Caldereros

El descubrimiento del cobre tuvo lugar en el Oriente Próximo unos 5.000 años a. J. C. y fue el primer metal utilizado industrialmente, en especial con fines ornamentales. Este metal se caracteriza por la resistencia a la corrosión y la facilidad con que se trabaja.

 

Los caldereros eran los artesanos que trabajaban el cobre batido, laminado o forjado, para hacer con él utensilios de uso doméstico (ollas, calderos, cazos, chocolateras, moldes, etc.). Aunque al principio este trabajo lo hacía también el herrero, con el paso del tiempo se produjo una especialización y los caldereros y hojalateros formaron gremio propio.

 

El proceso del trabajo del cobre incluye varias etapas que abarcan desde la inmersión del mismo en un baño de acido clorhídrico rebajado para conseguir la flexibilidad adecuada, hasta la acción de someterlo a altas temperaturas, para sumergirlo después en agua, pintarlo con sanguina para poder ver las partes de la pieza que ya han sido golpeadas y pulirlo, así como darle un baño de estaño por el interior para evitar la oxidación.     

  

El hojalatero es el artesano que hace utensilios de uso doméstico a partir de láminas de hojalata o chapa galvanizada, moldeando el metal con el martilleo. La hojalata está formada por una delgada lámina de acero que se recubre con una capa de estaño por cada una de sus caras para protegerla de la oxidación. Es fácil de conseguir, pues se puede reciclar una y otra vez y, además, es resistente y fácil de trabajar. La utilización de la hojalata data ya del siglo XV y se empleó sobre todo para la fabricación de muchos de los objetos necesarios en la vida cotidiana, como las tinas para lavar la ropa (barreños), los cubos para transportar agua, embudos, platos, faroles, cofres, recipientes de todas las medidas (para contener agua, leche, aceite), cacerolas, candiles, etc.

 

Antiguamente, el hojalatero trabajaba a menudo como ambulante, acudiendo a los mercados y ferias de los pueblos, ofreciendo sus servicios por las calles o, incluso, llamando de puerta a puerta por aldeas y ciudades. Para lo que eran más solicitados era para reparar los utensilios que se habían estropeado, ya fuera porque se había dañado la capa de protección de los mismos o porque se habían agujereado.

  

El oficio de hojalatero exigía mucha destreza por parte del artesano en todas las fases del proceso de fabricación de una pieza (había que trazarla, cortarla, modelarla, unirla, reforzarla, añadirle las asas si las hubiere, soldarla, lavarla). Además, el hojalatero necesitaba tener también ciertos conocimientos de cálculo para poder fabricar con precisión algunos objetos que servían de medidas de capacidad, como las lecheras que se utilizaban para comprar la leche, los medidores de aceite en las tiendas, etc., a los que había que dar exactamente la capacidad exigida.

 

Los caldereros, tanto artesanos del cobre como de la hojalata, no sólo trabajaban por encargo, sino que muchas veces exponían en su taller piezas que habían elaborado por su propia iniciativa y que estaban dispuestas para la venta. Esta posibilidad de poder encontrar allí algunos objetos ya listos para la compra originó que fueran precisamente ellos unos de los primeros artesanos en transformar sus talleres de trabajo en comercios. Estas tiendas en muchos casos se convertirían en ferreterías, donde se podían comprar clavos, cables, alambre y otros utensilios de trabajo, y también ofrecían a la clientela juegos de café, vajillas y otros objetos del hogar necesarios para la vida cotidiana.

 

En Campo las personas que desempeñaron estos oficios llegaron de Francia, dentro de lo que fue una tendencia migratoria muy arraigada, especialmente a partir del siglo XVII. En efecto, grupos de caldereros franceses pertenecientes a una misma familia o unidos por relaciones de vecindad, ya que solían ser del mismo pueblo, se desplazaban hacia Aragón con el fin de ejercer su profesión trabajando durante unos años en nuestra tierra, pero con la intención de retornar a su lugar de origen cuanto antes. En tierras aragonesas se establecían todos los componentes de ese grupo en una misma localidad y, en muchas ocasiones, hasta en un mismo domicilio, con el fin de limitar los gastos de alojamiento. Esta es la situación que nos muestra el Censo Electoral del año 1910, en el que encontramos a:

 

   Santiago Laforga de Juan, de 60 años, habitando en la calle San Antonio, n.° 24, de profesión calderero. También se menciona a sus hijos:

 

   Juan Laforga Dafís (el apellido correcto es Doffis), de 29 años y Marcelino Laforga Dafís, de 27 años, habitando ambos en el domicilio de su padre, calle San Antonio, n.° 24, con la misma profesión: caldereros.

 

Aparece viviendo en la misma dirección y desempeñando el mismo oficio Beltrán Lafont Laforga (que pensamos que el primer apellido debe ser Safont), de 39 años de edad, y que debía tener alguna relación de parentesco  con  el dueño de la casa (posiblemente sobrino).

 

No aparecen sólo ellos con esta profesión, pues los hermanos José Lailla Lailla y Alejo Lailla Lailla, de 52 y 49 años respectivamente, habitando ambos en la calle la Iglesia, n.° 13, también figuran como caldereros. Estos hermanos eran también de origen francés, aunque no sabemos si de la misma localidad o región que los Laforga.

 

Curiosamente, en el Censo Electoral de Campo del año 1930 sólo quedan desempeñando ese oficio dos personas, a las que se denomina hojalateros y no caldereros. Son:

 

   Juan Laforga Dafin de 46 años, de la calle San Antonio, n.° 10 y José Lailla Lailla José, de 60 años, habitando en calle Nueva, n.° 32.

 

Cabe destacar que la emigración de caldereros franceses que llegó a Campo echó raíces, puesto que el primero que vino, Santiago Laforga de Juan, fue el que dió el nombre de “casa Calderero” a la casa que él habitó y que ha continuado llamándose así hasta nuestro días. También la familia Lailla ha perdurado entre nosotros hasta la actualidad.

 

© J. Fuster Brunet 2006
(imágenes extraídas de: "Cronología de Campo" de Antonio Castel)  

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