"Hacia las naciones transversales de uno mismo"

Alfons Cornella

Infonomía (no.54, julio 2007) 

 

Hace unos años sorprendí a una compañera norteamericana con la aparentemente trivial pregunta «¿Tú de dónde eres?». Se quedó mirándome. «¿Qué quieres decir?», me preguntó, «¿dónde nací?, ¿dónde estudié secundaria?, ¿dónde residen mis padres?, ¿dónde he vivido en los últimos años?, ¿de dónde me siento?, ¿de dónde me gustaría sentirme?». Las diferentes respuestas que me dio generaban literalmente un mapa del mundo, porque su padre era diplomático y había surcado las embajadas de medio globo.

Curiosamente, escribo estas notas días después de unas elecciones municipales que se han destacado por la alta abstención. Sobre ellas, alguien inteligente que está por aquí me ha comentado que se encontró ayer en la curiosa situación de seguir simultáneamente los resultados de la ciudad en la que nació, pero también de aquéllas en las que vive y trabaja respectivamente. Y me pregunto si el hecho de la gran abstención no es más que una muestra de que el mundo es ya otro. Un mundo más allá de la simplicidad esencialista (de unos y de otros): más allá del «eres de aquí» y «piensas así».

La abstención quizás muestra que el mundo ya no está ordenado de partida, de forma jerárquica, única, sino que sus ciudadanos lo son de diversos países y continentes mentales. Los ciudadanos más avanzados (tómese este término como se quiera) ya no son de un solo lugar. Las etiquetas (tags) que los caracterizan son múltiples. Pertenecen a distintas tribus. Algunas idiomáticas (por ejemplo, la del dominio .cat para la comunidad lingüística catalana, con la que me identifico), otras científicas (por ejemplo, la de American Society for Information Science and Technology, a la que pertenecí), otras de aficiones (soy maquetista de trenes, cuando tengo tiempo, o sea nunca), y otras de sueños (si Ursula Le Guin construye algún día en la realidad su Terramar, yo compraré una parcela: www.ursulakleguin.com.

Y así yo puedo opinar sobre mis sentimientos de pertenencia a mis diferentes mundos. Cuando de mí se ve la faceta correspondiente a un tema concreto, de los muchos posibles, y unos cuantos de los cuales he enumerado, me siento parte de él y puedo actuar como ciudadano.

No estoy hablando de una entelequia. En estos mismos momentos se están construyendo nuevos países en el mundo, algunos incluso sin ningún territorio físico. Los suecos de Funky business ya nos advertían graciosamente de la importancia numérica de lo que llamaban la República Independiente de Britney Spears, formada por todos sus fans en el mundo (y que, por cierto, sumaban una población superior a la de países como Bélgica). Y ¿acaso no es esto lo que está ocurriendo con las grandes corporaciones? ¿De dónde es IBM, o Shell, o Dell? De acuerdo, siguen teniendo una sede social, en la que pagan impuestos, pero ¿de dónde son sus personas?

Cuando en el informe Innovate America de 2005 se proclamaba la necesidad de que «el país» (Estados Unidos) se reinventara y diseñara políticas para tomar de nuevo el control de «la vanguardia del mundo» (dicho en términos míos, pero que creo que traducen muy bien el objetivo intrínseco del proyecto), un lector en Fast Company comentó que sus autores no habían entendido nada de la nueva realidad empresarial mundial: la competencia ya no es entre países, sino entre empresas que están dispersas por el mundo, que no son de ningún lugar en concreto. Son su propio país, aunque se ven obligadas a pagar sus impuestos en alguno en concreto.

Esto se ve también en las islas potencialmente infinitas de Second Life. Millones de personas que quieren ser de otro mundo. De otro, virtual, que curiosamente se puede vivir de forma más real que el formalmente real.

Rolf Jensen, mucho antes de todo esto, nos avisaba en su sagaz The dream society de que bien podría ocurrir en el próximo futuro que algunos ciudadanos de países avanzados, deseando crear una sociedad mejor, o al menos una más a su medida, comprarían alguna parte del desierto del Sáhara para, haciendo uso de lo mejor de la tecnología disponible, crear una «sociedad 3.0» superior a la occidental que hoy conocemos. Pues bien, ¿no es algo así lo que está ya ocurriendo en pequeños países árabes, como Dubai o Abu Dhabi? La atracción de talento occidental que esos países están consiguiendo, con el objetivo de convertirse en «el punto medio» (geográfico y horario) entre Occidente y Oriente, con sus hubs financiero y audiovisual (dos en los que no se pone el Sol), ¿no son movimientos en una dirección similar a la predicha por Jensen?

La clase creativa oriental, con China a la cabeza, ¿de dónde es? ¿Dónde han aprendido? ¿De dónde se sienten? Sus imperios serán realmente globales, sus empresas no tendrán fronteras. Es justamente al ver cómo el nuevo Oriente está entendiendo el nuevo mundo que viene, que el proteccionismo europeo, con Francia a la cabeza, suena algo ridículo. Es poner puertas al campo, o, peor, creer que el mundo es ordenable, en lugar de entender que se ordena él sólo, con otras lógicas.

Vamos a un mundo horizontal. El de las comunidades de intereses, tribus, y sentidades («comunidades de sentido», mi propio neologismo). Fans musicales que se reúnen en Barcelona para participar activamente en el festival Sónar. Fanáticos del cine independiente que peregrinan a Sundance. Clubes de fútbol que son universales. Proyectos europeos que hilvanan relaciones puntuales entre empresas de todo el continente.

No sé si a vosotros os pasa, pero yo me siento cada vez más cómodo con gente «que me entiende» que con la gente «de mi sitio». Me siento más cómodo hablando con la gente del InnovationLab de Dinamarca, con la gente de Catenaria en Chile, o con la de Fast Company en Nueva York, que con mis vecinos de escalera (aunque les aprecio mucho, que conste). Yo tengo mis etiquetas múltiples, de mis múltiples intereses y posibilidades, y puedo aparecer como «resultado» en la búsqueda en Google realizada por otros miles de personas cuando buscan cosas muy distintas. Así, puede que ahora haya gente en el mundo que me esté «construyendo» en su propio mundo de intereses, al encontrarme por Internet y decidir que debo formar parte de su proyecto.

El mundo de los países es una antigualla. El mundo de los estados lo es aún más, porque además éstos se imponen sobre las diversas culturas de sus gentes, que son algo que nos ayuda a sentirnos parte de alguna realidad transversal, como la lingüística (que, en nuestro país, por ejemplo, no coincide en absoluto con las fronteras políticas), que es más sentida y veraz (la lengua con la que hablas a tus hijos) que la política (el mapa político es un invento del siglo XVIII). Frente a ellos, el mundo de las ciudades es el que crece (este año 2007 ha sido el primero, creo recordar, en el que la población en ciudades del mundo ya ha superado la de las zonas rurales), quizás porque es un mundo de personas que deciden dónde quieren vivir (no es extraño, por ejemplo, encontrar a personas nacidas en otros países que se convierten en fans totales de las ciudades en las que han decidido vivir).

Somos de la ciudad que escogemos. No de un estado que se nos impone. Somos de una comunidad científica, de aficiones, o de voluntades, con las que nos sentimos a gusto. Trabajamos en una empresa que no tiene más que su propia bandera.

Asia puede que sea una amenaza. Sobre todo si la vemos desde una perspectiva convencional: «ellos versus nosotros». Pero para muchas empresas el discurso es otro: Asia no es una amenaza, sino que es parte de su realidad diaria, es parte de su cadena de valor, de su ecuación de vida. De sus oportunidades. Porque la clave está, creo, en entender qué es el «nosotros» de la frase de más arriba. Asia quizás nos va a enseñar que la supervivencia de Occidente viene de disolverse en lo global desde la proyección de lo mejor que tengamos: nuestro talento, nuestra forma abierta de ver el mundo. Nuestro zeitgeist cosmopolita (una Europa de la cultura, de los grandes artistas, músicos y científicos, sin banderas).

Volviendo al principio, creo que está claro por qué la abstención electoral es alta. Porque nos piden que opinemos sobre ámbitos de los que nos sentimos lejanos, aunque se trate de nuestra propia ciudad. Nos piden que apoyemos una visión jerárquica, ordenada, de un mundo que nosotros ya vemos más polifacético. El mundo es «misceláneo», como sugiere sutilmente David Weinberger. No es de una sola cara, sino de muchas y simultáneas.

Soy de YouTube, MySpace, Vilaweb, Amazon o Infonomia.

Éstos son mis mundos, en plural.

Lo demás ya es antiguo.