El arte del Añil                                   MarIndigo


Historia del añil


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El añil o jiquilite que se cultiva en El Salvador (Indigófera Suffruticosa Mill) es una planta que tiene gran valor histórico para nuestro país.

El conocimiento de los tintes se remonta a estadíos tempranos de la humanidad, pues la materia tintórea que lleva el nombre de "índigo" fue utilizada en casi todos los pueblos civilizados del Viejo Mundo desde tiempos remotos. Plinio, naturalista romano lo menciona en su "Historia Natural". También Dioscórides, médico griego del siglo I de nuestra era, hace mención del índigo. Según algunos autores con el término índigo se designaba a la materia tintórea que suministraba el mejor tinte azul y provenía de las indias orientales.

El primero que dió datos exactos sobre el origen del índigo fue Marco Polo, quien en el siglo XIII a su regreso de Asia no sólo se refirió a la planta de donde se extraía, sino también a la técnica seguida para su extracción. Sin embargo no sabemos si el índigo del que hablan estos autores es la misma materia tintórea que tenemos nosotros, pues plantas de otros géneros botánicos también pueden suministrar una substancia parecida a la que se extrae de las indigóferas, como es el caso del Polygomun tintorium de China y la Isatis tintórica de Europa, que proporciona un color azul conocido como "pastel".

Por otra parte, en las culturas del centro del actual México hay evidencias que los antiguos pobladores de esta región conocían la planta denominada XIUQUILITE, que en idioma nahuat significa hierba azul. Aquí también conocieron la utilización de esa planta, de la que extraían la tinta azul o mochouitl, y a la cual los conquistadores españoles llamaron añil o índigo.

En el siglo XVI, terminada la conquista y asegurado el sometimiento de los grupos indígenas, los españoles se dedicaron a explotar las riquezas naturales existentes, y en el caso de Centroamérica donde en general no existían metales preciosos, optaron por explotar los productos vegetales: cacao, bálsamo y añil.

Mientras que la producción del cacao y del bálsamo se había dejado en gran parte de las comunidades indígenas, con un mercader español que hacía de patrono y empresario, el cultivo el añil constituyó una empresa completamente española.

Los españoles decidieron que el modo más eficaz de conseguir un crecimiento rápido del suministro de añil era dedicarle tierras propias, emplear indios para su cultivo y vigilar su manipulación en molinos especialmente construidos para ello. La disminución de la población indígena había dejado vastas superficies de terreno apto disponibles y el plantador español del añil reclamó su posición y estableció en ellos sus haciendas, por muchas partes del país.

El descubrimiento del añil en sus posesiones americanas fue para España de una importancia comercial enorme, en un tiempo en que la tinción con añil comenzaba a sustituir el uso tradicional, pero inferior de la hierba pastel en la manufactura textil europea. En 1498, los portugueses importaron desde la India su primer cargamento de añil, y Lisboa reemplazó pronto a los puertos italianos como centro principal de la distribución del añil en los mercados europeos. La importación holandesa de añil desde Asia empezó en 1516 y a principios del siglo diecisiete, Holanda e Inglaterra habían sustituido a Portugal en el abastecimiento de añil desde el Lejano Oriente: en 1610 las factorías inglesas de Cambay y Surat en la India, exportaban 200,000 libras de añil; en el mismo año los holandeses fletaron 160,000 libras del colorante desde Asia.

En vista de los adelantos comerciales de sus rivales europeos, España concedió gran importancia al descubrimiento de variedades indígenas de añil en sus nuevos territorios y así comenzó una detallada correspondencia entre España y las autoridades coloniales sobre los métodos de su cultivo y la conveniencia de aumentar su producción.

El historiador Chevalier opina que un terrateniente español de Nueva España fue el primer colonizador que emprendió la producción comercial del añil en América en 1561, pero es probable que aun antes de tal fecha ya hubiese comenzado la producción comercial del añil en las zonas costeras del Pacífico de Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

A fines del siglo dieciséis, la producción del añil estaba firmemente establecida en la Audiencia de Guatemala. En el relato de una incursión pirata en el hondureño Puerto Caballos se capturaron “grandes cantidades de añil”. En 1577 recibieron en España dos mil libras de añil procedentes de Honduras y, entre 1580 y 1596, arribaron cantidades mayores, 80% de las cuales fueron reexportadas; y en 1609 llegó a Ámsterdam el primer embarque de añil guatemalteco.

Durante los años cumbre del siglo diecisiete, Centro América envió 500,000 libras de añil a Europa, y esta cifra se dobló con frecuencia durante el siglo dieciocho.

El área principal de cultivo del añil en América Central se extendía desde las demarcaciones costeras de Escuintla, en el suroeste de Guatemala, a través de El Salvador hasta el área de tierras bajas del oeste de Nicaragua. Pero El Salvador dominó siempre la producción de la región hasta el final de la época colonial, cuando Juarros escribió que el añil que tenían “se convirtió en la casi exclusiva producción de esta provincia, pues aunque si en las otras ya descritas hay varios obrajes donde se prepara, hay muy poco que se produzca fuera de este distrito en la actualidad”.

Dentro de El Salvador mismo había una concentración geográfica más adelantada del cultivo del añil. Los suelos ligeros, fértiles y bien drenados que requería la planta se hallaban en mayor grado en las zonas de suelos volcánicos y friables de las laderas bajas y valles de las tierras altas centrales. Las demarcaciones de San Salvador, San Vicente (Apastepeque), San Miguel y en menor grado de Santa Ana, estaban dedicadas a su cultivo creciente. Pero mientras que en los tres últimos distritos hubo un desarrollo posterior de cosechas comerciales, principalmente azúcar y tabaco, el paisaje de las tierras bajas alrededor de San Salvador, se caracterizó por una preferencia casi exclusiva del cultivo del añil. En 1612, Vásquez comentó la existencia de “muchos laboratorios de añil” en la ciudad. Hacía 1656, cuando la ciudad estaba amenazada por la erupción de su volcán vecino, hubo preocupación por las pérdidas que pudiera causar a los doscientos obrajes de añil de la zona, que producción en conjunto 110,000 libras de añil cada año.

La producción en los alrededores de San Salvador aumentó a medida que crecía la demanda por el colorante, en el siglo dieciocho, y en 1770 un visitante de San Salvador, observó que “el añil se cosechaba en gran abundancia… toda la tierra de las haciendas es llana y sin más árboles que los que restan en la espesura en las márgenes de los arroyos”. Al finalizar el siglo, la agricultura de los alrededores de la ciudad “… estaba limitada principalmente al cultivo del añil, al que los habitantes en verdad dedicaban su atención casi tan exclusiva que descuidan el cultivo de otros artículos de primera necesidad”. Esta dependencia casi absoluta de San Salvador en el añil, fue motivo de preocupación que en 1814 se encomendó a las autoridades españolas que fomentaran la diversificación de la agricultura comercial, y similares instrucciones se volvieron a emitir en 1821 cuando “… comprendiendo los inconvenientes del monocultivo, el Gobierno de Madrid concede a los productores de cochinilla, cacao, azúcar, algodón y café los mismos privilegios y exenciones de impuestos de que disfrutaban los añileros quienes pusieron nuevas tierras en cultivo”.

El añil se plantaba en El Salvador en tierras niveladas o con ligeras pendientes y buen drenaje. El bosque natural o secundario y la maleza se clareaban con el hacha y el fuego, al terminar la estación seca, entre enero y marzo. No se acostumbraba romper la tierra con la azada o el arado sino que, después de la siembra al voleo al final de marzo, se dejaba libre al ganado en las tierras sembradas, para que rompiera la superficie y apisonara las semillas. La germinación de ésta después de las lluvias de abril, iba seguida por una limpia de las malas hierbas con la azada, en junio y otra vez en agosto. El añil es un arbusto perenne que alcanza una altura de uno a dos metros, y debido a la pequeña cantidad de pigmento que contienen sus hojas durante el primer año, se le dejaba crecer por lo común de dos a tres años, antes de la recolección. Algunos cultivadores en pequeño cortaban las hojas después del primer año, pero por lo general las cosechas principales eran de septiembre a octubre, al segundo y tercer año de sembrado. Después del tercer año se desmontaba el área y se volvía a plantar o una sección distinta de la hacienda que hubiera estado en barbecho se quemaba y sembraba.

El añil se elaboraba en la hacienda en un molino central u obraje. En algunas plantaciones había varios molinos diseminados por toda la propiedad. Cada uno de ellos se situaba cerca de una fuente de agua corriente y estaba por lo común rodeado de un grupo de cabañas de los trabajadores. El molino consistía en dos grandes pilas de piedra. Después de cortar el añil, se le empapaba en agua en la primera pila, se le apisonaba con maderos y se dejaba así durante veinticuatro horas. En el momento apropiado, un puntero transvasaba el líquido a una pila más profunda provista de una rueda impulsada por caballos, bueyes o agua, y la batía hasta que se formaba una espuma amarillenta. El líquido que quedaba se dejaba ir y la espuma se colocaba en unos sacos grandes de lino para desangrar el líquido restante, y finalmente se le daba forma de bloques que se secaban al sol y se empacaban en zurrones de 214 libras cada uno.

El añil se cultivaba en las haciendas de los colonos españoles donde se elaboraba bajo supervisión española y se ocupaban de su exportación las compañías comerciales de la Ciudad de Guatemala y de Cádiz. Muchas de las primitivas concesiones de tierra se otorgaron específicamente para el cultivo del añil: una de ellas, en 1589 se describía como “un sitio para obraje de tinta”, y varios otorgamientos lo fueron específicamente “para añil” o “para el cultivo del añil”. A finales del período colonial, aunque se cultivaba algo de esta planta en las tierras comunes de los pueblos, sobre todo por agricultores arrendatarios ladinos, la mayor parte de la producción procedía de las haciendas privadas. Y, aunque había capital disponible el Montepío de Cosecheros de Añil, la cantidad necesaria para financiar la cosecha, instalar el equipo y contratar la mano de obra, era lo suficientemente elevada como para desalentar al pequeño agricultor de ampliar su producción más allá del límite del reducido campo cultivado por la familia. La producción comercial siguió controlada por el terrateniente importante.

La añilería no era una plantación. Aunque con frecuencia se le denominaba “hacienda de añil” o “hacienda de tinta”, no era habitual que el agricultor dedicara sus tierras exclusivamente al cultivo del añil: por lo general, sólo una parte de su propiedad estaba plantada de añil; el resto era bosque, pastos sin cercar, o parcelas de milpa que trabajaban aparceros colonos o agricultores arrendatarios. La mayoría de las haciendas eran lo suficientemente grandes como para albergar varias formas de cultivo y todavía dejar en reserva parte de terreno sin utilización. Había varias razones para que el hacendado deseara mantener en reserva.

  1. La naturaleza extensiva del cultivo del añil, con un campo que se usaba durante tres años, se abandonaba y se desmontaba una nueva zona, que necesitaba un área grande operación. Este cultivo continuó distintivamente móvil durante los cuatro siglos de producción de añil en El Salvador: hasta en 1880, cuando se iba abandonando el añil en el resto del país, una de las razones principales para la preferencia de los cultivadores por la cosecha consistía en que en las tierras altas del norte “la tierra es muy apta para los métodos de cultivo que implican deforestación y quema de la maleza”.
  2. La especulación y la falta de seguridad en un tipo de cultivo donde era notorio que “los cultivadores de añil se iban a la cama ricos y se levantaban por las mañanas totalmente arruinados”, impulsaban al agricultor prudente, a mantener una reserva de terreno. Con la posibilidad de que una cosecha entera quedara destruida por enfermedad, o por plaga de insectos, contratiempos bastante frecuentes, o que se derrumbaran los precios, lo que haría prudente conservar alguna tierra que produjera cosechas de subsistencia y algo de azúcar, tabaco o ganado, que se pudiera vender localmente. A la inversa, la reserva de tierra también era necesaria para incrementar la producción en tiempos de alza de precios.
  3. El hecho de que se pudiera combinar la crianza de ganado que pastaba libremente, con el cultivo del añil, en campos sin cercar, en la misma hacienda (pues no sólo se usaban los animales en los primeros estadios del cultivo, sino que éstos no se comían la planta, y había poco peligro de que atropellaran y destruyeran la cosecha del añil), lo cual significó que para futuras plantaciones de añil, se necesitaban pastizales adecuados además de las zonas reservadas.
  4. El hacendado comprendió que la más efectiva reivindicación de la tierra era su posesión y uso. Una propiedad cuyos límites no constaran en el mapa y estuvieran definidos sin precisión por referencias y distancias aproximadas a árboles, rocas, cruces de madera, lechos de ríos y caminos, podía aumentar su superficie, cultivándola o usando suelos para pastos más allá de los límites convenidos. En los litigios del siglo dieciocho por asuntos de tierras, cuando las comunidades indígenas y las haciendas competían por el mismo terreno, la posesión de la pasada o presente tierra, se alegaba a menudo como derecho de propiedad.

Un resultado de la organización española del cultivo del añil en la Colonia, fue la introducción de unas cuantas haciendas de propiedad privada que progresivamente aumentaron de tamaño, siempre a expensas de las tierras cultivadas por el indio. Como la mayor parte de los terrenos aptos para el añil estaban ya ocupados por comunidades indígenas, la competencia territorial entre la hacienda privada y el poblado fue inevitable.

Sin embargo, a principios del período colonial lo fue una aguda escasez de mano de obra más que de terrenos o de capital, que planteó la cultivador del añil el problema más irresoluble. Las demandas de una mano de obra vigorosa, la forma de cultivo que necesita emplear muchos trabajadores y los métodos que usaron los plantadores para satisfacer esta demanda, resultaron en una migración total de la población indígena y la transformación del modelo de asentamientos en el país. La producción y la elaboración del añil requerían un número muy elevado de trabajadores; se necesitaban doscientas libras de la planta verde, para producir 8 a 12 onzas del colorante, mientras las técnicas coloniales de extracción se basaban en un gran número de trabajadores para recoger la cosecha, transportarla a los molinos y cargar las pilas. El plantador de añil necesitaba de un grupo de trabajadores que residieran permanentemente en su hacienda, para hacer las tareas de todo el año del cultivo, y personal auxiliar durante el período de recolección y elaboración de a septiembre a noviembre. Esta confianza del plantador en la población indígena local originada tanto por la situación de los pueblos indios, como por la aptitud de la tierra o el acceso a los mercados.

Oficialmente la capacidad del plantador para reclutar mano de obra nativa estaba reglamentada por el repartimiento. Este sistema estipulaba un enrolamiento forzoso de trabajadores que no podía exceder al cuatro por ciento del número de habitantes varones del pueblo, para que trabajara durante un período de tiempo estipulado por un jornal específico. En la práctica se cometieron abusos del repartimiento a veces hasta el punto de que pueblos enteros fueron obligados a trabajar durante períodos no especificados de tiempo, por una mezquina paga. Confrontando con una disminución continua de la población el plantador de añil encontró inadecuada la mano de obra que podía conseguir con el repartimiento y acudió a otras formas de reclutamiento, en su mayor parte extraoficiales, para mantener su dotación de trabajadores. El trabajo forzado fue corriente durante todo el período colonial; la coerción sobre los indios se ejercía, a nivel del pueblo, por jueces y funcionarios ladinos o indios y se llevaba a la práctica con brutales castigos. Además de esto, el colonato, el peonaje obligado y el arrendamiento de los agricultores propietarios residentes en la hacienda, se utilizaron para conservar en la propiedad trabajadores permanentes durante todo el año.

Aparte de la disminución general de la población, el plantador tenía que hacer frente al índice de mortalidad aún más elevado de los que trabajaban en los molinos. Muchos murieron por el excesivo trabajo, malas condiciones de vida y el maltrato recibido. Pero una razón más importante, para la mala fama de los molinos del añil, fue el contagio de enfermedades infecciosas que resultó de la concentración deliberada de trabajadores en situaciones insalubres. En 1636 un sacerdote que había vivido en El Salvador durante veinte años y que había visitado con frecuencia los molinos de añil escribió: “He visto grandes poblaciones indígenas… casi destruidas después de que se instalaron cerca de ellas molinos de añil, porque la mayoría de los indios que entran a trabajar en los molinos se enferman pronto, como resultado de los trabajos forzados y del efecto de las pilas de añil en descomposición que ellos amontonan. Hablo por experiencia pues varias veces he confesado a gran número de indios con fiebre y he estado allí cuando se los llevaban de los molinos para enterrarlos… como la mayoría de estos de estos infelices han sido forzados a dejar sus hogares y milpas, muchas de sus mujeres e hijos mueren también. Esto es particularmente cierto en esta provincia de San Salvador donde hay tantos molinos de añil, y todos ellos construidos junto a los pueblos indios…”. El Alcalde Mayor, que ejerció su cargo durante once años, añade al testimonio del sacerdote: “En este período he presenciado la gran disminución del número de indios y se me ha dicho que la causa de esto es la enfermedad y el tratamiento que soportan en los molinos de aquí (San Salvador) y en los alrededores de San Miguel donde se han construido recientemente muchos molinos”.

Con un lamentable desconocimiento de la medicina, los observadores contemporáneos atribuyeron la elevada mortandad entre los indios a su débil constitución, al trabajo y el calor. Pocos hallaron una relación entre las enfermedades y las plagas de moscas inseparables de cada molino; hasta 1798 no se recomendó y puso en práctica el remedio de quemar los montones del desecho de añil en descomposición, después de la extracción del colorante.

Para los funcionarios del gobierno esta perniciosa explotación del indígena fue deplorable, y se hicieron esfuerzos para controlarla: para el plantador la necesidad de mano de obra era primordial y las leyes reales eran una molestia que había que evadir y de esta forma, el indio tan indispensable, seguía siendo coercido. Ya en 1563, los informes oficiales locales, inspiraron una legislación que prohibía el empleo a viva fuerza de los indios, en las haciendas de añil. Los plantadores violaban estas leyes siempre que podían. Smith llega a la conclusión de que después de la ley de 1563 “los archivos de los dos siglos siguientes muestran de una continua obstrucción de la voluntad real”. En 1596 se ordenó a los alcaldes de las zonas añileras que efectuaran visitas de inspección anuales, para hacer cumplir el edicto de 1563 que no le permitía a ningún explotador de añil ejercer el oficio de alcalde.

La prohibición de 1563 se volvió a repetir en 1601. En 1603, la Corona prohibió la remoción de los indios de sus pueblos a los obrajes y nombró inspectores ambulantes para hacer cumplir el edicto. En 1628 se informó que las condiciones y los maltratos de los indios en los obrajes eran tales, que no se estaban otorgando patentes a los plantadores de añil a menos que se hiciesen mejoras en ellos. La primera relación que se conoce de una inspección de obrajes data de 1630: hubo 92 fallos de culpabilidad en San Salvador y la reacción de los cosecheros de Santa Ana fue ofrecer al Rey 20,000 libras de añil a cambio de la suspensión de las inspecciones. Durante el resto del siglo diecisiete, los inspectores continuaron informando sobre el empleo de trabajo forzado en los obrajes. En 1761 se volvió a solicitar al Rey que aboliera sus inspecciones y la escasez de mano de obra que se produjo fue tan grande que se pidió permiso para importar esclavos negros. La inspección de los obrajes y la cuantía de las multas se reforzaron en 1703, pero en 1738 se levantaron todas las prohibiciones de emplear trabajadores indígenas en las plantaciones de añil y la Corona se limitó a reglamentar las condiciones de trabajo.

Posteriormente se hizo una nueva tentativa, en los reglamentos de 1784 de la Sociedad de Cosecheros de Añil de reciente organización, a fin de establecer una forma razonable de empleo de los indios: se había de llevar en cada pueblo un registro de indios de trabajo; no se podía emplear a la vez en una misma plantación de añil más de la cuarta parte de los hombres de un pueblo. Estas disposiciones se harían cumplir por funcionarios locales a quienes se facultaba para imponer severos castigos; y estas mismas medidas se aplicaron a los ladinos. Pero, cuatro años más tarde, las autoridades coloniales todavía estaban tratando de evitar los abusos de este sistema. Hay buenas razones para concluir que el informe sobre el tratamiento de los indios por los finqueros de añil a mediados del siglo diecisiete, se podía hacer extensivo a la mayor parte del período colonial: “En vista del agotamiento y sumisión de los indios y de la codicia de los que les imponen sus exigencias no hay iniquidad demasiado grande para que no se cometa con ellos, y el resultado general es su vejación, opresión y destrucción, a pesar de las muchas leyes propuestas… para evitar estos excesos”.

La plantación de añil se convirtió en sinónimo de quebrantamiento y destrucción de las comunidades indígenas tradicionales. Donde quiera que se estableciera el molino de añil, atraía trabajadores de las zonas circundantes. Las comunidades indígenas se despoblaban o eran absorbidas como parte de una hacienda. Esta consecuencia del cultivo del añil en el típico asentamiento indio se puede apreciar claramente en un informe de 1636: “La experiencia demuestra en estas provincias el gran daño que se les ha infligido a los indios embaucándoles o forzándoles a trabajar en los molinos de añil. Habiendo comenzado la producción de este colorante en las tierras baldías de la costa y en otras partes, la codicia de los españoles por el producto es tan grande que no solo se apoderan de las tierras de los naturales, sino también de sus personas; de tal forma que hablando en términos generales, los actuales molinos de añil marcan la localización de los pueblos indios que han sido destruidos… pueblos que tenían miles de habitantes han sobrevivido solo como nombres de lugares desiertos, y las tierras que les pertenecían han sido absorbidas por los terratenientes vecinos”.

Este proceso de absorción y de despojo afecto a la mayor parte de la colonia. Donde los pueblos indios sobrevivieron y esto aunque sorprenda le sucedió a un gran número en especial en las tierras altas centrales, la hacienda privada fundada en el añil, el ganado los labradores residentes y los agricultores de alimentos básicos, se estableció vigorosa en su cercanía. Fuera de estas zonas de las tierras altas numerosas comunidades rurales importantes fueron sustituidas por haciendas privadas; el modelo del asentamiento se caracterizó por las poblaciones dispersas de trabajadores adscritos a las haciendas privadas o cultivadores de artículos “de subsistencia” migratorios que dependían temporalmente de ellas.

El efecto de la conquista española en El Salvador se ha apreciado en términos de la introducción de nuevas actividades que afectaron a la tierra y sus habitantes: el asentamiento de los españoles en toda la extensión del país desde época remota, diezmada la población indígena por enfermedades y la amenaza que representaba para el agricultor sedentario la cría del ganado, la introducción de la agricultura comercial que en el caso del cacao ayudo a la supervivencia de los grupos indígenas en el sur oeste y con el cultivo del añil originó la sustitución de muchas comunidades indígenas por la hacienda privada de dominio absoluto.

En cada uno de estos cambios la relación entre el español y el nativo fue unilateral: las enfermedades y el ganado de los españoles destruyeron a los naturales y a sus propiedades; gran número de comunidades rurales fueron abandonadas, absorbidas por las nuevas haciendas o dominadas por las poblaciones ladinas. Los que sobrevivieron lo lograron a veces porque así les convenía a los españoles. La cultura española era imperiosa y agresiva, y el lenguaje, la vestimenta, las costumbres y los usos locales fueron sustituidos gradualmente por las nuevas formas.

Sin embargo, a pesar de esta presión inexorable, una cultura india característica resistió el trastorno social, la catástrofe demográfica y la reordenación de la agricultura, rehusándose con obstinación a desaparecer por completo. Que esto sucediera, en parte se debió a la protección otorgada por las autoridades coloniales: En realidad la Corona intentó imponer la legislación protectora, pero algunos testimonios indican que la aplicación de la voluntad real fue una excepción, y la regla fue su desatención y evasión. La cultura y las instituciones indígenas, en parte sobrevivieron debido a que los colonizadores españoles nunca excedieron de una fracción de la población total: los indígenas sobrepasaban en número a españoles y ladinos juntos, durante todo el período colonial y a pesar de la represión y de la explotación, la población nativa simplemente por su tamaño relativo fue capaz de retener una parte de su identidad original. Pero lo que es más importante, las actitudes indias y los métodos sobrevivieron por la porfiada lealtad del individuo a sus formas tradicionales de vida, por su retraimiento a tolerar pasivamente al extranjero, y por su negativa a participar en la sociedad nueva, excepto cuando se le obligaba a ello.

A continuación describimos el proceso tradicional de extracción del añil:

Paso Terminología Colonial Proceso Químico Descripción
1 Remojo Maceración Por maceración de las hojas de xiquilite en agua, se produce la disolución del indicán (que es un glucósido).
Por lo general, el xiquilite se cortaba por la mañana y se trasladaba a los obrajes en carretas pequeñas.
Tan pronto como era posible las hojas se colocaban en pilas llenas de agua durante varias horas. Se precisaba agua corriente, agua de arroyo, nunca de cienaga.Como el xiquilite fresco era el que más rendía, los obrajes estaban cerca de las plantaciones y de las fuentes naturales de agua
2 Cocido Fermentación Por fermentación este glucósido, el indicán, se desdobla en sus dos componentes: el añil blanco (indigógeno) y un azucar (indigo-glucina).
El tiempo de reposo en el agua variaba. Por lo general se dejaba hasta la mañana del día siguiente.
Despues de la primera fermentación, la pila era cuidadosamente observada. Cuando el agua se volvía azul y empezaba a burbujear el agua se pasaba a otra pila grande para efectuar el Batido, quedando en la primera pila una masa de vegetación macerada maloliente.
Se cambiaba de pila porque, si no se hubiera separado previamente al batido la solución de la masa de vegetación macerada, el tinte se habría adherido a los restos de vegetación y se perdería rendimiento.
3 Batido Oxidación y Precipitación Si se bate la solución donde se ha producido la fermentación, el liquido se oxigena y se produce la oxidación del añil blanco (indigógeno) y se obtiene el azul de añil (indigotina o tinta añil), que precipita, dejando un sobrenadante transaparente.
Una vez se había vertido la solución fermentada en la segunda pila, se batía para airear la solución hasta que precipitaba en el fondo la tinta de añil.
El batido provocaba la oxidación. Se hacía golpeando la superficie constantemente con palos de madera. En el s XVII casi todos los grandes obrajes estaban mecanizados con ruedas de agua que golpeaban la superficie. En los obrajes pequeños, los caballos o las mulas hacían el esfuerzo necesario.
Despues de tres a cinco horas de golpes constantes, el líquido llegaba a un punto crucial. Decidir cuando se había llegado a él era el momento decisivo del proceso.
Si se golpeaba menos o más allá del punto, la calidad y la cantidad del producto disminuían, así que cuando se determinaba que se había alcanzado el momento ideal, el líquido se dejaba reposar.
4 Colado Filtrado Tras la precipitación se eliminaba el agua quedando un grueso sedimento en la pila, el cual era removido con cuencos y vaciado en tela ordinaria, donde se filtraba/envolvía para escurrir el agua y dejar el producto con forma de panes de tinta húmeda.
5 Secado Deshidratación Los panes de tinta húmeda procedente del colado se dejaban secar al aire libre.
6 Prensado Compresión La pasta seca se cortaba con el fin de obtener pastillas de tinta añil fácilmente transportables y listas para el comercio.

El decaimiento del añil no se hizo esperar con la aparición y desarrollo tecnológico de los colorantes artificiales en los países anglosajones, que desplazaron a la tinta añil en volumen y precio en el mercado internacional.

Los efectos de la decadencia del añil comenzaron a sentirse en la época de la Independencia, y muchas poblaciones empezaban a sustituir estos cultivos por el café y el tabaco. No obstante, en las últimas décadas del siglo XIX el añil era aún el principal cultivo de exportación de El Salvador aunque fue decreciendo progresivamente hasta quedar reducido a algunos cantones en los años 70 del municipio de Nombre de Jesús.

La reactivación moderna del uso del añil se fundamenta en los siguientes motivos:

  • Reactivar una artesanía agrícola y centroamericana como parte del acervo cultural de nuestro país y región.
  • Sustituir los colorantes basados en azufre como la anilina, dada la toxicidad de estos tintes sintéticos así como de su proceso de fabricación.
  • Aprovechar el encarecimiento de los productos derivados del petróleo, que han vuelto a hacer rentable el añil.
  • Utilizar los rastrojos de este cultivo como abono orgánico, pues son de una excelente calidad.

La planta

Tiene una altura de 1 a 2 metros, tallo derecho; hojas compuestas con 7 u 8 pares de foliolos y terminadas en un foliolo único; los foliolos tienen forma oval y miden 1 a 3 cms. de largo, flores pequeñas, rojizas oamarillo-verdosas y en racimos o espigas; fruto en vaina arqueada, de un centímetro y medio de largo; semillas parduzcas o verdosas. Con los tallos y las hojas se obtiene el índigo o añil.

Su composición química básica es de amoniaco, materia verde, indicán, resina roja, carbonato de calcio, peróxido de hierro, alúmina y sílice.

PROPIEDADES MEDICINALES Se emplea contra la eclampsia infantil, la corea, la epilepsia, las ulceras y contra los piojos de la cabeza.

PARTES EMPLEADAS El tallo, las hojas, las semillas y la raíz,

PREPARACION Y DOSIS Contra la eclampsia y la epilepsia, se usa el cocimiento de los tallos y hojas, para tomar 2 cucharadas cada 2 horas. Las semillas y la raíz se emplean para curar las ulceras. El polvo de las semillas y de la raiz se emplea contra los piojos.

ESTRUCTURA QUÍMICA DEL ÍNDIGO


Más información sobre la planta del añil (inglés)