Campo

 


De  oficio maderista ...

 

 

Comercialización de la madera en rollo

  

La comercialización consiste en llevar los productos obtenidos a partir de una materia prima, que en este caso es la madera, hasta el cliente o consumidor, que los necesita para satisfacer diferentes necesidades. En realidad, la primera transacción que se lleva a cabo en este proceso de la comercialización de la madera es la venta de los árboles. Viene después otra transacción comercial: éstos árboles transformados en trozas y residuos se venden a determinadas industrias, ya sean serrerías, papeleras, etc. Y un escalón más en este proceso, es la venta que hacen las serrerías, papeleras, etc. de la madera aserrada, papel, etc.

 

Tiempo atrás, la madera se encontraba omnipresente en todas las actividades humanas. Si era indispensable para construir las casas de nuestros antepasados (junto con la piedra), también se necesitaba para hacer los útiles de trabajo (en muchos casos junto al metal), o para construir carros, puentes, etc. Así pues, la madera se utilizaba como materia prima, como combustible, como herramienta. En siglos pasados el hombre podía autoabastecerse para cubrir estas necesidades, después, cuando leyes y ordenanzas lo impidieron, surgió una nueva actividad profesional para satisfacer esta demanda, que fue la de maderero.

 

Se llama madera en rollo la madera sin transformar, tal como se presenta una vez apeado el árbol, con o sin corterza, y puede ser redonda, rajada, escuadrada o en otras formas. En el mercado español se distinguían con los nombres de rollos, rollizos, cabríos y maderos redondos, los palos descortezados de pino, pinabete, chopos, castaño, etc. cuyas dimensiones oscilaban entre 2 y 12 m. de longitud y de 6 a 55 cm. de diámetro, piezas que recibían diferentes nombres según la provincia.

 

[Joaquín Fuster Auset en Campo (Huesca)]

 

En Aragón, antes de que se implantara el sistema métrico decimal, existía todo un sistema de medición, con su terminología propia, con el que se designaba cada tronco según lo que medía: al docén le correspondían 12 medias varas de largo y nueve dedos de diámetro, es decir, aproximadamente 4,80 m. de largo. El tronco del catorcén medía 14 varas de longitud y un diámetro de 10 a 13 dedos, unos 5,40 metros de longitud, etc. Otras denominaciones eran las entenas, trallos, etc.

 

La madera en rollo destinada a fines industriales puede presentarse en estado natural una vez apeado el árbol con o sin corteza (por ejemplo los postes de transmisión), o bien utilizarse como materia prima, destinada a convertirse en producto industrial (madera aserrada, pasta, etc.).

 

Al iniciarse el siglo XX la madera en rollo que más se comercializó fueron los postes, que se necesitaban para la instalación de las líneas telegráficas, telefónicas y de conducción eléctrica. Se empleaba para ello la madera de pino creosotado y castaño bravo. 

 

 

Las sierras y serrerías 

 

Las sierras para cortar madera presentan una gran diversidad, pues su utilización se ha adaptado a todos los trabajos propios de la industria forestal. Podemos distinguir dos tipos:

 

a)     sierras de mano: como los simples serruchos, tronzadores, sierra de arco, la de bastidor, motosierras actuales, etc. destinadas a los trabajos de apeo, tronzado y escuadrado de los troncos, y que se utilizan fundamentalmente en el bosque.

 

 

 

      b) sierras mecánicas, susceptibles a su vez de diferentes divisiones, como puede ser entre sierras de movimiento alternativo o continuo, sierras portátiles o fijas, sierras destinadas al corte de piezas grandes y pesadas y otras empleadas en trabajos ligeros de taller, etc., y que se utilizan para aserrar los troncos, para trabajos específicos de carpintería, etc.

 

Entre las sierras mecánicas, las primeras que aparecen en los documentos son las sierras de agua, y las encontramos normalmente en protocolos notariales, en el contexto de los inventarios de algún molino o en contratos de arrendamiento de los mismos, y aunque no se nos ofrece ninguna descripción de las características técnicas de dichas instalaciones al menos nos permiten comprender el ámbito en el que se produjo la implantación y evolución de lo que sería una nueva industria, pues las serrerías desde un principio estuvieron ligadas a los molinos.  

 

No fue esta asociación del molino y la sierra algo fortuito, sino la consecuencia de que para su funcionamiento se usaba el mismo sistema y las instalaciones podían compartirse. En ambos casos, tanto para hacer funcionar el molino como para poner en movimiento las serrerías, se utilizaba el agua que se tomaba del río, llevándose por una canalización.

 

En el caso de las serrerías, el agua que allí llegaba hacía girar un rodete vertical de hierro, como en los batanes, que transmitía la fuerza a un eje que hacía subir y bajar la cinta de la sierra, mientras que hacía avanzar un carro de madera donde estaba colocado el tronco. El espesor del corte se regulaba girando una manivela. Con esta operación se transformaba la madera de los árboles en tablones aptos para los usos a los que estaban destinados, ya fuera para la construcción y muebles (andamios, cubiertas de tejado, escaleras, puertas, mesas, etc.), así también como para todos los útiles agrícolas que se utilizaban (mangos de herramientas, carros, etc.). Estas sierras se llamaban también verticales, pues el movimiento que producían era de arriba a abajo.

 

Posteriormente se sustituyó la hoja vertical, cuya sierra actuaba de forma intermitente, es decir actuaba sólamente al descender, por las sierras de cinta de movimiento constante, que permitían un corte más regular. Estas sierras se inventaron en 1811, aunque su aplicación práctica no fue posible hasta contar con los perfeccionamientos introducidos por Périn, hacía 1848.

 

Madoz, en su “Diccionario Estadístico-Geográfico” y por lo que concierne a la provincia de Huesca, recoge en 1845 sólamente la existencia de dos serrerías, una en Campo y otra en Graus. En este último lugar precisa “una máquina para aserrar madera” y al referirse a Campo dice “una sierra de agua para cortar madera”, que se instaló al lado del molino.

 

 

 

No obstante, aunque sólo se mencionen esas dos serrerías, sabemos que había muchas más. Tenemos constancia de la existencia de una sierra en el Valle de Lierp, gracias a la instancia firmada por Miguel Blanch Galindo (1), vecino de Campo, con fecha 25 de septiembre de 1925, y dirigida al Distrito Forestal de Huesca. Por lo que se refiere a la sierra, y después de abordar otros asuntos, dice:

 

“Al mismo tiempo, ruego a V. S. Se me autorice aserrar la expresada madera en una sierra que tiene instalada hace más de cien años el vecino del valle Bardaxí, Dionisio Campo, a orillas del río Rialvo. De no autorizar al recurrente lo solicitado se le irrogarían grandes perjuicios por no haber otra vía de saca que el mencionado camino, y en segunda de no efectuar el aserrío en la expresada sierra, tendría que arrastrar la madera en bruto unos 8 quilómetros por ríos muy costosos para conducirla al taller mas próximo”.

 

En otro escrito de este mismo asunto se menciona exactamente “que el vecino de Valle de Bardají antes mencionado, tiene registrada a su favor una sierra hidráulica en aquel término”.

 

En los pueblos de montaña, donde se contaba con materia prima abundante, eran normalmente los concejos o ayuntamientos los que se preocupaban de instalar una sierra para atender las necesidades locales o de todo el valle. Y eran los mismos ayuntamientos los que se cuidaban de la explotación de las serrerías, no directamente, sino dándolas en arriendo a alguna persona. El serrador contratado, además de serrar, tenía la obligación de mantener en buen estado las instalaciones, como ocurría con el molinero. En el contrato de arrendamiento de la sierra, que solía ser por uno o dos años, el concejo o ayuntamiento fijaba el precio que el aserrador podía cobrar por su trabajo.

 

En cada provincia española se suelen denominar de forma diferente los distintos tipos de madera aserrada. En líneas generales puede decirse que se conocían como planchas, vigas, cuartones y cuartizos las piezas cuya sección era aproximadmente cuadrada, denominándose barrotillo, barra, etc. cuando eran de corta longitud. Cuando el ancho era mucho mayor que el grueso, se llamaban tablones, tabicones, tablas, etc. y costeros eran las tablas cortas, irregulares que tenían al menos una cara sólo escuadrada con el hacha o con algo de corteza.

 

 

 

Sierras funcionando con electricidad. En qué consistía la nueva tecnología, dónde se compraban las nuevas aserradoras

 

Con la utilización de la energía eléctrica se introdujeron las sierras de movimiento continuo, de las que, básicamente, había dos tipos. Las llamadas sierras circulares o de disco y las sierras de cinta.

 

La sierra de disco constaba de la hoja, que era un disco de acero dentado en su circunferencia, montado sobre un árbol motor. Se empleaba para realizar cortes longitudinales, transversales y ranurados.

 

La sierra de cinta, inventada en 1811, no se difundió hasta que no se le aplicaron las mejoras introducidas por Périn, hacía el año 1848. Dado su gran rendimiento, fueron estas sierras de cinta las que más se difundieron y los fabricantes de las mismas las adaptaron a todo tipo de trabajo, presentándose fundamentalmente como sierras de carro, destinadas al aserrado y tableado de troncos y piezas grandes, y sierras de mesa, para los trabajos de taller.

 

La sierra de cinta, que son las más usadas actualmente, está formada por una cinta de acero que gira sobre dos poleas dispuestas en el mismo plano vertical. La tensión de la hoja se consigue mediante el ajuste de la separación de las poleas. La cinta suele estar recubierta para evitar que su rotura pueda provocar accidentes. La mesa de trabajo contiene guías que permiten dirigir la madera durante el corte. Se emplea para cortes longitudinales.

 

En las antiguas sierras de carro que se encontraban en nuestros pueblos, los carros eran de madera, de unos dos metros de longitud y provistos de ruedecillas metálicas, que se deslizaban por unos railes también metálicos, y eran empujados por un hombre por carro, que eran los serradores. Los raíles estaban más bajos que el suelo con lo que se facilitaba el manejo de los troncos a la hora de ponerlos sobre los carros, y llegaban a tener hasta veinte metros de longitud. Se procedía al aserrado de la manera siguiente: Primero se cortaban los troncos en los largos adecuados. Una vez cortados, se acercaban a la galera. La galera estaba pensada, en principio, para tres personas. Una de ellas era el oficial de primera, que era el que disponía la posición del tronco en los carros de arrastre, y una vez el tronco dispuesto se procedía a su arrastre para el aserrado. Era ese operario el que dirigía la madera en la buena dirección, con el fin de que se consiguiera un rendimiento óptimo de la madera una vez serrada, en función de la sección que se le iba a dar. Otros dos operarios le ayudaban en esta labor. Cuando la sierra había terminado su cometido, los operarios separaban la pieza aserrada y retornaban la galera al punto inicial. El salario era diferente para el oficial de primera y para los trabajadores que le ayudaban.

 

Hay que llamar la atención sobre el hecho de que para evitar pérdidas en el aprovechamiento del tronco, así como para conseguir mayor calidad, había diferentes maneras de presentar el tronco a la sierra, ya que la calidad de las tablas o tablones que se obtienen de cada tronco está en función de la distancia que le separa del corazón del mismo, que favorecerá o neutralizará la tendencia de la madera a alabearse o contraerse. Por ejemplo, un sistema poco recomendable era precisamente el más simple; es decir, el que buscaba obtener las tablas haciendo cortes paralelos de arriba a abajo. La experiencia de los profesionales adoptó otros sistemas de serrado, que llegaron a ser los más utilizados, como el cuarteado y el radial. Con ellos se aprovechaba bien la mayor parte del tronco y se evitaba hacer muchos recortes, eliminaban los desperdicios al máximo y además rompían las líneas de fuerza de las fibras, que serían las responsables de que se deformaran las tablas.

 

También la experiencia puso en evidencia que había maderas más fáciles de serrar que otras. El fresno, pino, plátano y otras, entre otras, por ejemplo, presentaban mucha menos dificultad que el haya, que a veces por su dureza natural y dependiendo del estado de humedad resultaba muy dificil de trabajar. La carrasca también mostraba mucha resistencia a la sierra, pues es una madera muy dura. Se utilizaba sólo para las guías de sierra y para los diferentes cepillos de carpinteros.

 

Las primeras máquinas de serrar que hubo en Campo se compraron en Zaragoza, en la firma “La Industrial Mecánica” que pertenecía a Abrain Hermanos. Fueron ellos los que abastecieron a la casi totalidad de las industrias del ramo de la madera en el Pirineo Central.

 

Esta casa, fundada en 1922, empezó su andadura inspirándose en maquinaria extranjera que era adaptada a las necesidades locales. Su aceptación en el mercado les permitió desarrollar tecnología propia y fue gracias a su experiencia y profesionalidad como consiguieron introducir mejoras importantes en máquinas conocidas y también crear nuevos modelos. Citemos, entre una de las mejoras más eficaces debidas a su ingenio, el diseño de la vía ángulo para las vías por donde se deslizaban las vagonetas de las sierras, pues hasta que se encontró esta solución el serrín se acumulaba en dichas vías y obstaculizaba el deslizamiento de las vagonetas, originando muchos problemas.

 

Para abaratar el precio de las máquinas de serrar, “La Industrial Mecánica” les facilitaba los planos de las máquinas a los clientes, así ellos podían construir el esqueleto o armazón de las sierras en madera, y la empresa les servía en metal sólo lo estrictamente necesario. La madera que recomendaban para esas construcciones era siempre la carrasca, por ser la más dura.

 

En “La Industrial Mecánica” las cintas de las sierras las hacían con flege que importaban de Suecia. Venía en rollos de 200 metros y en la empresa zaragozana le hacían el dentado específico para cada uso.

 

Las máquinas por ellos construidas no se desechaban nunca, pues si un industrial quería cambiarlas por otras más modernas o de mayor embergadura, siempre había alguien interesado en comprar la más vieja, a la que se le podían hacer los cambios necesarios para adaptarla a una nueva prestación.

 

Lo que también es importante saber, al hablar de las serrerías, es que en España había unas disposiciones que impedían que se establecieran éstas cerca de los montes. Por referirnos a un caso concreto, podemos repasar el expediente de la solicitud que José Canales Fillat hizo en el año 1939 para poder instalar una serrería mecánica en Campo. En el informe que firma el ingeniero del Distrito Forestal encargado del caso, se dice:

 

“Que aunque el referido terreno se halla a menos distancia de 5 kilómetros del límite exterior de montes de utilidad pública, se encuentra a mayor de las masas arboladas de los referidos montes”.

 

Otro aspecto en el que se hace hincapié atañe al control y vigilancia a la que estaban sometidas todas las talas que se efectuaban, lo que se pretende llevar a cabo controlando la madera que llega a las serrerías. Así, en este mismo escrito al que estamos haciendo referencia, se dice:

 

“Que la vigilancia de las maderas que se elaboren en la serrería se puede ejercer fácilmente por haber un guarda forestal en Campo, y los productos tener que pasar necesariamente por la carretera”.

 

Y entre las condiciones que imponen las autoridades forestales al expedir el permiso solicitado, figura en primer lugar:

 

“1°- No se podrá impedir la entrada e inspección en la referida fábrica al personal de la Guardia Civil y Guardería forestal y personal dependiente de este Distrito forestal, aunque no lleve el mandamiento judicial correspondiente”.

 

Actualmente para abastecerse de madera las serrerías la compran bien sea directamente a particulares, mediante subastas públicas o a empresas que se dedican exclusivamente a la extracción de madera y la dejan a pie de cargadero.

 

 

 En Campo durante buena parte del siglo XX funcionaron dos serrerías, una perteneciente a Joaquín Canales y otra a Daniel Fuster, siendo unas de las pocas industrias implantadas en el término municipal.

 

 

María José Fuster                               



(1) A.H¨P.H. A-1756/12 Distrito Forestal de Huesca

 

 

© J. Fuster Brunet 2006

[se autoriza la reproducción citando la fuente]