubricar su culete, Rebeca pensaba ya que los tres chicos de atrás seguro que se estaban masturbando con el espectáculo. E imaginaba a esos tres chicos, con sus pollas al aire, meneándoselas frenéticamente delante de Alfonso y ella. Y, cuando el cabrón de Alfonso, sacó de nuevo ese pene de gelatina de su coño, y con un “clic” casi inaudible lo separó de su soporte y se lo introdujo con firmeza en el culo, Rebeca, siempre con los ojos cerrados, imaginó a los tres chicos corriéndose casi a la vez, desbordados por la visión de ese juguete en su culo. E imaginaba a la chica de adelante, que seguro que le había bajado los pantalones a su novio y estaba ahora chupándole la polla con las bragas en las rodillas, excitada por el espectáculo, estaba segura, a pesar de tener sus ojos cerrados. Aunque en realidad la chica de adelante estaba dormida ya hacía un tiempo, y los chicos de atrás seguían con su fútbol, y nadie era consciente de cómo a escasos metros de todos ellos, Rebeca era sodomizada por un pene de gelatina, mezclando su excitación con la frustración por no poder gritar su placer.

Solo cuando Alfonso le recompuso la falda y retiró la americana de su cuerpo, supo que el autocar había llegado a su destino y abrió los ojos. Y mientras, detrás de Alfonso, Rebeca caminaba por el pasillo con el pene de gelatina todavía vibrando en su culo hacia la salida no se atrevió a mirar atrás porque estaba segura de que los chicos estaban diciendo: “ya se va la puta”. Y cuando pasó al lado de la parejita, se volvió a sonrojar porque Rebeca imaginaba que lo habían visto todo. La chica de la parejita, miró a Rebeca y le dio un poco de pena. Debía estar enferma. Esos colores.

Los chicos también la miraban. Y hablaban entre ellos: -¿has visto que tía? Me la follaría -Y yo, ¡no te jode! -Pues le debe hacer falta. El tío ese pasaba de ella. Ni la miraba. ¡Qué idiota!