De voces y miradas . . .

La pasión de escuchar y el valor del silencio

 

“El hombre inteligente encuentra casi todo ridículo,

el hombre sensible casi nada.”

Von Goethe, 1749-1832

 ¿Sollozos y gritos? ¿Susurros y carcajadas?

Muchas veces resulta más llamativo el modo en que transmitimos un mensaje que el mensaje en sí mismo. Cuanto más civilizada es el habla, menor es la cantidad de exclamaciones, matices y curvas que adopta la comunicación.

¿Comunicación a través de la palabra o del cuerpo?

¿Comunicación real o virtual?

¿Mala comunicación o buena comunicación? Y tantas otras preguntas . . 


Nos proponemos ahondar en el tema de la comunicación, contenido troncal de la Expresión Corporal; nuestra investigación pretende ser una invitación a la sospecha, la duda y la discusión.

Nos identificamos con el concepto de Ariel y Cobas que plantea que el sujeto se presenta y simultáneamente el cuerpo se pronuncia. Al presentarse, el sujeto comunica su nombre, su profesión, su estado civil y los motivos que lo traen al encuentro. Sin embargo, esta presentación se completa con el lenguaje del cuerpo; el cuerpo se pronuncia en la manera de ocupar el espacio, en la manera de andar y en la forma que el cuerpo adopta estando parado o sentado.

El cuerpo a menudo expresa aquello que el sujeto prefiere callar, o no sabe cómo decir. El cuerpo revela más nítidamente estados de ánimo que el sujeto no llega, no se atreve, no tiene agallas para enunciar. Cuerpo y sujeto se complementan, se combinan, se alternan y se superponen en sus distintos lenguajes y maneras de manifestarse. El lenguaje del cuerpo a diferencia del lenguaje del sujeto es más primario y por lo tanto desnuda, devela con más claridad el mensaje. El lenguaje del sujeto a veces se contradice y otras es avalado por el lenguaje del cuerpo; así entonces, cada sujeto / cuerpo teje la propia trama para comunicarse consigo y con los otros, de un modo único y singular.

 ¿Es posible una buena comunicación con el otro si no hay comunicación consigo mismo? No se puede dar lo que no se conoce, aquello que no se tiene. Y a la vez, cuando se entablan vínculos de comunicación con el otro, se va desarrollando y enriqueciendo una mejor comunicación con uno mismo. Ser un buen comunicador es un aprendizaje que transcurre durante toda la vida, de quien quiera tener voluntad comunicativa. Si uno es un buen comunicador, seguramente modificará su registro de la situación en cada contexto de codificación-decodificación.

¿A qué modos de comunicación nos referimos?

Bucear de la piel hacia adentro y navegar de la piel hacia afuera nos proyecta hacia el otro u otros facilitando una comunicación cada vez más sensible.

Sensible es una escucha presente y en estado de alerta hacia la percepción de uno, del otro y los otros.

El ir para adentro alimenta el ir para afuera y viceversa. Hablar de comunicación con uno mismo es hablar de la escucha que cada uno pueda ir encontrando de la piel hacia el adentro del cuerpo, hacia el gran universo que es el cuerpo mismo (piel, musculatura, huesos, órganos). Agudizar la audición interior para poder estar atento a lo que emana desde lo más medular del cuerpo, es decir, afianzar lo que denominamos  la intra-comunicación. El cuerpo emite señales constantemente, y la idea es poder escuchar y tomar en cuenta aquello que el cuerpo dice para calmarlo si habla de dolores, para desanudar lo anudado, para abrir lo guardado, para expandir lo encerrado, y así darle cauce al disfrute y al placer que el cuerpo genera.

En su libro “Arte y Psicoanálisis” Ariel y Cobas  se refieren a que la danza se goza en el espacio que la imaginación deja en blanco. Cuando bailamos intentamos despojarnos de ideas preconcebidas y estereotipos para disponer del imaginario y estar atentos a lo nuevo que se presenta. No buscamos originalidad sino encontrar lo desconocido dentro de lo aparentemente conocido, comunicar aquello que no es comunicable en el lenguaje común, ya que si algo puede decirse, ¿porqué bailarlo entonces?

Seguramente porque la poética del movimiento proyecta más que el mero decir. Para algunos comunicar por medio del arte es más sencillo que a través del lenguaje de la palabra, lleno de supuestos, ambigüedades y redundancias, difícil de clarificar y darle significado.

El lenguaje artístico es infinito, brinda innumerables posibilidades de expresión y comunicación. Sin embargo, cuando hablamos de que el arte pinta bordes, límites en la vida y en la eternidad nos referimos metafóricamente a una comunicación más íntima y sutil con uno mismo. En la danza, a menudo sentimos el roce de nuestro cuerpo con sus propios límites y con la realidad que el cuerpo en el espacio nos ofrece.

El cuerpo mismo es fuente inspiradora y el dejarnos llevar por él es un buen punto de partida para el inicio del diálogo, ya sea con uno mismo o con los otros.

La danza crea un vacío en las apariencias, un vacío capaz de desanudar la imaginación, afirman Ariel y Cobas. El no-hacer, la quietud, tiene que ver con el silencio y resulta una buena instancia en la comunicación, tanto en la vida como en el arte. Por otra parte, el vacío se encuentra en el silencio, difícil de hallar pero genuino en su naturaleza y origen.

¿Y porqué otorgarle tanto valor al silencio? Porque cuanto más se ahonda en el silencio, más plena y  verdadera es la comunicación. Es decir, que la comunicación tiene menos interferencias, mayor capacidad de emitir y recibir claridad en el mensaje.

Pero no es tan sencillo dar con el silencio. Sabemos que existen diferentes formas de silenciarse.


¿Cómo traspasar tantos límites en la comunicación?

En su libro “El silencio primordial” Kovadloff habla de silencios que aprisionan realidades posibles de explicitar. Son silencios nocivos y dañinos tanto para uno como para los otros. Se cargan de miedos, impotencia y angustia que al callar, generan una energía negativa para uno mismo y para la comunicación con los otros. Este silencio nunca conduce a un  estado genuino que le dé el valor justo al discurso siguiente. Las ocasiones de callar y de hablar se presentan en igual cantidad, pero a menudo observamos la preferencia por el hablar que el provecho duradero  de callar.

También Kovadloff sostiene que el silencio no es el fracaso sino la culminación del lenguaje. En las prácticas de Expresión Corporal buscamos el silenciarnos y aquietarnos a modo de entrar en el trabajo sin la carga de ideas preconcebidas o de prejuicios. Buscamos estos silencios para bailar aquello que las palabras,  tal vez, no llegan a expresar. Bailamos la escucha del silencio, sus pasos, su cercanía y su misterio dejándonos rozar por su contundencia y su magnetismo, y tal vez de este modo, acercarnos a la frontera de nuestra existencia. Se dice que oyendo música, el hombre se escucha pasar . . . ¿Podemos diferenciar ambos tipos de silencio en lo cotidiano?

Paul Auster, escritor norteamericano, señala que la claridad es algo así como una generosidad del espíritu y que no se escribe por las palabras en sí sino que se escribe para decir algo sobre el mundo. Ver, tocar, oler, escuchar, degustar  realmente . . . Ahondar en la claridad de los cuerpos, moverse en la luz. La claridad se liga con lo genuino, con lo puro, con algo que es.

La transparencia en la comunicación nos permite entablar un buen vínculo con el otro u otros, no importa de qué asunto se trate: amor-odio, placer-displacer, alegría-tristeza. La transparencia es lo que nos permite saber dónde estamos parados y saber con qué contamos en relación con los otros. Se necesita transparencia como antídoto de la mentira y la corrupción.

Claridad y transparencia se asocian con el compromiso y estos conceptos se complementan. Dicha claridad es la que intentamos encontrar en la comunicación. Buscamos la danza que dice,  que cuenta algo y no la danza como despliegue de movimientos en el espacio. Paul Auster opina que lo único verdaderamente perturbador y subversivo es la claridad.

La mezquindad del espíritu no genera claridad, por lo tanto, la mezquindad tiene que ver con la mala comunicación, con mensajes tergiversados que generan ruido.

Cuanto menos ruido hay, mejor es la comunicación, más claro es el mensaje.

Delicado equilibrio entonces, el de ser un buen comunicador. Mantener vivos los matices, los rizos del lenguaje. No ahogar aquel modo de decir que los niños derrochan en cada diálogo. Volver a ellos, escucharlos jugar y contar historias. Allí existe una fuente donde embeberse de ganas de decir, de contar, de comunicar.

Claridad en las palabras, en el gesto o cuando hay silencio en el silencio . . .

¿Buena o mala comunicación? Queda abierta la reflexión a modo de observación y registro constante del entorno. Y ante el impulso de la voz, de las manos o de la piel por querer decir algo, dejarlas contar. Porque todos tenemos algo que decir a los demás, algún mensaje que merece ser escuchado.

“La verdad no nace espontáneamente; requiere ser deseada, esperada, acechada y, una vez acaecida, debe ser acunada hasta que logre, por medio de las palabras su forma de expresión”  Esther Díaz


Mariana Danani – Marina Gubbay

Profesoras de Expresión Corporal. Miembros activos  de la I Escuela Argentina de Expresión Corporal creada por Patricia Stokoe. Integran la danza, la educación y la salud en propuestas interdisciplinarias vinculadas con universidades, entidades públicas y privadas de la Argentina.

Artículo publicado en la Revista Campo Grupal / Año 5  Nro 46  junio 2003   

 

 



 

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