Campo

 


Los hornos de cal

Antes del cemento se usaba la cal como argamasa para la construcción. La cal, que se utilizaba también para blanquear los muros de las casas, se fabricaba en un horno construido cerca del lugar donde se encontraba la piedra empleada para su producción. Esta piedra debía reunir algunas características de resistencia al calor, pues tenía que soportar las elevadas temperaturas que se producían en su interior.

 

Los hornos solían ser bastante hondos y para ello se aprovechaban generalmente los desniveles de terreno. En el interior se iba haciendo una pared desde dentro, con la piedra de cal hasta formar una bóveda, y se rellenaba a partir de ella la totalidad del hueco del horno. Debajo de dicha bóveda, en la parte frontal, había una abertura por donde se echaban y removían los fajos de boj que se daban a la combustión. Como este proceso duraba siete u ocho días había que introducir una pértiga de madera de pino para remover la madera que se estaba quemando. Acabada esa etapa, se dejaba enfriar durante algún tiempo y luego se procedía a moler la cal utilizando una azada o un martillo, aunque a veces se dejaba tal cual, pues una vez cocida se deshacía facilmente por efecto del aire y del agua.

 

Un documento del siglo XIX nos permite conocer algunos de los usos que se le daba a la cal, así como la obligación que existía de obtener permiso para la construcción del horno :

 

El 22 de abril del año 1884, el alcalde de Seira envió al Capataz de Campo una autorización para construir un horno de cal. Decía que necesitaba la cal, “para redificar las pilastras del puente llamado Sogueta, el cual se halla en la carretera que está de Campo a Benasque, y vía de mucho tránsito y teniendo además que hacer bastantes reparos en las casas abadías rectorales y demás casas de este vecindario que se hallan en mal estado, necesitan bastante n° de caices de cal para atender dichos reparos, y desearía el recurrente y demás vecinos les conceda la competente licencia para construir un horno de cal en la parte de las Lleras, hacer una limpia de boj al día para cocer dicho horno”.

 

Además de la cal, también se solía producir en cada pueblo el yeso que se utilizaba en la construcción y para enlucir paredes y suelos interiores.

 

Recogemos a continuación parte de la información que aparece en la entrevista que sobre este tema les hizo Antonio Castel a Pedro Abad y Joaquín Lacoma.

 

 


Pedro Abad Saura

 

En primer lugar, explica Pedro Abad que él trabajó en el primer horno que se hizo en Campo después de la Guerra, en el año 1941, en las Cuestas, junto con Antonio Ballarín (Antonio de Mercedes) y Pepe Auset (Pepe del Fovano)

 

Cuenta Pedro que un horno era el resultado de la colaboración de un grupo de vecinos del pueblo, que participaban en la preparación del mismo en distintos grados. Había socios de pleno derecho, otros de “medio” y un tercer grupo que participaba en “un cuarto”. La asociación era lo suficientemente flexible para admitir diversos grados de participación en el trabajo.

 

Los socios de pleno derecho prestaban su trabajo con un jornal diario de una persona, mientras duraban los trabajos de corte y recogida de leña, preparación del horno y tiempo de cremación.

 

Los de medio derecho contribuían con un jornal cada dos días y los de cuarto, con un jornal cada cuatro días.

 

Teniendo en cuenta el grado de participación se efectuaba después el reparto de la cal.

 

Al que tenía una parte le correspondían cuatro pesadas de 50 kilos; al de medio, 2 de 50 kilos y al de “cuarto”, 1 de 50 kilos.

 

Si sobraba cal, después de hacer el reparto, se vendía en el mismo monte. Cada particular podía vender la parte que le había correspondido como compensación a  su aportación.

 

Los hornos casi siempre se construían en invierno, uno o dos al año. A veces se utilizaba la olla de los hornos precedentes y en otras ocasiones se construía una nueva olla.

 

Se hicieron hornos en las Parcións, Pradinas, Refogóns, Obago y hasta en Peralta.

 

La olla tenía 6 metros de alta por unos 8 ó 10 metros de altura.

 

En la parte más profunda se dejaba una banqueta, sobre la que se empezaba a colocar la piedra en forma de cuña hasta el centro de la bóveda. En ese lugar se colocaba una piedra que sujetaba a las otras, llamada “piedra llave”, las restantes piedras recibían el nombre de “piedras pendientes”.

 

Mientras unos preparaban el hoyo u olla, otros cortaban la leña o broza, con un ixau de gallón. Se cortaban aldiagas, arbustos pequeños, romeros y buixos. La zona pelada del monte por la tala recibía el nombre de “calva”.

 

La leña cortada se depositaba en pequeños montones, llamados “fornigueros”, que era la cantidad que podía transportar un hombre.

 

Se amontonaban por lo menos de 1.600 a 1.700 fornigueros.

 

La piedra caliza se llevaba al horno mediante unas parihuelas llamadas “bayartes”, que sostenían dos hombres. El “forcano” servía para acercar los fornigueros, tenía dos púas, una peña fina y a su lado otra más recia.

 

El Sr. Pedro Abad Saura sufrió un percance en julio de 1936 en la caldera de un horno construido en Las Parcións, que relata así:

 

A primeros de septiembre de mil novecientos treinta y seis, después de nueve meses de estar apagado, estando los tres cerca del horno saltó un pájaro que se colocó bajo una piedra que estaba en la boca de lo que había sido el horno. Yo, sin pensármelo dos veces, me lancé tras el pájaro, que daba señales de volar poco. En el momento que puse los pies en equella zona, me hundí como si pisara sobre una balsa de agua. De inmediato sentí que me abrasaba los pies, sólo tenía fuera los brazos y la cabeza. Movido por un instinto natural, di un un empujón hacia arriba y pude saltar a tierra firme.

 

Me horroricé al ver mi aspecto, mis piernas estaban quemadas hasta la rodilla, sentí un dolor tan agudo como si me cortaran al vivo la piel y la arrancaran a girones. Todo mi cuerpo aparecía embadurnado de tierra y ceniza viscosa, empecé a llorar por el intenso dolor…”.

 

Afortunadamente, dos meses que le tardaron en curar las heridas, Pedro se recuperó del todo y aquel percance ya sólo fue una anécdota. 

 

 


Joaquín Lacoma

 

El Sr. Joaquín Lacoma (de casa Safón) explicó a Antonio Castel lo siguiente:

 

El horno se encendía lentamente, poco a poco, para que no se apagara o se ahogara la llama por falta de aire u oxígeno. Se ponían unas ramas secas con un trozo de tieda en su interior que iba prendiendo hasta que empezaba a quemarse completamente.

 

El horno ardía durante quince días, día y noche sin interrupción de ninguna clase. Para alimentarlo se establecían turnos con relevos periódicos. Podía estar lloviendo o nevando, el trabajo de arrojar leña al horno no cesaba nunca. Para que no resultara tan pesado y molesto, mientras unos trabajaban, otros descansaban en el interior de una barraca hecha de ramas y piedras, al lado del horno. Durante la noche había dos hombres arrojando leña.

 

Para combatir el frío no sólo encendían fuego, sino que disponían además de buenos kilos de carne para asar a las brasas, buen vino y pan blanco. Había trabajo y alguna pequeña juerga, que no todo ha de ser trabajar.

 

El horno seguía quemando y arrojaba humo como una locomotora de las antiguas, si hubiera habido hierro dentro se hubiera deshecho con aquél fuego.

 

Pasados los quince días, se cerraba el horno y se dejaba enfriar durante dos meses; luego se procedía a su desmantelamiento de forma inversa a como había sido montado.

 

Primero se sacaban las piedras del llamado “coro”, es decir, la caperuza. Tal y como se iban sacando se dejaban las piedras cocidas y convertidas en cal en montones al lado del horno. Cuando ya estaban todas sacadas venía el reparto, el “pesar la cal”.

 

Para esa función se improvisaba una balanza con un palo y cuerdas, en una parte se depositaba una de ellas que pesaba 50 kilos (previamente había sido pesada), que actuaba como peso. Con esa referencia se pesaba todo. Cuando toda la cal estaba pesada se sorteaban los montones, para que nadie pudiera alegar que había habido distinciones y se repartía a cada uno lo que le pertenecía.

 

A partir de ese momento, cada cual podía hacer con la cal que le había correspondido lo que quisiera: guardarla para su uso o venderla.

 


Jesús Ballarín muestra un ixau de gallón para los hornos de cal
 

Como hemos comentado, la cal se utilizaba para el blanqueo de fachadas y los interiores de las casas, y unida con arena formaba la “argamasa” para construir las paredes. También se utilizaba la cal viva para desinfectante.

 

Los hornos de cal, al hacerse en invierno, cuando no había otros trabajos posibles, ofrecían a las familias algunos ingresos extra que eran muy bien recibidos.

 

 

 

María José Fuster   

 

[fotos gentileza de Antonio Castel]
© J. Fuster Brunet 2008