Historias de Sal


Cuentos, narraciones y ficción

por Guillermo Mazariegos

                                    

 

 

 

                                         Laura y Carmen.

                

Carmen, de vez en cuando recuérdame mi nombre. Eleuterio, dice Carmen, mientras ve, en la imagen que le devuelve el espejo en el techo, un lunar debajo de su seno izquierdo que nunca antes había visto. Eleuterio mira el pubis de Carmen, no porque lo desee de nuevo (habían hecho el amor frenéticamente por horas) sino porque quiere dibujarlo, quiere memorizar todas las líneas de su sexo. Ya conoce su olor y recuerda con los dedos su textura, pero cada vez que se sienta frente a la hoja en blanco olvida los detalles de aquella piel donde lo olvida todo. Hasta su nombre. Diego, dijo, me llamo Diego y soy pintor, pero me pagan por fingir que soy ingeniero. Y yo no tengo nombre sino un número de celular, soy puta y me pagan por fingir que siento, dice Carmen, mientras se levanta de la cama y se pone la ropa, calza sus sandalias, toma los dólares de un sobre de papel manila que Diego le señala, le da un beso en la boca y se va.

Al día siguiente, encontramos a Diego con Laura, su novia. Toman cerveza en algún café de la zona 10. Diego lleva un sobre de papel manila. Adentro hay un dibujo. El mejor que haya hecho jamás. Eso piensa Diego.

Laura es bella pero es Laura; Carmen no es tan bella pero no es Laura, piensa Diego intentando vanamente de explicarse lo que para él es inexplicable. Cualquier otro intento de razonar la paradoja en la que está envuelto lo despeina moralmente. No hay más palabras que los nombre propios para explicar aquello: Laura, Diego, Carmen.

Siempre se había creído del tipo fiel y, de alguna extraña manera, sigue creyéndolo. Diego no lo sabe, pero es una especie de prisionero  del lenguaje, un prisionero feliz. Para explicarlo mejor, podemos decir que su ignorancia es la cárcel y el lenguaje su carcelero, su juez y su redención. Por ejemplo, si la palabra amor, de repente, sin saber por qué (a todos nos pasa de vez en cuando), resuena en su mente, el nombre que vendría después sería Laura. Si por casualidad su mente, sin quererlo él, lo confronta con la señal sexo, el nombre  de Carmen emergería. Él no se ha dado cuenta pero este proceso, que es casi en su totalidad inconsciente, le permite llevar una vida decente, sociable y satisfactoria; aunque estas palabras, puestas todas juntas en la misma línea, resultan un poco paradójicas. Lo mismo pasa con otras asociaciones de palabras. Por ejemplo, trabajo es seguido de obligación;  pintura, de destino.

Sin que Diego lo sepa, su mundo pende de este fino hilo que arrastra una palabra  detrás de su correspondiente axioma. Tal vez lo intuye, tal vez por eso es pintor e ingeniero. Cuando le preguntan a que se dedica, Diego contesta: a la construcción, y deja que sus amigos aclaren a su interlocutor que también es un excelente pintor. Me explico: cuando Diego abre el sobre de papel manila, saca de su interior un hermoso dibujo a lápiz de una mujer dormida. Laura se emociona al punto de que las lágrimas se agolpan en los rincones de sus ojos. Diego se emociona. No esperaba una reacción tan afectiva. Se abrazan y permanecen viendo la imagen. Laura nunca se refiere al dibujo directamente. Te amo Diego, dice Laura.

La mujer desnuda que duerme sobre el papel, ciertamente, es Laura. La cama, la cama de Laura. La ropa íntima que cuelga de una silla en el rincón es con sumo detalle la que Laura lleva puesta en ese momento. Laura siente la leve presión que las florcitas cocidas a su prenda interior ejercen entre sus piernas. Las ve en el papel y las siente en su piel. La mujer dormida esta desnuda y con las piernas levemente abiertas. Su sexo esta expuesto. Su pubis, compuesto por miles de delicadas rayitas negras, sobresale de la blanca piel del papel. Y el sexo, si Laura alguna vez se hubiera visto el sexo detenidamente, habría sabido que aquel del dibujo no era el suyo. Pero eso  no importa. La realidad solo existe en las palabras. Y la palabra que sale de la boca de Laura es amor. Diego se olvida de Carmen y cree totalmente en Laura gracias a lo que  delicadamente salió de ese sobre de papel manila.

 

 

Cuando Diego llega a la exposición, lo primero que ve es a Felipe frente  al cuadro “Mujer desnuda durmiendo”. Diego lo reconoce y mira el dibujo. Su obra, inundada por la mirada de Felipe (cada milímetro de papel humedecido por la visión sobredocumentada del crítico), ya no se ve tan pura. Diego es ignorado. Mejor.

 

 

En realidad es un cuadro magnífico, dice Felipe mientras ofrece su cerveza en brindis. Cuatro botellas chocan amigablemente: la de Diego, la de Felipe, la de Laura y la de Carmen. Es una linda tarde de noviembre. Están los cuatro casi a merced de la luz del sol, apenas protegidos por una hermosa buganvilia de esas que sólo crecen en las casas ajenas. Diego está sentado frente a Carmen y Laura frente a Felipe. Esta es Carmen, la conocí el día de la inauguración de la muestra, dice Felipe. Los vi platicando frente al cuadro de Diego, dice Laura. Le gustó el cuadro, pregunta Diego casi sin preguntar. ¿Cuál de todos? Sólo había uno mío. La mujer desnuda, explica Felipe. Lindo, dice Carmen, mientras reconoce a Laura como la modelo del cuadro y se sonríe. Laura se sonroja. Por primera vez desde que el cuadro existe es conciente de su desnudez. Muy lindo, como la modelo, reafirma Carmen. Tú mejor obra. Y la mejor de toda la exposición. Es la primera vez que Diego recibe un elogio de Felipe y  sospecha de aquella reunión extraña entre sus dos amantes y el examante de su novia.

Felipe conoce a Laura desde niños. Fueron novios y amantes por inercia. La cercanía y los rincones vacíos los llevaron de la mano a desnudarse uno frente al otro y a hacer el amor una docena de veces antes de conocer el amor verdadero. No lo supieron hasta mucho después cuando se enamoraron de verdad, cada uno, de alguien más. Mientras el amor no llegaba fueron felices. Sus familias se encontraban cada domingo en diferentes lugares, todos llenos de esos rincones que ellos encontraban por instinto. A veces la cita era en casas en la Antigua, a veces en chalets del Puerto. Fueron sexual y superficialmente felices, hasta que conocieron el amor. Con él llegó la culpa y otros sentimientos bajos, como los celos y el dolor por la ausencia del amado, la insatisfacción  del ego y el ego del otro, etc. Pero también llegaron la bastarda noción de la felicidad eterna, el deseo irracional de ser siempre felices y el muy racional miedo de no serlo más que por unos instantes. El amor verdadero es profundo, es peligroso y ante todo es inevitable. Además, es capaz de hacernos olvidar la muerte por instantes, breves, pero divinos instantes. Esto lo supo Laura, esto, creo, lo sabemos todos y por eso buscamos el amor y cuando lo encontramos nos entregamos a él. A veces, casi siempre, es por casualidad, pero no importa. Todo en esencia pasa por casualidad.

Cuando Laura conoció a Diego supo que lo que hacía con Felipe no era el amor. Era algo menos que aquello pero también era algo más que sexo. Era algo más que una alegría pero menos que la felicidad. Más adelante, años después de este día soleado y de buganvilias, extrañará aquella entrega superficial de su cuerpo, aquella levedad. Por ahora, no sabe que tan profunda puede ser una caída de amor.

En cambio, Carmen ya lo sabe. Ya cayó y viene saliendo. Conoció la profundidad del amor a muy temprana edad, a manos de un hombre mayor, un amigo de su padre. Hoy busca la levedad, hoy intenta descubrir en su piel lo que antes buscaba en el alma del otro. Conoció a Diego en un bar de la Antigua hacía unos meses. Diego se le acercó, le habló y la sedujo. Al día siguiente, Carmen se encontró desnuda en una cama de hotel, al lado de ella un hombre que al despertar le confesó que estaba enamorado de una mujer llamada Laura, pero que quería seguir viendo a Carmen. Sin saber por qué, Carmen le dijo que era puta y que la única explicación que le debía era la de 100 dólares. A nadie más cobró. Y así se venga inconcientemente, casi por casualidad, de aquel hombre que no sabe nada del amor, ni de la pasión, y que en esencia está aprendiendo a hablar un lenguaje que Laura y Carmen le enseñan. Diego confunde la pureza de Carmen con la pasión de Laura. Pero hoy importa poco, ha hecho un cuadro donde ha confundido con un lápiz a aquellas dos mujeres y sus virtudes. En su mente sólo hay una mujer, frente a él hay dos.

 

Diego piensa por un instante, o varios, si aquella escena tan extraña no le está sucediendo en sueños. Mira a su alrededor tratando de descubrir una imagen irreal: un avión que se estrella y no se estrella, un tiburón nadando en la fuente, su padre muerto que llega y lo saluda. Pero nada. A veces sueña con vuganvilias que crecen ante sus ojos, pero ésta crece solo ante los ojos de Dios, si es que existe, piensa Diego. No estoy soñando. Pero tal vez Laura sí. O Felipe. O Dios. Sonríe sarcásticamente y Carmen cree que es por ella, en realidad no lo es. Laura termina su cerveza. Se siente bien. Todos se sienten bien. Carmen disfruta y Felipe no cesa de verle la piel morena. Su pensamiento se aventura más allá de los límites que impone la ropa. Más tarde harán el amor y no habrá billetes de por medio, ni dibujo, ni palabras, ni un te quiero, y sólo habrá una piel más otra piel. Y tal vez sabrán que el amor no tiene sinónimos y que sólo puede definirse poniendo un nombre seguido de otro nombre, pero esto tampoco importa.