Campo

 

 

 

 

La Aldea de la Jantigosa

A  Campo,  aunque sea  un  pueblo  pequeño,  han ido  llegando  a lo largo de  los siglos muchas personas buscando un futuro mejor. Para los que llegaban, integrarse no siempre fue tarea fácil. Traían con ellos experiencias, culturas y situaciones personales y familiares que no siempre comprendían sus nuevos vecinos. ¡Que lástima la falta de curiosidad y de interés hacia los demás que muchas veces hemos demostrado! Emérita, que ahora vive en Zuera, ha escrito un librito con información y datos sobre su pueblo, incluyendo la historia de su familia y lo que fue su infancia hasta la edad de los diez años. Ella era de casa Rafel de “La Jantigosa” o “Xantigosa”, aldea que junto algunas otras, como la Solanilla, La Torre, La Villa, La Alquería de Cotón y Casa Lanero, formaban parte del municipio de Pallaruelo de Monclús.

 

A continuación reproducimos algunos párrafos de su obra. Tenemos que agradecerle que nos haya permitido, así, acercarnos a ese mundo suyo tan entrañable.   

 

Emérita Lacambra Campo

 

 


Vista general de la aldea de La Villa

 

 

 

Mi pueblo: Pallaruelo de Monclús

 

 

“Pallaruelo de Monclús es uno de los muchos pueblos deshabitados del Alto Aragón. En casi todos ellos coincide el motivo por el que sus habitantes tomaron la dificil decisión de abandonarlos, dejando sus casas, campos, montes, en muchos casos hasta sus muebles y, lo más doloroso aún si cabe, sus recuerdos y sus antepasados.

 

La desolación y abandono de este municipio comienza a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, a consecuencia de que las instituciones oficiales no favorecen la vida ni la subsistencia en estos lugares carentes de los recursos más elementales: sin medios de comunicación, sin servicios sanitarios ni educativos, pues aunque los hubo anteriormente, llegaron a suprimirse.

 

En otros municipios se instó a sus habitantes a dejar sus casas porque sus tierras iban a ser inundadas por las aguas para construir embalses, pero la mayoría de los que por aquí vivían tuvieron que decidir su futuro inmediato y el de sus hijos al comprobar cómo poco a poco la vida en estos núcleos se hacía insoportable.  

 


Casa de La Jantigosa 

 

Otras personas han escrito ya sobre estos pueblos deshabitados y abandonados pero mi intención es aportar mi testimonio y escribir sólo de Pallaruelo. Es el lugar de donde vengo, allí nací, allí se casaron y vivieron mis padres, allí vivieron mis abuelos y los abuelos de mis abuelos. Fue a mis padres a quienes les tocó tomar esa tremenda decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo en otro sitio. No dudo que esa generación fue muy valiente tomando esta determinación, y que lo hicieron para darnos a nosotros, sus hijos, una vida menos dura que la suya; pero no puedo olvidar lo que tuvieron que sufrir desde el momento que pensaron que allí no se podía vivir hasta que se instalaron en el lugar elegido.

 

En el caso de mi familia, el sufrimiento fue doblemente desgarrador y triste ya que recién seleccionado el lugar de destino y adquirida la nueva vivienda, falleció la persona que era el timón y la guía de la casa, una madre joven, luchadora y llena de vida, pero sobre todo imprescindible para sacar a sus cuatro hijos adelante; se nos fue sin poder remediarlo, dejándonos sumidos en la más absoluta desesperación y soledad. ¿Los motivos de aquella muerte injusta ? ¡Quién sabe! La falta de medios, la tardanza en llegar la asistencia médica a consecuencia de las distancias… ¡Que más da! Ante lo inevitable, ya de nada servían lamentaciones. Hubo que seguir luchando, con más fuerza si cabe, para dejar aquella casa llena de recuerdos y vacía de ilusiones.

 

El desarraigo y el comienzo de una nueva vida supuso para todos una gran dificultad. Se enfrentaron a unos medios desconocidos y un entorno hostil. Pero todos consiguieron sacar adelante a sus familias.

 

Ya imagino que un testimonio tan pequeño es insuficiente para reflejar aquella realidad; simplemente pretendo que sea un toque de atención para las nuevas generaciones y que sirva para que, si lo desean, profundicen en conocer más a fondo la vida en aquellos valles.

 

Quiero que mis hijos sepan de dónde procedemos y lo dura que era allí la subsistencia y lo transmitan a sus hijos y a los hijos de sus hijos.”

 


La Jantigosa en la actualidad

  

 

Mi infancia

 

 

Mi padre y mi madre se casaron en 1943 siguiendo el rito nupcial propio de la aldea.Mi padre y sus familiares bajaron hasta Navarri para celebrar la boda con mi madre. La ceremonia tuvo lugar en la iglesia del pueblo. Un avez casados, toda la comitiva tomó rumbo hacia La Jantigosa. Los recién casados iban montados en caballerías muy engalanadas. Al llegar allí, siguieron celebrando los esponsales. Las familias no eran desconocidas pues había un parentesco muy cercano entre ellas. Mi abuelo materno y mi abuela paterna eran hermanos, por lo que sus hijos (mis padre, que eran primos hermanos) tuvieron que pedir una dispensa papal para poder casarse.  

Isidoro y Teresa

 

En la Jantigosa, además de mis abuelos, vivían cinco hjos solteros. Mi madre pasó a formar parte de esa familia como una hija más pero en su papel de esposa del hijo mayor. Las hijas de mis abuelos paternos se fueron casando, pero tres hijos varones continuaron en la casa durante varios años hasta que dos de ellos decidieron irse a trabajar a Francia y otro a Barcelona.

 

Mis padres empezaron enseguida a tener hijos.

 

La primera en llegar fue Carolina, después nació Jorge. Yo nací en mayo del 48 y soy la tercera. Detrás de mi nacieron Plácido y Eduardo, pero en la actualidad sólo vive este último. Plácido murió cuando contaba seis meses a causa de una tosferina. Todos mis recuerdos parten desde esa desafortunada fecha. En mi memoria se quedó grabada para siempre la imagen de la caja blanca en la que lo metieron como si fuera un muñeco dormido.

 

A pesar de este triste suceso mi infancia transcurría feliz; siempre estuve rodeada de hermanos, tíos y abuela. Al abuelo no le conocí porque murió en el 47.

 

 


La Primera Comunión de Emérita 

Al poco tiempo de morir Plácido, nació mi hermano pequeño, Eduardo, y debido a la diferencia de edad, él fue para mi un muñeco de verdad; de los otros nunca tuve. Mientras los demás estaban cada uno en su tarea, y como si yo fuera una persona mayor, me encomendaban el cuidado del pequeño. A  veces lo cuidaba pero otras me comportaba peor que él, pues con los cinco o seis años que yo tenía entonces no podía esperarse otra cosa.

 

Las estaciones y el clima marcaban el ritmo de los trabajos de los mayores y de las diversiones de los niños. Después de una fuerte nevada, mi ilusión era ir a plantar « llosetas » para atrapar tordas que, una vez capturadas, desplumábamos; después siempre había alguien que las guisaba y se las comía. También seguíamos los rastros de conejos que nos indicaban donde tenían la madriguera.

 

Como las noches de invierno eran muy largas, pasábamos muchas horas en la cocina alrededor del fuego, asábamos bellotas, patatas y cebollas, y al comerlas nos parecían estupendos manjares. Era entonces cuando los pequeños escuchábamos los relatos y conversaciones de los mayores. Era el momento del diálogo, de la preparación del trabajo del día siguiente. Los mayores, a veces, jugaban a las cartas, contaban chistes, chanzas y chascarrillos. En esas veladas nos transmitían las costumbres, lo que podíamos o no podíamos hacer, lo que estaba bien y mal y todo lo que esperaban de nosotros.

 

En los relatos y leyendas que escuchábamos, se mezclaban enseñanzas y supersticiones, de esta manera aprendíamos a ser prudentes, a no alejarnos demasiado de la casa, a cuidarnos de los barrancos y precipios, a procurar acudir a casa antes de anocher, a desconfiar de los deconocidos que pasaban por los caminos (de cualquiera nos hacían creer que era « el hombre del saco »). Aprendíamos a tener precaución con los animales, para evitar que nos hicieran daño, ya que existía un contacto diario con ellos, etc.” 

30 de mayo 1954: La maestra con las niñas acuden al santuario de la Virgen de Bruis el día de la Confirmación.