Las razones del Sí que me convencen...

Es un buen acuerdo

Las garantías de que las FARC se van a desarmar son serias.

Habrá verificación internacional, con compromisos claros y específicos.

No habrá impunidad si implementamos lo pactado. Sí. Así como lo oye.

Habrá que implementarlo bien, claro. Pero arrancamos con pie derecho al ofrecer garantías serias para seleccionar los magistrados que conformarán el Tribunal Para la Paz.

Lo clave no es la cárcel

Lo más importante para dar justicia no es la dureza de las penas. Es más importante la justicia restaurativa, que reconoce responsabilidades y pide perdón, repara a las víctimas, y garantiza la no repetición. Esta justicia es la que más sirve a las víctimas. Por todo esto, también es la que construye una mejor sociedad.

Incentivos para que conozcamos la verdad

El acuerdo tiene incentivos claros para que tengamos ese tipo de justicia. Los guerrilleros, y también el Estado y otros involucrados, culpables también de crímenes horrendos, tienen incentivos claros para contribuir a la verdad y someterse a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Y cuánta mayor verdad y perdón, mayores oportunidades de no repetición y de construir una paz estable.

No habrá perdón para crímenes atroces

Será obligatorio dar sanciones efectivas a los peores crímenes.

Finalmente, ¿cuál es la verdadera alternativa?

Es fácil decir que hay impunidad con la justicia transicional porque no se impondrán penas tan contundentes como las de la justicia ordinaria.

Pero, ¿es acaso esa la alternativa?

NO.

El peso de la justicia ordinaria no ha caído sobre los actores del conflicto colombiano en más de 50 años y no caerá sobre la mayoría de ellos si no se firma el acuerdo.

Es bueno repetirlo: la alternativa si el proceso se derrumba es que no caiga el peso de justicia alguna sobre la mayoría. Frente a esa opción, la alternativa real, la justicia transicional, es más justicia, no menos. Y, lo dicho, la justicia transicional es seria y útil. Como prometieron en su momento Farc y gobierno, no es un intercambio de impunidades. Sin contar que frenar el conflicto con las Farc es frenar un mundo de injusticias.

Es una gran oportunidad

El acuerdo tiene más ingredientes que, de implementarse bien, abren grandes oportunidades. 

Claro, no son certidumbres y dependerá de nosotros, todos los colombianos y en especial aquellos con posiciones de privilegio y liderazgo. 

Tampoco será la solución para todos los problemas del país. 

Pero se abre una ventana que no deberíamos desaprovechar.

Invertiremos en el campo. Y eso lo necesitamos con urgencia.

Inequidades

Tenemos enormes inequidades rural-urbanas. Elija al azar cualquier indicador de desarrollo social y apueste tranquilo que en las ciudades es dos (o más) veces mejor que en el campo. 

El campo ni siquiera cuenta, literalmente. ¿Sabe cuánto duró el país sin hacer un censo agrícola?

Estado

Esas inequidades reflejan una desigual presencia del Estado en el territorio. Que consolida, además, un sistema clientelista del que muchos se benefician pero que condena a la población al atraso y la pobreza. 

Construir Estado que entregue bienes públicos y sustituya ese sistema es el reto de la Paz Territorial de la que tanto habla el Alto Comisionado. Tarea nada sencilla, pues va en contra de poderosos intereses. Pero no está de más intentarlo.

Fortaleceremos las posibilidades de participación ciudadana.

Estado, de nuevo

El acuerdo contempla medidas para apoyar los movimientos sociales y la participación ciudadana. Esto puede fortalecer el control que los ciudadanos tenemos del Estado: hacerlo rendir cuentas, fortalecerlo, lo que a su turno lo vuelve más capaz de responder a los más necesitados, construyendo un círculo virtuoso de control y capacidad estatal. Y como dije esto es importante para que acabemos con un sistema político que no le sirve a los ciudadanos.

Nos acercaremos hacia garantizar que cualquier persona, no importa su posición política, pueda defenderla sin temer por su vida.

Que baste decir que la historia nos ha dejado muchas lecciones. Aprendámosla de una vez por todas. El acuerdo hace un intento.

Porque puede reducir el conflicto

No cabe dudas que hay otras formas de violencia. Pero con un acuerdo con las Farc tenemos un chance verdadero de reducir el conflicto en Colombia. Con este acuerdo posible y serio, que abre oportunidades, que dará más justicia, y que puede transformar esta sociedad si aprovechamos las oportunidades. 

¿Y por qué es tan importante reducir el conflicto en Colombia? 

Bueno, porque el conflicto...

Ha sido más duro con los menos favorecidos

Yo ni siquiera presté servicio militar. Y si lo hubiera hecho no me habrían expuesto a la guerra. La guerra la pelean otros. Aunque para mí vida diaria sea casi indiferente el acuerdo, ponerme en los zapatos del otro me obliga a darle peso a esta consideración.

Nos ha llenado de excusas, especialmente a los más favorecidos.

Desde esconder la plata y no pagar impuestos "por seguridad” de no exponerse, hasta pagarle a unos paramilitares (sin querer, o sin querer queriendo...). 

No nos ha permitido ocuparnos de otras cosas.

Al Estado, en particular, con tantos gobiernos elegidos por la paz y por la guerra, existiendo tantos problemas adicionales, le ha dado la excusa de no enfrentarlos.

Ha degradado al Estado (y a la sociedad), minando su legitimidad.

Si usted llegó hasta acá, llegó a lo más importante. Haga el siguiente experimento mental. Y hágalo en serio. 

Imagine por un momento a los jóvenes bachilleres que este año se gradúan de los mejores colegios privados de Bogotá. Personas jóvenes, muchos con futuros prometedores, otros con dificultades en su vida académica o profesional, otros más con problemas de salud. Unos buenos deportistas, otros con vena artística, otros con talento para las matemáticas, otros más emprendedores, algunos creativos, unos (pocos) interesados en la política, y otros más, también, vagos y buena vida. En fin, construya la historia de unos cuantos cientos de personas, para mantener el ejemplo sin exageración alguna.

Ahora imagine que a cada una de estas personas, quizás en el paseo de promoción, o interceptando la ruta escolar, el ejército las asesina, las disfraza como si fuesen guerrilleros muertos en combate, y todo ello para obtener algunas recompensas monetarias, días de vacaciones, y promociones en la carrera militar. 

¿Lo imaginó? ¿En serio? ¿Hizo el experimento mental? ¿Se convenció que esto hubiera sucedido en Colombia?

Es difícil imaginar que algo así pueda suceder en Colombia. Y si llega a suceder, habría una crisis de proporciones enormes, como debe ser. No quedaría en pie el Presidente, ¿o sí?

Le tengo una noticia: esto, tal cual, sucedió en Colombia. Solo que las personas no eran hijos de familias afortunadas. Pero eso no quiere decir que no haya sucedido, ¿o sí? 

Yo no estoy dispuesto a aceptar que por sus circunstancias sociales (que no eligieron), las vidas que sí sacrificamos de esta manera nos deban afectar menos, como sociedad, que las vidas hipotéticas del ejemplo, que no sacrificamos. 

Pero la realidad innegable es que sí nos han importado menos. 

¿Por qué le estoy dando este ejemplo? 

No porque quiera atacar al ejército o porque crea que sólo el ejército cometió atrocidades en el conflicto. Los grupos armados ilegales, todos, cometieron atrocidades sobre las que, si bien tenemos algo más de conciencia, aún nos falta reconocer más y más para decir nunca más

El ejemplo que acabo de construir con un delito grave del ejército pude haberlo construido con decenas, cientos, de delitos de los grupos armados ilegales. Solo imagine el mismo ejemplo con estos jóvenes pisando minas antipersona en su camino al colegio.

Y el ejército, también, tiene gente buena que enfrenta la terrible tarea de la guerra procurando (¡qué difícil!) conservar la humanidad. 

Pero el conflicto, nuestra indiferencia, la debilidad de nuestras instituciones y controles judiciales, arrojó a muchas personas bajo la presión de atacar a las Farc a cometer este tipo de atrocidades. Y a otros, del otro bando, a cometer actos igual y peor de inhumanos. 

No creo que una sociedad pueda sobrevivir así. Reconocer lo que sucedió (verdad), responder por esos actos (justicia), pedir un perdón sincero, y decir nunca más es el camino que tenemos para empezar a construir por fin una mejor sociedad.

En Colombia fueron tantos quienes cayeron en estos caminos que me resisto a creer que son, simplemente, monstruos por naturaleza. No se trata de justificar a nadie. Todos deben responder y este proceso de paz así lo exige. Pero desde la comodidad desde donde escribo sería muy fácil, con aires de superioridad moral, hacer poco más que indignarme con unos y otros. Más bien cabe preguntarme, ¿qué habría hecho yo en las circunstancias de algunos de ellos?

Llegó el momento de voltear la página sin olvidar lo que sucedió. 

Y que las vidas de todos valgan lo mismo. 

Todas igual de sagradas. 

Es lo mínimo que le podemos pedir a una sociedad que se dice democrática.